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María Elena Cruz Varela: En mi Opinión

La primera palabra

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Todos los años, en mayo como en enero, religiosamente le hacemos homenajes llenos de adjetivos y de símbolos que, como las plegarias, cada vez lo acercan más a las esferas celestes mientras, pieza tras pieza, de su cuerpo menudo y maltrecho se van desprendiendo el traje abrillantado por el uso, los zapatos de suelas agujereadas, la carne magra, la fístula que lo hizo padecer durante años, sus errores, su pasión febril por las palabras y, en primer lugar, por sobre todas las cosas, su devoción por la soberanía de Cuba, nuestra Patria:

“Mírame, madre, y por tu amor no llores.

Si esclavo de mi edad y mis doctrinas

Tu mártir corazón llené de espinas

Piensa que nacen, entre espinas, flores.”

Escribió con sólo dieciséis años y apenas un año después, esclavo de esa edad y sus doctrinas, estrenaba el presidio político, con grilletes en los pies adolescentes, conde- nado a trabajos forzados. ¡Y hay quienes llaman cursis estos versos¡

Lo hemos vestido de mármol, de madera, de bronce, de oro, plata y hasta de yeso y cada vez vamos marcando más y más distancia entre quién en verdad fue y lo que somos.

Disfrutamos el hacerle flotar a la altura de una divinidad, de esas que se invocan implorando un milagro y desde tal distancia él nos envuelve con la mirada triste porque sabe que pocos recuerdan que todo lo que hizo o dijo fue porque era sencillamente humano. Un hombre enamo- rado de la belleza, sí, la belleza del verbo, la belleza femenina, la del gesto, la belleza que cabe en la idea de la libertad. Un hombre que sabía que la ética es también la estética de la conducta y empiezo a intuir que, en el mundo que hemos fabricado, ese tipo de humanos sólo son abarcables desde la muerte y sospecho que José Julián Martí y Pérez lo sabía y ese conocimiento lo llevó a inmolarse en Dos Ríos el 19 de mayo de 1995. No logro entender de otra manera el absurdo de esa muerte, propia de quien no ve otra salida que hacia arriba.

Ahora resulta en verdad mucho más cómodo para quienes ven el dinero como un fin, no como un simple medio. Para quienes no ponen el corazón en todo lo que hacen y las ideas más profundas no pasan de ser palabras que suenan bien, por eso no logran captar qué significa:

“Para Cuba que sufre, la primera palabra.”

“¿Qué República era aquella?”

De esa manera interpelaba Fidel Castro en los primeros meses del año 1959 -cobijado por la sombra del monumento a José Martí, en aquella plaza que ya había perdido su nombre- a la multitud cautiva por el efecto hipnótico de su verborrea:

“¿Qué República era aquella?”

Hubiera sido fácil responderle que, “aquella”, era la República que él se había cargado sin, al menos personalmente, disparar un tiro, la República imperfecta que le perdonó la vida, condenándolo a sólo dos años de presidio por el asalto al Cuartel Moncada, esa acción terrorista que él organizó, enviando a los asaltantes a una carnicería, no sin antes planificar, muy bien, cómo no arriesgar su personal pellejo. Pero no, las cosas nunca suelen ser tan sencillas.

Aquella República, que naciera el 20 de Mayo de 1902, tras 410 años de colonialismo español, fue gestada en dos cruentas Guerras de Independencia; incubada en los vientres de los campos de concentración creados por el feroz Valeriano Weyler; moldeada con el filo de los machetes de negros descalzos y aristócratas masones, liberales, patriotas, que habían empeñado hasta la cubertería familiar para costear sus sueños de independencia; tatuada con innumerables cicatrices en el cuerpo moreno de Antonio Maceo, el Titán de Bronce, cuya voz proclamaba con orgullo el 15 de marzo de 1878 en Los Mangos de Baraguá, enojado por el indecoroso Pacto del Zanjón, frente al representante de España, General Arsenio Martínez Campos:

“No, no nos entendemos, General.” “¡Muchachos, el 23 se rompe el corojo!!!”

La primera bandera cubana que envolvió a la recién nacida República, ondeó de la manos del General Máximo Gómez, viejísimo y enfermo, a las 12: 08 minutos del 20 de mayo de 1902, frente a una población emocionada.

No queremos cerrar los ojos, ignorar realidades. Como cualquier criatura, la República daba bandazos, tropezaba, caía, volvía a levantarse pero, en 1940 era ya la orgullosa propietaria de la Constitución más avanzada de la época, según expertos.

De 1902 a 1959 tuvo 20 presidentes, entre ellos, al menos dos considerados dictadores; apenas otros dos lograron alcanzar un segundo mandato; tuvimos presidentes de un mes, de tres días y hasta otros dos que apenas sobrevivieron 24 horas en el poder y un golpe militar -o cuartelazo- asestado el 10 de Marzo de 1952, por el General Fulgencio Batista, sí, el mismo que amnistió a los que sobrevivieron del ya mencionado asalto al Cuartel Guillermón Moncada y, a pesar de que esos polvos trajeron estos lodos…

“¿Qué República era aquella?”

No, después de ser colonia durante casi medio siglo, no podía ser otra República que aquélla. Era la anhelada intención de una República. Cuba era sólo un pequeño país en transición, porque la democracia no es un título en propiedad, sino un arduo aprendizaje y, aunque eran los primeros, torpes pasos, la isla tuvo logros memorables, sí, memorables, que el Señor Castro, ese que hablaba más que un loro bajo la sombra del monumento a un avergonzado José Martí, se dedicó, sistemáticamente, a desenterrar de la memoria de los cubanos. En otro mundo, este fanático de la perorata podía ser acusado de infanticidio al asesinar, aún en su cuna, a la pequeña República que otros cubanos, mucho mejores, habían soñado y que él, el Asesino en Jefe, enterró hace ya 60 largos, duros, hambrientos, ensangrentados años.

NOTA DEL EDITOR: Esta opinión del autor es de su exclusiva responsabilidad y no representa los puntos de vista de Radio Television Martí.

La marcha del orgullo humano

El científico cubano y activista gay Ariel Ruiz Urquiola detenido durante la marcha LGBTI el sábado 11 de mayo.

Pasados varios días de la marcha reivindicativa convocada por la comunidad LGBTI+ en Cuba, después de haber visto, oído y leído opiniones de todos los bandos y bandas, aprovecho que las aguas de mis emociones se han asentado para -quizás, sólo quizás- abordar el hecho y lo ocurrido desde una perspectiva ¿más cerebral?

¡Sí se pudo! Por un lapso de tiempo que a mí me supo a eternidad, el Parque Central, con la estatua de José Martí como testigo, y el Paseo del Prado, con sus árboles profundamente deprimidos a fuerza de abulia, fueron el escenario de un libertad que, como es lógico, terminó a golpes, insultos, apelativos obscenos y detenciones porque la libertad es, para las tiranías, una especie de enfermedad altamente contagiosa cuyos vectores deben ser aislados y aplastados de inmediato.

¿Cómo iba a permitir una dictadura famosa por su sexagenaria homofobia, que los gays y las lesbianas tuvieran iniciativa propia? Sobre todo, después de haberles constitucionalmente despojado de sus aspiraciones a contraer matrimonio y de arrebatarles esa especie zanahoria llamada Conga con que los mantenían entretenidos y que, en honor a la verdad, para mí era sólo una de esas “actividades tácticas” que los vejestorios de polit-buró soportaban como un mal menor por aquello del “qué dirán.”

Pero se equivocaron, la Marcha del pasado 11 de Mayo les dio el golpe en las narices, con la misma fuerza de todas las puertas que se han ido cerrando ellos solitos, por ambiciosos, por brutos y por malos.

En la marcha, apoyando los derechos de una de las minorías más maltratadas por la histeria de la roboilusión, participaron heterosexuales, familias completas, cubanos hombro con hombro, marchando por el respeto a las diferencias, a todas las diferencias.

Eso asusta, ¿verdad, Mariela Castro? De ahí la prisa por culparnos a nosotros, la “escoria de Miami”, acusándonos de ser promotores e instigadores de ese acto sin precedentes por parte de aquellos a quienes subestimaste, creyendo que los tenías domesticados, que nunca se saldrían del guión que les habías escrito, incapaces de tener iniciativas propias y que han demostrado más valor del que han tenido los lacayos del régimen toda su vida.

Esta Marcha de orgullosos humanos, no importa la forma y el contenido de la manipulación que ensayen los expertos en medidas represivas, ha marcado un antes y atraído un después cuyas consecuencias los sesudos del Comité Central no podrán evitar.

Orgullosos humanos han descubierto el sabor de la libertad y han gritado bien alto y bien claro que, sean homosexuales o heterosexuales, ¡con los seres humanos no se juega!

Ahora, Ley Mordaza y ¿después qué?

Ruben Remigio Ferro, presidente del TSJ Cuba

Decía mi bisabuela canaria que “el que más amenaza es el que más miedo tiene” y con esa manera de envejecer que llamamos experiencia, aprendí que Dolores, larga, flaca y dura como un cuje, tenía razón: los asustados son quienes más vociferan.

Por eso cuando leí el tuit del señor Triple Erre, presidente del Tribunal Supremo Popular de Cuba, amenazando a los opositores con volver a aplicar la Ley 88 de Protección de la Independencia Nacional y la Economía de Cuba, más conocida como Ley Mordaza, contra aquellos que “colaboren con los objetivos de la Ley Helms-Burton y con medios de prensa extranjeros”, junto al reconocible tufo a miedo, me volvió a la memoria la estampa de la bisabuela canaria con sus sentencias y sus cocotazos porque no lograba corregirme la dicción –la lengua, decía- con aquella retahíla de “Erre con erre cigarro…” de ahí que prefiera llamar “Triple Erre” a Rubén Remigio Ferro.

Descubrí también que el tuit de Triple Erre no era espontáneo, porque espontáneo también se fue de Cuba en 1959. Buscando, encontré la génesis de su amenaza tuitera contra los disidentes y sobre todo, contra los valerosos miembros de la Prensa Independiente dentro de Cuba y además, ¡sorpresa!, no estaba iluminado por la pasión patriótica, si no por esa otra pasión más vulgar y ejercida a modo de deporte nacional, que se llama envidia.

Triste, sí, triste y vergonzoso que precisamente quienes están en la obligación de defender los intereses de los ciudadanos, según suponemos deben hacer en el mundo civilizado los elegidos como delegados a la Asamblea Nacional del Poder Popular, se sientan inspirados por las más bajas pasiones. Si no me creen, vean cómo empuja la Comisión de Relaciones Internacionales de dicha Asamblea a su homóloga, la Comisión de Asuntos Constitucionales y Jurídicos, a raíz de que el Senador Demócrata John Kerry liberara 20 millones de dólares “para programas federales que promuevan la democracia en Cuba.”

“¿Por qué admitir –reclaman los envidiosos asambleístas- que naturales cubanos adquieran sumas importantes aprobadas por el Congreso norteamericano, nada menos que para subvertir el orden en Cuba? Hay que enfrentar resueltamente ese acto.”

Y obediente -como corresponde a alguien de su rango en un país donde no existe la separación de poderes, ni poderes, sino el poder único, nepótico y feudal de una familia muy acaudalada, y no precisamente gracias al sudor de la frente de sus integrantes- Triple Erre se lanza a proferir amenazas contra sus compatriotas.

Por ahora, el pres-cindente del Tribunal Supremo se limita a enarbolar el “coco” la Ley Mordaza pero, ¿qué pasará cuando la situación empeore aún más en la isla y los cubanos, famélicos, decidan, de una vez y por todas, agarrar el toro de sus destinos por los cuernos?

¿Vamos a esperar a que Triple Erre saque a la palestra el Artículo 91 del Código Penal, complemento perfecto de la Ley Mordaza y pasemos, otra vez, de amordazados, a maniatados, y con vendas en los ojos delante de los pelotones de fusilamiento mientras las turbas de envidiosos invaden las calles al grito de “!Paredón!” “!Paredón!”?

Como el Dr.Almagro, nadie...

Luis Almagro, Secretario General de la Organización de Estados Américanos

Maratones de fusilamientos en los fosos del Castillo de la Cabaña -a veces montados como espectáculo por ese fraude comúnmente conocido como el “Ché” Guevara, para agasajar a selectos miembros de la oleada de visitantes que acudían a Cuba, igual que las moscas atraídas por los detritus.

Un presidio político abarrotado de hombres y mujeres que, desde 1959, sabiendo lo que se nos venía encima, decidieron arriesgarlo todo enfrentándose al nuevo ídolo de las multitudes, al Caballo, al “Nomber Guan.”

Más de un millón de cubanos abandonando una isla de apenas seis millones de habitantes sólo en el primer año de la invasión verde olivo.

Padres impelidos a separarse de sus hijos en una operación nacida del desespero y mal nombrada Pedro-Pan porque, no, no era al paraíso del Nunca Jamás a donde iban.

En fin, necesitaría horas, cuartillas y demasiadas lágrimas para enumerar eslabón por eslabón la dramática cadena que durante sesenta largos años se fue forjando alrededor de la garganta de ese caimán llamado Isla de Cuba, martillada porla amargura de la humillación y el agravio por la indiferencia del “mundo civilizado”, el mismo que en su momento ignoró los olores a carne humana quemada en Auschwitz y los campos de exterminio masivo del Archipiélago Gulag estalinista.

Sesenta duros y solitarios años han tenido que pasar, salpicados por honrosas y escasas excepciones de solidaridad -que también quedaban ahogadas por el estruendo de la idiocia rojera y psico-progresista- para que surgiera, como un síntoma de lo que podríamos llamar Justicia Divina, una voz. Una voz suave, serena, que narra sin discursear, que señala sin estridencias ni consignas; una voz que llama al horror por su nombre y lo acompaña con el nombre de quienes lo cometen.

El 18 de marzo de 2015 el Dr. Luis Almagro, ciudadano uruguayo y diplomático de carrera y defenestrado por la misma militancia de izquierda a la que perteneció, fue elegido Secretario General de la Organización de Estados Americanos –OEA- por 33 votos y una sola abstención. En el discurso de toma de posesión dejó bien claro el propósito de su mandato con una frase que ha sido adoptada como un lema:

“Más derechos para más gente.”

Y es su voz, de timbre discreto y mensaje certero, la que se ha elevado por encima de los estridentes alaridos de quienes sólo resguardan intereses económicos o geo-estratégicos, para defender las vidas y los derechos de los cubanos, los venezolanos, los nicaragüenses…

Hasta hoy, nadie como él ha sido capaz de asumir como propios el dolor y la devastación que padecen los países del Continente bajo regímenes de izquierda, etiqueta con la que se autodefinen esas feroces dictaduras totalitarias que sólo son vampiros genocidas.

El 6 de mayo de 2019 el Dr. Luis Almagro volvió al podio para defender, con su voz de padre de siete hijos, el inalienable derecho a la libertad en el más amplio sentido de esta palabra, tan deslucida a fuerza de mal uso y excesivos abusos, de los artistas y creadores independientes cubanos, maniatados por el ridículo y atemporal Decreto # 349.

“Entre los que se doblan obviamente estorba el que se mantiene erguido”, -dijo- y me quedé con esa frase, que me hizo retroceder 25 años en mi propia biografía y sesenta años en la biografía de un país llamado Cuba, del cual apenas quedan aquellos que resisten y se revelan. Los demás, los demás están muertos y quizá ni ellos mismos lo sepan.

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