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Estados Unidos

La casa de Laura, una célula de libertad

Laura Pollán Toledo, maestra y activista de derechos humanos, falleció el 14 de octubre a los 63 años de edad.

Ofrecemos una versión en español del texto Laura Pollán aparecido en The Economist, traducida por el periodista cubano Rolando Cartaya.

La casa de la calle Neptuno número 963, en Centro Habana, era pequeña, pero Laura Pollán la mantenía muy bien cuidada. Las grises baldosas del piso, con sus motivos de copos de nieve, siempre lucían recién barridas y limpias, aunque su lanudo perro, cruzado con terrier, dejaba por todas partes motas de pelo, y la puerta siempre se mantiene abierta para que de la calle -ruidosa, polvorienta, surcada por un enjambre de bicicletas-- entre un poco de aire fresco. En la sala había sillas de mimbre, con el respaldo en forma de corazón; triángulos de encaje adornaban las repisas. Allá atrás, el diminuto patio sin techo era una selva de maceteros y enredaderas, y la ropa lavada se apiñaba, colgada o cuidadosamente doblada, contra los muros de color ocre. Atisbándolo todo, el alto campanario de la Iglesia del Carmen.

Pero la casa de Laura era también una célula de libertad. En las paredes de la sala colgaban listas de nombres de presos políticos, sus fotos y un inmenso gráfico que les mostraba rompiendo las cadenas cada vez que el grupo de mujeres se anotaba un éxito. Allí se apretujaban para el Té Literario de cada mes las esposas de los confinados y sus hijas. Una vez llegó a tener en ese reducido espacio, bajo un mortecino ventilador de techo, 72 mujeres; 25 pernoctaron esa noche en casa de Laura. Venían de toda Cuba: de Pinar del Río, Santa Clara, Las Tunas, Manzanillo (allá en Oriente, donde ella había nacido); hasta de la Sierra Maestra, en cuyas montañas se había ocultado Fidel Castro para comenzar su revolución. Se reunían en su casa porque era céntrica, y tenía teléfono.

A partir de 2003, el teléfono no dejaba de sonar, y ella respondía en voz baja, sabiendo que estaba tomado. Cada llamada la terminaban con un "Ten cuidado". Frente a la puerta de la calle aparecieron reflectores y una cámara de seguridad, para complementar a los habituales "merodeadores" vestidos de paisano. Para entonces ya en la repisa de los libros había una estatuilla de Santa Rita, la patrona de los imposibles.

Todo empezó con el arresto de su marido, Héctor Maseda Gutiérrez, por "atentar contra la integridad territorial del Estado". Durante la Primavera Negra de 2003, además de él otras setenta y cuatro personas, fueron detenidas y condenadas a un promedio de 20 años de cárcel. Pollán sabía que Héctor no había hecho nada. La imagen de él que llevaba estampada en su camiseta blanca mostraba a un hombre educado, sonriente, un ingeniero con las gafas colgándole del cuello. A él le gustaba subrayar frases de los periódicos y recortar los artículos, para luego organizarlos por temas como "Política" o "Medio Ambiente". Ella suponía que él sólo estaba tratando de resaltar las contradicciones en la línea del gobierno. No hablaban mucho de eso, como tampoco intervenía mucho ella cuando venían a charlar los compañeros de Héctor en el proscrito Partido Liberal Democrático. Entonces Laura solía ??desvanecerse en la cocina, para colar café y dejar solos a los hombres.

Al final, se los llevaron. Desaparecieron de sus casas esposos, padres, hermanos. Pollán regresaba de impartir clases nocturnas cuando se encontró a 12 agentes de seguridad del Estado invadíendo su casa, y llevándose los recortes de periódicos y dos viejas máquinas de escribir. Cuando ella y Héctor trataron de despedirse, uno de los agentes se interpuso. Dos semanas más tarde, ella comenzó a reunir a las mujeres que había ido conociendo en los cuarteles de Villa Marista y en oficinas del gobierno, mientras todas buscaban noticias de sus hombres. Así surgieron las Damas de Blanco.

Las marchas por Miramar

Pollán no tenía experiencia en hacer campañas. Ella era sólo un ama de casa, una maestra, la madre de Laurita: alguien que amaba la literatura y había enseñado a leer a los campesinos en los primeros años de la revolución. Nunca había intentado nada más atrevido que eso. Rubia, llenita, de baja estatura, no estaba configurada para ser arrastrada por la policía. Lo único que quería era ver de nuevo a Héctor, y a los demás. El grupo se reunía todos los domingos en la iglesia de Santa Rita de Miramar, el distrito más exclusivo de La Habana, para rezar el rosario, oír misa, y luego caminar en silencio diez cuadras por la Quinta Avenida, entre los canteros y bajo las palmas. Vestían de blanco, el color símbolo de la pureza, y portaban gladiolos, uno cada una.

Luego entró en juego la política. Al finalizar cada marcha, las mujeres coreaban "¡Libertad!", para sus hombres y para toda Cuba. Dejaban caer lápices con la inscripción "Derechos Humanos", por un lado, y "Damas de Blanco", por el otro, con la esperanza de que la gente los fuera recogiendo. Sus enemigos les llamaron "mercenarias" y "Damas de Verde", aludiendo a que estaban en la nómina de los Estados Unidos. Pollán tuvo que admitir que sí recibían, para sus hombres presos, dólares americanos y paquetes enviados de Estados Unidos. Turbas de choque integradas por mujeres eran transportadas especialmente en autobuses para atacarlas, golpearlas y arrancarles el cabello. Pollán luchó con lo mejor que tenía: cuando un hombre la llamó una vez "P…", ella le tiró en la cara sus gladiolos. Durante una de estas refriegas, en septiembre pasado, fue lanzada contra una pared. El impacto podría haber desencadenado los problemas respiratorios que la mataron.

Para entonces, los 75 presos por los que habían venido abogando habían sido liberados; la mayoría, con la mediación de la Iglesia Católica y el gobierno de España; unos veinte, por sus propios esfuerzos. Héctor fue excarcelado, demacrado y flaco, en febrero pasado. El número de Damas se redujo a unas 15; su misión parecía haber concluido. Pero no para Laura. Mientras existieran las leyes que podían volver a llenar las prisiones, sus Damas tenían que seguir marchando. Mientras Cuba no fuera libre, ella seguiría sentándose frente a su computadora, con la puerta de la calle abierta y el perrito tendido a su lado en las baldosas grises; atenta al teléfono; lista para partir hacia Santa Rita, bajo un mortecino ventilador batiendo a bajas revoluciones el aire sofocante de Centro Habana.


Una "travesti" cubana en la Guerra Civil de Estados Unidos

Con varias como ella, ¿habría ganado el Norte?

"La Dama de Gris", titula el semanario Gambit Weekly de Nueva Orleáns su información sobre un filme basado en las memorias de una singular cubana del siglo XIX que derrochó tanto coraje como las actuales Damas de Blanco, si bien por una causa perdida.

En los Estados Unidos el término Southern Belle designa al arquetipo de la joven de clase alta del antiguo sur esclavista del país. El protocolo décimonónico de una Southern Belle le prohibía usar pantalones; tenía que cubrirse el cuerpo hasta los tobillos y las muñecas; debía hablar en voz baja; escoger su lenguaje y sus interlocutores; no proferir obscenidades, ni involucrarse en peleas físicas.

Bajo esas rígidas reglas vivió en Nueva Orleáns y otros lugares de Estados Unidos la jovencita cubana Loreta Janeta Velázquez, nacida en La Habana en 1842; hasta el día en que, a los 19 años, se cortó frente al espejo sus luengos bucles para calzarse unas botas de caballería y un uniforme gris e irse a pelear en la Guerra Civil por el bando Confederado, travestida como el Teniente Harry T. Buford.

Esta historia casi desconocida, pero narrada por la propia protagonista en memorias publicadas en 1876, es el tema del docudrama"Rebel", de la cineasta ecuatoriana María Agui Carter. Ella presenta esta semana un avance de su película durante un tributo a la hispanidad presidido por el presidente Barack Obama.

A propósito del filme, el tabloide de Nueva Orleáns Gambit Weekly reseña el libro original (The Woman in Battle: A Narrative of the Exploits, Adventures, and Travels of Madame Loreta Janeta Velazquez, Otherwise Known as Lieutenant Harry T. Buford Confederate States Army) y revela que, en su infancia, Velásquez --hija de madre franco-americana y padre español-- soñaba con ser Juana de Arco o algun héroe masculino de leyendas.

A los 8 años, sus padres la enviaron a vivir con su tía en Nueva Orleáns. A los 14, se fugó de la casa para casarse con "William", un oficial del Ejército de los Estados Unidos natural de Texas. Esta decepción llevó a su familia a desheredarla, pero luego Loreta recibiría una gran herencia de su padre. Al iniciarse la Guerra Civil entre el Norte abolicionista y el Sur esclavista, ella vivía con William en un puesto del Ejército en San Luis, Missouri, donde había abortado espontáneamente un hijo y perdido otros dos en una epidemia.

Cuando su marido renunció al Ejército para unirse a la Confederación, ella le sugirió seguirle en uniforme masculino. El trató de disuadirla, pero tan pronto William marchó a la guerra, ella se fue a Memphis, Tennessee, se cortó el pelo, se compró un bigote postizo y se convirtió en el teniente Buford.

Luego, en Arkansas, usó la herencia de su padre para reclutar y equipar a más de 200 voluntarios con los que, tras la muerte accidental de su esposo, marchó hacia el norte y participó en batallas.

En sus memorias, esta amazona cubana admite que la carnicería de la guerra acabó con sus nociones románticas del heroísmo. Hastiada de ello y de la vida de campamento, reasumió su condición de mujer a fin de espiar en el Norte para los Confederados, bajo diferentes identidades. En esa época -según cuenta-- conoció y sedujo a oficiales de la Unión en Washington, DC, y así logró conocer personalmente a Abraham Lincoln.

Luego, Velázquez regresó a su disfraz y sus empeños bélicos y, mientras se recuperaba de una herida de combate se descubrió que era mujer. Por vestirse de hombre, estuvo cautiva en cárceles de la Confederación, algo que confirman documentos y diarios de la época.

Por el resto de la guerra, la cubanita sirvió en el servicio secreto de la Confederación como espía y mensajera, En ese tiempo conspiró para organizar motines de prisioneros de guerra; reclutó soldados; ayudó a falsificar bonos de la Unión, a sacar dinero de la Confederación, y a pasar medicamentos de contrabando.

Su última contribución fue viajar como mensajera a Europa, de donde regresó el mismo día en que el general Lee firmaba la rendición del sur.

Después de la guerra, la habanera Loreta Janeta Velásquez se dedicó a ayudar a ex confederados a emigrar a Venezuela.

Durante una visita suya a Nueva Orleáns, el 29 de marzo de 1866, --tendría entonces 24 años-- el diario The Daily True Delta publicó esta nota:

"Nos honró esta mañana con su visita el teniente. H.T. Buford, del Ejército de los Estados Confederados, nombre bajo el cual realizó algunos actos audaces en la última guerra. Por supuesto, esta valiente soldado ha dejado la indumentaria militar con que prestó excelentes servicios al Sur, y ahora aparece ataviada como la cumplida dama que, incuestionablemente, es".



De vuelta a la Red Avispa

La excarcelación de uno de los espías cubanos que formaba parte de la red ha avivado recuerdos y polémica.

La excarcelación de René González, uno de los miembros de la Red Avispa encargado de espiar las organizaciones del exilio cubano, informar al FBI y al gobierno de Cuba sobre sus actividades, coloca de nuevo en primer plano las actividades de espionaje de La Habana contra el gobierno de Estados Unidos.

Este individuo, nacido en Estados Unidos, se integró a Hermanos al Rescate y a la Asociación de Pilotos Cubanos Americanos para espiarlas e informar sobre sus actividades.

La fiscalía presentó evidencias que el ingreso de González a Estados Unidos se planeó desde finales de la década de los ochenta. Llegó a este país en diciembre de 1990 piloteando una avioneta de fumigación, que supuestamente se había robado en Cuba.

Desde su llegada procuró traer a su esposa, a la vez que se convirtió en informante de la DEA. Fue casi rutinario que los espías cubanos establecieran relación con las agencias federales a las que suministraban información sobre las organizaciones de exiliados. Todos recibían pago por sus delaciones.

González fue expulsado de Hermanos al Rescate, aun antes de que se descubrieran sus verdaderas intenciones.

Ana Margarita Martínez, ex esposa de Juan Pablo Roque, comenta de González: “Creo que tanto René como Roque son productos del sistema. De Roque ya le comenté pero de René le puedo decir que es un gran mentiroso e hipócrita, es un embaucador, es una persona que cae bien y engaña a la gente, las usa para su beneficio, es el verdadero hombre nuevo que solo actúa en base a lo que conviene a sus intereses”.

El caso contó con más de 1,600 páginas, desclasificadas, de mensajes descifrados intercambiados entre los agentes en la Florida y sus directores en La Habana.

Contrario a las acusaciones del gobierno de Cuba, los procesados fueron juzgados por un jurado en el que no había cubanos. El proceso se extendió por más de seis meses y se realizaron al menos 103 audiencias. Los abogados de la defensa viajaron a la isla en varias ocasiones.

La red de espías, según La Habana, estaba integrada por diez individuos, pero solo mencionan cinco: Gerardo Hernández, Ramón Labañino, Antonio Guerrero, Fernando González y René González.

Los agentes recibían instrucción de Cuba. Por ejemplo, enviar cartas anónimas amenazantes a personalidades políticas de Estados Unidos, en ocasiones firmadas falsamente por figuras del exilio. Algunas de las instrucciones decían: “cuidado con las huellas digitales, depositar la correspondencia en diferentes buzones, usar ropas diferentes, etc.”.

La Red Avispa es considerada una de las más activas que haya operado en Estados Unidos, valoración que reafirma el que 14 diplomáticos cubanos acreditados en la Sección de Intereses en Washington y en la Misión de Naciones Unidas, fueran expulsados por sus vínculos con la red.

Edgerton Levy, un ex agente cubano que puso al tanto de la operación de la Red al FBI, dice: “Cuba antes y después de la Red Avispa mantiene espías trabajando en este país. No hay vigilancia suficiente en relación al peligro que representan los agentes cubanos”.

Durante el proceso judicial se apreció que varios de los espías convictos habían nacido en Estados Unidos, y que entre sus actividades ilegales estaba infiltrarse en bases militares estadounidenses, para lo que contaban con documentación falsa o de otras personas.

Los espías planeaban sabotear instalaciones aeronáuticas estadounidenses e informar sobre actividades militares. Otras indicaciones fueron: buscar y desarrollar vínculos con círculos políticos de Estados Unidos y luego informar al centro.

Uno de los espías, Gerardo Hernández, envió en enero de 1998 a su centro en La Habana este mensaje: “Esta guerra debe ser llevada a todos los frentes que podamos y si ellos no pierden una oportunidad nosotros no debemos ser menos”. En otro informe planteaba: “La opinión pública aquí es fácilmente manipulable y creo que no la aprovechamos lo suficiente”. Estos comentarios recuerdan en alguna medida los de Ernesto Guevara.

González, el primero de los cinco espías liberado, debe permanecer en este país otros tres años, pero esta situación podría resolverse si renuncia formalmente a su ciudadanía y un juez revoca la probatoria, lo que le convierte en un posible factor en la solución del caso Alan Gross, preso en Cuba y condenado injustamente a 15 años de cárcel.

A La Habana le conviene, porque el arribo de González sería todo un espectáculo circense que la maquinaria propagandística de la dictadura presentaría como un triunfo rotundo de su diplomacia contra Washington, cuando en realidad sería la decisión independiente de un magistrado que actúa sin influencias del ejecutivo. Lo que no sucede en Cuba, porque bajo las dictaduras la independencia de poderes no existe.

De Hialeah a Pogolotti: el relajito con orden

El colmo es que quien se fue hastiado de aquel sistema reaccione luego como el camaleón ante el peligro, y se haga el sueco, o el suizo, exhibiendo una repentina neutralidad.

Postulaba un dicho de mi época: "está bueno el relajo, pero no demasiado".

Bueno, pues por un lado, me parece demasiado severa la propuesta del congresista David Rivera para obligar legalmente, a los cubanos que llegan a Estados Unidos y se acogen a la generosa Ley de Ajuste Cubano, a que se abstengan de regresar a la isla antes de naturalizarse como ciudadanos americanos, o sea, antes de cumplir cinco años en este país.

El proyecto de Rivera me hace evocar el dolor de mi familia y especialmente de mi mamá, por no haber podido ver a mi hermana mayor en 20 años, desde aquel día invernal de 1959 cuando la despidió, con 23 años, en la terminal de Aerovías Q, hasta que la identificó al bajarse, gordita, ya madurita y demasiado blanca --tal vez por el oblicuo sol de Brooklyn- de uno de los llamados "vuelos de la comunidad cubana en el exterior".

Gardel se equivocó: veinte años sí es algo. Es más, es bastante, como tuvo tiempo de entenderlo la Penélope homérica. Pero cinco también, para quien dejó atrás a sus padres o hermanos, y sobre todo para quien vive lejos de sus hijos. Viví dos años separado de mi familia --yo en Washington y ellos en Miami-- y aunque viajaba cada 45 días, no recuerdo en mi vida una angustia comparable. Nadie debería jugar con esos sentimientos.

Pero viajar una o dos veces al año para ver a los seres queridos es una cosa, y otra - y aquí viene lo del relajo-- es pasarse seis meses del año en Cuba, de donde se salió alegando persecución política -a veces sin haberle tirado un hollejo a un chino- para: 1-) sentirse importante en medio de la miseria de los demás, 2-) hacer negocios ventajistas, y hasta penados bajo las leyes del embargo; o 3-) abrir las cuatro puertas del SUV rentado para que se llene de adolescentes que venden sus cuerpos para comer. Y lo peor, usando para eso como pretexto a la familia.

En una crónica publicada en Diario de Cuba, (de la que, por razones editoriales dejo aquí el título en suspenso), "El que quiera pescado que se moje…", Paquito De Rivera pone algunos ejemplos hilarantes: "Es que la negrita que nos crió está loca por conocer al novio americano que conocí el mes pasado en Disneylandia"; o "Es que el perrito no deja de jirimiquear desde que Armandito mi nieto se fue con nosotros en la balsa", o "Es que vamos a llevarle el recién nacido a tío Ramón, allá en Magarabomba, porque "el niño aprendió a llamar al tío: ya dice Mon-Mon". O es que voy un momentico hasta Párraga a cambiarle el agua a la jicotea o a sacarle punta al lápiz, que cualquier excusa sirve.

Pero el colmo es que quien se fue hastiado hasta la remaceta de aquel sistema y echando pestes de él reaccione luego como el camaleón, que cambia de color para enmascararse ante el peligro, y se haga el sueco, o el suizo, exhibiendo una repentina neutralidad ( y algunos, hasta comprensión hacia "la revolución") durante su estancia en la isla.

El periodista independiente Luis Cino ilustra el primero de estos dos casos en Cubanet, contando la historia de un ex-vecino suyo de La Víbora que viaja casi todos los años a Cuba y tira la casa por la ventana en regalos, paseos y jolgorios, para que nadie diga que él se mide con los suyos ni piense que le va mal en la Yuma. Pero cuando Cino se lo encontró en casa de un amigo común, le dijo: "Brother, mi cariño de siempre para ti, pero tú sabes, men, en lo que tú estás metido y cómo es esto; no quiero saber de disidentes, no quiero problemas con esta gente, lo mío es poder venir a Cuba sin líos cada vez que pueda, ¿Okey?"

Víctor Manuel Domínguez, también en Cubanet, nos muestra la otra especie de camaleón, el "comprensivo". Este caso es más común entre quienes acceden a ser rehenes de un documento llamado Permiso de Residencia en el Exterior, para cubiches casados con extranjeros.

Una nota de la Embajada de Cuba en Egipto explica que quienes posean Permiso de Residencia en el Exterior podrán entrar y salir de Cuba cada vez que lo deseen, y regresar si lo deciden a residir en el territorio nacional. Pero aunque el texto no lo precisa, muchos beneficiarios interpretan que este derecho es como los de la Constitución castrista, que pueden ejercerse siempre y cuando no se haga contra los fines de la sociedad socialista. Y llegando a Cuba, enmudecen. Otros, van más lejos, como Indira, quien vive en Barcelona casada con un andaluz sesentón, que le permite viajar a menudo a la isla, porque ella no se acaba de adaptar.

Cuenta Domínguez que, mientras disfruta de su cerveza Bucanero sentada con sus amigas bajo una carpa y frente al mar, Indira les dice: "Hablar mal no resuelve nada. La revolución ha cambiado. Antes nos prohibían viajar". Y cuando le recuerdan que a ella la expulsaron de la UJC y a su padre lo encarcelaron por salida ilegal del país, contesta que esos, son "errores superados".

En el otro término de la ecuación, están los de allá. Volviendo con Paquito, el genial saxofonista también critica a aquellos que cada vez que tienen un chance, les piden a los de acá que los ayuden "porque la situación está muy dura", pero no hacen nada por cambiar esa situación, y si mandan una foto de familia, atrás se ve un retrato del Che Guevara, el antiamericano por antonomasia.

El autor de "Mi vida saxual" cree que deberíamos ayudar a nuestros coterráneos a edificar una vida mejor, y no a vivir recostados en la caridad de sus parientes en el extranjero, como una señora que -cuenta Paquito-- dice con su cara de palo que, con lo que le manda el hijo, y un par de meses de vacaciones cada año en la Yuma, ¡a ella no hay quien la mueva de su casa en Pogolotti!

El caso Gross congela la diplomacia entre EEUU y Cuba

La reciente visita a La Habana del gobernador de Nuevo México, Bill Richardson, para gestionar la liberación del subcontratista norteamericano Alan Gross, es vista como el último en una cadena de malentendidos, pasos equivocados y gestos percibidos como desaires.

El diario The New York Times recapitulaba este viernes como tras un breve período de acercamiento, en el primer año de la presidencia de Barack Obama, la diplomacia entre los gobiernos de Estados Unidos y Cuba ha recobrado la temperatura glacial que la caracterizó durante 50 años.

En un reportaje de Damien Cave titulado Americans and Cubans Still Mired in Distrust, [Estadounidenses y cubanos aún empantanados en la desconfianza] el Times evalúa el fracaso de la reciente visita a La Habana del gobernador de Nuevo México, Bill Richardson, para gestionar la liberación del subcontratista norteamericano Alan Gross, como el último en una cadena de malentendidos, pasos equivocados y gestos percibidos como desaires.

Revela el diario que Richardson incluso tenía el visto bueno del Departamento de Estado para ofrecer a La Habana dos concesiones: una, permitir que un espía castrista de la red Avispa --René González—regresara a la isla sin cumplir una sentencia suplementaria de tres años de libertad supervisada, una vez extinguida, su sentencia principal; la segunda y más importante: un proceso encaminado a sacar a Cuba de la lista de Estados Patrocinadores del Terrorismo.

No fue suficiente, dice el diario neoyorquino, lamentando que de nuevo el modus operandi en las relaciones bilaterales sea el del resentimiento y la desconfianza. El Times toma como punto de giro del retroceso el arresto de Alan Gross en Cuba en diciembre del 2009.

Recuerda que antes, en el primer año del presidente Obama las reuniones entre funcionarios de ambas partes fueron más frecuentes, y hasta visitó la isla el diplomático estadounidense de más alto rango desde 2002, la subsecretaria de Estado Adjunta para Asuntos del Hemisferio Occidental Bisa Williams; en ese tiempo, Cuba eliminó un impuesto del 10 por ciento a las remesas, y revela el rotativo que incluso después de la detención de Gross, funcionarios de los dos países iniciaron conversaciones para construir y operar conjuntamente un hospital rural en Haití.

La idea–refiere el autor citando fuentes diplomáticas-- surgió tras el arrasador terremoto en Haití en enero de 2010. Cuba aprobó entonces rápidamente una solicitud de Washington para permitir que sus aviones atravésaran el espacio aéreo cubano para transportar a las víctimas a la Florida. Estados Unidos respondió con elogios públicos sobre la cooperación de Cuba y la labor de sus médicos en la isla vecina.

Un editorial de la Voz de los Estados Unidos mencionaba por esos días el impulso recibido desde la mayor de las Antillas, y la colaboración entre Cuba y Estados Unidos, en la recuperación posterior al sismo, y concluía: “Debemos continuar buscando áreas en las que la cooperación entre nuestras dos naciones pueda apoyar las labores de socorro en Haití”.

Esos avances condujeron a la idea de una relación más formal, y de preparar conjuntamente un nuevo hospital para zonas rurales de Haití. Sería construido y equipado con ayuda americana, pero el personal de salud sería cubano. El Times, que cita a funcionarios estadounidenses, dice que durante varios meses las charlas fluyeron sin problemas, y que casi habían concluido cuando las viejas sensibilidades resurgieron.

La Habana puso nuevas condiciones: “Queremos hacerlo, pero ustedes tienen que dejar de reclutar a los médicos de nuestras brigadas”, en referencia a un programa creado por el presidente George W. Bush, y continuado por Obama, para ayudar al personal cubano de la salud que intenta abandonar las misiones en el exterior.

Agrega el diario neoyorquino que después que la administración Obama indicara que no eliminaría el programa, los funcionarios cubanos se indignaron por un evento en el que a su juicio no se había aquilatado bien la labor de sus médicos en Haití. Por último, pocos días antes de que fuera sellado un acuerdo sobre el hospital rural, Cuba exigió la construcción de un segundo centro hospitalario en Puerto Príncipe, a un costo de millones de dólares. Eso mató el proyecto, apunta el Times.

Desde entonces, la relación ha continuado marchitándose. Funcionarios estadounidenses observan que Cuba perdió este año una buena oportunidad, mientras la Casa Blanca y el senador John Kerry ejercían presión para recortar los fondos de los programas pro democracia de Estados Unidos para la isla.

Si Alan Gross hubiese liberado entonces --indicaron al reportero del Times fuentes estadounidenses-- los programas se habrían ajustado para que se dirigieran menos a debilitar el gobierno cubano, y más a ayudar a fortalecer la sociedad civil de la isla. Al final, el Congreso mantuvo casi intactos los fondos y los objetivos de los programas cubanos de la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional, USAID, esos que –según el New York Times-- el gobierno de los hermanos Castro considera “subversivos para su soberanía y su autoridad”.

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