Enlaces de accesibilidad

Opiniones

Artículo 5 de la Constitución cubana: Racismo de Estado

Dos personas leen el Proyecto de Constitución de la República de Cuba.

Como partido-Estado, el partido comunista de Cuba tiene poder. No legitimidad. Si un grupo, política e ideológicamente autoconstituido como Estado, carece de respuestas propias en todos los ámbitos en los que intenta organizar a una nación, pierde entonces su capacidad de autojustificación: una de las expresiones de la legitimidad.

Su abandono constitucional del comunismo es toda una revelación del subconsciente ideológico, y un acto de inconsistencia moral. ¿Quién garantiza que ese mismo partido no abandone mañana la construcción del socialismo a favor de la construcción de un capitalismo que se diría de rostro humano? La conversión doctrinal, sin una deliberación previa con los implicados, en este caso más o menos un millón de militantes, debilita toda credibilidad ideológica.

Al asumir una versión minimalista de capitalismo social al lado de otra corporativa de capitalismo de Estado, este partido abre un abismo de contradicciones entre su legitimidad doctrinal y su pretensión de control total. La contradicción se hace bien clara cuando intenta cerrar el abismo a través de su reconocimiento constitucional, reafirmando al mismo tiempo el control total del partido-Estado, que está negando la mitad de su propia doctrina y su propia meta final. Ya es legítimo vivir contrario a los fundamentos de la ideología, (acumule un poco de riqueza, sin excesos) pero sigue siendo ilegítimo pensar, y organizar la convivencia, en contra de su otra mitad.

¿Cómo se expresa esta esquizofrenia? En el reconocimiento de la propiedad privada, junto a la reconfirmación del Artículo 5 de la Constitución, que garantiza el poder absoluto a un tipo de partido con un instrumental simbólico y práctico fundado en la negación misma de la propiedad privada, sin la cual (la negación) no nace ni tiene sentido un partido comunista.

¿Cuál es una de las consecuencias políticas de esta esquizofrenia?: el racismo de Estado. La reconsagración constitucional del Artículo 5 es racismo de Estado, no en términos estricta o directamente políticos, esto es, desde el punto de vista de la discriminación a otras opciones ideológicas. Tampoco desde una visión étnica o racial. Lo es en formas más esenciales: en su fundamento cultural.

Desde Michel Foucault, el intelectual francés que escribió ese magnífico texto con el título de "Vigilar y Castigar", se sabe que los racismos étnico y racial no son más que las manifestaciones de superficie del conjunto de contra-valores, concepciones y actitudes que fundamentan los sentimientos de distintividad y superioridad totales de unos grupos humanos sobre otros. Para lograr su hegemonía, ese conjunto de aberraciones necesita racionalizarse si quiere jerarquizar, normalizar y luego banalizar el poder total. Es precisamente la banalización lo que impide ver la naturaleza racista de toda hegemonía política no fundada en el voto, sino en las concepciones. De donde nace el racismo de Estado: la pretensión de organizar la política exclusivamente en torno a una específica visión del mundo, que se considera superior a la visión del mundo del resto de los mortales.

Los comunistas en Cuba, los que mandan, tienen, en toda la estructura de su catedral simbólica, ya sin su cúpula utópica, capacidades, legitimidades y derechos que no tienen el resto de los cubanos por causa justamente de la suya particular. Aquellos asumen la osadía incluso de condenar por posible traición a una sedicente patria socialista a todos los que crean se lo merecen, sin tomarse el trabajo serio de definir teóricamente qué entienden por socialismo, en un país en el que desde los padres fundadores sí se tiene claridad sobre los contenidos de una patria de solo dos adjetivos: cubana y orgullosa. ¿O es que se nace socialista en Cuba? Una noción que a lo largo de casi dos siglos ha cambiado tanto su ropaje y sus contenidos, no debería fijar por ley la identidad política de quienes forman parte por derecho de una nación. Por aquí la posibilidad del genocidio está garantizada difusa y constitucionalmente.

Pero el problema histórico agregado que aqueja a los comunistas pos 59, los que mandan, reitero, es que no lograron salidas simbólicas ni prácticas que fueran eficaces para resolver las viejas y nuevas tensiones de Cuba; más bien las han profundizado (los comunistas pre 59 tuvieron la decencia de reconocer el pluralismo y el pluripartidismo políticos en la Constitución de 1940 en la que activamente participaron). Sí lograron, sin embargo, capturar al Estado, establecer el subdesarrollo como elección y disolver la política de un modo que los expone en su desnudez racista frente al retorno de todo lo reprimido en Cuba: la religión, la cultura, el homosexualismo, la diversidad cultural, la pluralidad ideológica, las desigualdades, la marginación, el amor a la buena vida y el capitalismo; en un escenario de ocupación cultural desde el Estado por una tribu político-ideológica dominante en decadencia.

Lo violencia de esta dominación se cobija en la reafirmación e irrevocabilidad constitucionales de un vacío ideológico que ya no genera sentidos auténticos de pertenencia, así como en la deslegitimación cívica de otros valores que hoy ofrecen, por razones de identidad profunda, salidas simbólicas y prácticas a los cubanos. Claro que la dominación se actualiza en tiempos híbridos, endosando a José Martí en el Artículo 5, en un doble despropósito ético y cultural que intenta una confraternización entre Martí y Lenin. Algo bastante obsceno, por cierto.

El racismo es eso: hegemonizar, no por la vía de la competencia cívica entre valores distintos, sino por la postulación de una pretendida superioridad, prohibiendo a sistemas simbólicos diversos la participación en el espacio público: eso se llama pavimentación del nacional-socialismo cubano.

Modificado para peor, y cargado de términos duros que no invocan a la democracia, el Artículo 5 del proyecto de Constitución dice así: “El Partido Comunista de Cuba, único, martiano, fidelista y marxista leninista, vanguardia organizada de la nación cubana, sustentado en su carácter democrático y la permanente vinculación con el pueblo, es la fuerza dirigente superior de la sociedad y del Estado…bla, bla, bla”. Un escándalo moral y un anacronismo cultural y sociológico, que acaba de perder su estación final, en pleno siglo XXI cubano.

Sin capacidad de integración simbólica, fundamento doctrinal coherente, conexión con la modernidad, capacidad para gestionar la pluralidad y diversidad ideológica y cultural, justificación económica, representación ciudadana, instrumentalidad y narrativa política propias, aprecio de la libertad, y valores educativos perdurables, el rey ideológico está desnudo. Pero sigue siendo voraz. Y asume su poder y legitimidad inapelables retrocediendo a la época de las monarquías absolutas, preconstitucionales, de mandato divino y del Estado soy yo, que obtienen su derecho al poder por una combinación entre su ejercicio tradicional, el control total de la palabra pública, los decretos contra la imaginación y su capacidad de castigo a la opinión organizada del resto de la sociedad. Podríamos acuñar para este fenómeno el término de partidoarquía: el partido por encima de todos, incluyendo la Constitución, dios, shangó, la estética y el cielo. Partidoarquía que otorga derechos cuando y si lo entiende.

Por ello, por su voracidad, cabría no confundir conceptualmente el programa constitucional de un partido, avanzado para sus propios estándares, con una Constitución, más allá de a lo que obligan la comunicación política y la economía del lenguaje. El parteaguas entre ambos pasa por la soberanía. Mientras que en el primero el partido es el soberano, en la segunda lo es el ciudadano. El primero puede adquirir estatus legal, es decir implicar obligatoriedad para los ciudadanos que no pertenecen al partido (a menos que más o menos seis millones de ciudadanos asuman la activa desobediencia ideológica y el castigo seguro del partido supremo), pero esto no convierte al programa en Constitución, toda vez que desconoce la soberanía primaria.

Después del referendo constitucional previsto, y si no incluye los derechos fundamentales, el conflicto entre ley fundamental y soberanía permanecerá, junto al conflicto entre elección y representación. Abriéndose una doble distancia: entre electores y presidencia y entre Constitución y soberano. El desafío es, pues, pasar de nuestra constitución soviética a una constitución cubana. Modificar el Artículo 5, reflejando los rostros plurales de Cuba, es la única garantía de ese pasaje fundamental. Y en una época en la que se agotan con buena fortuna las batallas épicas, la contienda narrativa, a la altura del ciudadano, está servida. Una de ganar-ganar.

Manuel Cuesta Morúa, @cubaprogresista

Vea todas las noticias de hoy

Objetores de conciencia: Perspectiva y nuevos horizontes para la juventud cubana

Miembros del ejército cubano desinfectan una calle en La Habana el 15 de abril del 2020.

La Comisión de Derechos Humanos de la ONU reconoció formalmente por primera vez el derecho a la objeción de conciencia (OC) el 10 de marzo de 1987, e hizo un llamamiento a los Estados miembros para que la respetasen.

Se han realizado esfuerzos constantes antes y después para pedir el reconocimiento de la OC y la adopción de disposiciones legales al respecto, a nivel internacional y regional.

En muchos países ―sobre todo europeos, aunque no exclusivamente―, los movimientos contra el servicio militar obligatorio y a favor de la objeción de conciencia han dado sus frutos: fueron parte del proceso que obligó a poner fin o suspender el servicio militar obligatorio (por ejemplo, como ha sucedido en los últimos 20 años en Bulgaria, Bosnia y Herzegovina, Croacia, la República Checa, Francia, Alemania, Hungría, Italia, Letonia, Macedonia, Montenegro, Polonia, Portugal, Rumanía, Serbia, Eslovaquia, Eslovenia, España y Suecia, Marruecos, Perú y Argentina). Estos son algunos ejemplos claros del antimilitarismo que está acabando con la conscripción (cabe citar también la estrategia de insumisión en España y en Serbia, por ejemplo).

Sin embargo, el rechazo a la idea de tener que alistarse personalmente en el ejército, y la oposición a la violencia armada para todos, se remonta a mucho tiempo antes. Existe constancia de que Maximiliano de Tébessa fue uno de los primeros “objetores de conciencia”, al negarse a formar parte del ejército romano cuando este se encontraba en busca de soldados para engrosar sus filas en Numidia (actual Argelia) en el año 295 de nuestra era. Al manifestar que, como cristiano, no podía utilizar la violencia, fue ejecutado.

En Cuba los primeros objetores de conciencia desde que se inició el servicio militar obligatorio, (nombre que después se cambió a servicio militar general por el régimen para ocultar sus violaciones a los derechos humanos), fueron principalmente los religiosos de Testigos de Jehová, por lo que fueron perseguidos y acosados sin cesar. Pero tan importantes como los motivos religiosos son los motivos personales de los jóvenes, especialmente en estos momentos en que ha tocado fondo la bancarrota económica y social creada por una dictadura férrea e inflexible que ahoga por completo a la ciudadanía. -Tengo que mantener a mi familia, cultivar mi propio sustento y cuidar de mis mayores, por lo tanto, no puedo abandonar mi hogar para prepararme a una guerra que ni deseo ni necesito para defender a aquellos que me explotan y han roto el contrato social por el cual se creen con el poder de regir mis destinos – o simplemente “no quiero matar ni morir” punto - es lo que está ahora en la mente de los jóvenes cubanos.

Estos tipos de oposición al reclutamiento tienen tanta relevancia en las campañas contra la conscripción como las convicciones políticas. En primer lugar, porque representan argumentos convincentes sobre la importancia de la libertad de cada individuo y el poder de decisión sobre la propia vida; en segundo lugar, porque son generalizados; y en tercer lugar, porque ponen de relieve los horrores propios de la guerra y la vida en una máquina de matar jerárquica e itinerante ―o sea, el ejército― de una manera que es menos abstracta que todos los argumentos ideológicos.

Cuando estos derechos individuales son usurpados o abolidos no hay forma posible de determinar la justicia ni a que tenemos derecho. Por lo tanto, retrocedemos al concepto tribal de que nuestros deseos están limitados sólo por el poder de un grupo, secta, pandilla o partido y para poder sobrevivir en ese tipo de ámbito los hombres no tienen otra opción que temer, odiar y destruirse los unos a los otros. Es un sistema de engaños, de conspiraciones secretas, de pactos, favores y traiciones.

Profundizando en este concepto podemos resumir que un derecho no puede ser violado, excepto por la fuerza física. Un hombre no puede prohibirle a otro que busque su felicidad, ni esclavizarlo, ni privarlo de su vida. Cuando se obliga a un hombre a actuar sin su consentimiento libre, personal, individual y voluntario sencillamente se están violando sus derechos. Con esto podemos establecer una clarísima división entre los derechos de un hombre y los de otro. Es una división objetiva, no sujeta a diferencias de opinión, ni a la decisión de la mayoría, ni a un decreto arbitrario de la sociedad. Ningún hombre tiene el derecho de iniciar el uso de la fuerza física contra otro hombre.

Por eso creemos que la Objeción de Conciencia es la perspectiva y los nuevos horizontes para la juventud cubana y venideras generaciones.

MILITARES CUBANOS OBJETORES DE CONCIENCIA

Cuba: La cúpula mafiosa se equivoca de época

Vista de la sede de GAESA, el emporio militar cubano.

Después de caer el muro de Berlín y desaparecer más tarde la Unión Soviética el castrismo incrementó aceleradamente las medidas de preparación para reprimir con violencia toda manifestación contra el régimen estalinista. Fidel Castro estaba decidido a ahogar en sangre cualquier intento de derrocarlo.

La fuerza aérea, proporcionando los helicópteros, comenzó la cooperación con las tropas especiales en los ejercicios y maniobras para asegurar la eficiencia de los métodos represivos. Para la realización de estos ejercicios se construyó un pueblecito fantasma al sur Guanabo en la provincia de la Habana. Las tropas hasta nivel de batallón, con trajes antimotines, carros especiales y escudos, eran apoyadas por tropas especiales de desembarco desde helicópteros.

El coronel que estaba al frente de aquello llegó a decirle unas palabras a un amigo común que aquel no pudo olvidar jamás: El día que tenga que utilizar mis tropas para enfrentar una situación como esta, se acabó la revolución. Pero en la Cuba de 2021 todos saben que no existe revolución ni socialismo que defender.

Un grupo de militares mafiosos han monopolizado todas las empresas rentables en GAESA y no rinden cuenta a nadie de sus ganancias ni operaciones mientras el país se hunde en la miseria. El estado se ha desentendido del bienestar e incluso de la subsistencia misma de la población.

El problema que enfrentan hoy esos aparatosos preparativos para una guerra contra el pueblo es que el escenario operativo ha cambiado radicalmente en el siglo XXI.

El desarrollo tecnológico actual unido a la proliferación de las redes sociales ha minado el monopolio de la información que la dictadura totalitaria mantenía sobre la sociedad cubana. Los acontecimientos que se suceden en el país recorren el planeta en cuestión de segundos. Ya no se pueden ocultar los desmanes y abusos de los cuerpos represivos. Solo un suicida intentaría reproducir en Cuba una masacre como la de Tiannamen con miles de celulares filmando y trasmitiendo los sucesos.

Hoy el costo de ejecutar una masacre semejante de forma impune en Hong Kong o Myanmar sería incalculable. ¿Creen que podrían realizarla en Cuba? El mundo entero sería testigo en tiempo real de los sucesos. Además, en el caso de Cuba ocurrirían a 90 millas de la Florida –el estado que decide las elecciones estadunidenses y donde se concentra la mayor parte del exilio cubano. El nuevo escenario operativo es sumamente peligroso para quien ordene desatar esa represión. Quien imparta esa orden sepa que será su último error y deberá atenerse a las consecuencias.

Pero hay otro factor adicional. Los militares cubanos que no participan de las ganancias del estado mafioso de GAESA hoy sufren las mismas necesidades y privaciones que el resto del pueblo. Ya son muchos los que están resueltos a no cumplir órdenes fratricidas contra sus compatriotas. No van a asesinar mujeres, ancianos, jóvenes y niños desesperados por el hambre y la miseria. Saben que ellos no son el enemigo. Ya hay demasiados muertos. Lo que todos queremos, exigimos, es “Patria y Vida”.

En ese complejo contexto, un grupo de cubanos han tomado una decisión inédita: pese a considerarse militares, aun si están en retiro, también se consideran objetores de conciencia para alertar a sus compañeros de armas sobre los peligros que se avecinan. Como tales decidieron publicar un manifiesto que yo también he suscrito.

Los militares cubanos, en activo o retirados, tenemos el deber de brindar todo el apoyo y solidaridad a la población y colaborar con esos valientes jóvenes que protestan a diario en las calles de Cuba demostrando que ya han perdido el miedo. A la elite de poder le aseguramos que si se atreven a recurrir al uso letal de la fuerza tendrán que responder ante tribunales por la sangre inocente que se vierta en las calles y pueblos de Cuba. No es fantasía. Busquen un espiritista y pregunten a Nicolae Ceaușescu si él no se creía también intocable antes de su caída.

Febrero 23, 2021

Zapata, aniversario de un crimen

Orlando Zapata Tamayo - Composición.

Orlando Zapata Tamayo hizo uso del derecho de toda persona a elegir su forma de vivir. Rechazó la doble moral, la hipocresía sistemática y la simulación que solo conduce a la abyección o a morir en cadenas, que no es vivir.

Zapata, después de haber optado por ejercer su soberanía personal en la medida que le dictaban sus ideales, al igual que Pedro Luis Boitel y al menos una decena más de prisioneros políticos cubanos, asumió otro derecho supremo, el de elegir la forma de morir.

Recurrir a una huelga de hambre para demandar derechos es una acción extrema. Muchos se oponen a una práctica que cuando no termina en tragedia, deja huellas irreparables en el individuo. Las lesiones heredadas son demoledoras y pueden arrastrarse por toda la existencia si se sobrevive.

Los motivos que impulsan a un individuo a declararse en huelga de hambre deben ser muy graves y bien estudiadas sus secuelas, tanto en el orden moral como el corporal, porque es una decisión con grandes posibilidades de pasar del drama a la tragedia en menos de un suspiro. Las huelgas de hambre pueden ser funestas, aunque el desenlace no sea fatal.

Cuando Orlando Zapata Tamayo arribó a los 5 años y diez días de haber nacido, no podía imaginar que, en la prisión del Castillo del Príncipe, en La Habana, había fallecido, en mayo de 1972, Pedro Luis Boitel, un joven dirigente estudiantil que por 53 días había realizado una última huelga de hambre, después de otras muchas.

Zapata Tamayo, albañil y plomero, cumplía una sanción de 36 años de cárcel cuando decidió en la prisión de Kilo 8, Camagüey, iniciar una huelga de hambre que terminó con su vida 83 días después. Zapata al igual que Pedro Luis, se negó a recibir alimentos en numerosas ocasiones durante su encarcelamiento. La huelga fue un recurso al que recurrió para reclamar sus derechos y el de sus compañeros de infortunio.

El militante del Movimiento Alternativa Republicana, encarcelado durante la denominada Primavera Negra de Cuba, en marzo de 2003, acumuló en los numerosos procesos a que fue sometido una sanción de 36 años de cárcel, a pesar de que fue condenado en un primer proceso a tres años de prisión.

Zapata Tamayo, al igual que Boitel, recibió severas golpizas y cumplió un doloroso periplo que le llevó a las cárceles castristas de mayor severidad, entre ellas Taco Taco, Kilo 8, la prisión provincial de Holguín, y algunas como Guanajay, que en tiempos diferentes compartió el doloroso espacio con Pedro Luis Boitel.

Al menos una docena de cubanos prisioneros políticos han muerto como consecuencia de las huelgas de hambre realizadas en los calabozos castristas. La cifra exacta tal vez nunca se conozca. Las pesquisas que se han hecho al respecto, a pesar del esfuerzo y la seriedad de los investigadores, no han sido suficientes porque el control sobre la información que ha ejercido la dictadura es mucho más severo en los índices que pueden mostrar la crueldad extrema del sistema.

Hay quienes afirman que la huelga de hambre está en la ruta del suicidio, pero es justo destacar que independientemente a como se enjuicie, es una decisión que demanda fuertes convicciones. Es una vía dolorosa que lleva a una muerte inexorable, aunque sea a plazos.

La huelga de hambre ha sido usada a través de la historia y en diferentes circunstancias como un instrumento de lucha. Con ese tipo de huelga se buscan beneficios, mejores condiciones de vida y también demostrarle al enemigo que, aunque se esté en la celda más oscura y en el rincón más abyecto y olvidado del mundo, la dignidad no se ha perdido y se conserva el derecho supremo de usar el cuerpo como único escudo en la batalla final en que la vida es el único don a entregar.

Orlando Zapata Tamayo se dio por entero a Cuba. Regaló su vida, cuando muchos en la mezquindad de sus miserias callan y rinden culto a la dictadura. Una vez más es válida aquella expresión de José Martí: “Cuando hay muchos hombres sin decoro, hay siempre otros que tienen en sí el decoro de muchos hombres. Esos son los que se rebelan con fuerza terrible contra quienes roban a los pueblos su libertad, que es robarles a los hombres su decoro. En esos hombres van miles de hombres, va un pueblo entero, va la dignidad humana”.

Martí, sentimiento y realidad

Monumento a José Martí en Ciudad de Guatemala. (Johan Ordoñez/AFP)

José Martí es una rica fuente de conocimientos. Su vasta obra debería ser estudiada por aquellos que aspiran a ser políticos porque es un reservorio de sabias reflexiones sobre problemas inherentes a la cosa pública.

Fue un hombre excepcional por el hecho de que defendió sus ideales hasta las últimas consecuencias, pero también lo fue por la riqueza de su pensamiento y la vastedad de sus enseñanzas.


Rechazaba la violencia, pero estaba consciente de que sus deseos no eran compatibles con la realidad, una enseñanza que desgraciadamente muchos no quieren adquirir cuando siguen confiando en que las dictaduras y extremistas en general van a ser dejación de sus prerrogativas por la sola voluntad de sus contrarios. Martí deseaba la paz, pero sabía que esta no era posible si quería la independencia.

Además, Martí demostró en todo momento su disposición absoluta a asumir sus responsabilidades con la Patria. No dejaba en manos de otros los que eran sus deberes, y por eso escribió y lo hizo realidad con sus acciones, “los derechos se toman, no se piden: se arrancan, no se mendigan”. No se ocultó detrás de su intelecto, de su liderazgo. Cuando fue pertinente partió al frente para testimoniar que respaldaba sus palabras con hechos.

Estudiar a José Martí deja apreciar la grandeza de un hombre que se forjó actuando en base a sus convicciones, no haciendo concesiones a otros hombres, también muy honorables, pero que estaban equivocados. Nunca se plegó a la corrección política. Fue capaz de enfrentarse a los gigantes de la Guerra de los 10 Años, 1868-1878.

Entre esos grandes de la independencia cubana había serias divergencias y conflictos de personalidad, pero tuvieron la fortaleza moral de arar juntos para que la tierra de todos alcanzara la Libertad, grandeza que se siente en falta en el presente cuando vemos que la mayoría de las personas solo buscan adelantar sus agendas personales, aunque sea en detrimento de propuestas más racionales y apropiadas.

Otra particularidad de estos tiempos de desinformación es impulsar las soluciones de los problemas que nos agobian con gestiones que sean de nuestro agrado, aunque el sentido común nos diga que esa no es la ruta correcta para lograr el cambio. Para algunos, quedar bien es más importante que hacerlo, otra aberración de una modernidad mal entendida.

Lo políticamente correcto se ha difundido tanto, ha penetrado tan profundamente en la sociedad, que puede ser un riesgo ir en contra de afirmaciones que se han hecho populares, o de propuestas que disfrutan del respaldo de la mayoría y/o cuentan con la aceptación de personas influyentes o poderosas. La doble moral, tan difundida bajo el castrismo, es una presencia cierta en las sociedades democráticas.

Por otra parte, en estos tiempos de corrección política, cuando muchos individuos escogen la conveniencia sobre las convicciones, y abundan quienes defienden propuestas que podrían estar distantes de la realidad y lo justo, no por error sino intereses, tampoco faltan los que, a como dé lugar, protegen sus ideas, aunque eso implique malas consecuencias, de ahí la importancia de otra expresión del Apóstol:

“Cuando hay muchos hombres sin decoro, hay siempre otros que tienen en sí el decoro de muchos hombres. Esos son los que se rebelan con fuerza terrible contra los que les roban a los pueblos su libertad, que es robarles a los hombres su decoro”.

Año 62 de la Era Castrista

Un bicitaxi y un almendrón circulan por La Habana. (Archivo)

Artículo de opinión

Muchas personas no se percatan que los años pasan para los demás, no solo para ellos, y menos aún asimilan que hay países controlados por regímenes que llevan más tiempo en el poder que las décadas que tienen de vida.

Cuba se encuentra en esa ignominiosa relación, bochorno para muchos cubanos. La dictadura llega a los 62 años en el poder, que es igual a 744 meses y 22320 días una cifra espeluznante si apreciamos que la inmensa mayoría de la población tiene menos de 62 años, lo que significa que una cantidad significativa de isleños ha vivido bajo un mismo régimen toda su vida.

Conversaba al respecto con el poeta venezolano Abel Ibarra. Hablábamos sobre los cambios radicales que han sufrido, Venezuela y Cuba, después de la llegada al poder de esos dos singulares depredadores sociales, Hugo Chávez y Fidel Castro, sujetos que, por su gestión e influencia, han marcado de manera indeleble el antes, durante y después de ambos pueblos, amén de gobernar por largos años.

Le decía a Ibarra que los cubanos deberíamos someternos a una especie de jornada de reflexión en la que contempláramos la Cuba antes del triunfo de la insurrección, el mandato revolucionario y las potenciales ocurrencias en el postotalitarismo, con el objetivo de conocer las transformaciones sufridas en todos los ámbitos por el sujeto cubano y en qué medida revertir lo negativo con vistas a ser mejores ciudadanos y un mejor país, a lo que el poeta agregó que en su tierra ha ocurrido algo similar, porque sus compatriotas también han cambiado mucho lo que ha repercutido ampliamente en la sociedad nacional.

Según Ibarra ambos pueblos deben hacer una profunda introspección e incursionar en los desaciertos como individuos y como nación, aprender de esas pifias e iniciar un proceso de reconstrucción que nos haría a todos mejores personas y ciudadanos, propuesta con la que estoy de acuerdo absolutamente, y me atrevo a sugerir que tantos los prisioneros políticos del chavismo como del castrismo podrán hacer grandes aportes a ese proceso porque han sido personas que por las condiciones que implica un encierro han podido meditar un mayor tiempo, a la vez que han tenido experiencias particularmente traumáticas de lo que son capaces los regímenes de fuerzas amparados en el populismo ideológico y el marxismo.

Esta nota está asociada a Cuba, ojalá, Ibarra haga otro tanto con la experiencia venezolana.

Cuba antes de Castro tenía los claroscuros de cualquier república latinoamericana, con la particularidad de que había alcanzado cotas en la economía y el desarrollo, que la mayoría de los países del hemisferio no tenían. El país disfrutaba de un relativo progreso material, aunque se enfrentaba a problemas políticos serios y a graves problemas sociales, muchos de los cuales, a pesar de la inestabilidad política, estaban en proceso de solución.

Bajo el castrismo los logros alcanzados se deterioraron drásticamente. El nuevo régimen se esforzó por destruir los cimientos civiles y éticos de la República. La historia nacional fue revisada y presentada en base a los intereses de la nueva clase. Las fiestas Patrias fueron sustituidas, las religiones vituperadas y la feligresía sufrió represión y discriminación. La Navidad y Semana Santa fueron abolidas por decretos y restauradas décadas después a conveniencia del régimen, aunque nunca se han deslastrado del trauma de la represión y el sectarismo.

La primera afectada fue la sociedad civil que perdió todas sus prerrogativas y espacios públicos conquistados a través de los años. Los órganos gremiales y colegiados consagrados en leyes y costumbres se extinguieron. El poderoso movimiento sindical perdió su independencia, los medios de comunicación pasaron a manos del estado, el periodismo fue otra correa de trasmisión del incipiente totalitarismo.

El ciudadano empezó a decir si pensando en no. El doble pensar, la doble moral, se espacio y asentó en toda la Isla. El disentimiento condujo a muchos a abandonar el país, la represión y la incapacidad para articular una defensa exitosa de los derechos naturales afectó profundamente a la ciudadanía. La cárcel por motivos políticos fue un final feliz, la alternativa era muerte por fusilamiento.

Como colofón, las bases económicas fueron destruidas. Paradójicamente los repetidos errores de la clase dirigente condujeron a muchos de los que simpatizaban con el sistema a abandonar el país o perder la confianza en el régimen.

El postotalitarismo será una experiencia dura e incierta. Lo primero sería buscar una necesaria conciliación entre las partes y un profundo acto de contrición de todos los que abusaron de su prójimo. La reconstrucción será compleja pero posible si el hombre rehace la conciencia de que la República debe ser con todos y para el bien de todos.

Cargar más

XS
SM
MD
LG