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Dile que pienso en ella

Nicolás Águila: "La Patria es esencia y genoma. Y si no la asumes, la somatizas"

Nicolás Águila, intelectual cubano residente en Madrid

Nicolás Águila, "El profe" para quienes, aunque sea a distancia, siempre estamos aprendiendo con él, es un hombre sabio, tanto, que carece de ínfulas y desconoce la pedantería. Sus expresiones, libres y sazonadas con la fina ironía de quien viene de regreso de casi, casi todo, se adueñan de este espacio de cubanos para cubanos, aliñadas con el gracejo isleño y el salero castizo de los balseros emocionales que hemos ayudado a pulir las aceras de La Gran Vía madrileña.

¿Cuál fue el detonante que te impulsó a marcharte de Cuba?

Fue una tarde en el agromercado de Santos Suárez, esperando la papa. Éramos una multitud. En su mayoría amas de casa o abuelitas ansiosas que ese día quizá no tuviesen nada que poner en la mesa. Al cabo de unos veinte minutos llenaron aquellos depósitos que parecían abrevaderos de vacas y retiraron la soga que impedía la entrada. Fue como un toque a rebato. La jauría humana se abalanzó en estampida. Y yo me quedé inmóvil, como estupefacto, mirando a distancia crítica aquellas papas con pegotes de fango que daban tanta grima como la "molotera". Aunque me sangrara la úlcera, me negué a abrirme paso y competir con aquellas señoras que luchaban a codazos la comida de sus hijos y nietos. Daba tristeza y rabia a la vez ver a un pueblo degradado por un sistema ineficiente e inhumano. Me di la vuelta, salí del agro, me fui a la casa y me tomé un vaso de agua con azúcar para aliviar ese dolor que llaman “prepandrial”, tan bien conocido por los ulcerosos. Ese día decidí dedicarme "fulltime" al forrajeo intensivo y largarme de Cuba tan pronto me fuera posible. Esta experiencia en el agro tal vez haya sido una metáfora, una especie de resumen o síntesis vivencial, de la sordidez del paisaje urbano tras los primeros embates del periodo especial. La vida se nos hizo totalmente insoportable en la Isla del Marabú, una vez perdidas las esperanzas de lograr un mínimo de aperturismo tras el atrincheramiento numantino en la clausura de lV Congreso del PCC, a fines de 1991. A esas alturas, no me cabía la menor duda de que aquello iba para largo. Un médico amigo mío, que se suicidó de tanto esperar y no aguantar más, lo formulaba en su jerga clínica: “Cuando se entra en fase aguda, existen tres vías de resolución: la recuperación, el fallecimiento o la cronificación. Esto no se recupera ni perece a corto o medio plazo; se vuelve crónico”. Y, en efecto, la cronicidad dura ya 30 años contando desde el año memorable de 1989.

Pude largarme de Cuba en 1993. Ya por entonces autorizaban los viajes al extranjero con carta de invitación. Pero irme era un viejo anhelo que se remontaba a la adolescencia. Fui reclamado por un familiar en Estados Unidos a raíz del éxodo de Camarioca en 1965. Presenté los papeles, como se decía en la época. Saqué pasaporte y hasta me hice un traje a la medida, pues en los Vuelos de la Libertad el régimen exigía ir vestido formal y presentable. Mas enseguida tendieron la trampa de la edad militar. De modo que, como tantos varones de mi edad, quedé atrapado en Cuba y marcado como desafecto. Con lo cual no pretendo ni mucho menos presentarme como la gran víctima. Yo padecí, más o menos, los mismos maltratos, las mismas humillaciones y prohibiciones absurdas, la misma represión política, que el resto de mi generación. Tuve amigos y hasta compañeros de la secundaria que contaron con mucha menos suerte y sufrieron cárcel por “intento de salida ilegal” y por pintadas anticastristas. Yo hasta pude librarme del servicio militar.

¿Qué esperabas encontrar del “otro lado”?

Tras mi salida de Cuba, encontré la libertad, que era lo que buscaba y fue lo que encontré. He vivido sucesivamente en Brasil, España, Estados Unidos y de nuevo en España, donde me he afincado finalmente con mi familia. Descontando los apuros iniciales del emigrante y las angustias inevitables del exiliado, en estos tres países me he sentido respetado como nunca lo fui en Cuba. Aprendí a “viver e não ter a vergonha de ser feliz”, o sea, a vivir sin avergonzarme de ser feliz, como propone el emblemático samba de Gonzaguinha. A lo que cabría agregar: y vivir sin miedo de vivir.

¿Qué encontraste?

La vida del exiliado puede tener sus momentos amargos, pero en general es enriquecedora. Emigrar a los 41 años, como en mi caso, resulta más duro aún. El proceso de adaptación —los sociólogos le llaman proceso de aculturación-deculturación— es sin dudas más doloroso, especialmente si se tiene que hablar en otra lengua, además de aprender otros usos y costumbres, otros códigos de convivencia. Sin embargo, vale la pena enfrentar el reto. Al final, uno sale enriquecido desde el punto de vista vivencial o cultural e, incluso, lingüístico.

¿Qué has aprendido durante el proceso?

Y lo más importante, en el exilio uno se ha sentido ciudadano por primera vez y ha dejado de ser súbdito del absolutismo de una tiranía con ínfulas monárquicas. Se es libre, sin tener que preocuparse de la vigilancia de un vecino chismoso, sin tener que darle cuentas de tus actos a ningún representante del poder, sin ser presa del terror político. De modo que uno puede trazarse su proyecto de felicidad personal, triunfar o fracasar responsablemente, según toque. Y elegir no sólo a los gobernantes, sino también qué comer, cómo vestir y dónde vivir, de acuerdo con las posibilidades de cada cual. La capacidad de elegir entre distintas opciones da la medida de la libertad que se disfruta. Cuantas menos opciones se tienen, menos libre se es. Si se tiene una sola o ninguna, entonces se es siervo o esclavo, como en Cuba.

¿Qué has aprendido durante el proceso?

Pudiera decir que he encontrado la patria fuera de mi país, si nos atenemos a aquella máxima de que la Patria está donde uno se siente a gusto (ubi bene, ubi patria). Mas en mi caso no es así. La Patria sigue siendo una pesadilla recurrente. Despojando el término de las connotaciones decimonónicas o demagógicas que tanto asustan a los progres posmodernos, la Patria es el país donde uno nació y se crio, donde empinamos el papalote y jodimos la pita. Más allá del congrí con lechón y yuca con mojo, amén de otros estereotipos, la Patria es esencia y genoma. Y si no la asumes la somatizas.

¿Las experiencias vividas han cambiado en ti el concepto Patria? ¿Piensas a menudo en “Ella”?

Le podrás llamar isla, nación, ese país, paraíso perdido, tierra del marabú o bayú de Margot. Suma, resta y divide, multiplica, estornuda y sigue siendo Patria, ya no le busques más, que no hay vuelta de hoja ni trampa que te valga. La Patria te persigue como una maldición, no importa que te muestres bacán y papichuli, gallito posmoderno o light posnacional. La Patria es una llaga que nunca se te cura. Es eso y lo demás.

"Anda y dile así: dile que pienso en Ella… aunque Ella, no piense en mí.

María Elena Hernández: Mi patria no me perdonaría que ande disfrazada de poeta

María Elena Hernández, poeta cubana, lee sus poemas

María Elena Hernández Caballero, la poeta que "Iba desnuda dentro de una bala" atraviesa las paredes virtuales de este sitio. Concisa como es, directa y militante de la sinceridad, ajusta las cuentas con el pasado difícil de un país en "afrentas y oprobios sumido", que fue obligado a renunciar a sus mejores hijos.

¿Cuál fue el detonante que te impulsó a marcharte de Cuba?

La pregunta que yo me hacía era: ¿me queda algún motivo para no querer marcharme de Cuba? Por otra parte, marcharse es muy suave. No me marche, yo me escapé. ¿Detonantes? Todos los días encontraba uno. No encajaba.

La presidenta del CDR le advertía con frecuencia a mi madre: han venido a investigar a tu hija. Mi madre me decía: no lo pienses, vete. Y me fui bien lejos. Nunca regresé. Ni pienso. De todas formas, si hubo dos detonantes.

El primero ocurrió a mis dieciocho años. Un policía borracho me acusó de homosexualidad. Hasta me hicieron juicio. Me pedían 2 años de cárcel, que (gracias a algunas intervenciones de amigos), terminó en multa de 200 pesos que pagó mi madre. El otro detonante fue la golpiza que en la librería El Pensamiento recibieron mis amigos poetas. Algunos de los allí presentes parecen haber olvidado. O perdonado. Tal vez “les resbaló”.

Está bien que las cosas resbalen. A mí me resbalan otras. Me resbala, por ejemplo, que una funcionaria (ex amiga), luego de haber sido testigo en mi juicio por homosexualidad, luego de defenderme con uñas y dientes, me encuentre, pasados muchos años, en la Feria del Libro de Buenos Aires y diga, aprovechando que presenta un libro, micrófono en mano, que no entiende que yo no desee publicar en Cuba. Que no entiende mi obstinada gusanería. Si en aquel momento me resbaló, ahora, que ya lo dije, me resbala más.

¿Qué esperabas encontrar del “otro lado”?

Gente que no caminara con delirio de persecución.

¿Qué encontraste?

Gente con muchos delirios, lo cual es una ganancia.

¿Qué has aprendido durante el proceso?

Aprendí que no todo es blanco, o negro. A olvidar la palabra compañero. Aprendí a caminar por una calle. Incluso, aprendí a leer. A hablar. A comer. Me soltaron en el mundo, era, otra vez, un bebé.

¿Qué es para ti La libertad?

Responder por uno mismo. De los éxitos, de los fracasos, no tener que echarle más la culpa a nadie, ni a nada.

¿Las experiencias vividas han cambiado en ti el concepto Patria? ¿Piensas a menudo en “Ella”?

Durante todos estos años, me he mudado mucho de país, de ciudad. En todos los lugares he encontrado a los míos. Somos una secta. La poesía es mi patria. Ella no me exige nada, sólo que no malgaste el tiempo llenando páginas y páginas sin sentido. Caer en la palabrería es el único riesgo de quedar expatriada.

Ah!: Mi patria tampoco me perdonaría que ande por ahí, disfrazada de poeta.

Joaquín Badajoz: "El exilio es un ejercicio liberador cuando se practica sin arnés"

El poeta Joaquín Badajoz durante una lectura en La Otra Esquins de las Palabras

Con la energía propia de quien ha sabido convertir sus vivencias en recursos de aprendizaje, el poeta cubano Joaquín Badajoz ​comparte con nosotros el resultado de su andar por el mundo. Sus palabras nos demuestran que, para llegar a estas sabias conclusiones, mucho ha tenido que pensar en "Ella..."

¿Cuál fue el detonante que te impulsó a marcharte de Cuba?

Con los años -y el cinismo natural que desarrollamos los animales políticos-he llegado a la conclusión de que no hubo una sola razón, sino una serie de (des)afortunados sucesos, que por sintetizar -incluso emocionalmente- atribuimos a ese accidente histórico que fracturó Cuba hace 60 años y que llamamos festinadamente revolución cubana, aunque de revolución tenía muy poco y de cubana menos.

Salí de Cuba como refugiado político. Supongo que pagando la osadía de intentar democratizar ese sistema abusivo y despersonalizador desde sus propias instituciones o desde algún amago de sociedad civil, provocar un tránsito mínimo, y ese castigo del destierro está bien: es hasta ligero si lo comparamos con los asesinatos políticos que se han ocurrido en estos 60 años: por eso ni me considero víctima ni guardo ningún rencor. Creo que todo sucede por alguna razón, que responde a un plan que nos trasciende y que, por mucho que nos empeñemos, no vamos a entender. Pienso, como Epicteto, que “lo importante no es lo que te suceda en la vida, sino cómo reaccionas a ello”.

¿Qué esperabas encontrar del “otro lado”?

Durante varios meses tuve un sueño recurrente -luego he descubierto que es bastante común- en el que regresaba y los trámites burocráticos, accidentes imprevistos o indolencias naturales del sistema, me iban atrapando en una trama kafkiana en cámara lenta, de la que no podía escapar y en medio de la que despertaba agitado. Reflexionando sobre esos episodios comprendí que la ansiedad por “escapar” de Cuba era mayor de lo que hubiera querido aceptar -sobre todo porque era (soy) de los que piensan que emigrar no puede ser nuestra condición nacional. Somos un país de desperdigados por el mundo, de seres con raíces aéreas y así no se puede rescatar ningún país. Nos hemos convertido en una isla de tránsito, una especie de maternidad obrera.

Hace años, Dagoberto Valdés le puso un nombre a este fenómeno que define la magnitud y el dolor: etnorragia. Somos un país que se desangra, que sufre de una hemorragia demográfica. Hasta paseando por Skólavörðustígur -una de las calles principales de Reyjavik que parte de la iglesia luterana Hallgrímskirkja, la más alta de Islandia- se encuentra uno un café llamado Babalú que fue hace unos años propiedad de un cubano. Hemos sido lanzados al mundo como una granada antipersonal.

Afuera esperaba encontrar una explicación para nuestra desgracia, un mundo que se cayera a pedazos y que justificara que un puñado de hermanos nuestros hubiera secuestrado un país adolecente bajo la premisa de salvarlo de sí mismo y terminara violándolo y ultrajándolo sin piedad. Porque hay una suerte de pedofilia política implícita en la revolución cubana, en ese estupro de democracia. Esperaba encontrar las claves de nuestra miseria y nuestra falta de escrúpulos. También las de nuestra cobardía y resignación.

¿Qué encontraste?

Encontré en cambio -y puede ser un cliché- el alivio de caminar por la cuerda floja, la posibilidad de despojarme de compromisos estúpidos y visiones maniqueas del mundo, de derribar todas las fronteras, de lanzar por la borda el lastre de los nacionalismos, las ideologías y las patrioterías baratas.

El exilio es un ejercicio liberador cuando se practica sin arnés Si uno interpreta con suma dedicación su “rol de náufrago” desarrolla la clarividencia de los enfermos terminales. Me liberé del truco de la patria, por ejemplo, de la necesidad de pertenencia, de la obligación de definirnos. He encontrado y conseguido con esfuerzo -y a la inmerecida gracia de Dios-muchas otras cosas, pero creo que lo fundamental ha sido crecer en una dimensión desconocida para mí y aprender a deshacerme de todo lo que no es esencial.

Encontré también que existen otras vías para alcanzar la prosperidad y conseguir la justicia social sin tener que empeñar tus libertades personales ni vender el alma a alguna ideología.

¿Qué has aprendido durante el proceso?

He vivido más de dos terceras partes de mi vida adulta en Estados Unidos, así que ha sido un proceso de aprendizaje largo y continuo que no termina nunca y que va desde aprender a comportarse -en mi época, salir del país era como despertar de un coma inducido, uno era más torpe que un oso de feria- hasta a tomar decisiones responsables. Los exiliados estamos siempre capeando temporales, reinventándonos, por eso creo que en estos años me he replanteado casi todo lo que creía que sabía en mi vida. Vivo haciendo malabares con la duda y la curiosidad. También, en una especie de síndrome de Estocolmo, le he tomado mucha pena a los verdugos, los veo desde lejos encerrados en su miseria, tan desmañados, incapaces de lograr otra cosa que no sea multiplicar la miseria. Debe ser muy triste ser tan brutos, tan incompetentes, porque nadie puede ser tan idiota o malvado que cambie a propósito la oportunidad de refundar una nación por la vergüenza de convertirla en una suma de lugares comunes, desaciertos y mezquindades. Puedo sentir empatía con su empeño sisífico, su frustración de patinadores sobre fango.

¿Qué es para ti La libertad?

Si no formara parte de un sistema de ideales sublimes que el hombre debe cuidar celosamente, te respondería que es una necesidad creada. Un invento de demagogos y escritores aburridos. Vivimos en comunidades, dependiendo unos de otros, sujetos a voluntades, necesidades y perspectivas ajenas, colaborando, respondiendo continuamente a compromisos y responsabilidades. La interdependencia es de hecho una característica de la vida en nuestro planeta, todos los ecosistemas terrestres están relacionados. Me maravilla pensar que con nuestros cerebros pequeños hayamos llegado a la conclusión de que tanta perfección surgió al azar de una gran explosión. Somos animales religiosos, amamos cualquier tipo de narrativa sobrenatural -incluida a menudo esa que llamamos científica- y somos hasta capaces de inmolarnos por conceptos simbólicos. La libertad absoluta, la del salvaje o el tonto, que a veces defendemos con tanto empeño, no es más que una caricatura.

La libertad suele ser tan elusiva y remota como la felicidad, pero existe, aunque sea una condición que sólo puede explicarse cuando episódicamente se disfruta. Todos la definen a su manera y, aún cuando esas explicaciones sean a menudo opuestas, todos tienen razón, porque la realidad personal pasa por los canales de la percepción. Por eso hay gente que se siente “libre” en las sociedades más brutales y totalitarias y “esclavos” en las sociedades libres. Cuando despejamos todas las variables, y nos quitamos el antifaz de la política, descubrimos que todos somos esclavos de la economía: que la independencia económica es quizás la última y suprema forma de libertad.

Aunque existe otra libertad más trascendente que la económica: saber que vives en una sociedad en la que se respetan tus derechos universales, que aunque no tengas un centavo existen todas las condiciones creadas para que puedas reclamarlos. Porque no existe libertad posible sin respeto a los derechos y la integridad humana.

¿Las experiencias vividas, han cambiado en ti el concepto Patria? ¿Piensas a menudo en “Ella...”?

Siempre digo que soy mal cubano y buen pinareño. Me cuesta pensar en la patria en mayúsculas, más allá de la ciudad donde vivía. Podemos estar jugando tres días con conceptos abstractos, y la patria es uno de ellos. Vine a conocer Cuba, en toda su extensión y complejidad, en el exilio. Pinar del Río es una región remota, sin mucho tránsito nacional, dentro de un país inmovilizado, por lo que viajé poco por el Centro y el Oriente, y un santiaguero puede serme tan cercano (o distante) como un dominicano, por ejemplo. Esos hallazgos y otros han dado forma a mi particular noción de la patria, que ahora es más amplia e inclusiva. Patria significa ese espacio, a veces simbólico, donde conviven los factores diversos y a menudo opuestos de la nacionalidad.

Los cubanos no debemos olvidar que somos una nación forjada en el exilio. Una vez le escuché decir a ese gran cubano que era Oswaldo Payá, que apuntarle al exilio era apuntar a la otra mitad de su corazón. Así que no sólo “pienso en Ella” —en la Patria— sino que hago patria todos los días. No miro hacia la isla con ninguna nostalgia, porque para mí ha dejado de ser un lugar geográfico para entrar en las cartografías entrañables, que llevo conmigo a todas partes sin estridencia ni estereotipos. Siento a veces pena por quienes sólo conocen la parte insular de esa patria extensa que es Cuba, los que no han podido convertirse ellos mismos en patrias portátiles, mezclarse con otras razas, otros pueblos y ponerle guiones a su nacionalidad, porque tengo la sospecha de que Cuba está destinada desde siempre a no existir sin su exilio, sin esa geografía, volátil e imprecisa como fatamorgana, que lleva irradiando siglos de cubanidad.

Caridad Martínez: "Patria es donde puedes ser tú, ser libre y no sentirte extranjera"

Caridad Martínez, bailarina clásica, coreógrafa, profesora de ballet. Cubana residente en Nueva York

A Dile que pienso en Ella... entra, con el vigor de su férrea disciplina, humana y profesional, Caridad Martínez, quien llegara, a fuerza de talento, a ser Bailarina Principal del Ballet Nacional de Cuba y para ella se crearon piezas en las que nadie, según los conocedores del tema, ha logrado superar su actuación. En 1991, aquí nos explica por qué, decidió romper las ataduras y, desde entonces, ha fundado escuelas de Ballet en varios países del mundo y sentado cátedra, dejando la huella de su poderío donde quiera que ha llegado.

¿Cuál fue el detonante que te impulsó a marcharte de Cuba?

La censura y, además, percibí todo lo que venía. Ésto fue en 1991. Las carencias, mi oposición al gobierno. Todo se iba deteriorando: los valores con los que mis padres me criaron más, lo que aprendí y nos hicieron creer en la Escuela Nacional de Arte.

Esa escuela que Fidel Castro nunca quiso visitar porque o éramos muy escandalosos -eso se nos comunicó una vez en la escuela- él escuchó mucha bulla durante el camino de entrada al Country Club, donde estaba situado nuestro comedor y lugar de encuentro de los estudiantes de todas las diferentes disciplinas; en fin, esa escuela que graduó cientos de los más importantes artistas cubanos, y a él nunca le interesó. Da igual, honestamente, no nos importaba; teníamos increíbles maestros y éramos muy felices.

Se me comunicó que algunas de mis obras no se podían presentar más, porque criticaban la Revolución; que venían tiempos difíciles no y podía continuar creando obras que se cuestionaban la política en Cuba. Me dijeron que ya no podría seguir llevando mi compañía de viaje fuera de Cuba y que las invitaciones que se me hicieran en el futuro, sevirían para darle oportunidad a otros grupos.

Te cuento todo este rollo porque son situaciones inconcebibles. Estaba harta.

¿Qué esperabas encontrar del “otro lado”?

No tenía ninguna expectativa. Me quedé en México, empecé a impartir clases de Ballet y a hacer coreografías. Al mes, ya tenía trabajo y al siguiente año, ya había fundado mi propia escuela. Yo era conocida y me ofrecieron inmediatamente trabajo. Después de 9 años, trabajé con un director y artista norteamericano, él fue quien me dijo que yo tenía algo que aportar en Estados Unidos y que podía hacer una carrera.

Yo había bailado aquí y creí que conocía el país.

¿Qué encontraste?

Al llegar, pues todo era nuevo. Las personas que apoyaban mi transición estaban en el mundo de las artes visuales y el cine. Yo me movía en un mundo que no correspondía con mi realidad. Luego, me desencantó el nivel de las escuelas de ballet y lo inaccesible que era, para muchos, poder estudiar Ballet. Por lo demás, yo venía de una casa donde todos trabajaban mucho y en el BNC siempre se nos aclaró que había que luchar para conseguir algo y además, mi compañía tenía categorías y había que empezar desde abajo.

No me sentía incómoda, empecé a tratar de impactar positivamente en donde trabajaba y a elevar la calidad de la enseñanza.

¿Qué has aprendido durante el proceso?

Aprendí a apreciarme a mí misma como una individualidad, y a ver que todas las diferentes especies pueden sobrevivir juntas si existen reglas, respetándose y con tolerancia.

Mi mayor aprendizaje fue en Cuba, en mi barrio, Cayo Hueso y en el Ballet Nacional, cuando Alicia y Fernando.

¿Qué es para ti La libertad?

Esa es una pregunta muy grande para los que hemos vivido en un país donde tu más pequeña acción, tiene un significado político.

Yo no sabía que era la libertad hasta que llegué a México y, con el tiempo, comencé a tomar decisiones sin pensar en las consecuencias políticas que éstas pudieran tener o cuánto podría afectar a mis padres una decisión mía. Con las cosas más simples aprendí a ser libre. Y aprendí a decir lo que opinaba libremente.

Pero, este país en el que ahora vivo, es muy especial en ese sentido.

¿Las experiencias vividas han cambiado en ti el concepto Patria? ¿Piensas a menudo en “Ella”?

Adoro Cuba, esa imagen de la isla. Lo que sucede allí es penoso y me duele. Regresé después de 20 años y no pude visitar mi casa, me dio tristeza ver esas calles y casas en ruinas, me sentí muy triste. Pero me gusta su gente, con todos los defectos que tienen, hay algo tan auténtico e irreverente, que nos hace especial. México fue mi segunda casa, amo también ese país, tan vulnerable, donde soy siempre tan bien recibida y donde cuidan tanto de mi.

Aquí, en Norteamérica, rápidamente me sentí en casa, me quedaba clarísimo que había un espacio para mí y que así como mi trabajo era considerado, respetado y remunerado como nunca antes, yo también podía serle útil a él. Nunca antes me había sentido tan protegida y tan libre de pensar y expresarme como en este país.

Patria es donde puedes ser tú, ser libre y no sentirte extranjera.

Alfredo Pong: La otra Patria vive en mi interior, pero ya no es ni regreso ni nostalgias

Alfredo Pong, arquitecto, caricaturista, músico y escritor cubano radicado en Miami

Alfredo Pong, El Chino para sus amigos, es de esos cubanos multitalentos, abierto, expansivo, siempre en busca de terrenos que explorar y caminos que transitar para llegar a conocer sus límites, si es que los tiene. Este Chino afable, con magnífico sentido del humor y de la verdadera justicia, entra a Dile que pienso en Ella... y lo hace, con la misma confianza de quien entra a la cocina de su casa.​

¿Cuál fue el detonante que te impulsó a marcharte de Cuba?

El 1 de septiembre de 1960, en su discurso conocido como “La Primera Declaración de La Habana”, Fidel Castro, entre otras cosas, anunció el rompimiento de relaciones con Taiwán y el inicio de las mismas con la República Popular China, ese fue el detonante que inició los trámites de salida del país de toda mi familia.

Yo estaba entre los niños de la Operación Peter Pan, pero fui de los que tuvo que esperar varias décadas para lograr salir. Me tocó ver, paso a paso, la decadencia del país y su sociedad. Fue a raíz del caso Ochoa que pude escapar hacia Canadá. La inmensa mayoría de chinos en Cuba dejó el país en solo una década. Sin negocios ya no tenía sentido vivir en la isla.

¿Qué esperabas encontrar del “otro lado”?

Libertad, y la posibilidad de decidir mi vida según mis deseos y expectativas.

¿Qué encontraste?

Todas las puertas abiertas, un mundo desconocido y aterrante, pero con las opciones en espera de tu sacrificio, de tu tensón y tus posibilidades.

¿Qué has aprendido durante el proceso?

Que para cosechar hay que sembrar primero. Nada vale ni permanece si no te llega a través de tu esfuerzo y tu trabajo.

Hay una gran diferencia entre vivir en el zoológico o vivir en la selva.

Nada gratis perdura.

Hay que avanzar hacia el futuro conociendo el pasado, pero mirando hacia adelante.

¿Qué es para ti La libertad?

Es crecer sin límites y obtener tus premios sin quitarle a los demás lo que les corresponde. Respetar y hacerse respetar. No claudicar por miedo o por ganancias. En fin, vivir y dejar vivir respetando los convenios.

¿Las experiencias vividas han cambiado en ti el concepto Patria? ¿Piensas a menudo en “Ella”?

Patria es el lugar en que vivo y construyo los recuerdos, la familia y los amigos. La otra yace en la memoria pasada, acumulada e íntima, donde yace lo mejor y lo peor de mi vida como cubano.

Mi presente es mi Patria, la otra vive en mi interior, pero ya no es ni regreso ni nostalgias.

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