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Arte y Cultura

La isla de las cotorras (IV)

En la penúltima entrega de esta serie, el autor asocia la afición del pueblo cubano a la radio con las costumbres de algunos árboles

El líder ocupa la tribuna y guarda silencio. La multitud que colma la plaza, también. Trascurren una, dos, tres, cuatro horas sin que ninguno diga una palabra. El líder abandona la tribuna; la multitud, la plaza. Todos, satisfechos, regresan a sus hogares.

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Las paredes ruinosas que apuntalan Cuba ya no oyen: sólo hablan. Tanto se parecen a nosotros.

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El talante conversador del pueblo cubano contagia a la naturaleza de la isla:

De noche, las ceibas se despiertan a eso de las doce y salen a hacerse visitas, tienen sus tertulias… (“El monte”, Lydia Cabrera)

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El pueblo cubano teme el silencio. La mala intención se ve, el peligro se huele, el dolor se palpa, el tiro de gracia se oye, la sangre tiene su gusto. El silencio, no.

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Lengüetazo – Intento inútil pero sabroso de derrocar a un autócrata a fuerza de hablar mal de él.

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Nada más promiscuo que la conversación cubana. Las voces se superponen como cuerpos, y como tales se acoplan: las más fuertes con las más débiles, las más eufóricas con las más doloridas. El clímax dura horas; el posterior desfallecimiento y la recuperación, instantes.

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El cubano no habla solo. Se sabe rodeado de seres que le escuchan. Seres que tan pronto son él mismo, desdoblado en un corrillo incorpóreo que le aplaude o impugna, como un personaje histórico, un pariente distante, un amigo difunto o Dios.

Nadie habla solo.

Ni siquiera el silencio,

casa de todos.

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El éxito de una poética de tono coloquial en Cuba no es fortuito. La verdadera vocación de sus autores nunca fue escribir poesía sino hablar.

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El silencio es la música más lenta, advirtió alguien. La vivacidad de los ritmos cubanos pone en evidencia cuán desafectos somos a él. El reverso de la música de las esferas no son las explosiones que, como entrechoques de platillos, enriquecen la orquestación estelar sino el mambo, cuyo tempo oficial tiene por metrónomo las contorsiones del rabo que pierde la lagartija.

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La preferencia del pueblo cubano por la radio sobre cualquier otro medio de comunicación no es de extrañar. La prensa escrita es puro silencio; la televisión, pura imagen. Si la identidad de la mujer que inspiró la mejor poesía amorosa de Pedro Salinas no estuviera tan documentada se diría que fue una vislumbre de la televisión, y no aquélla mujer, la que inspiró este verso: Lo que eres me distrae de lo que dices.

Sólo la radio satisface el ansia del pueblo cubano de oír hablar todo el tiempo, y si la programación ofrece espacios donde el radioescucha es invitado a participar por vía telefónica, a la felicidad de estar expuesto a una cháchara constante se suma la de ser parte de ella y oírse a sí mismo por partida doble: en tiempo real, justo cuando habla, y segundos más tarde, cuando su propia voz, a bordo de las ondas hertzianas, vuelve a casa y desemboca en su receptor.

El hogar cubano del sur de la Florida no sólo presume de contar con varios equipos de radio situados estratégicamente en habitaciones distintas, sino de cuidar de mantenerlos sintonizados en emisoras rivales y de escucharlos todos a la vez. La noticia que se le escapa a uno, la pesca el otro; la que uno obvia, el otro la destaca. No en balde la concordia brilla por su ausencia y la consecución del ideal común saca el cuerpo.

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Ante la inteligencia impar de su perro no es raro que el cubano, dichoso, advierta: “sólo le falta hablar”.

Dios nos ampare.

Havel y el peligroso lenguaje de los comunistas

El descubrimiento de Havel, respecto a la esencia enmascarada del lenguaje de los marxistas en el poder, cobra inusitada luz ante el hecho de que la manipulación linguística por parte de los camaradas ha llegado al punto de que al presente se le buscan sustitutos a la palabra comunismo, para no nombrarla

Ha muerto Václav Havel, el intelectual, ex disidente y ex presidente checo, el hombre lúcido, comprometido no ya con las letras sino con la libertad quien, acertadamente, dijera en referencia al especial lenguaje de los comunistas que es uno de los instrumentos más diabólicos del avasallamiento de los unos y del embelesamiento de los otros.

Más allá de que el disidente y dramaturgo, encarcelado por los comunistas y muerto a los 75 años de edad, encabezará la pacífica Revolución de Terciopelo, en 1989, para convertirse en presidente de la ahora ex Checoslovaquia, es importante reconocer que su aporte posterior y esencial estuvo en descubrir que lo verdaderamente peligroso del comunismo no era tanto la fuerza bruta como el lenguaje con que se le disfrazaba, por tanto, un lenguaje peligroso no tanto porque se haya impuesto, y se imponga en lugares como Cuba y Corea del Norte, a punta de pistola a millones de seres bajo el llamado comunismo real; sino que haya extrapolado su contexto e invadido al Occidente todo, envilecido a los hacedores de opinión y a las multitudes que los sufren debido al desarrollo desmesurado de los medios audiovisuales en la era globalizada.

Es quizá en ese sentido donde en el futuro se valorará y ahondará en el pensamiento del autor de El Poder de los Sin Poder, al punto que ahora mismo el ministro de Relaciones Exteriores de Suecia, Carl Bildt, ha dicho al saber del deceso del intelectual checo: "Vaclav Havel fue uno de los grandes europeos de nuestra era. Su voz de libertad allanó el camino para una Europa libre y unida".

El descubrimiento de Havel, respecto a la esencia enmascarada del lenguaje de los marxistas en el poder, cobra inusitada luz ante el hecho de que la manipulación linguística por parte de los camaradas ha llegado al punto de que al presente se le buscan sustitutos a la palabra comunismo, para no nombrarla. Se habla de los crímenes del stalinismo, del maoismo y, últimamente, hasta de los crímenes del castrismo; pero casi nunca de los crímenes del comunismo como sistema. No hay nada inocente en el asunto. Es un intento deliberado de sembrar en el inconsciente de las gentes que el comunismo en sí no es malo, que malos son ciertos personajes que se desvían de las doctrinas originales. Los hombres mueren, pero el Partido es inmortal.

Los hombres fallan, pero el marxismo es infalible. Cuando la realidad es todo lo contrario, los dirigentes comunistas serán dictadores ineptos y sanguinarios, no por casualidad, no porque erraron el camino y se corrompieron, sino porque precisamente lo esencialmente malo aquí no son los individuos, sino el sistema que está diseñado de manera que sean las peores personas las que puedan subir y sostenerse en el poder. Los jefes de la mafia no son delincuentes por azar, llegan a jefes de la mafia por ser los más delincuentes.

El doctor Ricardo Bofill Pagés, pionero del movimiento de Derechos Humanos en Cuba, y quien conociera personalmente al ex presidente checo, dijo en exclusiva para martinoticias.com que Havel le causó “una impresión extraordinaria, calmado, pero muy duro en sus opiniones contra el comunismo, lo que es lógico desde luego”, para agregar después que “su advertencia de lo peligroso del lenguaje de los comunistas no era tanto para los checos, un pueblo apasionadamente anticomunista, como para el resto del mundo occidental, por la doblez y la capacidad de manipulación que dicho lenguaje posee”.

Pero Havel no sólo poseía el encanto del intelectual mundano, del activista y del político ponderado, sino que encarnó el arquetipo crístico expresado en el apotegma de que los últimos serán los primeros, expresado también en los cuentos de hadas, esos donde el mendigo termina transmutado en príncipe, pues, apenas un año después de completar su última sentencia en prisión, Havel encabezó una revuelta pacífica que terminó con el régimen apoyado por la Unión Soviética en Praga y que lo llevó directamente a la presidencia del país. Esa encarnación cabal del arquetipo transmutativo, de lo más bajo en lo más alto, hará que Havel perviva, más allá de su activismo y de su pensamiento, en el inconsciente colectivo de los pueblos dispuestos a pasar de la abyecta condición de los esclavos a la sublime condición de los hombres libres.

Londres, la ciudad como musa de Charles Dickens

Bajo el título "Dickens y Londres", se presenta por estos días al público esta muestra y es la primera sobre el autor en el Reino Unido desde los años 70, así como la más grande organizada para conmemorar el bicentenario del nacimiento del escritor, que se cumple el 7 de febrero de 2012.

Una nueva exposición en el Museo de Londres, situado en las mismas calles del este de la capital por donde se supone que caminaron los personajes del novelista británico Charles Dickens, explora hoy la relación entre el escritor y la urbe, que en el siglo XIX era la mayor del mundo.

Dickens, que supo retratar como nadie los cambios sociales de la Inglaterra victoriana, se inspiró para escribir sus obras en Londres, la ciudad que fue su musa y a la que llamó su "linterna mágica".

Bajo el título "Dickens y Londres", se presenta por estos días al público esta muestra y es la primera sobre el autor en el Reino Unido desde los años 70, así como la más grande organizada para conmemorar el bicentenario del nacimiento del escritor, que se cumple el 7 de febrero de 2012.

Todas las obras de Dickens menos una, "Tiempos difíciles", están ambientadas total o parcialmente en la capital británica, una ciudad que creció a un ritmo vertiginoso con la Revolución industrial y que albergó y desarrolló como ninguna otra -a los ojos del novelista- los conflictos y contradicciones de la era moderna.

En sus novelas, la mayoría de las cuales escribió en forma de serial para revistas –lo que le convirtió en un pionero del género-, Dickens "simpatiza con los pobres, con la gente trabajadora, a quienes suele describir como amables y virtuosos", explicó a Efe John Bowens, profesor de literatura de la universidad de York y uno de los comisarios de la muestra.

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Las peripecias del huérfano Oliver Twist cuando llega a la gran ciudad o las de su otro personaje no menos famoso, David Copperfield, son un reflejo de las dificultades que atravesaba la gente menos pudiente para sobrevivir en una época de grandes desigualdades sociales.

La exposición recoge, a través de cuadros y objetos antiguos, ese contexto citadino cuando aparecieron grandes inventos como el correo postal y el ferrocarril, en coexistencia desigual con la explotación del trabajo infantil y el derecho al voto sólo para una minoría.

Una de las atracciones de la exposición, que explora temas como la mortalidad infantil, es el manuscrito original con la pequeña caligrafía en tinta de Dickens de su novela "Grandes Esperanzas", considerada por muchos expertos su obra más perfecta, donde explora el costo que se paga cuando se sube en la escala social.

Aunque Dickens retrató la injusticia que le rodeaba, y que investigaba en largos paseos nocturnos por Londres para combatir el insomnio, no era un revolucionario, sino, según Bowens, "un reformista radical y compasivo" que quería influir con su obra para lograr "un cambio social gradual". Y al igual que Jonathan Swift, que con sus novelas consiguió que se suprimiera el mal trato al que eran sometidos los marineros en los barcos, la novela de Dickens “Las aventuras de Olivier Twist” constribuyó a mejorar las condiciones de vida de los huérfanos en los auspicios.

En una ocasión a Rulfo le preguntaron para qué servía una novela y el autor de Pedro Páramo respondió sin vacilar que no para mucho más que para ser leída.

Una respuesta ingeniosa, sin duda. Y puede que hasta irreverente, que es lo propio de un escritor transgresor como el mexicano, que sólo escribió una novela y un libro de cuentos. Pero refutada por Dickens con más de cien años de antelación.

Cuba: Espejo de paciencia y piratería

El filibustero francés Gilberto Girón y el escritor canario Silvestre de Balboa y Troya de Quesada mano a mano en el origen mismo de las letras cubanas.

La guerra es el padre de la historia, afirma Heráclito, luego habría que deducir que sin guerra la humanidad estaría aún en la oscuridad de los orígenes, acobardada en las cavernas, y que el cambio no sería más que la característica intrínseca a todas las cosas puesto que, sin cambio, la realidad se desmoronaría; así, las cosas se definen, son lo que son por oposición a otras, y por lo mismo se manifiestan en unidad y lucha de contrarios; de lo que se desprende que el mal y el bien no serían más que administradores, eficientes ejecutivos en el negociado de Dios.

Y si la guerra es el padre de la historia, la piratería es el padre del desarrollo económico allí donde el Estado pone límites al libre intercambio comercial pues, pensando en paradoja, ergo, en profundidad, el comercio es a la civilización lo que la guerra es a la historia.

Así, en Cuba, el acelerado agotamiento de los lavaderos de oro y la drástica reducción de la población (la indígena aniquilada, sobre todo por epidemias, y la española emigrada por engrosar las sucesivas expediciones para la conquista del continente) vienen a hacer de la ganadería la principal fuente de riqueza de la isla. Entonces, a falta de pan casabe, quiere decir, a falta de oro, la carne salada y los cueros serían las mercaderías a mano para que los pocos pobladores que quedaban en la isla se incorporaran a los circuitos comerciales del mundo del momento.

Pues, concebido por la norma de rígidos principios mercantilistas, el comercio bajo el Imperio Español se desarrollaría como un cerrado monopolio manejado por la Casa de Contratación de Sevilla, lo que no hizo más que despertar los apetitos de otras potencias europeas.

Luego, piratas, corsarios y filibusteros franceses, además de holandeses e ingleses, asolaron el Mar Caribe par capturar navíos y saquear ciudades y poblados en este hemisferio, y Cuba, como ya sabemos, no escapó de dichos desmanes. Luego la acción de hombres como Jacques de Sores, Francis Drake, Henry Morgan y Francisco Nau El Olonés mantuvieron ojo avisor y arma a mano, por más de un siglo, a los habitantes de la isla. Pero, como sucede con el resto de la humanidad, las guerras y la piratería también trajeron sus ventajas para los isleños.

A consecuencia de la saña en la rapiña por parte de los piratas, España decidió proteger sus intereses organizando grandes flotas que tendrían como obligado punto de escala el puerto de La Habana, estratégicamente situado al inicio de la corriente del Golfo.

Entonces se manifiesta una periódica afluencia de hombres de negocios, marinos, soldados y viajeros a través del sistema de las flotas, y con estos el dinero contante y sonante que posteriormente rodaría en abundancia por los bares y burdeles de La Habana, y de los bares y burdeles pasaría a los establecimientos comerciales, a las mismísimas iglesias y a la población en general. Como también fluyeron en abundancia los recursos destinados a financiar la construcción y defensa de las fortificaciones que, como el Castillo del Morro, guarnecían la bahía habanera; convirtiéndose todo ello en una importantísima fuente de ingresos para Cuba.

Luego, los pobladores de las regiones del interior, excluidos de tales beneficios, apelaron en cambio a un lucrativo comercio de rescate y contrabando con los mismos piratas y corsarios que, de este modo menos agresivo, también burlaban el monopolio comercial del Imperio Español.

El ascenso al trono de la dinastía Borbón a inicios del siglo XVIII, trajo consigo una modernización de las operaciones mercantilistas que regían el comercio colonial español y, lejos de debilitarse, el monopolio comercial se diversificó y se dejó sentir de diferente modo en la vida económica de las colonias y, en el caso cubano, ello condujo a la instauración del tristemente Estanco del Tabaco, destinado a monopolizar en beneficio de la Corona la elaboración y comercio de la hoja que se había convertido en el más productivo renglón económico en la isla. Lo que dio lugar a protestas y sublevaciones, la tercera de las cuales resultó violentamente reprimida mediante la ejecución de once vegueros en Santiago de las Vegas, población próxima a la capital, siendo clave este episodio en el largo proceso de maduración en la toma de conciencia de lo que sería la nacionalidad cubana.

Por otro lado, el siglo XVIII fue escenario de sucesivas guerras entre las principales potencias europeas que, en el ámbito americano, persiguieron un definido interés mercantil; de modo que todas esas guerras afectaron a Cuba de uno u otro modo, especialmente la guerra de los Siete Años, 1756-1763, a consecuencia de la que La Habana fue tomada por los ingleses.

Así, durante los once meses que duró la ocupación inglesa, La Habana se caracterizó por una intensa actividad mercantil que pondría de manifiesto las grandes posibilidades de la economía cubana, hasta ese momento embargada por el sistema colonial español. En consecuencia, al restablecerse el dominio peninsular sobre la parte occidental de Cuba, el Rey Carlos III y sus ministros no tuvieron más remedio que adoptar una serie de medidas que favorecerían el progreso del país, pues era muy difícil ya lograr que los habaneros renunciaran a la libertad comercial recién adquirida bajo los británicos.

Como resultado de la ocupación inglesa, sucedió también que los españoles terminaron por invertir más en el fortalecimiento de sus defensas habaneras. Así, surge de ese modo la imponente y costosísima fortaleza de San Carlos de La Cabaña en La Habana, además de numerosas construcciones civiles, entre ellas el Palacio de los Capitanes Generales y la Catedral de La Habana. Hay que decir que a consecuencia de la guerra con los ingleses, el comercio exterior de la isla se amplió, a la vez que se mejoraron las comunicaciones al interior de la isla y se fomentaron nuevas poblaciones.

Otras guerras ayudaron también a la prosperidad y al desarrollo de la civilización en Cuba, y la primera en importancia no fue otra que la Guerra de Independencia de las Trece Colonias inglesas de Norteamérica, durante la cual España, partícipe del conflicto,
aprueba el comercio entre Cuba y los colonos sublevados.

En semejantes circunstancias la economía de la isla aumentó aceleradamente apoyada, por otra parte, en la favorable coyuntura que para los precios del azúcar y el café habían creado los acontecimientos de la revolución de los esclavos en la vecina isla de Haití, 1791–1804. De modo que a consecuencia de la degollina haitiana no sólo vino a ocurrir que los hacendados criollos se enriquecieran sino que su flamante poder se materializó en instituciones que, como la Sociedad Económica de Amigos del País y el Real Consulado, canalizaron su influencia en el Gobierno colonial y marcaron decididamente la evolución de la cultura nacional.

Pero no sólo la guerra fue clave en el desarrollo cultual de la isla sino también la piratería, pues uno de los incidentes provocados por la piratería inspiró poco después el poema Espejo de Paciencia, documento primordial de la literatura isleña.

Apuntemos que, durante el siglo XVII, la cayería y el litoral de la Ciénaga de Zapata, en el centro de la isla, sirvieron como segura base de operaciones del famoso filibustero francés Gilberto Girón. En la soldad de la ciénaga el bandolero de los mares abastecía sus naves con carnes saladas, cueros y otros productos mediante el contrabando que ejercía con los habitantes de las costas cubanas.

Pero el hecho que lo llevaría a la posteridad, a la muerte como paso previo a la posteridad, sucedió en el año 1604, en Manzanillo, cuando secuestró al Obispo Fray Juan de las Cabezas Altamirano y al sacerdote Fray Puebla, exigiendo como rescate mil cueros curtidos, cien arrobas de carne, doscientos ducados de oro y otras enormes sumas.

A favor de la liberación de los religiosos intervinieron dos contrabandistas, al parecer de origen italiano, ofreciendo las monedas que se pedían, pero con la condición de la presencia en tierra del filibustero francés. De ese modo el temible pirata cayó en la trampa y accedió a acudir a la cita, acompañado de Altamirano pues prefirió que Puebla quedara en el navío.

Al mismo tiempo fue comisionado Don Gregorio Ramos al frente de una partida de más de veinte hombres armados y, prestos a efectuar el supuesto canje, ocurrió que los criollos armados atacaron a traición entablándose un feroz combate donde el esclavo Salvador Golomón, suerte y valor que tuvo el negro, atravesó con un golpe de su lanza el pecho de Gilberto Girón quien, instantes después, fue decapitado y encajada su cabeza en una pica y paseada en triunfo.

Así, en 1608, estos sucesos históricos sirvieron de argumento a la que se considera primera pieza literaria escrita en la isla, Espejo de Paciencia, por mano del canario Silvestre de Balboa y Troya de Quesada. El Obispo Altamirano adjuntó el poema al informe oficial enviado al monarca hispano. Aunque, es bueno señalar, en fecha reciente se encontró en los fondos de la Biblioteca Nacional de Madrid un manuscrito titulado La Florida, de entre 1598 y 1600, del fraile franciscano Alonso Gregorio de Escobedo, que en más de 500 versos se refiere a la Cuba de 1598, específicamente a Baracoa, por lo que algunos estudiosos lo nombran ya como nuestro primer texto literario.

Y si la guerra es el padre de la historia también lo es de la literatura, no olvidemos acá la Ilíada y la Odisea, los cantares de gesta y la novela de la caballería, engendros deliciosos en el origen mismo de las letras universales que a la guerra, sobre todo, debemos agradecer, de ahí entonces el que Don Miguel de Cervantes y Saavedra, soldado y autor, se sintiera obligado a escribir en su Don Quijote acerca de la dualidad del discurso de las armas y de las letras, y sucede además que si la piratería es el padre del devenir económico frente al Estado monopolizador por otro lado es, cuando menos, una excelente fuente inspiradora para la creación de obras literarias.

Así, al ejercicio del poco noble oficio de la piratería debemos las siguientes obras de la literatura universal: Bucaneros de América, de Alexandre Olivier Exquemelin, La isla del tesoro, de Robert Louis Stevenson, Capitán Blood, de Rafael Sabatini, Sandokán, de Emilio Salgari, El corsario negro, de Emilio Salgari, La reina del Caribe, de Emilio Salgari, En costas extrañas, de Tim Powers (las películas Piratas del Caribe y Monkey Island están basados en este libro), Canción del pirata, de José de Espronceda, El libro de los piratas, de Howard Pyle, Vampiratas, una ola de terror, de Justin Romper, La taza de oro, de John Steinbeck, El pirata enmascarado, de Juan Carlos Riofrío Martínez-Villalba.

Y si en el plano internacional la piratería es, cuando menos, una excelente fuente inspiradora para la creación de obras literarias, debemos apuntar por otra parte que en el caso específico de Cuba la piratería es no sólo el padre sino también la madre de las letras nacionales pues, como ya hemos apuntado, el ejercicio de la piratería está en el origen mismo de las letras isleñas de modo tal que, acorde con la ley de la causalidad, tan autor del Espejo de Paciencia serían el escriba canario Don Silvestre de Balboa y Troya de Quesada como el filibustero francés Gilberto Girón, tanto el envarado poeta como el desorejado hotentote, ese que daría nombre además a una perdida playa al sur de Cuba donde, al decursar de los siglos, se daría la más grande batalla de la historia insular, una en que se decidiría la suerte de los cubanos en el dilema entre la libertad y la esclavitud y en que, desgraciadamente, perdió la libertad, por lo que la piratería estaría no ya en el origen de nuestras letras, sino inmersa en la toponimia, y no tanto en la toponimia como inmersa en la intríngulis de las grandes decisiones históricas; aunque fuera para mal.

Grillo: El más famoso y temible de los bandoleros cubanos de la mar

Mulato, ex esclavo, prófugo y pirata, el Lucifer de los Mares pelea valientemente a las órdenes de lo más granado de la nobleza europea y, preferido de la Corte, es recibido con honores por los monarcas británicos.

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Si en el artículo anterior afirmábamos que José Díaz Pimienta fue el más documentado de los piratas cubanos, habría que decir por otro lado que Diego Grillo fue el más destacado de los piratas cubanos y tanto que su fama extrapola los estrechos límites de la isla para insertarse, tatuarse alto, allá en el listón en el que figurarían los más letales depredadores de la mar que ejercieran el oscuro oficio en este hemisferio.

Y si Pimienta resulta más pícaro que pirata y menos hereje que heterodoxo entre el judaísmo y el catolicismo, más víctima que victimario a la verdad, Grillo en cambio participa en operaciones no ya exitosas sino de enorme envergadura estratégica en el contexto de las guerras de rapiña que, en los mares y litorales de este hemisferio, libraban las potencias europeas por hacerse con el reparto de las riquezas provenientes del Nuevo Mundo.

Parece ser que todo empezó por el amor o el apareamiento, o el amor que conduce al apareamiento, entre un aventurero español entradito en años y una jovencísima esclava africana que daría como resultado el que naciera en La Habana, aproximadamente hacia 1555, un niño que por nombre había Diego Grillo, quien con el decursar de los años sería famoso bajo el alias de Lucifer de los Mares.

Todo indica que, esclavo como su madre, el futuro filibustero escapa de sus amos con sólo 13 años de edad y busca refugio entre los cercanos manglares que bordeaban por ese tiempo la población de La Habana y, al acecho allí en la floresta, espera la oportunidad de fugarse para siempre del cautiverio, uniéndose luego a bucaneros españoles que traficaban en el Mar de las Antillas.

Como muchas veces suele ocurrir en la vida la gran oportunidad del pirata isleño advino de la mano de lo que parecía ser una desgracia y es que, tras cuatro años navegando por el Golfo de México y el Caribe y de haberse convertido en una suerte de lobo de mar, ocurre que es capturado en aguas cercanas a Isla del Tesoro, en 1572, por el filibustero Francis Drake.

Esa captura da pie a una relación que resultaría provechosa para el mulato habanero pues, según cuentan, Drake se sintió favorablemente impresionado no sólo por la audacia del cubano, sino por su manera desafiante manifiesta en una manera de mirar que, aseguran, penetraba, traspasaba hasta la médula o el alma misma de la mujer o el hombre que la recibía ya fuera en el fragor de la batalla o en el intercambio más o menos civilizado de una amena conversación. Fuese como fuese, el caso es que el famoso filibustero británico lo admite en su tripulación y, más que eso, toma al joven delincuente bajo su tutela y se lo lleva con él a Inglaterra.

En Europa el cubano deja de ser un simple bandolero para convertirse en honorable soldado que combate a las órdenes de lo más granado de entre los nobles ingleses y, a los 22 años de edad, es ya el preferido de la Corte británica, de manera que es recibido por los monarcas que le otorgan prebendas y reconocimientos por sus servicios a la corona. Más tarde ocurre que Grillo, como segundo al mando de una importante expedición comandada por Drake, regresa al ámbito de las aventuras en el Caribe pero, en 1595, muere su jefe y se ve precisado a retornar a la Gran Bretaña; retorna, hay que decir, laureado no sólo por la fama sino por el oro.

Grillo se toma un largo y merecido descanso en tierras británicas, pero al cabo reaparece nuevamente en las aguas del Caribe haciéndose acompañar del temible Cornelio Jols, nada menos que el famoso Pata de Palo, atacando con ferocidad a los navíos españoles, no dando cuartel, dando muerte sin piedad a los prisioneros peninsulares.

Grillo realiza la proeza de capturar un convoy de 11 naves españolas con todo su botín de oro, plata y pedrería, y posteriormente, avisado por una eficaz red de espías a su servicio, el pirata sabe que la bahía de Nuevitas, en Camagüey, era el refugio aparentemente seguro de los barcos que se dirigían a España cargados de innombrables riquezas y, en 1619, tras de planificar minuciosamente el golpe, Grillo embosca un convoy de 6 fragatas en la boca de la dicha bahía, terminando la batalla con la victoria de los bandoleros del mar y la muerte de la inmensa mayoría de la tripulación española. Dicen que el tesoro tomado fue tan grande que jamás volvieron a ver a Grillo por este hemisferio; su ausencia hizo que algunos hasta lo dieron por muerto frente a la bahía al norte de la isla.

Pero, si por un lado en este punto parece terminar su oscuro oficio de filibustero, por el otro ocurre que es en este preciso punto que viene a empezar la leyenda sobre Diego Grillo; hasta un extremo que resulta difícil determinar hasta dónde llega la realidad y hasta donde la fantasía de un personaje que se difumina en las nieblas de la díscola historia del Mar Caribe.

A partir de ese momento las versiones sobre el final del feroz depredador difieren, al menos en dos vertientes, de manera que mientras que unos lo sitúan disfrutando de las riquezas alcanzadas al abordaje de las naves y al asalto de las ciudades de este hemisferio, bebiendo en los bares de Londres en tanto deslumbra a los parroquianos con el rebrillar de sus prendas de oro y con la narración de sus antiguas hazañas, otros sin embargo lo sitúan en un sitio de la costa norte de la isla de Cuba, en lo que después fuera la provincia de Las Villas.

A esta última versión apunta una persistente tradición oral en Sagua la Grande que asegura, por vía del vecino e historiador Don Pepe Beltrán (expuesta por Pedro Suárez Tintín en su blog Los tesoros de Sabaneque), que convirtiéndose en persona respetable de la zona, Don Diego cambió apellidos, árboles genealógicos y todo lo que pudiera atarlo al oscuro pasado de la piratería, pero que temeroso de su pronta muerte lo contó todo a su hijo menor que a su vez se encargó de que la cadena de confesiones continuara a lo largo de toda su descendencia familiar.

Así, Don Diego Grillo habría tenido seis 6 hijos con una cubana del sitio Hatogrande, cercano a la ciudad de Sagua la Grande y que más tarde vino a conocerse como Ceja de Pablo. Allí se retiraría el temible filibustero para morir nada menos que a los 82 años de edad, en 1640, sin que nadie sospechara sobre su verdadera identidad pues, además de su transformación absoluta, un curioso acontecimiento vino a sumarse a su suerte final.

Asegura la tradición que a los 50 años ya el pirata se sentía cansado y que con una gran fortuna para disfrutar decidió retirarse tomando así su puesto entre la Hermandad de la Costa otro mulato que confundió por muchos años a los españoles que pensaron que se trataba del mismo Diego Grillo.

Parece ser que el nuevo mulato bandolero se hacía llamar Diego Grillo como su predecesor, situación que complacía sobremanera al viejo pirata que seguía desde la comodidad de su finca las hazañas de su doble, mientras que por otro lado viajaba frecuentemente con toda su familia a Londres donde tan bien y honorablemente había sido tratado por las más altas esferas del poder.

Concluye la tradición que la descendencia del pirata cubano, quien ganaría por su ferocidad sin cuento el alias de Lucifer de los Mares, seguiría hasta el mismo siglo XIX bajo el poco aristocrático apellido Valdés.

Lo cierto es que no parece haber dudas de que el norte de Las Villas constituyó un definitivo refugio, seguro y sosegado, para muchos de los más temibles hermanos de la costa, cansados como estarían de sus sangrientas aventuras oceánicas, y lo cierto es también que muchas de las más ricas, encumbradas y prestigiosas familias del norte de Las Villas provendrían, paradójicamente, de algún famoso e infamante salteador de los mares que emboscado espíritu como una sombra detrás del apellido sería, sin embargo, la causa primera de su brillo presente.

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