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María Ares Marrero: Es imprescindible llegar al fondo de ti mismo. Limpiar tu historia y sanar las heridas


María Ares Marero, cineasta cubana residente en Berlín

María Ares Marrero es como esas tormentas tropicales que no dejan indiferentes a nadie. Puede ser una tormenta de experiencias, de conocimiento o, puede ella, en sí misma, con su manera de instalarse en el mundo, de vivenciar con todos los sentidos el Aquí y Ahora, un perfecto pájaro que con sus propias alas quebró las rejas de su jaula para volar bien alto. Herida, pero libre.

¿Cuál fue el detonante que te impulsó a marcharte de Cuba?

La isla siempre me resultó pequeña, pero mi expulsión “deshonrosa” del sistema ocurrió estando ya en Moscú. Era estudiante del emblemático Instituto de Cine “VGIK”. Corría la época en que Europa del Este reescribía su historia, así que no me cohibí de hacer declaraciones a la prensa y la TV rusa sobre la represión a intelectuales en Cuba, la censura, la desinformación sobre lo que ocurría de este lado. Ese año, Jorge Ulla estrenó allí su documental Nadie escuchaba.

Nos sumamos. Dimos el testimonio de una generación que sí quería ser escuchada. A eso súmale mis escapadas por Europa, desoír las normas. La lapidaria sentencia decía Emigrante por tiempo indefinido. Entonces creía que la dictadura no sería indefinida. Subestimé la maldita circunstancia del agua por todas partes. Hoy los estudiantes del VGIK, vivimos en el exilio.

Echando una ojeada a mis antecedentes: fui “camilita”, un antro de militarismo, extralimitación y despotismo. En el ISA, estuve rodeada de artistas de alto vuelo que ocultaban su modo de pensar y docentes geniales que se plegaban a las prescripciones de los exégetas del sistema.

Como dirigente de la FEU sufrí los refinados métodos de dominación al estudiantado. Y por si fuera poco, mi Tesis de Graduación fue una obra de teatro sobre los pilotos de caza MiG, que narraba conflictos humanos de hombres que se sentían dioses y cuyo epicentro era el vuelo, dominar máquinas sofisticadas, máquinas de matar. Sobrevivientes de la guerra de Angola y Etiopía que sabían que cada vuelo podía ser el último. En la obra no decían consignas apologéticas. Eso indignó al jurado. Me salvó la palabra de mi tutor, el gran dramaturgo cubano Nicolás Dorr.

Mi vida profesional nacía marcada por el estigma. Me colgaron todo tipo de cartelitos, como se cuelga una campana a una res. Sólo podía filmar temas patriótico-militares. Aunque no se me diera mal convertir un avión en obra de arte (hasta recibí un “premio” de la UPEC) luchar contra tanta represión, agota. La alternativa fue Moscú. Mi último documental “Homenaje al Futuro” también tuvo su mensaje subliminal irreverente.

Pero ya no importaba. Dejaba atrás una vida que me había infligido una marca indeleble en el alma, me despojaba del hierro ardiendo al rojo vivo. A veces se abre la herida, arde en el tiempo. Pero aquel día de mi expulsión, experimenté la sensación de libertad más grata sentida hasta entonces en mi corta vida.

¿Qué esperabas encontrar del “otro lado”?

No esperaba, sabía que había una vida excitante. Leía Novedades de Moscú, Sputnik, conversaba con gente que narraba películas como Pakayanie (Arrepentimiento) y sobre el proceso de reforma de Gorbachov. Quería vivir de cerca el revuelo que producía la crítica al Stalinismo y al marxismo-leninismo, ver a la gente leyendo a Pasternak, Bulgakov o Solschenitzen, sin esconderse.

Ver cómo hasta los más recalcitrantes admitían que el régimen impuesto por los Bolcheviques y extendido en Europa se apoyaba en el terror y la ineficiencia. Por eso colapsó en 1989. Fue un privilegio cantar al ritmo de Tsoi, el rockero que compuso Peremieni (Cambios) el himno del momento: "!Queremos cambios, lo pide nuestro corazón, lo piden nuestros ojos!" Fui testigo de esos momentos.

¿Qué encontraste?

La seducción de ciudades del viejo continente que te poseen, te devoran, te salvan de la vanidad de creer que la isla es el ombligo del mundo. Sentía un grato anonimato al recorrerlas. Moscú es un maremágnum de dimensiones descomunales, salpicada con la rareza del alfabeto cirílico y el almizcle de la molotera de millones de personas cuya vertiginosidad contrasta con la majestad de la arquitectura y los viales. Me sentía dentro de un museo pantagruélico.

El ISA, el haber dirigido cortometrajes, me permitió degustar hasta la saciedad el plato fuerte que ofrecía la cultura rusa. Viví experiencias que hasta hoy son una excelente carta de presentación, pero enseguida supe que transitaba por una estación provisoria de mi vida.

Fue un privilegio recorrer los pasillos que escucharon al joven Tarkovski, rodar en Mosfilm, visitar el Teatro de Arte de Moscú, La Taganka, refugio contra la censura soviética, recitar de memoria a Pushkin y a Lermontov, protagonizar figuras de Gogol y Chejov en lengua rusa, ir de la mano del gran Master Albert Filosov, ver a Batalov enseñar a sus alumnos, disfrutar de una conferencia de Nikita Mijalkov, de una clase magistral del mismísimo Tonino Guerra y escuchar sus anécdotas como guionista de Antonioni, Fellini, De Sica

Ver a Pink Floyd en primera fila! Era descorrer las cortinas de hierro desde el proscenio, sentir el latido del mundo a mi lado. Confiar. Vivir en éxtasis, casi sin saberlo. ¿Hay mayor consumación de la belleza?

Hay anécdotas muy curiosas que debo reescribir y publicar. El día que intenté cruzar el muro de Berlín, en el Tränenpalast uno de sus puntos de vigilancia más férreo, levantaron los controles que quedaban. El semáforo desprendía una ola de luz verde. Estuve en Bucarest cuando ajusticiaron a los Ceaucescu.

Era escandaloso presenciar su palacio enchapado en oro, no lejos del cual se erigían edificios construidos sin calefacción! Atravesé cuanta frontera se había liberado. Fue como caminar entre ruinas. Tenía algo de distópico. Las ciudades del interior no se acercaban a lo que había en las capitales.

Y no estoy hablando de comparar el Este con el Occidente. Por cierto, visité Brünn, la ciudad natal de Cundera. Fue un viaje inolvidable. Con un pasaporte rojo aún, un desafío. No sabía lo que ocurriría. Nadie lo supo, pero al regresar a Moscú no me esperaban flores, sino funcionarios de la embajada con la presión para que regresara a La Habana a pagar por mi desobediencia.

El rectorado del Instituto me protegió. Los rusos pagaron mis estudios. Yo, repito, confiaba en que el efecto dominó alcanzaría la isla. En el lugar de la cicatriz que me propinó la vida floreció el híbrido que soy.

¿Qué has aprendido durante el proceso?

Tras no pocos avatares, me establecí en Berlín, mi Patria adoptiva. Ciudad que ha devenido mito, por su intensa actividad, llena de extremos sublimes y contrastes. Aquí no yacen mis muertos, pero sí pasean mis vivos: los dos hijos que parí. Aquí seguí estudiando. Aprendí la complejísima lengua de Schiller, Goethe, Rilke, Mann, Hesse, Brecht, Süskind, Müller, Handke. A través de ellos he superado una rara relación de amor y odio. Tal vez lo más difícil de mi exilio es vivir en esta lengua. Soy hija del idioma. Esa es mi verdadera Patria.

Aprendí que las emociones del individuo están lideradas por su subconsciente. Los humanos, más allá de culturas, latitudes, somos más similares de lo que nos conviene admitir. Aprendí a entrenar mi equilibrio con la creación. A soltar amarras. A veces lo logro. Mi santuario es el Berliner Ensemble, los museos. Escribir. Enseñar. He llorado a moco tendido ante los desgarradores trazos de Otto Dix. He sentido asfixia dentro del Museo Judío, (vivo a pocos metros) y rozado con los dedos la similitud entre un campo de concentración nazi y las cárceles de la STASI.

Tengo cincuenta y siete años. De ellos, treinta y dos en esta orilla. Cada día me encuentro conmigo. Con todas las Marías que hay debajo del sombrero. La leona, la gata llena de miedos. La madre madura de dos hijos maravillosos que no conocen Cuba ni a su familia, pero que me mostraron que la isla es un punto geográfico del que puedo prescindir.

A través de ellos aprendí a amar mi Patria adoptiva que se abrió como un abanico y nos dio seguridades y lujos. Me acogí feliz a la nacionalidad alemana. No pude decidir dónde nacer, pero sí dónde y cómo vivir. Subrayo que aquí también tengo una posición social crítica, porque se trata del mejoramiento del Hombre. Ese es el sentido de la vida. Aprender, mejorarse. Luego morir en paz.

Aprendí que puedes merodear todos los caminos, pero es imprescindible llegar al fondo de ti mismo. Limpiar tu historia y sanar las heridas. Las ideologías son un barniz. Aprendí que vivir en la Autoconsciencia es un proceso permanente y no se enseña en la escuela.

Definí lo que es el Amor y el Miedo. Aprendí a ser escéptica ante quien promete una vida sin esfuerzo. Nuestra Naturaleza no va a cambiarse porque somos simples mortales. El individuo crea ideologías, religiones, tecnologías infalibles, como refugio, canalización de su necesidad de poder, porque es débil. No puede vivir sin esclavitud. La Humanidad está condenada a repetir historias apocalípticas, cíclicamente. Tal vez hasta su completa destrucción?

Aprendí que el mejor regalo que uno puede hacerse es convertirse en sí mismo, a pesar de sí mismo. La gran paradoja es que, es lo más difícil.

¿Qué es para ti la libertad?

Libertad es una palabra como otra cualquiera. Volvemos a la paradoja. En estado absoluto, no existe. En mi delgado diccionario, figura únicamente como un estado de satisfacción interior, dada la disposición de la mente para decidir y del cuerpo para experimentar sensaciones. Por mucho que la humanidad se ocupe con el debate, es un problema insoluble.

El individuo anhela la ilusión de la “libertad”. Uno puede liberarse de un régimen, de creencias, de obstáculos que impiden prosperar, de un mal hábito, de una relación fallida, de un objeto, pero no hay libertad absoluta que abarque todas las esferas de lo humano. Cualquier tipo de libertad es frágil en las manos del Hombre. Nuestra naturaleza determina esa inclinación intrínseca por la falta de libertad. La interrogante para mí es: ¿cuál es la diferencia entre ser libre y creerse libre?

Quiero pensar que yo decido cuán libre soy. Como en esa cadena de acciones dramáticas que tienes que aprender para actuar o dirigir actores por el método de Stanislavski.

En el permanente proceso de crecimiento espiritual, la libertad, como el amor, es una actitud que asumes ante la vida.

¿Las experiencias vividas han cambiado en ti el concepto Patria? ¿Piensas a menudo en “Ella”?

Si te refieres a ese fatuo concepto manipulador con el que nos adoctrinaron, sí. Tengo un poema titulado La Patria se fue y termina con la frase La patria soy yo

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