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Dile que pienso en ella

Ernesto Fundora: "Patria es lo que uno vio primero, el primer olor a mundo"

Ernesto Fundora.

Talentoso, honesto, profundo y viajero de la imagen, que empezó su periplo en la humilde ciudad habanera de Alamar, el cineasta, poeta y escritor Ernesto Fundora es el invitado de esta semana a Dile que pienso en Ella, donde comparte con los lectores sus puntos de vista desde la entera libertad que le asiste al humano cuando puede vivir en democracia.

¿Cuál fue el detonante que te impulsó a marcharte de Cuba?

El hambre y la represión. El período especial fue desgarrador y puso en evidencia el fracaso administrativo de una dictadura. Llegué a comer gato, paloma silvestre, cocodrilo, aura tiñosa. Pero el hambre no fue mi único detonante, también me empujaron la necesidad de autorrealización profesional y humana.

Quería tener mejores oportunidades económicas, crecer como cineasta y escritor. Yo era muy joven y sentía que las paredes y los techos se achicaban, que había un tope. Por otra la parte, soñaba con mejores condiciones de vida: casa propia, automóvil, buen salario, vacaciones, poder viajar, comprarme la ropa de mi gusto, conocer el mundo.

Quería vivir por experiencia propia la crueldad del capitalismo neoliberal. Ya no le creía ni una palabra a Fidel Castro. Sus discursos reiterativos me tenían loco. Yo estaba tan flaco que llegué a sentir vergüenza frente al espejo y escribí un verso que decía: “me estoy dejando crecer los huecos de la cara, para que mis hijos no tengan que dormir a la intemperie.” Pero ya todo eso para mí quedó en la caja fuerte del pasado, y por honor, no suelo hacer leña del árbol caído. Agradezco a todos mis verdugos. A fin de cuentas, no huimos de un sitio, escapamos de todas partes.

¿Qué esperabas encontrar del otro lado?

Una sociedad mejor organizada, con una repartición más equitativa de la riqueza y de las oportunidades a favor del desarrollo individual y colectivo. Una humanidad espiritualmente evolucionada, dado el hecho de que yo suponía, ingenuamente, que la sociedad capitalista tenía garantizada las necesidades fundamentales de la ciudadanía: vivienda, agua, electricidad, transporte, alimentación, salud pública, educación, diversión, libertades políticas, existenciales y económicas, etc.

Emigrar fue una permuta de problemas, gané en algunas cosas , perdí en otras. Hoy puedo imaginar un mundo que sintetice lo mejor de ambos. Ya no practico ni devociones ni asepsias por los modelos sociales. Soy por dentro el mundo que me gustaría tener. Para evitarme desaires, percibo la realidad 360 grados.

¿Qué encontraste?

Un naipe de dos caras. Por un lado, el as de la vidriera exquisita, excesivamente cargada de representaciones del progreso y del bienestar que, cuando escarbas a fondo, son meros señuelos de otra forma del desastre. Hay que trabajar como un esclavo a tiempo completo para conseguir el idilio que te venden los medios y la publicidad.

La ansiedad por tenerlo todo resulta imparable. Así confrontas la otra cara del naipe, el envés, una escenografía del infierno pero con abundante comida y objetos finamente diseñados para encantar. Nada te colma porque todo se vuelve desechable antes de saborearlo. La obtención de bienes presume una prosperidad falsa en medio de una calamidad espiritual.

El aliciente te lo produce el tener a tu disposición un mayor número de puertas que puedes atravesar para alcanzar parte del destino soñado. Te subes al tiovivo del mercado y cuesta trabajo bajarse. Hasta que un día llega alguien como salido de la nada o de una película de Charlot, te regala un beso, y sientes que toda la lotería del mundo estaba en esa boca.

¿Qué has aprendido durante el proceso?

Que hay fuego en todas partes y nadie tiene el don de poder apagarlos. Que todo lo que he vivido mereció la pena, y a medir por el aprendizaje, volvería a repetirlo si fuera necesario. El proyecto humano tiene más de fracaso e incineración que de victoria regenerativa.

El hombre es el lobo del hombre, mientras el Estado es la hiena del lobo, y los bancos, el cáncer del mundo que exterminará al hombre, al lobo, al Estado y a las hienas. La salvación es un proceso individual que depende del grado de consciencia y de iluminación que cada quien pueda alcanzar.

La vida es un periplo heroico contra la monstruosidad del caos, donde tenemos algunas noches de fiesta que nos permiten olvidar la pesadilla diaria. La felicidad es una invención del espíritu a contrapelo de los barrancos que nos carcomen. La humanidad, si acaso, se salva en el amor, el trabajo, el conocimiento, la poesía y la calidad de la hoguera que sea capaz de construir con su tribu.

Ninguna dicha personal es redituable si no se comparte en colectivo. El bien común es la gran utopía salvífica del mundo. De Dios no debemos esperar tanto, está demasiado compungido con la perplejidad que le produce su propia obra.

¿Qué es para ti la Libertad?

Haber podido ayudar a mi familia a brincar el muro que le pusieron al mar. Ver sonreír a mi hija, indiferente a las tantas catástrofes. Sobrevivir a toda certeza, a toda ideología, a todo apego. Cosechar un orgasmo, que resulta una alocada empresa emprendida a favor de lo efímero entre dos almas que se diluyen, que se olvidan de ellos mismos, que no temen si van o si regresan.

Disfrutar la luz del sol cuando me acaricia o cuando salpica cachonda las copas de los árboles. Escuchar música, perderme en el laberinto de un poema, inventar o descubrir una imagen, pellizcarle a la vida un pedazo de ternura. Haber conquistado un universo interior a imagen y semejanza de ese infinito universo que insinúan las estrellas.

¿Las experiencias vividas han cambiado en ti el concepto Patria? ¿Piensas a menudo en Ella?

Patria es lo que uno vio primero, el primer olor a mundo, el pecho de mi madre. Patria es el teatro de mi primer beso, donde se inició esta película que me ha tocado actuar y dirigir, la única fiesta donde no se aburre mi fascinación.

Todos los días del mundo pienso en Cuba, la respiro, la disfruto, le hago el amor, me trepo a sus palmeras, camino con guapería por las calles de mi Habana junto a mis amigos, la ausculto en el cuero de un tambor y en la vagina sagrada de una guitarra. Nadie puede arrebatarle a un hombre la tierra de sus primeros pasos. De algún modo, todos somos una isla. Yo estoy feliz de ser el náufrago que se aferra a Cuba como quien se abraza a un relámpago buscando electrizarse, anhelando la consagración de un fundamento, tal vez, sanar todos mis abismos.

Juan David Ferrer: "Amamos lo que amamos porque nos hace eco, porque resonamos en ello"

Juan David Ferrer, reconocido actor cubano residente en Miami.

Este es Juan David Ferrer, talentoso y por ello reconocido actor nacido en Cuba. Juanda, para los amigos, es mucho, muchísimo más de lo que pueda escribir en cuatro líneas. Su vida, su trayectoria toda, es la prueba de lo que Cuba, esa, la inventada por el poder, ha ido perdiendo durante sesenta y un años y de que, definitivamente, cuando ellos sean sólo un dato molesto en las Enciclopedias, los que le han dado Luz dentro y fuera, continuarán brillando.

¿Cuál fue el detonante que te impulsó a marcharte de Cuba?

El miedo; miedo a hablar, miedo a callar, miedo a que se notara lo que pensaba mientras callaba; miedo a hacerme notar por mi silencio. Logré hacerme, técnicamente, invisible, o eso creía yo. Estaba muy lejos de serlo, y me tocó enterarme de muy ingrata manera. A mí me salvó el Teatro; y me salvaron Marcia y Rodrigo; ellos dieron un sentido a mi vida en medio de aquel desastre.

Al final, mi hijo era lo único que me ataba a mi país y también tenía miedo por él, por su futuro. Ya todas las utopías se habían venido abajo, sabía que lo que yo no fuera capaz de darle, nadie se lo daría. La mejor herencia que un padre puede dejar a su hijo es su ejemplo de vida, y yo no estaba muy seguro de la mía.

¿Qué esperabas encontrar del “otro lado”?

Estaba en México, trabajando en un un proyecto del Instituto Nacional de Bellas Artes. Mi estancia allá coincidió con el hundimiento del Remolcador 13 de Marzo y El Maleconazo, vi toda la cobertura a través de la prensa, estaba muy mal con todo eso y sentí, por primera vez, que no podía volver a Cuba, que no quería volver.

En esas circunstancias, ¿qué esperar? Nada. No esperaba nada. Ni siquiera tenía una idea exacta sobre mis opciones. No fue un escape premeditado. Yo estaba avergonzado, desesperado. En México no me permitieron quedarme, y no sabía qué iba a encontrar del otro lado.

Yo sólo dije: "Sí, lo hago", y me fui a Ciudad Juarez, crucé a nado el Río Bravo y salté hacia El Paso, Texas. Dejé atrás a mi hijo de nueve años. Volví a verlo, en una visita que hizo a Miami cuando ya había cumplido veintiuno. Sueño con él, lo sueño mucho, y siempre tiene nueve años. Aunque estemos hablando de las elecciones presidenciales del 2020 él, siempre, tiene nueve años. Nunca he estado orgulloso de esa historia; sólo he aprendido a vivir con ella.

¿Qué encontraste?

Un espacio vasto, vastísimo; inasible al principio y, por momentos, aplastante. Nadie me había preparado para esto. Bancos, créditos, declaraciones de impuestos, seguros, responsabilidades económicas, archivos personales, cuentas. Encontré un estado de derecho, algo hasta entonces desconocido para mí, y sentí que tenía delante una tarea dura: aprender a aprender. Era, por primera vez, responsable de escoger entre múltiples opciones, qué caminos tomar.

¿Qué has aprendido durante el proceso?

Todavía aprendo; creo que nunca voy a dejar de aprender. He cometido errores y seguro me faltan otros por cometer pero, hasta eso tiene su polo positivo cuando sabes que tus derechos fundamentales están a salvo. Perder el miedo a equivocarte puede resultar muy liberador. Aprendí a vivir en un Estado de Derecho, donde no sólo cuenta hacer respetar los míos sino el respeto por los ajenos.

Reconocer la presencia del otro, sus diferencias, sus derechos, es muy importante para coexistir y a nosotros no nos enseñaron eso, no nos educaron así. Aprendí que, un poco más arriba, el cielo sigue siendo tan azul como mi cielo; que la luna es tan brillante como aquella, y se filtra, igual, en la dulzura de la caña; que amamos lo que amamos porque nos hace eco, porque resonamos en ello, no porque sea mejor o perfecto...

Aprendí a redefinirme, a reconocerme, a perdonarme y a perdonar, dejando atrás la rabia, el rencor. La vida me estaba dando una segunda oportunidad y yo debía tomarla en limpio, o nunca sería un hombre libre, verdaderamente libre.

¿Qué es para ti La libertad?

La libertad. Palabra grande esa! Ser libre es vivir sin miedo. La libertad tiene que ver con el estado de derecho; derecho a la autonomía, derecho a decidir sobre tu vida sin negociaciones o presiones externas. La autonomía no es sólo un derecho sino un deber del hombre libre; no puede ser libre quien no logra ser, económicamente, independiente. La libertad es, también, un ejercicio que implica respeto, compasión, y responsabilidad. Libertad sin responsabilidad no es libertad, es caos. Somos muchos habitando el mismo espacio, somos diferentes, y todos tenemos el mismo derecho a ser, a existir sin miedo.

¿Las experiencias vividas han cambiado en ti el concepto Patria? ¿Piensas a menudo en “Ella”?

Radicalmente! La palabra Patria ni siquiera podía pronunciarla antes. A mí, Patria me sonaba a "Cara al sol con mi camisa nueva, que tú bordaste en rojo ayer..." Yo nací en Enero de 1959. Pertenezco a esa generación que, al crecer, iba a ser como el Ché, la generación del Hombre Nuevo.

Desde los siete años crecí en un internado, marchando cada santo día hacia la escuela; "Un, Dos, Tres, Cuatro!!! Un, Dos, Tres; Cuatro!!!" vociferando consignas y cadencias militares, consejos disciplinarios, manchas al expediente, reuniones de crítica y autocrítica... y yo, !tan poco combativo siempre!

Lecturas de materiales políticos, tabloides interminables e inútiles, mi padre "movilizado" en el quinto infierno porque venían los americanos y la Patria "llamaba". Mi madre, en "Juntas con las Federadas" por la Patria; y "Somos socialistas pa'lante y pa'lante, y al que no le guste, que espante, que espante"; y a "Hundirse todo el mundo en el mar, y "Si retrocedo, mátame"! Eso era para mí la Patria; esa es mi historia.

Sabes? Oía la palabra "Patria" y me agarraba un dolor de cabeza en todo el cuerpo, que no me dejaba ni mover el cuello. Fuera de Cuba me he reconciliado con Ella, que es mucho más grande que la isla donde nací. Creo que no se puede hablar de Cuba sin su exilio. Siento que la nación siguió creciendo fuera de la isla; estuvo creciendo mientras yo estaba allá, como isla dentro de otra Isla.

Toda esa información ma faltaba, me la arrebataron. La Patria ha seguido creciendo, dentro y fuera de la Isla, antes y después de mi salida. Yo he crecido fuera de la Isla y me considero un híbrido, no renunciaría a ninguna de mis dos mitades. La sensación de pertenencia que hoy me une a ella no la voy a ceder a nadie, porque me pertenece sólo a mí, me la gané.

El camino fue largo y dolió, es mi camino. Gobierno no es Patria, ni es eterno, va a pasar, y será un capítulo más, sólo un capítulo, sombrío, de una historia grande; y luminosa. Yo, además, emigré solo, y quedé sólo de este lado. Allá tengo a mis muertos y tengo a mis imprescindibles. Allá están las calles donde me enamoré, donde fui feliz, o desgraciado. Mis calles y todos los rincones donde aprendí a ser, donde pasé la primera mitad de mi vida. Claro que pienso en Ella, y sé, que Ella también piensa en mí!

Ana Margarita Mireles: "Libertad es poder ir con alegría y elegancia más allá de uno mismo"

Ana Margarita Mireles.

Ana Margarita Mireles es una poeta cubana cuyas perspectivas vitales y sintonía con el Multiverso, le confieren esa esencia rayana en la magia, característica típica de los elfos, las hadas y, por qué no decirlo, también la acerca un poco a esas brujas de los cuentos infantiles a las que temíamos, pero por quienes nos sentíamos fascinados. Desde Santa Cruz de Tenerife aterriza en la pista de Dile que pienso en Ella... esta mujer que nunca dejará de ser, una muchacha.

¿Cuál fue el detonante que te impulsó a marcharte de Cuba?

En el año 1995, ya había tocado techo en muchas aristas de mi vida en La Habana. Yo amaba la ciudad donde vivía. A pesar de los efectos del “periodo especial” y otros montajes de lo absurdo, tenía una familia, amigos estupendos, un mar, una música incansable, muchos libros, pero se había encendido en mí una necesidad de experiencias y aprendizajes con otros colores y estaciones. A lo mejor fue el gen de mi ancestro marino que se avivó en un entorno a punto de desmembrarse y del que, de pronto, me sentí internamente despegada como quien quita una pegatina de la página escrita. Pero bueno, al principio solo fue un golpe chisposo de eso que llamamos destino. Uno va entendiendo a medida que avanza.

¿Qué esperabas encontrar del “otro lado”?

Esperaba lo desconocido, “con el regusto de lo conocido”. Un mundo no del todo ajeno y pleno de nuevas oportunidades, que nos permitiera a mi hija y a mí vivir algo diferente a los deterioros de nuestro entorno, que yo percibía como amenazante para su pleno desarrollo.

Más allá del básico instinto de supervivencia, del tipo “mi cría y yo a salvo”, quería un lugar para aprender y hacer cosas nuevas, dar de mí, de mis dones y talentos, tener una vida digna y próspera, un lugar con fronteras más anchas para explorar fácilmente.

Elegí España porque estaba en las historias de mis ancestros y tenía la certeza de que, para conocerme mejor, tenía que ahondar en las raíces. España era leyenda para mí, también por su diversidad y magnificencia de culturas, literatura, pintura, música, cine, por su arquitectura, pueblos y paisajes y por su apasionante movida madrileña.

Me entusiasmaba su perspectiva. Y quería hacer muchas cosas, pero aparte de escribir siempre poesía, contar historias y encontrar un gran amor, no sabía exactamente qué. Algo excitante, seguramente.

¿Qué encontraste?

Una aventura de vida. La cría es ahora una mujer valiosa, ha hecho una carrera bella y socialmente útil, trabaja en cosas que le gustan, está muy viva y sigue expandiendo sus límites. Dos hijos más que también son luz en mi corazón y están creando con belleza su camino.

Algunos suspensos, dolores, desvaríos y pérdidas, pero es normal, quien no se equivoca no ha vivido y quien siente, hay veces que padece. Amplios espacios. El gusto de lo reconocido. Nuevos buenos amigos. El alimento de mis raíces. El gran amor que te dije.

He tenido, además, el placer de vivir y crear desde dentro una revolución fascinante: la era de la información digital. Y me encuentro yo, cada minuto que respiro. Todavía creando nuevos capítulos, que, en el fondo, yo vine a crecer y disfrutar el viaje.

¿Qué has aprendido durante el proceso?

Uno siempre es más de lo que cree al principio de una aventura. Si uno quiere una vida con sentido hay que explorar el propio potencial lo más allá posible, festejar por igual triunfos y fracasos, ponerse nuevos retos, perseverar y permitir que el proceso te expanda más allá de tu zona de confort.

En esto, España es una buena maestra, y lo digo en múltiples sentidos, porque es madre patria, maravillosa y pródiga en contrastes, donde hay mucho por hacer. Realmente, cualquier lugar bien vivido puede hacer el mismo efecto.

Somos todos responsables de la forma en que vemos la realidad, esa que aún a veces creemos que sólo nos rodea. Estamos viviendo ahora el despertar de la revolución cuántica. Nos va a cambiar a todos, es inevitable. Y puestos a creer (por aquello del gato en la caja y el experimento de la rejilla), me resulta más libre ser responsables de la realidad que estamos creando, vivir con presencia la mejor versión posible de uno mismo, hacer real la armonía que queremos vivir por propia naturaleza.

Es un trabajo personal, y a la vez, un trabajo de equipo. Un “todos o ninguno”. Empieza en cada cual. Lo demás, es espejo y escenario.

¿Qué es para ti La libertad?

Es un estado de conciencia, de atención plena donde no hay miedo. Cuando entramos en miedo se activa la ilusión de cárcel. Libertad no es algo que alguien puede darte o quitarte. Es la serenidad de elegir y actuar en observación pura, el respeto a la existencia, la noción amplia de vida, la mirada creadora sana.

Lo que se hace desde ahí es honesto y constructivo. Es respetar mi expresión única y la única de cada cual. Es el Poder de acunar luz y sombra, de hacer alquimia. Una alerta consciente ante los propios condicionamientos para difuminarlos.

Elegir mis acuerdos conmigo y con los demás. Un momento vital puede ser muy difícil, pero pase lo que pase, es fundamental mantener vivo y en acción el niño sabio que somos. El rey de la curiosidad y el entusiasmo. El que nos impulsa a abrir alas. Libertad es poder ir con alegría y elegancia más allá de uno mismo.

¿Las experiencias vividas han cambiado en ti el concepto Patria? ¿Piensas a menudo en “Ella”?

Yo creía en la patria como Martí, que fue, de lo que me enseñaron, de lo más resonante siempre. Luego he viajado todo lo posible, ha crecido mi colección de postales de la experiencia. Donde quiera que vivo, me abro a que el sitio me muestre sus tesoros, y oigo mucha música cubana, leo escritores cubanos, disfruto la pintura de cubanos, cocino a lo cubano, bailo salsa, mantengo los hilos con amigos cubanos en todas partes del planeta, y a más de dos décadas de vivir fuera, aún tengo acento.

El lugar donde nacemos nos da un molde que todos podemos convertir en propicio. Ahora Patria también soy yo, y tú. Somos Patria y Matria. Desde donde lo veo, es más grato vivir en lo sencillo: La verdadera frontera siempre es lo conocido. Afortunadamente en el cielo hay un sinfín de estrellas y hay más mundo en entrar al silencio.

Paquito D'Rivera: "Ando con una Cuba portátil a rastras por el mundo"

Paquito D´Rivera

Paquito D'Rivera. Genio y figura es este músico nacido en Cuba, pero que en realidad pertenece al mundo, instalado como está en la inmortalidad. Llega hasta Dile que pienso en Ella acompañado por su saxo y escoltado por la sombra de Gillespie, para compartir con nosotros algunas de sus intensas experiencias con esa gracia propia de quien va de regreso de casi, casi todo.

¿Cuál fue el detonante que te impulsó a marcharte de Cuba?

Cuando yo tenía como 8 o 9 años, mi padre llegó a casa con un LP que Benny Goodman había grabado en Carnegie Hall en 1938, pero que no vio la luz hasta 1956. Yo entendí “Carne y Frijol” cuando pronunció el nombre del famoso teatro, pero al explicarme mi padre bien la cosa, me habló de Nueva York.

Desde entonces, quedé por siempre enamorado de aquella música fascinante y de la ciudad maravillosa que inmediatamente se convirtió en la capital de mis sueños. Por otro lado, mi viejo hacía planes para enviarme algún día a estudiar, quizás el último año, al conservatorio de París. Pero obviamente todo se fue a bolina como un papalote cuando llegó el comandante y mandó a parar.

¿Qué esperabas encontrar del “otro lado”?

Ya yo había estado en Nueva York en 1960, haciendo de niño show en el teatro Puerto Rico, junto a Celia Cruz, Rolando Laserie, Ninón Sevilla, Lola Beltran y otros artistas latinos, acompañados por la excelente orquesta de César Concepción. Ya desde 1957, el legendario trompetista Chocolate Armenteros andaba por acá y nos paseó por todo este pueblo mágico, que acabó de embrujarnos de una vez y por todas.

Pero al terminar el contrato, como muchos pensaban que el disparate castrista no duraría mucho, cometimos el error de regresar. Después no volvió a suceder hasta 1978, año en que salió el contrato de Irakere con la división de Jazz de CBS records, y esa fue, entre muchas otras cosas, una oportunidad idónea para reunirme con mis padres y mi hermana menor que ya vivían en Union City desde 1969.

Yo tenía mi matrimonio y un niño pequeño en Cuba y no me animaba a “quedarme con mi música en esta otra parte”, pero en el 80, tras los lamentables sucesos de la embajada del Perú en La Habana, ya no aguanté más, y durante una escala en Madrid decidí dar el inevitable paso que narro más o menos jocosamente en mi libro “Mi Vida Saxual”. Y es que parafraseando a Woody Allen: comedia no es más que tragedia más tiempo.

¿Qué encontraste?

Encontré la verdad insoslayable de que no hay sustituto para la Libertad (así con mayúscula), y que por su enorme valor espiritual y material, tiene casi siempre su precio. En mi caso perdí mi matrimonio de 10 años y la irrecuperable niñez de mi único hijo, un precio altísimo que pagaría con creces si tuviera que hacerlo de nuevo.

¿Qué has aprendido durante el proceso?

Aprendí que –como dijo Winston Churchill cierta vez– la democracia es el peor sistema político y social del mundo, exceptuando todos los demás.

¿Qué es para ti la libertad?

Yo comparo el concepto de Libertad con la explicación del pianista Herbie Hancock al decir que el Jazz es algo muy difícil de definir, pero muy fácil de reconocer. Es todo lo contrario a la hostil presión que siente alguien que públicamente habla feo de Trump en la “Sawesera” de Miami, o critica a Obama en New York, sobre todo en los círculos artísticos e intelectuales. Es poder expresarme sin temores y escoger morirme de hambre si es preciso, pero por libre elección, sin que nadie me ponga las decisiones “por la libreta”.

¿Las experiencias vividas han cambiado en ti el concepto Patria? ¿Piensas a menudo en “Ella”?

Según algunos diccionarios, la patria es la tierra natal o adoptiva que está ligada a una persona por vínculos afectivos, jurídicos y/o históricos. La patria puede ser, por lo tanto, el lugar de nacimiento, el pueblo de los ancestros o el país donde un sujeto se radicó a partir de un cierto momento de su vida.

Aunque suene un poco ridículo, yo a veces viajo con latas de frijoles, barras de dulce de guayaba o un par de plátanos machos en mi maleta, por lo que Brenda, mi esposa portorriqueña, suele decir medio serio medio en broma que yo soy una especie de cubano profesional. Y yo le contesto que así como Lydia Cabrera escribió en París que había descubierto a Cuba a orillas del Sena, yo ando con una Cuba portátil a rastras por el mundo.

Extraño a mi patria como algo triste y lejano, quizás de la misma forma que pudiera echar de menos a mi abuelo Lino, en el sentido de que si abriera su tumba, seguramente lo que encontraría no se iba a parecer en absoluto a lo que fue en vida el añejo y dinámico soldado mambí. La gente de mi país ha cambiado de tal forma que –salvo algunas pocas excepciones– ya no me veo retratado en casi ninguno de los que encuentro desperdigados por el mundo, esperando nomás el momento de ir a pasearse como turistas entre los escombros del país en penumbras del que poco antes huyeron despavoridos por el hambre y la falta de todo lo imaginable.

Ya hasta el idioma es otro, donde de cada 10 palabras 11 son asere o qué bolá, así como los nombres que ponen a sus hijos, desde Fidel Ernesto o Boris Raúl, hasta otros que suenan como infecciones de la garganta o medicinas para la presión, como Urplavix, Yulieski, Herpubis o Wendixleydis.

Yo me imagino que ir allí debe ser como un viaje a Marte, donde un traductor sería de gran ayuda.

Estos factores antes me producían una honda tristeza, pero citando a Carlos Alberto Montaner en su excelente libro autobiográfico “Sin Ir Más Lejos”, esta gente ya me ha borrado hasta la nostalgia. Y yo, la verdad, es que no refunfuño demasiado, pues me acuerdo siempre de que hay que tener mucho cuidado con lo que pides, porque se te puede hacer realidad, y yo, desde que era chiquitico y del mamey, soñaba con vivir en Nueva York, así es que entonces, ¿de qué me quejo, no?

Ignacio T. Granados: "la patria me identifica, pero no me define"

Ignacio T. Granados

Ignacio T. Granados Herrera, poeta y documentalista cubano, es un hombre sensible y serio hasta las lágrimas. Hijo de novelista y poetisa, lleva la literatura en el origen mismo de su ADN. Hoy, Dile que pienso en Ella abre sus puerta a este hombre, feliz a partir de la asunción de la infelicidad.

¿Cuál fue el detonante que te impulsó a marcharte de Cuba?

Fue un conjunto de cosas, y la política ni siquiera fue la más importante en principio. En realidad me encontré sumido en una crisis existencial muy grave, por problemas personales, y recién llegado de la experiencia de trabajo en Moa (Oriente) me encuentro todo el ambiente contestatario que la Perestroika había provocado en La Habana. Sólo entonces es que comienzo a ver la dimensión política en que estaba viviendo, pero desde una fractura que fue primeramente existencial. Tampoco me planteé salir del país, pues no tenía manera de hacerlo; ni siquiera era bueno como comerciante de bolsa negra, ni mucho menos como jinetero, siempre fui medio tonto para eso. Pero sí fantaseaba con una vida fuera de aquella fatalidad, sin tener una idea de cómo lo realizarla.

¿Qué esperabas encontrar del “otro lado”?

Lo único que tenía claro es que no tenía ni idea de cómo era el mundo fuera de Cuba, sólo que, de alguna extraña forma, la gente conseguía ser feliz y disfrutar de la vida. De hecho, producto de la fractura que estaba viviendo, terminé pidiendo el bautizo católico, algo que no me era tan extraño como puede parecer, pues en mi edificio vivían las tías de monseñor Petit, que de niño habían querido bautizarme. Fue en ese proceso que me fascinó la orden de Santo Domingo como estilo de vida, y con esto, llegó el descubrimiento de la filosofía; y eso fue lo que me movió a entrar en la vida religiosa como una posibilidad real; pero para mí, todo aquello estaba en contradicción con mis pretensiones como escritor, así que ni en mis sueños más salvajes yo alcanzaba a figurarme nada por lo claro.

¿Qué encontraste?

Lo que encontré fue que la realidad era más confusa y contradictoria que yo mismo, pero como no tenía una idea preconcebida, creo que me fue más fácil lidiar con eso. También enfrentaba problemas muy graves y concretos, que no me daban tiempo para ese tipo de elucubraciones; entre ellos, mi incapacidad para adaptarme a la vida religiosa que tanto me había fascinado y la soledad, pues aunque tenía buenos amigos y mucho apoyo, ninguno era de larga data, todos formaban parte de mi nuevo contexto.

¿Qué has aprendido durante el proceso?

Pues de todo eso resultó un regalo nuevo, pues aunque con un proceso muy largo y doloroso, me permitió lidiar conmigo mismo y mis problemas; fue una maduración acelerada, que condensó cerca de veinte años en una década, y me ha hecho un hombre finalmente muy feliz. En términos políticos, pues todo ese proceso me confirmó mi escepticismo inicial y mi desconfianza respecto a las contradicciones políticas; por lo que al final, he terminado por distanciarme más aún de todo, en una suerte de vida monástica, sin otro monasterio que el estudio mismo y el desarrollo de la filosofía como estilo de vida.

¿Qué es para ti La libertad?

Esa felicidad viene precisamente de una conciencia de la libertad, pero no como un estado, sino como una condición propia de la realidad; la felicidad me viene de saber que no hay manera de no ser libre o de renunciar a serlo, porque es la condición misma de la vida, y que todas las contradicciones provienen de no saber eso, y del miedo de que sea cara o incosteable, cuando en realidad, es el modo más barato y eficiente de vivir.

¿Las experiencias vividas han cambiado en ti el concepto Patria? ¿Piensas a menudo en “Ella”?

Pienso en la patria como pienso en la raza o el género, algo que me identifica, pero no me define; es como una raíz, que sólo sirve para sostenerse pero no puede oponerse al crecimiento. Es como un banco sobre el que pararse a ver el paisaje, no para sentarse a descansar. No es algo que yo haya hecho, y de lo que, por tanto, no soy responsable; puedo amarla, como a una buena persona o a un buen poema, pero de ese mismo modo tengo que poder desprenderme se ella. Creo que eso forma parte de la madurez y la plenitud, y es así un amor más responsable incluso en lo descomprometido; porque es también una relación más íntima y activa, sin el peligro de manipulaciones que siempre supone lo político. Creo que no hay modo de amar sin ser responsable de ese sentimiento, y respecto a la patria eso supone la vigilancia constante de lo que nos quieren vender como Patria pero no lo es; y eso lo veo cuando pienso en mi país, y me remito más a momentos y experiencias que a lugares específicos. Lo que más se me acerca a esa experiencia lo escribió Reinaldo Arenas —que ni siquiera está entre mis escritores favoritos— al final de “El color del verano”; cuando el personaje se cae del barco y lo ve alejarse, y se da cuenta de que él no se bajó sino que lo dejaron a la deriva.

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