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Opiniones

Todo lo que no se puede preguntar en Cuba tras el entierro de Fidel Castro

Cubanos saludan al paso de la urna con las cenizas del fallecido líder de la revolución cubana Fidel Castro.

¿Por qué la prisa en cremarlo? ¿Es cierto que planeaban dar el cambiazo de cenizas en la madrugada del domingo, poco antes de la inhumación?¿Por qué no entrevistaron a su viuda oficial y a los cinco hijos que tuvo con ella?

Casi nadie sabe cómo fueron sus últimas horas. ¿Murió, súbitamente, de un paro cardiaco, agonizó durante varios días, o se ahogó por una obstrucción en la garganta, como se rumora en La Habana sotto voce?

¿Por qué la prisa en cremarlo? ¿No querían que su última imagen fuera la de un ancianito frágil y empequeñecido con cara de loco? ¿Por eso hicieron desfilar al pueblo frente a una fotografía del Comandante heroico en la Sierra Maestra? Hay una vieja tradición de coquetería revolucionaria. Una de las últimas peticiones de Stalin fue que le arreglaran el bigote.

¿Por qué guardaron las cenizas en una urna en la Sala Granma del Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, lejos de la multitudinaria presencia del pueblo? ¿Temían el escenario improbable de que se desbordaran las pasiones? ¿O sólo querían que sus ancianos camaradas de armas, como Ramiro Valdés, pudieran despedirse íntimamente del caudillo y jefe que los guio hasta la victoria y los convirtió en personajes importantes, aunque odiados y temidos?

¿Es verdad que los restos mortales del Comandante no viajaron en ese precario jeep que supuestamente los trasladaba hasta su última morada para no arriesgarlos en la aventura de una carretera desguazada por la incuria gubernamental? ¿Prevaleció la idea de darles a los cubanos una despedida simbólica? ¿Qué importaba que el vehículo cargara arena o las cenizas de otro cadáver si se trataba de un acto puramente ritual? Si Raúl jugó con el cadáver de Hugo Chávez, ¿por qué no haría lo mismo con el de su propio hermano?

¿Es cierto que planeaban dar el cambiazo de cenizas en la madrugada del domingo, poco antes de la inhumación? Usar dobles fue una treta que Fidel Castro utilizó frecuentemente en vida ¿habrá continuado la costumbre tras su muerte? ¿Es una muestra de la astucia revolucionaria de la que tanto se ufanaba cuando habitaba en este valle de lágrimas?

¿Por qué no entrevistaron a su viuda oficial y a los cinco hijos que tuvo con ella? ¿Por qué los periodistas no registraron las reacciones de los otros diez herederos extraoficiales —vástago más, vástago menos— que se le conocieron o se le intuían, o a la otra decena de madres dolientes y presumiblemente desesperadas que alguna vez amaron al Máximo Líder y se animaron a parirle un hijo?

¿Es verdad que entre la familia de Raúl y la de Fidel apenas hay vasos comunicantes? ¿Es cierto que los herederos de Raúl se consideran revolucionarios dedicados y perciben a sus primos como bon vivants despreciables que malgastan insensiblemente los recursos que les entregan en los pecados de la dolce vita, mientras ellos engrandecen el legado de sus mayores en tareas patrióticas?

¿O se trata, tal vez, de la variante doméstica y familiar del enfrentamiento entre fidelistas y raulistas que, afirman los entendidos, existe en la raíz de la cúpula gobernante desde que en el 2006, precipitadamente, Raúl llegó al poder colgado de los intestinos de Fidel severamente afectados por la diverticulitis?

¿Cómo se siente, realmente, Raúl Castro tras la desaparición del hermano mayor que le dio las ideas, el impulso vital, la estructura de valores, lo convirtió en Comandante, en Ministro, luego en Presidente, y le regaló un país para que hiciera o deshiciera a su antojo, sin dejar de hacerlo sentir a cada momento que era un pigmeo intelectualmente inferior, sin imaginación, lecturas o carisma?

¿Raúl es víctima del amor-odio y de la admiración-rechazo que provocan las relaciones en las que una parte se sabe a remolque de la otra? ¿Resiente más las humillaciones recibidas o le agradece que le haya fabricado una vida notable? La gratitud es la emoción más difícil de manejar por la mayor parte de los seres humanos.

¿Está Raúl consciente de que la adhesión juvenil sin fisuras que le despertaba el hermano-héroe se fue transformando en la evaluación crítica del hermano-loquito, con más sombras que fulgor, que vivía en un universo de palabras o de iniciativas desquiciadas —vacas enanas, siembras de moringa y otras mil tonterías— que fueron destruyendo paulatinamente la base material que sustentaba la convivencia de los cubanos?

Y queda, por supuesto, la más importante de todas las preguntas: ¿qué ocurrirá en el futuro, ahora que Fidel Castro yace en el cementerio de Santa Ifigenia, bajo una pesada lápida, cerca de la tumba de José Martí? Ese será el tema de un próximo artículo.

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Bolivia, el derecho a la rebelión

Jeanine Añez, presidenta interina de Bolivia, saluda a la cúpula militar durante una ceremonia en La Paz.

La firme embestida de la resistencia boliviana contra la dictadura castrochavista de Evo Morales lo obligó a abandonar el poder. La voluntad del pueblo se impuso a la represión y al fraude. Las fuerzas policiales y los institutos armados simplemente rechazaron usar la violencia contra quienes reclamaban el derecho a ser libres. No hubo golpe militar, ni otra gestión que se aproxime.

El déspota renunció. El vacío de poder que creó con sus acciones no fue llenado con uniformados, sino con una senadora opositora, Jeanine Añez, que ha prometido convocar a nuevos comicios.

Morales está fuera del gobierno. Exiliado en México como otros muchos bolivianos tuvieron que hacer durante su mandato. En realidad merecía la cárcel, sus abusos fueron muchos, incluida esta última manipulación electoral que la OEA condenó con energía.

Afirmar que Morales fue depuesto por un golpe es cambiar la realidad. Los institutos armados bolivianos, incluidas las fuerzas policiales, respaldaron al déspota en todos sus intentos para perpetuarse en el poder. Hubo excepciones, pero no las suficientes.

Lo abandonaron cuando se les presentó la alternativa de que para ser leales al verdugo tendrían que reprimir al pueblo con toda la fuerza del Estado. Por suerte primó el sentido de nación en las fuerzas castrenses bolivianas, y dejaron a un lado el “Patria o Muerte, Venceremos”, un lema castrista que Evo Morales impuso en las Fuerzas Armadas en el 2010.

Ningún general golpista le escribe a su jefe de gobierno como lo hizo el jefe del Ejército, Williams Kaliman, horas antes de su dimisión: “Después de analizar la situación conflictiva interna, sugerimos al presidente del Estado que renuncie a su mandato presidencial, permitiendo la pacificación y el mantenimiento de la estabilidad por el bien de nuestra Bolivia”.

La conducta de las Fuerzas Armadas fue consecuencia de la rebelión popular. La toma de conciencia ciudadana fue tan vigorosa que llegó a los cuarteles y estos decidieron retirarle su respaldo a Morales, no lo derrocaron.

No hay dudas de que fue una estrategia costosa en vidas y bienes, empero era la única alternativa a una confrontación armada que sería mucho más traumática para la nación. El pueblo actuó cuando se percató que la vía electoral estaba viciada. Cuando vio el descomunal fraude que buscaba perpetuar un régimen de odio y falsedades.

Lo ocurrido en Bolivia es un claro mensaje a todos los opresores de que el miedo puede ser vencido, y un mandato de esperanza a los avasallados, de que la rebelión es viable cuando se interpreta la voluntad de las mayorías. No en vano la propia declaración universal de los Derechos Humanos reconoce esa prerrogativa ciudadana.

El pueblo boliviano demostró que cuando el ciudadano se dispone a hacer uso de la soberanía, conmueve a las estructuras del poder y puede destruirlo. Además de que la resistencia no debe pautarse, que la espontaneidad popular no debe ser castrada, y que las acciones contra el despotismo, aunque parezcan contradictorias, resultarán exitosas si están orientadas al mismo objetivo.

La gesta de la resistencia boliviana contra Morales marca un precedente exitoso en la confrontación con los regímenes que representan el modelo del Socialismo del Siglo XXI. Evo Morales, de todos los déspotas de esa estirpe, fue el más ortodoxo, cumplió al detalle las instrucciones de sus patrocinadores, en particular las relacionadas con la manipulación de la gestión electoral y la creación de un clientelismo político afín a sus intereses. No obstante, una vez más se comprobó que no hay propuesta política consolidada, bien atada, si el pueblo decide cortarla.

Huelga afirmar que este final feliz de la autocracia de Evo Morales no significa la destrucción de la propuesta que encarnó en su país y que representan Daniel Ortega en Nicaragua y Nicolás Maduro en Venezuela. Todavía mas, los bolivianos tienen que seguir alertas, estar pendientes de maquinaciones nacionales e internacionales que trataran de revertir los resultados.

Las acusaciones de golpe de Estado tienen como objetivo restarle legitimidad a la revuelta. Buscan contaminar la victoria popular y que el nuevo Gobierno no tenga el reconocimiento que merece.

Evo Morales aseguró a su llegada a México que continuará la lucha, y no es de dudar que cumplirá sus promesas. Aislar a las nuevas autoridades es su objetivo y desestabilizar al país el método.

Los populistas marxistas han demostrado ser capaces de generar caos y crear crisis estructurales para tomar el poder. Saben también que la solidaridad política no es una virtud de los demócratas del hemisferio, y que es fácil que estos abandonen a sus aliados naturales cuando están sometidos a ataque.

Los bolivianos deben estar listos para defender su victoria, e impedir que les escamoteen las esperanzas como le pasó al pueblo venezolano en el 2002.

Sosa Fortuny: El presidio político cubano está de luto

Armando Sosa Fortuny. (Archivo)

Armando Sosa Fortuny fue, para el régimen de los hermanos Castro, un hombre a destruir, objetivo que no alcanzaron porque “Sosita”, como le dirán siempre sus amigos, escogió morir cumpliendo con su deber, que conduce a la inmortalidad.

Sosita” fue un hombre de su tiempo, un individuo de fuertes convicciones, capaz de defenderlas aunque pusiera en riesgo su vida, actitud que asumió numerosas veces durante su existencia. La dictadura, poniendo en práctica su histórica crueldad, lo dejó morir en prisión, sin importar su avanzada edad y sus muchas enfermedades.

Armando actuó como se hacía en el pasado, cuando los gobernantes instauraban dictaduras, controlaban el país y clausuraban las vías democráticas.

Asumió como suyo el preámbulo de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que reconoce que el hombre tiene el recurso supremo de la rebelión contra la tiranía y la opresión, parte importante de la Declaración que, al parecer, incomoda a muchos de sus propios defensores.

Armando desafió el totalitarismo cuando los que hoy tienen sesenta años no habían nacido. Lo hizo, aunque nunca fue declarado preso de conciencia, con la dignidad y la entereza que les ha faltado a muchos, remedando a José Martí.

Con solo 18 años salió de Cuba clandestinamente, pero no arribó al exilio para vivir mejor, se preparó para luchar por la democracia y la libertad de su Patria.

Luchó, pero no atacó una escuela. No patrocinó actos violentos contra civiles. No traficó con drogas, no protagonizó episodios terroristas como lo hicieron por décadas los guerrilleros de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia que, a pesar de sus múltiples crímenes, dialogaron con el gobierno de su país bajo el auspicio del régimen que impulsó la subversión en todo el continente.

Tampoco imitó a Yasser Arafat organizando actos de violencia indiscriminada en los que perecían numerosos inocentes, a pesar de los cuales fue honrado con el Premio Nobel de la Paz.

Sosa Fortuny desembarcó en Cuba en octubre de 1960 con la misión de derrocar el régimen de los hermanos Castro. Uno de sus compañeros murió en combate y diez fueron fusilados, entre ellos, tres norteamericanos.

Permaneció 18 años en prisión. Estuvo en numerosas cárceles. Trabajó forzado en el Plan de Trabajo Camilo Cienfuegos, reclusorio de Isla de Pinos donde, junto con otros compañeros, recuerda Enrique Ruano, fundó la Organización de Juventudes Anticomunista.

La cárcel no le quebró. Su compromiso se fortaleció, y cuando le excarcelaron, de nuevo partió de Cuba para retornar con el objetivo de su vida: derrocar la dictadura.

En 1994, con 52 años, retornó el combate. No por amor a la violencia, sino por convicción. No pensó en la tranquilidad de un hogar, ni en la seguridad económica, simplemente respondió, una vez más, a su compromiso de luchar por sus ideales.

Partió junto a Jesús Rojas, José Ramón Falcón, Miguel Díaz Bouza y Eladio Real Suárez. Los dos primeros ya están en libertad.

Desembarcaron en las proximidades de Caibarién,con la intención de organizar una fuerza irregular para combatir la dictadura en las legendarias montañas del Escambray, donde, en la década del 60, miles de cubanos lucharon contra el comunismo.

Posterior al desembarco, en un enfrentamiento a tiros, murió el ciudadano Arcelio Rodríguez García. Sometidos a juicio, Real Suárez fue condenado a muerte. Posteriormente la sentencia fue conmutada por 30 años.

Sosa Fortuny cumplió, en este segundo encarcelamiento, 25 años de una sanción de 30. Enfermo y sin pedir cuartel, pasó 43 años de prisión, donde envejeció, enfermó y murió cumpliendo a su manera con la Patria.

Su ejemplo puso en evidencia la conducta de muchos gobiernos, organizaciones no gubernamentales, dirigentes políticos y sociales que han practicado una indulgencia criminal a favor del castrismo. Muchos son los que han preferido no escuchar el espantoso retumbar de los fusiles frente a los paredones de fusilamiento o el clamor de silencio de más de medio millón de hombres y mujeres que han pasado por las cárceles estas seis décadas.

Sosita” actuó a su manera y por convicciones. Entregó su vida entera a Cuba, por eso, como escribiera el Apóstol: “Cuando se muere en brazos de la patria agradecida, la muerte acaba, la prisión se rompe; empieza, al fin, con el morir, la vida”.

20 de Mayo y refundación Castrochavista

El mandatario de Cuba, Miguel Díaz-Canel Bermúdez a su llegada a la segunda toma de posesión de Nicolás Maduro al frente de Venezuela el 10 de enero de 2019. (AFP).

Los cubanos de las tres últimas generaciones tienen muy poco respeto y conocimientos por la historia republicana, porque desde el primero de enero de 1959 se inició una campaña de descrédito contra la República con el objetivo de recrear un pasado del cual todos los insulares se sintieran avergonzados.

Esa gestión fue parte esencial del proyecto castrista de refundación nacional. Era imprescindible presentar un país sin valores ni progresos, tampoco soberanía, para justificar un proyecto contrario al sentir nacional que hiciera posible violentar hasta la raíz las normas y costumbres de la nación.

Lo primero fue restarle trascendencia a las fiestas patrias y relevancia a los patricios de las gestas independentistas. Hubo esfuerzos por cambiar símbolos nacionales como la bandera, pero no avanzaron en ese proyecto. La historia republicana fue editada en su totalidad, solo aquellas figuras y acontecimientos que tenían algún vínculo con el nuevo régimen fueron respetados y magnificada su importancia.

Las costumbres fueron alteradas o suprimidas como ocurrió con la Semana Santa y las festividades religiosas de fin de año. El nuevo país partía de cero y su advenimiento se celebra el 26 de Julio y no el 20 de Mayo. Hasta el vestir fue censurado y la urbanidad ciudadana un rezago burgués.

La nomenclatura castrista entendió que si no se mostraba un pasado vergonzoso en el que la miseria moral y material estaba generalizada, donde la discriminación, violencia y abusos eran las normas, más una clase dirigente solo interesada en su beneficio propio y al servicio de una nación extranjera, Estados Unidos, maniobra que convertía a ese país de un solo golpe en el enemigo histórico de Cuba, no solo de la Revolución, no sería posible conseguir obreros y capataces que trabajaran para construir el edén que los Castro prometían.

El odio, el sectarismo, la discriminación de todo tipo junto a la destrucción de los patrones de conducta ciudadanos, fueron las recetas que usó el nuevo régimen, siempre aderezada con una fuerte poción de miedo, para exterminar a la Cuba que conocíamos y empezar a construir la de los Castro.

En realidad no fueron Hugo Chávez y sus compañeros de viaje, Evo Morales, Daniel Ortega y Rafael Correa los pioneros en manejar con acierto la estrategia de demonizar el pasado, avergonzar a los connacionales al descubrirle una república execrable y formular pautas que condujeran a legitimar las acciones del gobierno, por medio de otra constitución que instituyera nuevos poderes públicos con funcionarios leales al país supuestamente recién fundado.

Las propuestas chavistas de una constitución originaria y poderes originarios era el fundamento de su plan. Estaban reinventando el país, generando espacios para moldear a su antojo las nuevas instituciones, tal y como si el pasado no hubiera existido.

Paradójicamente en Cuba el término originario no tenía relevancia porque el nuevo régimen no era producto de elecciones, sino consecuencia de una rebelión armada que sustituyó un gobierno militar por otro, que a su vez derivó en una cruenta dictadura que estableció un régimen totalitario.

La implementación de las nuevas normas e instituciones se produjeron muchos años después porque en la Isla la violencia fue fuente de derecho, parafraseando una inexplicable resolución de la Corte Suprema de Justicia de Cuba en la madrugada del primero de enero de 1959.

En Venezuela, Bolivia, Nicaragua y Ecuador los déspotas llegaron al poder por elecciones, lo que demostraba que a pesar de las lacras que denunciaban esos países por vivir en democracia eran perfectibles, había espacios para mejoras y cambios que no tenían que ser precisamente los que ellos prometían. El propio dictador Hugo Chávez dijo que juraba ante una constitución moribunda, un rotundo desmentido a todas las acusaciones que proferían.

El proyecto cubano estaba orientado a crear una nueva historia, un pasado que avergonzara a la ciudadanía, en particular a las nuevas generaciones y en base a ese inventario educar a la medida y conveniencia de la casta del 26 de Julio.

Es cierto que los primeros 31 años la soberanía de Cuba estuvo limitada por un apéndice constitucional impuesto por Estados Unidos, pero a partir de su derogación, en lo que se pudiera llamar la Segunda República, el país asumió todas sus prerrogativas hasta la conversión de la isla en una satrapía soviética, 1959, por conveniencia de los hermanos Fidel y Raúl Castro y los sicarios que les han servido por décadas.

NOTA DEL EDITOR: Esta opinión del autor es de su exclusiva responsabilidad y no representa los puntos de vista de Radio Televisión Martí.​

El fracaso de las conversaciones Maduro-Guaidó en Oslo

Juan Guaidó, presidente interino de Venezuela, sube a una tarima improvisada para hablarle al público en Caracas el 1ro de mayo de 2019. (AFP).

La falta de continuidad en los contactos primarios que representantes de Maduro y de Guaidó sostuvieron en Oslo, tiene su explicación en factores ajenos a ambos líderes. Guaidó había recibido seguridades desde La Habana de poder lograr sus objetivos: eliminar a Maduro (Sic), nombrar un gobierno de transición y organizar elecciones limpias. El llamado “Grupo de Contacto” -que propició el encuentro- tomó como base la oferta de Trump a Cuba para retirar sus hombres de Venezuela a cambio de una “nueva apertura”, lo cual animó a los cubanos para eliminar a Maduro, dejando a Padrino al frente del ejército y a Cabello al frente del partido.

En estos planes se garantizarían los objetivos de Guaidó, pero el chavismo quedaría intacto y los intereses cubanos podrían encaminarse adecuadamente, además de resolver sus graves problemas internos con la ayuda de la prometida “apertura de Trump”. En estos planes había dos perjudicados: Por un lado Nicolás Maduro, que sería sacrificado por La Habana; por otro lado, la oposición política cubana de Miami, que vio con muy malos ojos la oferta de Trump para una nueva apertura con la dictadura castrista. Era como sacrificar a Cuba por Venezuela.

Pero el exilio cubano hizo valer la fuerza que actualmente tiene ante la administración Trump, descarrilando los planes de la “nueva apertura” prometida. La isla rápidamente había aceptado sin chistar, promoviendo los contactos en Oslo. Donad Trump sacó sus números de inmediato. No era negocio ganar la voluntad de los venezolanos a costa de perder la de los cubanos en la Florida. En las pasadas elecciones, Trump ganó el estado de la Florida por el voto cubano, porque los cubanos que votaron por Trump fue mayor que la diferencia de votos entre el candidato republicano y la candidata demócrata. Si se “abría a Cuba”, perdería la Florida.

Analizando el panorama que se presentaba, Nicolás Maduro por su parte envió su canciller a La Habana con vistas a recibir seguridades y garantías de apoyo de parte de Raúl Castro. Este, al ver frustrados sus planes de medio plazo en Venezuela, incentivaron al dictador venezolano a “elevar la parada” contra Guaidó, amenazando con adelantar las elecciones legislativas que eliminaría la Asamblea Nacional, tratando así de retomar la iniciativa perdida.

El presidente norteamericano por su parte, aclaró su posición de manera tajante y definitiva el pasado 20 de Mayo, día que se conmemoró un aniversario más de la creación de la República de Cuba, con un mensaje inequívoco de apoyo a la futura incorporación de la isla al concierto de naciones libres, democráticas e independientes, con la ayuda y el apoyo de EE.UUU.

Así las cosas, fracasada la negociación con los altos mandos chavistas por un lado y las conversaciones de Oslo por otro, sólo queda la opción de aplastar el chavismo de raíz, sea por una revuelta interna, o por una intervención militar de la coalición democrática latinoamericana que se opone al chavismo, con respaldo de la OEA y los militares venezolanos exiliados.

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NOTA DEL EDITOR: Esta opinión del autor es de su exclusiva responsabilidad y no representa los puntos de vista de Radio Televisión Martí.​

¿Qué opción falta sobre la mesa?

El mandatario de Venezuela, Nicolás Maduro, habla al público durante un mitin en Caracas, el 20 de mayo de 2019. (Reuters).

Frederick Hulse, profesor de Antropología Física (Arizona, 1963), gustaba de ilustrar con anécdotas el método científico. A todos nos gustan las soluciones ingeniosas, advertía, pero su elegancia sola no las hace creíbles. Se cuenta que un hombre cuya tribu jamás había oído hablar del alcohol observó en su país el comportamiento de algunos europeos. Algunos bebían whisky y soda; otros, aguardiente y soda; y otros, hasta ginebra y soda. Cualquier cosa que bebieran mezclada con soda los emborrachaba. El hombre dedujo, con toda lógica, que beber soda emborrachaba.

Era la explicación más sencilla; pero las cosas pueden ser más complicadas de lo que parecen. En el caso de Venezuela, por ejemplo, uno podría deducir con toda lógica, que Fidel Castro y Hugo Chávez son los únicos esponsables por el desquiciado experimento político que ha hundido a ese país en la desesperación, o interpretar el caos social incrementado por el sucesor de Chávez, Nicolás Maduro, como un fenómeno cíclico provocado por la desigualdad social e inestabilidad política en la región. Desde luego que es necesario tomar en cuenta el papel que jugaron o juegan estos sujetos en el descalabro del país, pero no suficiente para evitar que se nos escape la clave menos visible del problema: la mezcla con el alcohol.

Así entendido, me parece suficiente sugerir que el desorden ya citado se revela como consecuencia o residuo de la conquista española, no germen o principio de las guerras de independencia, el caudillismo o el sinuoso proceso republicano de Hispanoamérica. Se trata, a mi juicio de un mal crónico en la formación de la sociedad peninsular heredado por sus descendientes en el Nuevo Mundo. Absolutismo político, dogmatismo religioso, anarquía colectiva, militarismo, economía vulnerable y volátil, ahogan los esporádicos brotes democráticos. La democracia no acaba de echar raíces en Hispanoamérica y el precedente histórico no ofrece pruebas de lo contrario.

Una cronología mínima del proceso que refiero podría elaborarse a partir del Congreso Anfictiónico de Panamá, convocado por Simón Bolívar en 1826 para sentar las bases definitivas de la Gran Colombia, la Patria Grande. Numerosos recuentos históricos suscriben, con diversos matices, que ahí se malogró el embrión de una comunidad federal perfectible. Como ha ocurrido tantas veces a lo largo de la historia, el padre de la independencia o salvador de la patria no logra adoptar más tarde el papel de líder cívico. Algunos, muy pocos por cierto, son modelos de virtud ciudadana. Lucio Quincio Cincinato en Roma; George Washington en Estados Unidos; Máximo Gómez en Cuba; José de San Martín en Argentina. Bolívar, sin embargo, sucumbe al embrujo del poder, como César y Napoleón.

Pedro Juan Navarro (Colombia, 1936), se refiere a Bolívar como un hombre valiente, sabio y profundo, pero seducido por el sueño de una dictadura imperial, tendencia que siembra la desconfianza y lleva al fracaso del Congreso de Panamá. Perú rechaza la Constitución boliviana; Bolivia, que había adoptado el nombre de Bolívar, la rechaza también. José Antonio Páez, jefe militar de Venezuela, cierra filas con la oposición. Ahí se inicia su camino hacia la muerte. Navarro observa que a pesar de sus declaraciones republicanas Bolívar se refería a la democracia como “Una cosa tan débil que el mayor obstáculo la derrumba y la arruina”. Desconfiaba del proceso democrático porque, “No debe dejarse todo al azar y a la aventura de las elecciones”. Y finalmente creía que, “El gobierno democrático absoluto es tan tiránico como el despotismo”. Teología política que aprovecha el chavismo para invocar a Bolívar como precursor de un régimen absolutista en Venezuela, de la misma manera que en Cuba se invoca a José Martí como autor intelectual del castrismo.

Identidad quebrada con la que tropieza Estados Unidos y el grupo de Lima, negociadores punteros envueltos en unas enmarañadas negociaciones de signo provechoso para Caracas y La Habana. Duchos en prolongar el diálogo hasta consolidar su propósito, negociar una solución convencional de cambio pacífico de

gobierno con un adversario al margen de la ley pone de entrada en desventaja al que acata la voluntad del pueblo. Formados para reprimir y matar en nombre del Estado, los sicarios del Partido sortean las presiones políticas y económicas con drogas o negocios turbios, indiferentes a la escasez de alimentos o medicinas. Persisten, hasta que los americanos se cansan de perder el tiempo ante un daño irreparable, como ocurrió en Cuba.

Por ese camino será cada vez más difícil frenar la expansión cubano-venezolana en Suramérica. He conocido académicos, libros de texto, políticos, simpatizantes de Castro, muertos de risa por el presunto peligro del régimen castrista. La víspera de la invasión de Bahía de Cochinos, el Senador J. William Fulbright llegó a decir que “El régimen de Castro es una espina en la piel, no una daga en el corazón” (Hugh Thomas, 1971). Muchos años después, la analista del Pentágono, Ana Belén Montes, llegaría más lejos al afirmar que Cuba no era un peligro para Estados Unidos. Ladina afirmación de una dama cautiva. Escuálida isla, no era peligro por si sola, pero dejó de serlo cuando los soviéticos instalaron misiles nucleares en su territorio. Esa engañifa está en el manual de operativos que saben como envenenar las aguas o engatusar a un ayatollah iraní, con la misma cuerda que intentaron meter a Nikita Kruschev en un conflicto nuclear con Estados Unidos.

Esto se está pareciendo un poco al hombre cuya tribu confundió la soda con el alcohol. Todas las opciones están sobre la mesa, pero las amenazas parecen cosa de amateurs; guapería coloquial criolla manoteando y amenazando al rival sin entrar a fondo, hasta que cada cual se vaya a casa sin que corra la sangre. Si George F.

Kennan viviera se moriría de vergüenza. Aquí queda poco por hacer. Cometeré el atrevimiento de predecir que las sanciones económicas no inducirán el cambio que algunos desean; el régimen venezolano se consolidará con Maduro u otro operativo designado por Cuba como parte de las negociaciones. Repoblarán Venezuela con una población clonada culturalmente. No puedo predecir que sucederá después, pero la consumación de la Patria Grande de Bolívar incluye Colombia, Bolivia y Ecuador, sinónimo de un poderío petrolero significativo. Toda comunidad humana tiene derecho a crecer, pero no a poner en peligro la seguridad del vecino. Canadá, por ejemplo, no representa un peligro para Estados Unidos, ¿se podrá decir lo mismo de una Gran Colombia inspirada en la revancha de Cuba por le derrota de España en 1898? Si ante un enemigo potencial todas las opciones han de estar sobre la mesa, ¿por qué no han armado a la oposición? Quizá no es buena idea, pero más tarde o más temprano tendrán que apagar el fuego.

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