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Pragmatismo ruso en Siria


El presidente de Rusia, Vladímir Putin.
La postura del Kremlin en la actual guerra civil siria es meridianamente clara y lógica, incluida la venta de armas al Gobierno. Y se podría añadir que es una postura jesuítica: "en la duda, abstente". La duda radica – no hace falta decirlo – en quién ganará en Siria.

Un análisis objetivo del problema justifica totalmente la conducta de Putin. Y es que, en primer lugar, la causa última del conflicto interno sirio es el poder de los ayatolás en Persia. Este Irán no ha resultado problemático nunca para la Rusia postsoviética, sino que – por el contrario – es un buen cliente y un vecino con el que Moscú ha podido dialogar satisfactoriamente hasta ahora. Visto, pues el marco general del problema, Putin no tiene motivo alguno para meter baza en ese avispero; y mucho menos, en contra del Gobierno de Damasco.

Aquí hay que recordar que los ayatolás no sólo le tienen un odio a muerte a los EE.UU. por el apoyo que ellos le dieron después de la II Guerra Mundial,al Sha Reza Pahlavi, enemigo máximo de los ayatolás encabezados por Khomeni, sino que el segundo odio iraní – Israel – vuelve a enfrentar directamente a Teherán con Washington, defensor máximo del Estado judío.

Este doble antagonismo iraní-americano tiene como principal escenario a Siria por criterios militares y de oportunismo político. Militarmente, Siria es el brazo ejecutor de la política antiisraelí de Teherán y principal plataforma logística de la ayuda iraní a Hamás y Hizbollah, los enemigos directos de Israel en Palestina y el Líbano. El que el Gobierno sirio actúe así por mor del apoyo económico iraní más que por ideología no le resta ni un ápice de virulencia en las tensiones del Oriente Próximo.

El oportunismo político se deriva de la debilidad política interna y económica del Gobierno de Assad, que a lo largo de los años ha ido perdiendo la mayor parte de los apoyos populares y de una parte de la plutocracia siria. En realidad, cuando el actual Assad – Bashir – llegó al poder, el régimen se estaba muriendo ya de debilidad senil.

Todo esto lo vieron los enemigos de los Assad con suma claridad… e impaciencia. Y en vez de obrar con la tradicional astucia medioriental, se dejaron deslumbrar por los éxitos rápidos y efímeros de la "primavera árabe". Pero calcularon mal la voluntad y capacidad de lucha de Assad, muy superior a la que tuvieron en su día el libio Gaddafi y o el egipcio Mubarak.

La consecuencia es que en Siria no se produjo un golpe de Estado, sino una guerra civil entre fuerzas militarmente parejas. También parejas en el descrédito político; porque en su impotencia, los amotinados aceptaron la ayuda de todo el mundo y la que ha ido creciendo más y más ha sido la del terrorismo islámico.

Este protagonismo de alqaedistas y similares en el bando revolucionario así como la falta de un programa político definido es lo que ha hecho que las potencias occidentales hablen mucho y hagan muy poco a favor de la revolución siria.

Si no se produce pronto un cambio tan radical como sorprendente, el desenlace más probable de la guerra civil siria será una "victoria negociada" de los amotinados. Y si hay negociación, Rusia – como única gran potencia amiga de los Assad – tendrá una posición muy fuerte para lograr un acuerdo de paz en el que sus intereses en el Oriente Próximo y, sobre todo, el Mediterráneo Oriental salgan fortalecidos. Y si, de paso, esto perjudica la estrategia occidental, miel sobre hojuelas.
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