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Dile que pienso en ella

Félix Anesio: "La libertad no se entrega en bandeja de plata: hay que ganársela responsablemente" 

El escritor Félix Anesio. (Foto tomada de su Facebook)

Félix Anesio, escritor, poeta, ingeniero y guantanamero por más señas, es nuestro invitado a esta variante de Hilo de Ariadna que es el espacio Dile que pienso en Ella, donde los hijos de la isla hablan de Ella y de sí mismos, en Ella y lejos de Ella, demostrando que la ausencia no es precisamente olvido y que, junto al dolor, siempre terco, rebelde y consistente, habita un amor sin atenuantes.

¿Cuál fue el detonante que te impulsó a marcharte de Cuba?

Siempre pendió sobre mí la Espada de Damocles de la implacable política oficial del gobierno hacia toda persona que pensara diferente. Por ello, siempre estuve viviendo en una encrucijada, intuyendo el momento y la posibilidad de partir, aún sin desearlo de manera consciente.

Desde mis tiempos de estudiante en el Colegio De La Salle presagiaba que algún día habría de abandonar el país junto a mis padres, o sin ellos, lo que sería mucho más terrible. Era mucha la afrenta, el daño psicológico y social. Términos, consignas y frases adversas como: curas falangistas, niños bitongos, explotadores, gusanos, pérdida de la patria potestad, bloqueo yanqui, presidio político, crisis nuclear, drenaje de cerebros, exilio, patrias o muertes coreados por millares…, poblaban un entorno draconiano.

Vi partir a familiares y amigos a los que tenía que darlos por muertos, porque nunca más tendría noticias de ellos, lo cual en muchos casos fue cierto. Pero mis padres aún esperaban —aferrados en su estoicismo— a que las cosas cambiaran, incluso después de que perdieron los bienes adquiridos durante toda una vida y de que mi padre estuviera preso en (la cárcel de) Boniato. Esa prisión fue algo sumamente traumático para toda mi familia; una mácula con la que habría que cargar ante aquella sociedad tumultuosa y vengativa.

En esos tiempos, recuerda que soy guantanamero, muchos amigos abandonaron el país a nado por la Base Naval (de Guantánamo). Mis padres temían que cualquier noche mis hermanos y yo diéramos el peligroso paso en el que te jugabas la vida. Solo los tranquilizaba el hecho de que soy mal nadador, de hecho, casi no sé nadar.

En la universidad estuvieron a punto de expulsarme en las tristemente célebres comisiones de depuración, porque la misión de la universidad era graduar técnicos revolucionarios y yo, según ellos, era incompatible por mi creencia y mi forma idealista de pensamiento. Durante años estuve esperando la expulsión, cada día, cada noche… Pero dada mi tozudez, mi empeño y mi talento, me gradué finalmente en el 1975 con notas excelentes, pero con un expediente que acotaba serias deficiencias ideológicas.

No obstante, mis padres apelaban a que ejerciera mi profesión decorosamente. También el padre Pastor González Sch. P., nuestro guía espiritual (consejero de Mons. Pedro Maurice Estiú) nos exhortaba a lograr un espacio propio, a pesar de las muchas presiones del sistema. Así pasaron los años y alcancé un gran prestigio profesional, aunque no contara con militancia política alguna, lo cual demandaba un esfuerzo extraordinario para salir airoso en cada proyecto.

Por toda esa historia que relato avizoraba que algo mayor habría de ocurrir, como un detonante que me impulsara, e hiciera factible, la salida del país. Una invitación que hicimos a un colega radicado en España, para impartir una conferencia en la Unión de Ingenieros fue ese detonante. Por entonces, yo era presidente de los ingenieros hidráulicos en mi provincia y coordinador de las cinco provincias orientales, pero debido a ese solo hecho que refiero, fui expulsado de la organización y de mi labor de más de 25 años. Muchos colegas fueron sancionados. Este suceso fue divulgado por Radio Martí, según conocí después.

Nunca tuve vocación de paria… Fue entonces que tomé la riesgosa decisión de presentarme ante la Oficina de Intereses de los EEUU para obtener el visado, el cual me fue concedido de inmediato en la categoría de profesional desestabilizado. El temor paralizante de todas las etapas anteriores de mi vida había sido definitivamente exorcizado, anulado.

En el año 2000 pude viajar junto a mi esposa a los EEUU. Sabía que nunca más vería a mis padres; ellos lo sabían y me dijeron, no sin lágrimas: “Hijo, vete y no regreses nunca”. No los vi morir y eso ha sido uno de los episodios más duros y tristes de toda mi vida.

Momentos antes de partir escribí un poema relacionado con esta circunstancia y que reza:

Farewell

Si he de partir

dejando en unos la impresión de estar loco.

Si he de partir

dejando en otros la impresión de estar cuerdo.

Y esperar como un eterno adolescente

la justificación a este acto de mi vida

dejando atrás ingentes memorias y recuerdos.

Y mientras tanto, Dios se ausenta y quedo sumido

en el lacerante horror del desamparo.

Qué más da, si mi destino no es otro que partir.

¿Qué esperabas encontrar del “otro lado”?

El otro lado no era nada ajeno para mí. De hecho, había estado con mis padres en el 58-59 aquí en Miami y en Tennessee. Y es que yo —como guantanamero natural— nací y me crié entre gringos; conocía de primera mano sus costumbres y cultura, y aprendí bastante bien la lengua desde niño. Recuerdo que aquí celebramos—en Biscayne Boulevard— el triunfo de la revolución a la salida de Batista. Entonces regresamos a Cuba en marzo del 59 y el resto es historia…

¿Qué encontraste?

Al llegar definitivamente en el 2000, encontré un país que seguía funcionando acorde a su Constitución y a los principios del derecho. Claro que no es un País de Jauja; hay notorios contrastes: polarización desmedida de la riqueza, la clase media erosionada, problemas con las migraciones, las drogas y la violencia, etc. Ya sabemos que el mundo es cambiante y complejo, pero este país se fundamenta, a pesar de todo, en el principio que reza “E pluribus unum” y eso lo hace garante de toda su grandeza. Un país en que mis hijos logran sus metas y donde han nacido mis tres nietos perfectamente bilingües que conocen nuestras raíces y que, como gesto empático, quizás, dicen ser cubanos.

Personalmente —y esto lo quiero destacar— encontré un orden decoroso que propició el surgimiento de mi literatura, aspecto que ha dado una razón capital a toda mi existencia.

¿Qué has aprendido durante el proceso?

Que lo importante es trabajar y aplicarse, ya que del cielo no caen las cosas.

¿Qué es para ti la Libertad?

El derecho que tiene todo hombre a pensar y hablar sin hipocresía (cito al Maestro), a trabajar para el bien de su familia dentro de una sociedad que respete la honradez y los derechos de cada uno de sus ciudadanos. Pero la libertad no se entrega en bandeja de plata: hay que ganársela responsablemente.

¿Las experiencias vividas han cambiado en ti el concepto Patria? ¿Piensas a menudo en “Ella”?

Puedo decir que tengo dos patrias, dos culturas fragmentadas e integradas en mi conciencia: Cuba y los Estados Unidos. En una de ellas viví por 50 años —y sagrados son sus mejores recuerdos y vivencias, a pesar de todas las contingencias que relato—. En la otra llevo casi 20 años y en ella he podido desarrollar esa gran pasión que es la literatura, sin la cual nunca hubiera estado plenamente conformado como persona.

Armando de Armas: "El exilio político es una pequeñez al lado del exilio del alma"

Armando de Armas, escritor cubano y periodista de Radio Martí. Residente en Miami. (Foto cortesía)

Este segmento de "Dile que pienso en Ella" abre sus puertas esta semana para recibir al escritor cubano y periodista de Radio Martí, Armando de Armas. Claridad, intensidad y altura son tres adjetivos justos para definir esta presentación, que va mucho más allá de lo "nacional cubano" para ubicarnos justamente en un tiempo y un espacio inclusivo, sin concesiones chauvinistas.

¿Cuál fue el detonante que te impulsó a marcharte de Cuba?

En 1989 había escapado de una cárcel en Camagüey, después de un enfrentamiento físico con elementos de Tropas Especiales, con una alardosa –alardosa por sangrante- herida a causa de un culatazo de pistola Makarov en la cabeza y sin haber recibido atención médica alguna (lo curioso acá es que, hace unos días, en Miami, 30 años más tarde, durante un chequeo de rutina, resulta que sale a relucir que tengo un vacío en el cráneo de más de una pulgada debido a una fractura de cráneo que, obviamente, soldó sola y sin saberlo yo. Según el médico, me salvé porque sangré).

Luego me vinculé, a través de mi difunto amigo, actor y ex preso político por 18 años, Justo Quintana -quién se exilió poco tiempo antes que yo-, a un grupo de Miami que actuaba clandestinamente dentro de Cuba (¡mira qué cosa, ahora los clandestinos se han puesto de moda!), que se nombraba El Ex-Club y era comandado por Rolando Borges, que también cumplió una larga condena de prisión; ambos estuvieron involucrados en planes para despachar a Fidel Castro al otro barrio.

Bueno, ese accionar en las sombras, el llevar una vida al margen de las normas sociatas y el empeñarme en una escritura libre -escritura alimentada, por cierto, en esa vivencia-, hicieron que se estrechara el cerco sobre mi persona, de modo que tuve que escoger entre regresar a las rejas o escapar y, claro, escapé clandestinamente.

Conmigo en esa fuga traje los manuscritos de toda mi obra escrita en Cuba y que ha sido publicada después en el exterior, novelas como La tabla, cuya segunda edición se presentará el próximo 21 de febrero.

¿Qué esperabas encontrar del “otro lado”?

Que la policía política no tocara a mi puerta a las tres de la madrugada.

¿Qué encontraste?

Que la policía política no ha tocado a mi puerta a las tres de la madrugada.

¿Qué has aprendido durante el proceso?

Que el exilio político es una pequeñez al lado del exilio del alma.

¿Qué es para ti la libertad?

La defensa de la personalidad frente a la amenaza de la avalancha de lo colectivo, feo, deforme y masificador, del caos en suma, de modo que uno pueda someterse a un orden superior, sostenido en la exaltación de los valores jerárquicos, aristocráticos y cualitativos. La libertad, como el amor, es asunto de seres superiores, del hombre diferenciado.

Un mono no es libre porque salta de rama en rama, ni un caballo salvaje porque corre la crin al viento en una planicie, el primero está atado a las ramas y el segundo a la planicie. El hombre común está atado, y de qué manera, a las apetencias de su estómago y de su sexo. Sólo el atarnos al espíritu y a los ordenamientos que de él emanan nos hacen libres.

La causa verdadera de la decadencia de Occidente contemporáneo reside precisamente en el hecho de que los valores espirituales que una vez impregnaron el orden social han sido soslayados, sin que se haya sabido sustituirlos por otra cosa que no sean naderías historicistas y materialistas; por una fanática religión racionalista.

¿Ejemplos cercanos de esas naderías, religión usada como sucedáneo de lo superior? En Cuba quitaron al Cristo de las casas y pusieron al Castro. En EEUU quitaron la oración de las escuelas y han puesto el dogma de lo políticamente correcto.

El problema -según aseguraba el eminente filósofo italiano Julius Evola (1898–1974)­- es que se ha descendido al nivel de factores económicos, industriales, militares, administrativos y, como máximo, sentimentales, sin darse cuenta que todo esto no es más que mera materia, necesaria hasta donde se quiera, pero nunca suficiente, para producir una ordenación social sólida y racional, apoyada sobre sí misma, de la misma forma que el simple encuentro de fuerzas mecánicas no producirá jamás un ser viviente.

En esa ecuación enunciada por Evola no hay cabida para la libertad. La libertad política no sería más que el resultado ulterior de la libertad de espíritu.

¿Las experiencias vividas han cambiado en ti el concepto Patria? ¿Piensas a menudo en “Ella”?

Mira, mi concepto de patria es contrario al de José Martí. La patria de Martí es política, social, revolucionaria, reivindicativa, romántica. Mi patria es paisaje, tierra y sangre, Cienfuegos, Sta. Clara, el cabaret Guanaroca en la primera y el bar La Diana de la segunda, donde mi padre, un santo varón, tuvo una sangrienta reyerta a botellazos y puñetazos, La Habana y, claro, Cuba.

Mi patria es la misma de Gertrudis Gómez de Avellaneda, un bello territorio que pertenecía, en tanto provincia, al imperio más grande que jamás haya existido, el Imperio español -ese donde, en tiempos de Carlos V, jamás se ponía el sol-, y que, por si fuera poco, entronca con el padre de Europa, el Imperio romano.

El concepto patrio de Martí, es el del Estado nación que surge en el siglo XVII con el tratado de Westfalia, al final de la guerra de los Treinta Años (1648), que se manifiesta trinitariamente como revolución liberal, revolución burguesa y revolución industrial, pero que ya tiene sus antecedentes en la brutal escabechina de la revolución francesa.

La apoteosis de esa creación del XVII tiene lugar en el XIX, el tiempo de Martí. El Estado nación es artificial, un invento de la modernidad desasido de toda sacralidad y de toda tradición, un invento en que la monarquía y el heroísmo han sido sustituidos no por la libertad, como se nos ha hecho creer, sino por la banca y la propaganda.

Una nación para mí concepto se acerca a la definición que da el filósofo alemán Oswald Spengler (1880-1936) en el sentido de que se manifiesta en una cultura que ha llegado a desarrollar un pueblo dado por al menos mil años, pero hay pueblos que nunca llegan a ser cultura y, por ende, nación.

Así, los cubanos tenemos poco más de 500 años de historia, luego somos apenas un pueblo, multitud de pueblos han desaparecido en el enrojecido remolino de la historia sin llegar a ser nunca una cultura, ¿quién se acuerda hoy de los pueblos prehelénicos, los pobres pelasgos?, ¿quién, de los pobres y apocados guanajatabeyes, acorralados hacia el extremo occidental de la isla antes de la llegada de los españoles por esos feroces supremacistas, que fueron para ellos los siboneyes y taínos?

Bueno, pobres y apocados y todo, los guanajatabeyes parece que han dejado huellas en este hemisferio al menos desde el 1000 antes de Nuestro Señor Jesucristo.

Para mí, la patria depende y se enmarca dentro de una cultura. La cultura, por tanto, es superior a la patria y puede abarcar varias patrias, está regida por un espíritu específico y tiende a expresarse en el imperio o en la idea imperial.

Gracias a los grandes imperios, el mundo pudo pasar de espantar el hambre con un palo, y las interminables guerras intertribales, a largos periodos de paz y prosperidad, que dieron lugar a espacios habitables, tan amables y de tanta altura en todas las ramas del arte, el saber y lo numinoso, como eso que hemos dado en llamar Civilización occidental.

Las culturas, y el espíritu que las determina, son cíclicas y por lo mismo estoy persuadido de que el imperio o la idea imperial estará de vuelta como parte de un nuevo espíritu epocal, que no sería otra cosa que el regreso, en alguna medida, a periodos históricos anteriores; anteriores a la revolución francesa al menos.

Por supuesto, no es que regresaremos con los carruajes de caballos, las espadas y la luz de los candelabros, regresaremos en los modos de gobernarnos, de los valores, de las relaciones sociales, de las relaciones económicas y de las relaciones del hombre con lo divino.

En ese nuevo mundo, muy viejo en verdad, no tendrán cabida los estrechos nacionalismos que tanto mal han hecho a la humanidad. Para darse cuenta de que la idea de la historia como un devenir no rectilíneo sino circular -en espiral más bien- no es una idea descabellada, baste con echar un raudo repaso a la historia y ver que, por ejemplo, el periodo del fin del imperio romano se parece más a nuestra época que al periodo medieval que le sucedió, y que el periodo renacentista está más cerca de la antigüedad grecolatina que de la misma Edad Media que viene sustituir. El hombre de la caída de Roma es tan moderno, decadente y desasido de toda divinidad, como el hombre del presente. Mi patria por tanto, es una cultura y, sobre todo, un idioma, el idioma español, ahí es que habito hasta ver si un día Dios permite que pueda regresar a la patria del paisaje, la tierra y la sangre.

Idabell Rosales: "La libertad, para que sea plena, tiene que ser consciente"

Idabell Rosales, bailarina y coreógrafa cubana, fundadora de Vista Larga Foundation Corp.

Bailarina, coreógrafa, inextinguible, Idabell Rosales se ha convertido, en los últimos años, junto a su esposo Armando Añel, en el epicentro de un movimiento que ha traído nuevos aires a la literatura, tanto dentro como fuera de Cuba: la Fundación Vista Larga Corp., un espacio de creación independiente que une a los escritores y poetas que han cruzado el Estrecho de La Florida con los que, dentro de la isla, se mantienen alejados de la cultura oficial y han encontrado en el Festival Vista, así como en Puente de Letras, un espacio donde proyectarse y crecer.

¿Cuál fue el detonante que te impulsó a marcharte de Cuba?

Creo que vivir frente al mar, ver canales americanos todos los días, te va creando unos archivos en el disco duro imposibles de borrar. A pesar de que fui una niña que hacía guardias en el CDR y recogía materia prima. Parece que el hecho de tener familiares aquí, los olores de los 80 con la visita de mi abuelita, o seguir viendo canales "yumas", no me dejaba estar dormida totalmente. También, ya a principios de los 90, me sentía ahogada en Cuba. Desde que mi madre se quedó, en el 89, me empezaron a cerrar en el ICRT. Comencé un negocio clandestino de tabacos, vivía con plata pero con mucha zozobra, hasta que me fui en el 96.

¿Qué esperabas encontrar del “otro lado”?

Ya mi madre vivía en Chicago y yo había estado de visita en USA antes de que ella me reclamara definitivamente. Fui la primera cubana que viajó en 1991, cuando bajaron las visitas a USA al límite de 20 años, y parece que, como regresaba, me volvían a dar la visa de visita. Estuve tres veces hasta que mami me reclamó legalmente en el 95.

No tenía muy claro irme de Cuba. Realmente vine a estar más cerca de la familia, ya conocía algo el “otro lado” y quería darle un buen futuro a mi hijo Antonio. Era mi idea principal; también reencontrarme con mi madre, mi hermano y con esos abuelos que se fueron en el 61, y con los que no pude criarme. Era importante. Así y todo, a pesar de que siempre he tenido gran parte de mi familia acá, los primeros meses, diría años, fueron muy difíciles, no hacía empatía con nada ni con nadie, extrañaba mucho a Cuba, hasta que llegó Añel, tan cubanito él, y no me dejó extrañar más.

¿Qué encontraste?

Mucho frío, viento, nieve. Un Chicago que me abrió las puertas, donde bailé en diferentes escenarios, estuve haciendo talleres, coreografías de música cubana, afrocubana, en colegios y universidades, coordinando eventos comunitarios, actuando en comerciales para la radio y televisión local, trabajando en agencias de publicidad para marcas como Coca Cola. Chicago, ciudad que amo profundamente, donde nació mi hijo Enrique Cuba y donde viví años espectaculares.

¿Qué es para ti La libertad?

La libertad es plenitud. Es coger el carro y perderte. Es madurez. Es conocerte. La libertad para que sea plena tiene que ser consciente. Y la plenitud la alcanzas siendo libre. De modo que cuando viajas hacia la libertad, estás yendo a tu interior, a tu verdad, a tu esencia que, en definitiva, es el núcleo de tu ser.

¿Qué has aprendido durante el proceso?

El proceso, el proceso del queso…siempre que escucho ‘proceso’, me acuerdo del queso proceso en mi niñez, amarillo y suave, era rico al paladar, ¿de dónde vendría?

El proceso de salir de Cuba, el proceso de ser libre, que es el proceso de la vida, te enseña a creer en los cambios. Antes yo era muy estática, cuadradita, escéptica ante cualquier situación. Analizar la versatilidad de las circunstancias en las que he vivido me enseña a creer que todo es posible. Vivir intensamente te enseña a ser menos testaruda, y no es que llegues a ser tolerante con todo aquello con lo que no eres a fin, pero sí a ser más comprensiva con la naturaleza humana y su entorno.

¿Las experiencias vividas han cambiado en ti el concepto Patria? ¿Piensas a menudo en “Ella”?

Mis hijos cuando sonríen son mi mejor patria. Ese pedazo de playa donde soy alegría, también es patria. Y sí, mi patria era solamente Cuba, un nacionalismo casi enfermizo que he vencido. Toda esa simbología bien arraigada, con bandera, tocororo y todo. Era muy cubanita, bueno, sigo siendo muy cubana, pero ya no con ese feeling vacío de que soy la mejor bailadora de mambo y me enorgullezco. Yo soy Cuba en todo lo bueno que esa frase pueda encerrar, pero no me quedo ahí. Pienso a menudo en “Ella” pero ya no desde la nostalgia sino desde la urgencia que necesitamos para liberar a cada cubano dentro y fuera.

Joaquín Gálvez: "Como muchos cubanos he llevado la Patria a cuestas"

Joaquín Gálvez, escritor y poeta cubano residente en Miami

El poeta de origen cubano Joaquín Gálvez, es un hombre sencillo, tal como debería ser la vida. La sencillez es lo que hace que las cosas, al menos algunas, funcionen y que funcionen así, sencillamente, como cae la lluvia, como las olas se acercan a la orilla. Sencillo y tenaz, Joaquín Gálvez es el cerebro y el corazón de uno de los espacios más hermosos que tenemos en Miami los hacedores de versos: la tertulia literaria La Otra Esquina de las Palabras, en Café Demetrio.

¿Cuál fue el detonante que te impulsó a marcharte de Cuba?

En pleno auge de la Perestroika, en el último lustro de la década de los 80, formé parte de un grupo cultural independiente, integrado por jóvenes escritores y artistas habaneros que aspirábamos a que se nos permitiera tener un espacio para expresarnos sin la dirección de las instituciones de la cultura oficial.

El grupo no tardó en ser desintegrado por la Seguridad del Estado,y pude, por medio de ese hecho, corroborar la naturaleza represiva del régimen cubano, renuente a propiciar los cambios que ya estaban ocurriendo en la Europa del Este, razón por la que comprendí que si quería ejercer mi derecho a decir lo que pensaba, ya fuera como ciudadano de un país o como escritor, Cuba no era el lugar indicado para hacerlo.

Me cerraron todas las puertas, y yo no estaba dispuesto a seguir viviendo tras la máscara que te impone una dictadura.

¿Qué esperabas encontrar del “otro lado”?

Esperaba encontrar oportunidades que se me negaron en Cuba como, por ejemplo, tener derecho a tomar decisiones sin que recayera sobre las mismas la intervención del poder estatal. Un país donde el trabajo, el estudio, el esfuerzo y hasta el sacrificio tuvieran un valor para la realización del individuo; el respeto a derechos fundamentales como la libertad de expresión, de asociación y de credo político y religioso, sin temor a que te vigile un cederista, te atienda un agente de seguridad del estado y te arreste un policía ; el respeto a la familia y el derecho de los padres a elegir la educación que prefieren para sus hijos; el derecho a viajar al extranjero cuando lo desees; leer los libros y escuchar la música que nos prohibieron; y, como poeta, poder escribir y publicar mi obra sin los obstáculos de la censura y en concordancia con lo que pienso.

¿Qué encontraste?

Desde que llegué a Estados Unidos, en 1989, pude encontrar mucho de lo que mencioné anteriormente; pero también sucedió que no encontré lo que, debido al adoctrinamiento castrista, esperaba encontrar: un país donde prácticamente no se podía salir a la calle por la violencia, al estilo de una película del oeste, así como la discriminación y el maltrato impune a negros y latinos, como lo muestra una foto de a principios de los años 60.

También encontré un exilio cubano cuyos logros eran producto de su trabajo e iniciativa individual; un exilio compuesto por diferentes tendencias políticas y no predominantemente batistiano, como nos hacían creer en Cuba.

Y gracias a ese exilio, sobre todo al llamado exilio histórico, conocí lo que a mi generación, nacida después de 1959, se nos ocultó sobre la Cuba republicana. Pude además conocer el dolor de ese exilio, la historia de terror que, tras la cortina de hierro, desconocía: sus presos políticos y las vejaciones que sufrieron en sus años de cárcel, los miles de fusilados, etc.

¿Qué es para ti La libertad?

La libertad es un concepto muy amplio y puede tener un significado diferente para cada persona. Para mí, la libertad está ligada a los derechos inalienables del individuo en una sociedad, ya sea para expresar sus ideas o para tomar decisiones importantes en su vida, sin que se vea frenado o limitado por las restricciones del poder gubernamental y sus instituciones.

La libertad conlleva un nivel de responsabilidad en nuestros actos y decisiones.Tal como nos enseña Erich Fromm en “El miedo a la libertad”, la libertad es un reto para cada individuo que desee tener control de su vida sin la tutela de ese ogro filantrópico que es el Estado, sobre todo de esos que, por medio de una ideología y en nombre del pueblo, secuestran la libertad de sus ciudadanos, tales como el fascismo y el comunismo.

¿Qué has aprendido durante el proceso?

Los treinta años que llevo en el exilio representan un arduo proceso de aprendizaje, el cual no ha estado exento de vicisitudes; pero también me han servido para obtener una disciplina y responsabilidad ante la vida.

He tenido que adaptarme a vivir en un país con otra cultura, acatar su sistema legal y aprender su idioma; desempeñar diferentes tipos de empleos mientras realizaba estudios universitarios para mejorar mis condiciones de vida y las de mi familia; solo que, a diferencia del país de donde vengo, el esfuerzo no fue en vano. Puedo decir también que vivir durante años en un país democrático, donde he podido leer e informarme sin los cotos que impone la censura ideológica, me ha permitido conocer mejor al mundo y a Cuba.

Ha sido un proceso enriquecedor en muchos aspectos. Aquí he podido conocer la obra de escritores capitales de la literatura cubana contemporánea que han sido censurados en Cuba, como Guillermo Cabrera Infante, Reinaldo Arenas, Heberto Padilla, Gastón Baquero, Lydia Cabrera, Eugenio Florit, etc; tener contacto con escritores que en Cuba fueron marginados y sufrieron el ostracismo como los de la Generación del Mariel o los que padecieron largas condenas en prisión como Jorge Valls y Ángel Cuadra.

También me ha permitido conocermás a fondo la obra de escritores de otros países que han sido vetados por el régimen de La Habana,como Jorge Luis Borges, Octavio Paz, Mario Vargas Llosa, Milan Kundera, George Orwell,etc. Y por supuesto, leer en su idioma a poetas norteamericanos e ingleses, como Whitman, Eliot, Pound, Sylvia Plath, Dylan Thomas, H.W. Auden, etc.

Sin embargo, en el exilio he visto cómo todavía se repiten mecanismos y patrones importados del castrismo, como la tendencia a controlar (por no llamar centralizar) la cultura por medio de publicaciones y sitios digitales en los que si no coincides con una supuesta elite (“The new Cuban influencers”), es decir, si no bailas al compás de su ritmo, ya sea política o estéticamente, quedas excluido de la comparsa. La única respuesta a esto, por parte de escritores e intelectuales que no deseen autocensurarse, es la creación de publicaciones y espacios alternativos que muestren la diversidad de pensamientos. No se puede aspirar a una democracia en Cuba con una nueva UNEAC.

¿Las experiencias vividas han cambiado en ti el concepto Patria? ¿Piensas a menudo en “Ella”?

El concepto Patria que nos enseñaron en Cuba está viciado por el falso patriotismo de un Estado totalitario, puesto al servicio de una ideología, mientras aniquila las razones culturales que lo sustentan, basadas en la tradición, las costumbres y la idiosincrasia. En la actualidad un “apátrida” o “gusano” [irónico] del exilio de Miami, que visita con frecuencia el Restaurant Versalles o juega dominó en la Calle 8, puede preservar más esa patria que en Cuba se fue perdiendo, que un cubano radicado en la isla. Como muchos cubanos he llevado la Patria a cuestas; como diría Borges: “En la ubicua memoria serás mía, patria, no en la fracción de cada día”.

Armando Añel: "El castrismo constituye una especie de faro de la irresponsabilidad global"

Armando Añel, escritor, periodista y editor cubano residente en Miami

Armando Añel, escritor, periodista, editor, es un provocador incansable. Imposible no mover las neuronas cuando tropiezas con Añel, estés o no de acuerdo con sus puntos de vista. Fundador, junto a su esposa Idabell, de uno de los movimientos culturales más importantes de Miami: el Festival Vista de la Literatura Independiente, Armando Añel ha traído a la cultura de esta ciudad aires de una renovación imprescindible.

¿Cuál fue el detonante que te impulsó a marcharte de Cuba?

Creo que desde chiquito yo quería irme de Cuba. Siempre, desde que tuve uso de razón, me sentí incómodo en Cuba. Sin los juguetes que quería, sin un miserable parque de diversiones en funcionamiento, con la televisión insufrible de solo dos canales, en la precariedad, la uniformidad, la promiscuidad, el mal olor.

Entonces, la literatura francesa, norteamericana, inglesa, etc., todos aquellos libros que leía hasta la alta madrugada ya desde los 8 o 9 años, tal vez menos, contribuyeron a que pudiera escapar de Cuba, efectivamente, en mi imaginación. Concretamente, hubo un referente literario que ahora me doy cuenta impulsó en mí, desde muy temprano, esa tendencia digamos “escapista”: J.H. Rosny y sus novelas juveniles Los conquistadores del fuego y El león de las cavernas.

Los protagonistas de ambos libros, padre e hijo, son nómadas que abandonan la tribu a la que pertenecen y atraviesan vastas regiones “extranjeras” en busca del fuego, el primero, y de la libertad el segundo. Se trata de una saga que leí con entusiasmo, casi febrilmente, durante mucho tiempo, sin percatarme de que estaba moldeando de alguna manera, en mayor o menor medida, mi psicología posterior, una especie de sentimiento que luego se convirtió en espíritu libertario.

Ya con 15 o 16 años esa incomodidad de vivir en Cuba comenzó a transformarse en oposición instintiva. Hasta que escuché Radio Martí por primera vez, a mediados de los años ochenta. Fue escuchando Radio Martí que mi oposición instintiva se convirtió en oposición razonada. Y casi inmediatamente después, yo tendría ya 21 o 22 años, en la necesidad insistente de escapar de aquel país.

¿Qué esperabas encontrar del “otro lado”?

Libertad. Novedad. Posibilidades. Vida. Espacios que pudiera ocupar, o compartir, sin desnaturalizarme, sin dejar de ser yo.

¿Qué encontraste?

He encontrado un mundo. Como bien dijiste una vez, en aquella tertulia de La Otra Esquina de las Palabras, “los cubanos exiliados no perdimos un país, ganamos un mundo”. Se me quedó grabada la frase tal vez porque eso he sentido siempre: que he ganado muchísimo más de lo que perdí al dejar Cuba.

¿Qué es para ti la libertad?

La oportunidad de vivir sin que violen tu naturaleza y tu espacio creativo. De vivir con todo lo que ello conlleva, es decir, la oportunidad de expresarte, moverte, invertir, aceptar, evitar, descubrir... responsabilizándote, claro, contigo mismo y tus acciones.

¿Qué has aprendido durante el proceso?

Muchas cosas. Solo apunto dos aquí, relacionadas con el miedo a la libertad:

Que la libertad es una circunstancia volátil en casi todas partes entre otras razones porque implica responsabilidad, y la humanidad, en su actual estadío, es profundamente irresponsable. No importa a donde vayas: Muy poca gente se responsabiliza con lo que dice y con lo que hace. Lo arduo queda a medio hacer, los planes se diluyen, las ideas, los conceptos, se defienden ciegamente en lugar de contrastarse profundamente.

Lo cómodo es la corriente, lo fácil es la irresponsabilidad; pensar, investigar, desmontar tus propios prejuicios, incluso reconocer tus errores, requiere esfuerzo responsable. En general, la responsabilidad es un peso que poca gente está dispuesta a cargar.

Por eso ya no me extraña tanto que tanto gobierno, pueblo, político, trabajen a favor del castrismo internacionalmente –como sí me sorprendía en Cuba y durante mis primeros años de exilio–, y que el populismo, tanto a la izquierda como a la derecha, esté en auge. El castrismo constituye una especie de faro de la irresponsabilidad global. De ahí que sea irresponsable permitir que sobreviva. Contagia, y atrasa, ferozmente.

Relacionado con esto, he aprendido también que “el perdedor radical”, al decir de Enzensberger, es el verdadero líder de la lucha contra la libertad en todo el mundo. “Lo que al perdedor radical le obsesiona es la comparación con los demás, que le resulta desfavorable en todo momento”, dice el filósofo alemán. “Como el deseo de reconocimiento (el ego del egobiado, agrego yo) no conoce, en principio, límites, el umbral del dolor desciende inevitablemente y las imposiciones del mundo se hacen cada vez más insoportables.

La irritabilidad del perdedor aumenta con cada mejora que observa en los otros”. De ahí el atractivo del populismo, del fascismo, del comunismo –incluso en países donde la pobreza no resulta mayoritaria–, de cara al irresponsable “agraviado”. El totalitarismo iguala a la baja eliminando o reduciendo dramáticamente las comparaciones… y las responsabilidades.

No se olvide que en la Cuba anterior a 1959 se vivía desigual pero aceptablemente, hasta los más pobres tenían jabón y consumían carne ‘puerco, pero llegó el perdedor radical y “mandó a parar”. Castro era hijo de un terrateniente y se graduó de abogado en la universidad, es decir, pertenecía cuando menos a la clase más favorecida, pero desde su ego de egobiado, comparándose con cierta elite habanera, se sentía un perdedor radical.

Cuba constituía entonces una sociedad donde abundaba el perdedor radical sin siquiera saberlo y, tras el triunfo castrista, se convirtió, por antonomasia, en un país de egobiados. Un país donde el agobio es egobio y el irresponsable vegeta permanentemente “agraviado”, inmerso en “la guerra de todo el berro”.

La famosa “igualdad” socialista, o comunista, en realidad es impulsada por el miedo (el ego). Más concretamente, responde al miedo a la comparación y a la responsabilidad. Lo mismo ocurre con el nacionalsocialismo o supremacismo o como se le quiera llamar, otra forma de populismo o colectivismo justificativo.

En el comunismo, el egobiado culpa al rico o al emprendedor de sus “calamidades”. En el nacionalsocialismo, al diferente o al extranjero. Incluso, ambas “culpas” pueden aparecer mezcladas en diverso grado. Porque no importa si de derecha o de izquierda: Casi cualquier tipo de populismo resulta instrumental para el agobio del egobiado.

¿Las experiencias vividas han cambiado en ti el concepto Patria? ¿Piensas a menudo en “Ella”?

Patria, para mí, es la libertad de poder descubrir, crear, experimentar, existir. Tu país es el espacio que mejor te deja ser tú en cualquier país. Por eso no hay día que no celebre la gran oportunidad de haber dejado Cuba atrás, de haber descubierto mi verdadera patria.

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