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OPINIÓN: Impacto de AMLO para América Latina y las preocupaciones de EEUU

Miles de mexicanos celebran la victoria de López Obrador

México tendrá lo que tanto ha buscado, ya en los ochenta con el Ejército Nacional Zapatista, y el Subcomandante Marcos, con un levantamiento en 1994 declarándole la guerra al Gobierno mexicano, alzados en Chiapas usaron armamentos y estrategias militares; el movimiento nunca negó su simpatía con la revolución cubana de Fidel Castro, e incluso para muchos mexicanos marxistas, incluidos los del EZLN los barbudos que tomaron el poder por la fuerza en 1959, constituyeron algo mítico, y un referente vital.

Durante las ocupaciones de poblaciones por parte de los miembros del EZLN, se le ha adjudicado actos vandálicos, incendios de lugares públicos, destrucción del Palacio Municipal, saqueos y robos, nada de esto detuvo la admiración de la izquierda latinoamericana, siempre sedienta de anarquía, de desorden, no sorprende que muchos intelectuales en el país azteca, apoyaron en su momento a este movimiento que “abogaba por los pobres”, la causa por las que ahora también aboga Andrés Manuel López Obrador, algo que ha estado intentando en tres ocasiones, sin descanso, incluso algunos señalan que ansía tanto el poder que es enfermizo, un pésimo orador, que en sus discursos siempre repite lo mismo “corrupción”, “hay que luchar contra la corrupción”, y el partido que fundó en 2011, MORENA (Movimiento Regeneración Nacional) está plagado de corruptos.

¿Cómo pretende López Obrador combatir la corrupción?

AMLO plantea que desde que él llegue al poder, como por algo místico acabará con la corrupción en México, desde el día cero. ¿Cómo pretende López Obrador combatir la corrupción? En sus discursos la incongruencia reina, y el candidato a la presidencia de México parece olvidar aquella frase de Thomas Hobbes, filósofo inglés del siglo XVII, “El hombre es el lobo del hombre”, el egoísmo, el pensar en sí mismo, en el individuo es algo innato en el ser humano; pero no importa cuánto conozcan de filosofía los gobernante o aspirantes a gobernantes populistas de América Latina, aunque Andrés Manuel no debe conocer mucho de ello, lo que importa es negarla, para eso con su demagogia penosa, realmente peor que la del difunto Hugo Chávez, Rafael Correa en Ecuador, Evo Morales en Bolivia, Fidel Castro en Cuba, este hombre no convence a nadie que realmente piense, pero: ¿por qué muchos votaron por él?

Muchos votaron por él por ignorancia, pero también por el hartazgo de la democracia en América Latina, los gobiernos de derecha han desempeñado un muy mal papel en los países latinoamericanos. La gente verdaderamente está harta de la explotación, de la corrupción, la violencia, el robo de los gobernantes, y México, siendo uno de los países con la economía más fuerte de América Latina, y teniendo potencial para competir con naciones del primer mundo, tenía según el Consejo Nacional de Evaluación Política de Desarrollo Social (CONEVAL) 53.4 millones de mexicanos en pobreza en 2016.

Miles de mexicanos celebran la victoria de López Obrador
Miles de mexicanos celebran la victoria de López Obrador

La presidencia de Enrique Peña Nieto, por el Partido Revolucionario Institucional (PRI) ha sido un desastre, el mandatario más impopular en décadas en este país, la gente ya no quiero oír más de lo mismo; la gente quiere políticos que se entremezcle con el pueblo en medio de los discursos en las calles, que les prometa cambiar el estatus quo, y cambiar la estructura, si le preguntas a muchos mexicanos ellos te dicen: “quiero un cambio”, no importa si para peor, ellos quieren un cambio, y están en un craso error.

Caerán gustosos en los brazos del populismo, la violencia puede recrudecerse, y el panorama no pinta bien para América Latina.

La victoria de López Obrador tendrá un alto impacto para la izquierda de línea dura de América Latina. El vecino de EEUU no es cualquier país latinoamericano, desde hace años Rusia y sus aliados tienen el ojo puesto en esta nación.

Morena, el Partido de AMLO, forma parte del Foro de Sao Paulo, fundado por Fidel Castro y el ex presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva con el objetivo de garantizar la continuidad de la izquierda en América Latina, e insertarla en el ámbito de la democracia.

Simplemente Latinoamérica enfrenta el reto de que un líder autoritario, mediocre y de la vieja escuela del marxismo populista sea el nuevo presidente de México.

Para la administración de Donald Trump también supondría un problema. EEUU estaría definitivamente perdiendo su rol en América Latina, y sus oponentes históricos, China y Rusia, estarían ganando terreno con el país azteca; la situación migratoria puede empeorar, con miles de venezolanos que han llegado a territorio mexicano en los últimos meses, y con una política aún más hostil con el vecino del Norte.

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Bolivia, el derecho a la rebelión

Jeanine Añez, presidenta interina de Bolivia, saluda a la cúpula militar durante una ceremonia en La Paz.

La firme embestida de la resistencia boliviana contra la dictadura castrochavista de Evo Morales lo obligó a abandonar el poder. La voluntad del pueblo se impuso a la represión y al fraude. Las fuerzas policiales y los institutos armados simplemente rechazaron usar la violencia contra quienes reclamaban el derecho a ser libres. No hubo golpe militar, ni otra gestión que se aproxime.

El déspota renunció. El vacío de poder que creó con sus acciones no fue llenado con uniformados, sino con una senadora opositora, Jeanine Añez, que ha prometido convocar a nuevos comicios.

Morales está fuera del gobierno. Exiliado en México como otros muchos bolivianos tuvieron que hacer durante su mandato. En realidad merecía la cárcel, sus abusos fueron muchos, incluida esta última manipulación electoral que la OEA condenó con energía.

Afirmar que Morales fue depuesto por un golpe es cambiar la realidad. Los institutos armados bolivianos, incluidas las fuerzas policiales, respaldaron al déspota en todos sus intentos para perpetuarse en el poder. Hubo excepciones, pero no las suficientes.

Lo abandonaron cuando se les presentó la alternativa de que para ser leales al verdugo tendrían que reprimir al pueblo con toda la fuerza del Estado. Por suerte primó el sentido de nación en las fuerzas castrenses bolivianas, y dejaron a un lado el “Patria o Muerte, Venceremos”, un lema castrista que Evo Morales impuso en las Fuerzas Armadas en el 2010.

Ningún general golpista le escribe a su jefe de gobierno como lo hizo el jefe del Ejército, Williams Kaliman, horas antes de su dimisión: “Después de analizar la situación conflictiva interna, sugerimos al presidente del Estado que renuncie a su mandato presidencial, permitiendo la pacificación y el mantenimiento de la estabilidad por el bien de nuestra Bolivia”.

La conducta de las Fuerzas Armadas fue consecuencia de la rebelión popular. La toma de conciencia ciudadana fue tan vigorosa que llegó a los cuarteles y estos decidieron retirarle su respaldo a Morales, no lo derrocaron.

No hay dudas de que fue una estrategia costosa en vidas y bienes, empero era la única alternativa a una confrontación armada que sería mucho más traumática para la nación. El pueblo actuó cuando se percató que la vía electoral estaba viciada. Cuando vio el descomunal fraude que buscaba perpetuar un régimen de odio y falsedades.

Lo ocurrido en Bolivia es un claro mensaje a todos los opresores de que el miedo puede ser vencido, y un mandato de esperanza a los avasallados, de que la rebelión es viable cuando se interpreta la voluntad de las mayorías. No en vano la propia declaración universal de los Derechos Humanos reconoce esa prerrogativa ciudadana.

El pueblo boliviano demostró que cuando el ciudadano se dispone a hacer uso de la soberanía, conmueve a las estructuras del poder y puede destruirlo. Además de que la resistencia no debe pautarse, que la espontaneidad popular no debe ser castrada, y que las acciones contra el despotismo, aunque parezcan contradictorias, resultarán exitosas si están orientadas al mismo objetivo.

La gesta de la resistencia boliviana contra Morales marca un precedente exitoso en la confrontación con los regímenes que representan el modelo del Socialismo del Siglo XXI. Evo Morales, de todos los déspotas de esa estirpe, fue el más ortodoxo, cumplió al detalle las instrucciones de sus patrocinadores, en particular las relacionadas con la manipulación de la gestión electoral y la creación de un clientelismo político afín a sus intereses. No obstante, una vez más se comprobó que no hay propuesta política consolidada, bien atada, si el pueblo decide cortarla.

Huelga afirmar que este final feliz de la autocracia de Evo Morales no significa la destrucción de la propuesta que encarnó en su país y que representan Daniel Ortega en Nicaragua y Nicolás Maduro en Venezuela. Todavía mas, los bolivianos tienen que seguir alertas, estar pendientes de maquinaciones nacionales e internacionales que trataran de revertir los resultados.

Las acusaciones de golpe de Estado tienen como objetivo restarle legitimidad a la revuelta. Buscan contaminar la victoria popular y que el nuevo Gobierno no tenga el reconocimiento que merece.

Evo Morales aseguró a su llegada a México que continuará la lucha, y no es de dudar que cumplirá sus promesas. Aislar a las nuevas autoridades es su objetivo y desestabilizar al país el método.

Los populistas marxistas han demostrado ser capaces de generar caos y crear crisis estructurales para tomar el poder. Saben también que la solidaridad política no es una virtud de los demócratas del hemisferio, y que es fácil que estos abandonen a sus aliados naturales cuando están sometidos a ataque.

Los bolivianos deben estar listos para defender su victoria, e impedir que les escamoteen las esperanzas como le pasó al pueblo venezolano en el 2002.

Sosa Fortuny: El presidio político cubano está de luto

Armando Sosa Fortuny. (Archivo)

Armando Sosa Fortuny fue, para el régimen de los hermanos Castro, un hombre a destruir, objetivo que no alcanzaron porque “Sosita”, como le dirán siempre sus amigos, escogió morir cumpliendo con su deber, que conduce a la inmortalidad.

Sosita” fue un hombre de su tiempo, un individuo de fuertes convicciones, capaz de defenderlas aunque pusiera en riesgo su vida, actitud que asumió numerosas veces durante su existencia. La dictadura, poniendo en práctica su histórica crueldad, lo dejó morir en prisión, sin importar su avanzada edad y sus muchas enfermedades.

Armando actuó como se hacía en el pasado, cuando los gobernantes instauraban dictaduras, controlaban el país y clausuraban las vías democráticas.

Asumió como suyo el preámbulo de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que reconoce que el hombre tiene el recurso supremo de la rebelión contra la tiranía y la opresión, parte importante de la Declaración que, al parecer, incomoda a muchos de sus propios defensores.

Armando desafió el totalitarismo cuando los que hoy tienen sesenta años no habían nacido. Lo hizo, aunque nunca fue declarado preso de conciencia, con la dignidad y la entereza que les ha faltado a muchos, remedando a José Martí.

Con solo 18 años salió de Cuba clandestinamente, pero no arribó al exilio para vivir mejor, se preparó para luchar por la democracia y la libertad de su Patria.

Luchó, pero no atacó una escuela. No patrocinó actos violentos contra civiles. No traficó con drogas, no protagonizó episodios terroristas como lo hicieron por décadas los guerrilleros de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia que, a pesar de sus múltiples crímenes, dialogaron con el gobierno de su país bajo el auspicio del régimen que impulsó la subversión en todo el continente.

Tampoco imitó a Yasser Arafat organizando actos de violencia indiscriminada en los que perecían numerosos inocentes, a pesar de los cuales fue honrado con el Premio Nobel de la Paz.

Sosa Fortuny desembarcó en Cuba en octubre de 1960 con la misión de derrocar el régimen de los hermanos Castro. Uno de sus compañeros murió en combate y diez fueron fusilados, entre ellos, tres norteamericanos.

Permaneció 18 años en prisión. Estuvo en numerosas cárceles. Trabajó forzado en el Plan de Trabajo Camilo Cienfuegos, reclusorio de Isla de Pinos donde, junto con otros compañeros, recuerda Enrique Ruano, fundó la Organización de Juventudes Anticomunista.

La cárcel no le quebró. Su compromiso se fortaleció, y cuando le excarcelaron, de nuevo partió de Cuba para retornar con el objetivo de su vida: derrocar la dictadura.

En 1994, con 52 años, retornó el combate. No por amor a la violencia, sino por convicción. No pensó en la tranquilidad de un hogar, ni en la seguridad económica, simplemente respondió, una vez más, a su compromiso de luchar por sus ideales.

Partió junto a Jesús Rojas, José Ramón Falcón, Miguel Díaz Bouza y Eladio Real Suárez. Los dos primeros ya están en libertad.

Desembarcaron en las proximidades de Caibarién,con la intención de organizar una fuerza irregular para combatir la dictadura en las legendarias montañas del Escambray, donde, en la década del 60, miles de cubanos lucharon contra el comunismo.

Posterior al desembarco, en un enfrentamiento a tiros, murió el ciudadano Arcelio Rodríguez García. Sometidos a juicio, Real Suárez fue condenado a muerte. Posteriormente la sentencia fue conmutada por 30 años.

Sosa Fortuny cumplió, en este segundo encarcelamiento, 25 años de una sanción de 30. Enfermo y sin pedir cuartel, pasó 43 años de prisión, donde envejeció, enfermó y murió cumpliendo a su manera con la Patria.

Su ejemplo puso en evidencia la conducta de muchos gobiernos, organizaciones no gubernamentales, dirigentes políticos y sociales que han practicado una indulgencia criminal a favor del castrismo. Muchos son los que han preferido no escuchar el espantoso retumbar de los fusiles frente a los paredones de fusilamiento o el clamor de silencio de más de medio millón de hombres y mujeres que han pasado por las cárceles estas seis décadas.

Sosita” actuó a su manera y por convicciones. Entregó su vida entera a Cuba, por eso, como escribiera el Apóstol: “Cuando se muere en brazos de la patria agradecida, la muerte acaba, la prisión se rompe; empieza, al fin, con el morir, la vida”.

20 de Mayo y refundación Castrochavista

El mandatario de Cuba, Miguel Díaz-Canel Bermúdez a su llegada a la segunda toma de posesión de Nicolás Maduro al frente de Venezuela el 10 de enero de 2019. (AFP).

Los cubanos de las tres últimas generaciones tienen muy poco respeto y conocimientos por la historia republicana, porque desde el primero de enero de 1959 se inició una campaña de descrédito contra la República con el objetivo de recrear un pasado del cual todos los insulares se sintieran avergonzados.

Esa gestión fue parte esencial del proyecto castrista de refundación nacional. Era imprescindible presentar un país sin valores ni progresos, tampoco soberanía, para justificar un proyecto contrario al sentir nacional que hiciera posible violentar hasta la raíz las normas y costumbres de la nación.

Lo primero fue restarle trascendencia a las fiestas patrias y relevancia a los patricios de las gestas independentistas. Hubo esfuerzos por cambiar símbolos nacionales como la bandera, pero no avanzaron en ese proyecto. La historia republicana fue editada en su totalidad, solo aquellas figuras y acontecimientos que tenían algún vínculo con el nuevo régimen fueron respetados y magnificada su importancia.

Las costumbres fueron alteradas o suprimidas como ocurrió con la Semana Santa y las festividades religiosas de fin de año. El nuevo país partía de cero y su advenimiento se celebra el 26 de Julio y no el 20 de Mayo. Hasta el vestir fue censurado y la urbanidad ciudadana un rezago burgués.

La nomenclatura castrista entendió que si no se mostraba un pasado vergonzoso en el que la miseria moral y material estaba generalizada, donde la discriminación, violencia y abusos eran las normas, más una clase dirigente solo interesada en su beneficio propio y al servicio de una nación extranjera, Estados Unidos, maniobra que convertía a ese país de un solo golpe en el enemigo histórico de Cuba, no solo de la Revolución, no sería posible conseguir obreros y capataces que trabajaran para construir el edén que los Castro prometían.

El odio, el sectarismo, la discriminación de todo tipo junto a la destrucción de los patrones de conducta ciudadanos, fueron las recetas que usó el nuevo régimen, siempre aderezada con una fuerte poción de miedo, para exterminar a la Cuba que conocíamos y empezar a construir la de los Castro.

En realidad no fueron Hugo Chávez y sus compañeros de viaje, Evo Morales, Daniel Ortega y Rafael Correa los pioneros en manejar con acierto la estrategia de demonizar el pasado, avergonzar a los connacionales al descubrirle una república execrable y formular pautas que condujeran a legitimar las acciones del gobierno, por medio de otra constitución que instituyera nuevos poderes públicos con funcionarios leales al país supuestamente recién fundado.

Las propuestas chavistas de una constitución originaria y poderes originarios era el fundamento de su plan. Estaban reinventando el país, generando espacios para moldear a su antojo las nuevas instituciones, tal y como si el pasado no hubiera existido.

Paradójicamente en Cuba el término originario no tenía relevancia porque el nuevo régimen no era producto de elecciones, sino consecuencia de una rebelión armada que sustituyó un gobierno militar por otro, que a su vez derivó en una cruenta dictadura que estableció un régimen totalitario.

La implementación de las nuevas normas e instituciones se produjeron muchos años después porque en la Isla la violencia fue fuente de derecho, parafraseando una inexplicable resolución de la Corte Suprema de Justicia de Cuba en la madrugada del primero de enero de 1959.

En Venezuela, Bolivia, Nicaragua y Ecuador los déspotas llegaron al poder por elecciones, lo que demostraba que a pesar de las lacras que denunciaban esos países por vivir en democracia eran perfectibles, había espacios para mejoras y cambios que no tenían que ser precisamente los que ellos prometían. El propio dictador Hugo Chávez dijo que juraba ante una constitución moribunda, un rotundo desmentido a todas las acusaciones que proferían.

El proyecto cubano estaba orientado a crear una nueva historia, un pasado que avergonzara a la ciudadanía, en particular a las nuevas generaciones y en base a ese inventario educar a la medida y conveniencia de la casta del 26 de Julio.

Es cierto que los primeros 31 años la soberanía de Cuba estuvo limitada por un apéndice constitucional impuesto por Estados Unidos, pero a partir de su derogación, en lo que se pudiera llamar la Segunda República, el país asumió todas sus prerrogativas hasta la conversión de la isla en una satrapía soviética, 1959, por conveniencia de los hermanos Fidel y Raúl Castro y los sicarios que les han servido por décadas.

NOTA DEL EDITOR: Esta opinión del autor es de su exclusiva responsabilidad y no representa los puntos de vista de Radio Televisión Martí.​

El fracaso de las conversaciones Maduro-Guaidó en Oslo

Juan Guaidó, presidente interino de Venezuela, sube a una tarima improvisada para hablarle al público en Caracas el 1ro de mayo de 2019. (AFP).

La falta de continuidad en los contactos primarios que representantes de Maduro y de Guaidó sostuvieron en Oslo, tiene su explicación en factores ajenos a ambos líderes. Guaidó había recibido seguridades desde La Habana de poder lograr sus objetivos: eliminar a Maduro (Sic), nombrar un gobierno de transición y organizar elecciones limpias. El llamado “Grupo de Contacto” -que propició el encuentro- tomó como base la oferta de Trump a Cuba para retirar sus hombres de Venezuela a cambio de una “nueva apertura”, lo cual animó a los cubanos para eliminar a Maduro, dejando a Padrino al frente del ejército y a Cabello al frente del partido.

En estos planes se garantizarían los objetivos de Guaidó, pero el chavismo quedaría intacto y los intereses cubanos podrían encaminarse adecuadamente, además de resolver sus graves problemas internos con la ayuda de la prometida “apertura de Trump”. En estos planes había dos perjudicados: Por un lado Nicolás Maduro, que sería sacrificado por La Habana; por otro lado, la oposición política cubana de Miami, que vio con muy malos ojos la oferta de Trump para una nueva apertura con la dictadura castrista. Era como sacrificar a Cuba por Venezuela.

Pero el exilio cubano hizo valer la fuerza que actualmente tiene ante la administración Trump, descarrilando los planes de la “nueva apertura” prometida. La isla rápidamente había aceptado sin chistar, promoviendo los contactos en Oslo. Donad Trump sacó sus números de inmediato. No era negocio ganar la voluntad de los venezolanos a costa de perder la de los cubanos en la Florida. En las pasadas elecciones, Trump ganó el estado de la Florida por el voto cubano, porque los cubanos que votaron por Trump fue mayor que la diferencia de votos entre el candidato republicano y la candidata demócrata. Si se “abría a Cuba”, perdería la Florida.

Analizando el panorama que se presentaba, Nicolás Maduro por su parte envió su canciller a La Habana con vistas a recibir seguridades y garantías de apoyo de parte de Raúl Castro. Este, al ver frustrados sus planes de medio plazo en Venezuela, incentivaron al dictador venezolano a “elevar la parada” contra Guaidó, amenazando con adelantar las elecciones legislativas que eliminaría la Asamblea Nacional, tratando así de retomar la iniciativa perdida.

El presidente norteamericano por su parte, aclaró su posición de manera tajante y definitiva el pasado 20 de Mayo, día que se conmemoró un aniversario más de la creación de la República de Cuba, con un mensaje inequívoco de apoyo a la futura incorporación de la isla al concierto de naciones libres, democráticas e independientes, con la ayuda y el apoyo de EE.UUU.

Así las cosas, fracasada la negociación con los altos mandos chavistas por un lado y las conversaciones de Oslo por otro, sólo queda la opción de aplastar el chavismo de raíz, sea por una revuelta interna, o por una intervención militar de la coalición democrática latinoamericana que se opone al chavismo, con respaldo de la OEA y los militares venezolanos exiliados.

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NOTA DEL EDITOR: Esta opinión del autor es de su exclusiva responsabilidad y no representa los puntos de vista de Radio Televisión Martí.​

¿Qué opción falta sobre la mesa?

El mandatario de Venezuela, Nicolás Maduro, habla al público durante un mitin en Caracas, el 20 de mayo de 2019. (Reuters).

Frederick Hulse, profesor de Antropología Física (Arizona, 1963), gustaba de ilustrar con anécdotas el método científico. A todos nos gustan las soluciones ingeniosas, advertía, pero su elegancia sola no las hace creíbles. Se cuenta que un hombre cuya tribu jamás había oído hablar del alcohol observó en su país el comportamiento de algunos europeos. Algunos bebían whisky y soda; otros, aguardiente y soda; y otros, hasta ginebra y soda. Cualquier cosa que bebieran mezclada con soda los emborrachaba. El hombre dedujo, con toda lógica, que beber soda emborrachaba.

Era la explicación más sencilla; pero las cosas pueden ser más complicadas de lo que parecen. En el caso de Venezuela, por ejemplo, uno podría deducir con toda lógica, que Fidel Castro y Hugo Chávez son los únicos esponsables por el desquiciado experimento político que ha hundido a ese país en la desesperación, o interpretar el caos social incrementado por el sucesor de Chávez, Nicolás Maduro, como un fenómeno cíclico provocado por la desigualdad social e inestabilidad política en la región. Desde luego que es necesario tomar en cuenta el papel que jugaron o juegan estos sujetos en el descalabro del país, pero no suficiente para evitar que se nos escape la clave menos visible del problema: la mezcla con el alcohol.

Así entendido, me parece suficiente sugerir que el desorden ya citado se revela como consecuencia o residuo de la conquista española, no germen o principio de las guerras de independencia, el caudillismo o el sinuoso proceso republicano de Hispanoamérica. Se trata, a mi juicio de un mal crónico en la formación de la sociedad peninsular heredado por sus descendientes en el Nuevo Mundo. Absolutismo político, dogmatismo religioso, anarquía colectiva, militarismo, economía vulnerable y volátil, ahogan los esporádicos brotes democráticos. La democracia no acaba de echar raíces en Hispanoamérica y el precedente histórico no ofrece pruebas de lo contrario.

Una cronología mínima del proceso que refiero podría elaborarse a partir del Congreso Anfictiónico de Panamá, convocado por Simón Bolívar en 1826 para sentar las bases definitivas de la Gran Colombia, la Patria Grande. Numerosos recuentos históricos suscriben, con diversos matices, que ahí se malogró el embrión de una comunidad federal perfectible. Como ha ocurrido tantas veces a lo largo de la historia, el padre de la independencia o salvador de la patria no logra adoptar más tarde el papel de líder cívico. Algunos, muy pocos por cierto, son modelos de virtud ciudadana. Lucio Quincio Cincinato en Roma; George Washington en Estados Unidos; Máximo Gómez en Cuba; José de San Martín en Argentina. Bolívar, sin embargo, sucumbe al embrujo del poder, como César y Napoleón.

Pedro Juan Navarro (Colombia, 1936), se refiere a Bolívar como un hombre valiente, sabio y profundo, pero seducido por el sueño de una dictadura imperial, tendencia que siembra la desconfianza y lleva al fracaso del Congreso de Panamá. Perú rechaza la Constitución boliviana; Bolivia, que había adoptado el nombre de Bolívar, la rechaza también. José Antonio Páez, jefe militar de Venezuela, cierra filas con la oposición. Ahí se inicia su camino hacia la muerte. Navarro observa que a pesar de sus declaraciones republicanas Bolívar se refería a la democracia como “Una cosa tan débil que el mayor obstáculo la derrumba y la arruina”. Desconfiaba del proceso democrático porque, “No debe dejarse todo al azar y a la aventura de las elecciones”. Y finalmente creía que, “El gobierno democrático absoluto es tan tiránico como el despotismo”. Teología política que aprovecha el chavismo para invocar a Bolívar como precursor de un régimen absolutista en Venezuela, de la misma manera que en Cuba se invoca a José Martí como autor intelectual del castrismo.

Identidad quebrada con la que tropieza Estados Unidos y el grupo de Lima, negociadores punteros envueltos en unas enmarañadas negociaciones de signo provechoso para Caracas y La Habana. Duchos en prolongar el diálogo hasta consolidar su propósito, negociar una solución convencional de cambio pacífico de

gobierno con un adversario al margen de la ley pone de entrada en desventaja al que acata la voluntad del pueblo. Formados para reprimir y matar en nombre del Estado, los sicarios del Partido sortean las presiones políticas y económicas con drogas o negocios turbios, indiferentes a la escasez de alimentos o medicinas. Persisten, hasta que los americanos se cansan de perder el tiempo ante un daño irreparable, como ocurrió en Cuba.

Por ese camino será cada vez más difícil frenar la expansión cubano-venezolana en Suramérica. He conocido académicos, libros de texto, políticos, simpatizantes de Castro, muertos de risa por el presunto peligro del régimen castrista. La víspera de la invasión de Bahía de Cochinos, el Senador J. William Fulbright llegó a decir que “El régimen de Castro es una espina en la piel, no una daga en el corazón” (Hugh Thomas, 1971). Muchos años después, la analista del Pentágono, Ana Belén Montes, llegaría más lejos al afirmar que Cuba no era un peligro para Estados Unidos. Ladina afirmación de una dama cautiva. Escuálida isla, no era peligro por si sola, pero dejó de serlo cuando los soviéticos instalaron misiles nucleares en su territorio. Esa engañifa está en el manual de operativos que saben como envenenar las aguas o engatusar a un ayatollah iraní, con la misma cuerda que intentaron meter a Nikita Kruschev en un conflicto nuclear con Estados Unidos.

Esto se está pareciendo un poco al hombre cuya tribu confundió la soda con el alcohol. Todas las opciones están sobre la mesa, pero las amenazas parecen cosa de amateurs; guapería coloquial criolla manoteando y amenazando al rival sin entrar a fondo, hasta que cada cual se vaya a casa sin que corra la sangre. Si George F.

Kennan viviera se moriría de vergüenza. Aquí queda poco por hacer. Cometeré el atrevimiento de predecir que las sanciones económicas no inducirán el cambio que algunos desean; el régimen venezolano se consolidará con Maduro u otro operativo designado por Cuba como parte de las negociaciones. Repoblarán Venezuela con una población clonada culturalmente. No puedo predecir que sucederá después, pero la consumación de la Patria Grande de Bolívar incluye Colombia, Bolivia y Ecuador, sinónimo de un poderío petrolero significativo. Toda comunidad humana tiene derecho a crecer, pero no a poner en peligro la seguridad del vecino. Canadá, por ejemplo, no representa un peligro para Estados Unidos, ¿se podrá decir lo mismo de una Gran Colombia inspirada en la revancha de Cuba por le derrota de España en 1898? Si ante un enemigo potencial todas las opciones han de estar sobre la mesa, ¿por qué no han armado a la oposición? Quizá no es buena idea, pero más tarde o más temprano tendrán que apagar el fuego.

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