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Senectud, decadencia y poder


Rodaje de La Casa Vacía
Rodaje de La Casa Vacía

¿Quiénes fueron en realidad aquellos seres, ahora con manos arrugadas, sin dientes y que llevan caramelos de café con leche en los bolsillos?

Llegar a viejo –a la tercera edad, seamos políticamente correctos– es todo un privilegio. Nuestras culturas latinas, más todavía las latinoamericanas, ven a los ancianos como seres venerables a los que hay que cuidar. Incluso, aunque parezca una rareza en el mundo actual, muchos de sus venerables no son enviados a un hogar de ancianos y se quedan en casa al cuidado de sus descendientes, con amor y respeto.

He escuchado alguna vez que el pintor Guayasamín, amigo personal del dictador Castro, se dejó llevar por la tradición indígena de su pueblo y se metió en la cama hasta morir dignamente, cuando un accidente de aviación le llevó a un nieto y él no pudo superar la pena. El artista ecuatoriano no estaba de muerte física cuando realizó el ritual, pero al parecer su alma sí moría.

Cierta o no la anécdota, encierra un pasaje de dignidad inenarrable. La dignidad es algo que suele perderse con la senectud, debido a razones lógicas que traen consigo la pérdida de la lucidez.

En España sobreviví cuidando ancianos y enfermos terminales. Algunos estaban cerca de ser centenarios. Lo más curioso es que mis "pacientes", en época pasada, se hubieran pedido la cabeza. Lucharon en bandos contrarios en la guerra civil –rojos y nacionales– hasta que les tocó superar ese trauma –si acaso lo consiguieron– y enrumbar hacia una vejez relativamente tranquila. Disfrutar de una calidad de vida magnífica era lo que tocaba luego de haber creído y dado todo por unos ideales, que en democracia podían mantenerse sin necesidad de rasguños ni de heridas fuertes.

Los parques de España –el momento de tomar el sol– son el lugar de confluencia de una senectud aferrada a los recuerdos, pero también a ciertas comodidades conseguidas con el desarrollo de una sociedad civil.

¿Quiénes fueron en realidad aquellos seres, ahora con manos arrugadas, sin dientes y que llevan caramelos de café con leche en los bolsillos?

¿Fueron franquistas, comunistas?

La verdad, daba igual.

Lo más preocupante para mí era que la familia no tenía tiempo de cuidarlos y a la vez no quería enviarlos a una residencia (hogar de ancianos), por lo que había contratado mis servicios. Así pude sobrevivir, de aquella manera extraña y poco feliz porque la senectud me hacía recordar, o vislumbrar, mejor, el momento en que el dictador que me había expulsado de mi país llegara a ese punto, un punto en el que uno se pude volver indigno, o más indigno todavía. O no.

Los ancianos son muy parecidos a los niños. Llevan pañales desechables y caramelos en los bolsillos. Pero a diferencia de los infantes, transitan hacia la muerte y, sin quererlo, roban la energía en el trasvase de las manos. Por eso un afrocubano, también exiliado, me sugería que los sujetara por los codos.

¡Pero qué va!, yo me las jugaba todas.

El futuro era incierto y lo más que venía a la mente era la imagen del dictador llegada esa decadencia inevitable que producen los años, porque sabía que moriría en la cama, como Franco. Sin ser llevado a un tribunal, como el caudillo español.

Solo el tiempo podía hacer real la imagen depauperada de Castro que recurría durante aquellos años inexplicables.

Ahora que la tenemos rehusamos mirarla porque no podemos apiadarnos de ella. En eso no habíamos pensado. Tampoco que un presidente de uno de los países más democráticos del mundo estrechara su mano en este momento verdaderamente desconcertante.

Françoise Hollande ya tiene a la oposición política francesa en contra, por ese acto egoísta. Muy posiblemente en su conciencia saltarán las alarmas cuando la marea de su viaje por el Caribe haya bajado.

Nosotros, las víctimas del castrismo, pensamos que nada peor que arrastrar una senectud tan bochornosa. El instinto de conservación suele ser extremadamente caprichoso. ¡Si lo supiera yo!

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    Jorge Ignacio Pérez

    Nació en La Habana en 1965. Luego de ser tanquista en el servicio militar obligatorio, se graduó en la Facultad de Periodismo de la Universidad de La Habana, en 1992. Trabajó como redactor y fotógrafo de prensa, columnista de teatro y editor en varias publicaciones de la isla. En 2001 se exilió en Barcelona, hasta el año 2012 en que se afincó en Miami, donde reside actualmente. Fue editor del portal on line de asuntos cubanos Cubanet.org. Desde 2007 lleva el blog personal Segunda Naturaleza. Además del libro de memorias Historias de depiladoras y batidoras americanas (Neo Club Press Ediciones, 2014), tiene otro inédito titulado Pasajeros en tránsito.

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