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Opiniones

Río Mar, un paladar vigilado por Alejandro Castro

Río Mar en La Habana

Los dueños del paladar son la siempre observada y muy estigmatizada familia de los ex militares condenados en 1989, Antonio y Patricio de La Guardia.

Inusual combinación de poder se empecina en colocar a Río Mar, un restaurante privado, en el banquillo de los acusados. ¿Quién viola las reglas esta vez?

Río Mar ocupa un espacio envidiable, se encuentra sobre la orilla oeste del río Almendares, justo en la desembocadura, frente al otrora Torreón de Santa Dorotea de la Luna de la Chorrera, fortaleza erigida en 1646, hoy Mesón de La Chorrera, y ese pequeño detalle le otorga un valor agregado junto al pedigree de sus dueños: la siempre observada y muy estigmatizada familia de los ex militares condenados en 1989, Antonio y Patricio de La Guardia.

Ubicado en la 3ra avenida entre calle C y Final, La Puntilla, barriada de Miramar; Río Mar se ha convertido en la preferencia de clientes nacionales e internacionales que le califican como uno de los mejores de Cuba. Abierto desde el 2012, el paladar mantiene una inmejorable oferta que mezcla, en su justa medida, calidad gastronómica, exquisito servicio y un delicioso entorno, amén de la fabulosa vista de La Habana y su malecón.

Lo preocupante en este caso no es la supremacía de mandos que existe en la isla, sino ver y aceptar con pasmosa tranquilidad que los poderes judicial y legislativo funcionan como un bufete privado al servicio del ejecutivo que, en Cuba, además de ser sinónimo de Castro, entorpece el desempeño del trabajo por cuenta propia y de toda la sociedad.

Vecinos del lugar aseguran que Río Mar no viola el horario de cierre establecido por la ley para este tipo de inquietud empresarial, no incumple las normativas que regulan el bullicio, no se le puede acusar de incurrir en trámites fraudulentos en la compraventa de la vivienda porque el inmueble, de siempre, pertenece a la familia. Pero fuentes cercanas al proceso investigativo aseguran que la jugarreta al negocio, no se origina en el grupo de atención al trabajo por cuenta propia, que es la entidad encargada de velar por la organización, el control y de regular todo lo concerniente a la iniciativa privada, tampoco en el Tribunal, ni en la Policía, mucho menos en el Consejo de Administración Provincial.

La investigación fue autorizada por la Comisión de Defensa y Seguridad Nacional, ese inquietante grupo con cara y sin identidad legal, y ordenada por la Contraloría General de la República de Cuba, que es el engranaje estatal creado para ejercer la fiscalización sobre los órganos del poder público, la administración de su patrimonio, y la prevención y lucha contra la corrupción administrativa, no para gastar recursos investigando a pequeños negocios privados.

“Tremenda canallada. Mira, no soy inspector, ni dueño, ni tengo acceso a la información que pueda manejar la Contraloría…ni ocho cuartos. No tengo más datos que el conocimiento de trabajar en este restaurant y eso me permite saber que esta gente no entra en ilegalidades y que respeta las normativas que regulan a los cuentapropistas porque ellos saben, mejor que nadie, que su apellido los mantiene constantemente bajo el ojo acusador del gobierno y sus secuaces”, asegura, con auténtica virulencia, un trabajador del lugar.

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El castrismo tiene un historial de persecución y deportación religiosa

Procesión de la Virgen de la Caridad el 8 de septiembre de 2019. AP Photo/Ismael Francisco

Las religiones tienden a promover la comprensión, la tolerancia y el respeto a la dignidad humana, contrario a esos principios,ideologías como el marxismo y el fascismo auspician la lucha de clase y la dictadura del proletariado o patrocinan el odio racial y la discriminación, razón por la cual cuando Fidel Castro y sus acólitos llegaron al poder, dispusieron que las religiones fueran perseguidas, imponiendo el odio, sectarismo y represión, factores comunes en el comunismo y el nazi-fascismo, los fundamentos sobre los que reconstruiría a Cuba.

A 59 años del destierro de más de un centenar de religiosos de Cuba
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Castro, consecuente con su naturaleza mesiánica y manipuladora, contradijo la máxima «Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios».Él, desde su perspectiva, también era un Creador y se esforzó, lo logró en gran medida, en expatriar de la conciencia de muchos de sus conciudadanos toda creencia en un ser supremo ajeno al Comandante en Jefe, y no fue raro que en las casas de familia el cuadro de Jesús fuera sustituido por uno de Fidel, o cualquier otro de sus genízaros. En Cuba se exaltó una nueva religión, el Castrolicismo, como afirmaba el compañero de presidio Gerardo Fundora.

En la Isla, se organizó la persecución de la Iglesia y los creyentes. Se acosó a la feligresía, al igual que abolieron las festividades republicanas y se minimizó la gesta independentista, las fechas claves de las religiones, particularmente las cristianas, como la Semana Santa y Navidad fueron maldecidas, lo que quizás motivó a muchos antes de morir, como Alberto Tapia Ruano y Virgilio Campanería, gritar ante el paredón de fusilamiento “¡Viva Cristo Rey”!

Los extremismos del Castrolicismo han sido padecidos por católicos y no católicos, por todo ciudadano que fue y es capaz de defender sus convicciones y, paradójicamente, hasta por muchos de los que han guardado silencio cómplice ante las tropelías de la dictadura. Es válido decir que aun hoy, después de décadas de fracasos, no faltan quienes tienen una memoria selectiva que les facilita olvidar para lucrar.

Los ataques a las religiones y a los religiosos se agudizaron en 1961. La procesión a la Virgen del Cobre fue prohibida por las autoridades y cuando los feligreses decidieron realizarla, un sicario asesinó a tiros al joven Arnaldo Socorro, portador de una imagen de su Patrona frente a la Iglesia de Nuestra Señora de la Caridad del Cobre, en La Habana.

Dos días después fue arrestado el obispo Eduardo Boza Masvidal, figura emblemática de la Iglesia Católica que con argumentos sólidos e irrebatibles criticaba al nuevo régimen. La dictadura no soportó más el reto continuo a sus prerrogativas y decidió aplicar lo que consideró erradamente un golpe mortal a su principal enemigo ideológico, al ordenar la expulsión del país de 136 religiosos, entre ellos 60 sacerdotes españoles, 45 cubanos, cinco canadienses, un hondureño, un venezolano, un húngaro y un italiano. Las autoridades habían detenido a los sacerdotes en sus diferentes iglesias y fueron conducidos directamente al barco Covadonga, que tenía como destino España.

Entre los desterrados se encontraban el obispo Boza Masvidal y Agustín Román, quien fue obispo auxiliar de Miami, dos personalidades excepcionales que desde sus respectivas responsabilidades siempre honraron a Cuba y lo cubano, contrario a lo que han hecho las figuras más destacadas del castrolicismo.

Transcurridos más de sesenta años, la lectura de la realidad cubana es particularmente devastadora. El régimen arrasó con los valores y principios sobre los cuales se sostenía la nación.

El régimen inculcó en varias generaciones biológicas normas y conceptos contrarios a la dignidad humana, en consecuencia, la sociedad bajo el castrolicismo se ha caracterizado por la intolerancia, acoso, sectarismo, la delación y falta de respeto a la vida, junto a una ausencia de principios que han afectado profundamente hasta el propiototalitarismo, al deformar a una mayoría desujetos que solo viven pendientes de sus intereses más inmediatos sin aceptar la existencia de los compromisos sociales, vitales para cualquier propuesta.

Una dolorosa realidad que ha dificultado en extremo el retorno a los valores tradicionales de la nación cubana. Cuba afronta una profunda crisis de identidad y objetivos. Los perjuicios causados por el totalitarismo llegan a nuestras raíces como nación. Todos los cubanos debemos extirpar esa mácula.

El Estado y la alimentación del pueblo

La hora de preparar la comida en una casa de La Habana Vieja. REUTERS/Claudia Daut

A partir de una lamentable intervención televisiva del Ministro de la Industria Alimentaria en que intentó presentar las estrategias del Gobierno cubano para alcanzar la llamada “soberanía alimentaria”, en estos días el tema de la alimentación ha estado, aún más, en el centro del debate no solo en las colas, en la mesa de nuestras casas, sino en todas las redes sociales. Han sido innumerables los comentarios, los memes, el humor y el amargor, que ha provocado dicha intervención en que se mencionaron la producción de tripas, croquetas y la utilización del “gallinas decrépitas”. Tal ha sido el impacto de las redes sociales que inmediatamente las autoridades retiraron algunas palabras, cortaron parte de la grabación audiovisual e intentaron echar la culpa fuera del área de su responsabilidad y, como siempre, fuera del país.

No quiero entrar en esos detalles que provocan todo tipo de reacciones, sino que deseo compartir mis consideraciones sobre lo que identifico como el problema de fondo: la alimentación de los cubanos. Aunque el humor puede ser buen antídoto a la inacabable desesperanza, y las críticas a unas frases pueden desahogar energías negativas, es necesario identificar, hacer consciente y solucionar el problema de fondo, la raíz del asunto, la causa original y no quedarnos en solo lamentar las consecuencias, la deficiente forma de plantearlo, el reino del absurdo de las palabras, y los ejemplos cuyo devenir roza ya con lo grotesco y la falta de respeto a la inteligencia de la nación.

En otras latitudes hay también hambre y escasez, y también se deben buscar y encontrar las causas profundas de esa injusticia inaceptable, no es coherente solidarizarnos con los otros sin también, y al mismo tiempo, esforzarnos por resolver lo nuestro. Nosotros debemos resolver nuestros propios problemas sin esperar a que vengan otros a resolverlo o aliviarlo, y sin que nos consolemos con la pobreza de otros, porque como dice el refrán de nuestros abuelos: “mal de muchos consuelo de tontos”. Y para no quedarnos ni en el consuelo de tontos, ni en la queja estéril, proponemos estos cuatro puntos:

Lo primero: Reconocer y educar en que una alimentación suficiente, sana, balanceada y accesible a los bolsillos de todos, es un derecho básico e inalienable. No se puede sostener el respeto a los demás derechos humanos universales e indivisibles si -en Cuba o en cualquier lugar del mundo- no se garantizan las estructuras y los medios para el acceso a la alimentación adecuada. Reconocer este derecho primario y educar para su consecución es tarea de la familia, la escuela, las iglesias, el resto de la sociedad civil y el Estado.

Segundo: Cada ciudadano adulto, dígase padres y madres de familia, hermanos mayores, tíos y abuelos, son y deben ser los primeros responsables de trabajar y sostener a sus familias. Ese trabajo debe ser justamente remunerado con un salario suficiente con el que puedan garantizar la alimentación sana y suficiente para su familia. Ya aquí hay una primera causa profunda: en Cuba no alcanzan los salarios. Todavía peor: se paga en una moneda y la que permite el acceso a la mayoría de los alimentos es la moneda de otros países, ganada y sudada por otras personas. Las tiendas en que se podía usar nuestra moneda han quedado desabastecidas a pesar de las promesas. Depender durante años y años del trabajo ajeno, y de las remesas de un país extranjero, no es solo una injusticia y una violación de los derechos de los trabajadores sino que es una deformación que mal educa, resta valor al trabajo, desestimula el esfuerzo personal y crea vagancia, delincuencia y apatía crónica. Pobre del país y de los ciudadanos, especialmente los jóvenes, que dependen del trabajo y el sacrificio de su familia de afuera por años sin término. Eso no es ético, ni educativo, ni siquiera lógico.

Tercero: El Estado no puede, no ha podido, y no debería, asumir, él solo, la carga de garantizar a cada familia una alimentación adecuada, variada y sana. Entonces, si la alimentación es un derecho, si los salarios no alcanzan, si los alimentos en su mayoría se adquieren en monedas extranjeras y el trabajo propio pierde valor adquisitivo, toca al Estado iniciar con premura y eficacia las transformaciones estructurales para liberar las fuerzas productivas que: restituyan al trabajo su valor; que los frutos del trabajo concretado en los salarios, una moneda única y con el poder adquisitivo que permita que el progreso personal dependa del esfuerzo emprendedor de cada cubano, y no de si tiene familia en el extranjero. El Estado cubano sigue empeñado en intentar ser el padre de una única familia, y decidir con planes y estrategias incumplibles, desde lo más alto de ese paternalismo, qué come cada cubano, qué cantidad necesita, dónde le toca comprarlo y sobre todo cuándo alcanzará lo suficiente. Eso no puede, no debe, seguir así. Esa es la verdadera causa de la escasez, de las colas, de los coleros, de los acaparadores, de la mayoría de las indisciplinas sociales. Todo eso se elimina no con la represión que encona y genera más violencia, sino liberando las fuerzas productivas y dejando que cada cubano desarrolle sus capacidades de emprendedor, y su trabajo le alcance para alimentar a su familia.

Cuarto: Las reformas estructurales no pueden esperar a que la liga se rompa. Debe liberarse, legalizarse y fomentarse el sector privado sin tener que pasar por el “cuello de botella” de una empresa estatal. No se pueden hacer más experimentos de laboratorio con seres humanos. No se puede experimentar un modelo de mercado dentro de los fórceps de un Estado que quiere administrarlo todo. Los productores privados son los únicos que han demostrado, en poco tiempo, que obtienen de forma independiente, resultados rápidos, suficientes y accesibles a los diferentes bolsillos. Todo el mundo sabe en Cuba, por experiencia propia, qué es lo que funciona, quién tiene viandas, quién produce queso y leche, quién produce carne de cerdo o de pollo, quién lleva a la puerta de nuestras casas alimentos frescos, variados y abundantes: el privado. Miremos a nuestro alrededor… ¿Qué es lo que funciona y qué no logra despegar? Son hechos, no promesas. Y todo el mundo sabe en Cuba qué es lo que genera pobreza, hambre, escasez, promesas, planes, burocratismo e inestabilidad: la centralización paternalista de un Estado que quiere controlarlo todo.

No andemos más por las ramas de los planes y las estrategias “gatopardistas”. La paciencia tiene un límite y nadie quiere llegar a esos extremos. Nadie, con cerebro y corazón, quiere provocar una explosión social. Lo que parece que todo el mundo quiere son cambios de verdad, eficaces, profundos, eficientes, rápidos y medibles, evaluables y mejorables. Lo que de verdad evitará esas lamentables presentaciones, las pifias, los memes y las burlas del humor tan típico de los cubanos no es la censura previa, ni la tijera editora a posteriori, ni la descalificación de ambas partes.

Centrarnos en lo esencial, y evitar los ruidos que distraen y entretienen alienándonos de lo esencial, de las causas, de los cambios, de las transformaciones ordenadas, pacíficas, reales y eficientes. Es la única forma civilizada y ética de resolver el acceso de los cubanos a una digna alimentación sana, suficiente y variada, con nuestro propio trabajo libre y responsable, con nuestra propia moneda fuerte y única, para poder realizar nuestros propios proyectos de vida y alcanzar nuestras legítimas aspiraciones de progreso material, moral y espiritual, sin olvidar la siempre necesaria justicia social, la asistencia y promoción de los sectores más vulnerables, pero sin que el Estado siga administrando la vida, la mesa, el sacrificio y la felicidad de todo un pueblo.

Estoy seguro que nosotros los cubanos, todos, vivamos donde vivamos, pensemos como pensemos, podemos lograrlo. Solo hace falta que quienes pueden y deben abran la puerta o no impidan más que los cubanos todos, sin banderías ni exclusiones, ejerzamos la soberanía ciudadana con la que hemos nacido, fuente y origen de todas las demás soberanías,. incluida la soberanía alimentaria. Esto lo lograremos en paz si enrumbamos entre todos los caminos de la libertad, el trabajo digno, la justicia social y la solidaridad cívica.

[Artículo publicado en la sección Lunes de Dagoberto de la Revista Convivencia]

Arnaldo Socorro: un joven cubano asesinado por su fe 

Arnaldo Socorro (1944-1961). Foto Archivo Cuba

Aunque la Revolución comandada por Fidel Castro pretendió darle al triunfo un ligero cariz religioso, muy pronto la creencia en un ser superior se convirtió en el enemigo más temido de la insurrección triunfante.

Los ataques verbales contra la Iglesia en general y la Católica en particular se incrementaron, los feligreses empezaron a ser acosados y aquellos que no tenían una profunda fe cedieron ante la presión. Sin embargo, un número importante de fieles, a pesar de que la represión aumentaba y la discriminación se acentuaba, mantuvieron su compromiso religioso siendo uno de ellos el joven Arnaldo Socorro.

Socorro era natural de Unión de Reyes, Matanzas, pero en su adolescencia la familia se trasladó para la capital de la Isla. Una beca le dio la oportunidad de estudiar en el Colegio de Belén donde se incorporó a la Juventud Obrera Católica, en la que militaba cuando el 10 de septiembre de 1961 fue convocada una procesión con la imagen de la Patrona de Cuba Nuestra Señora de la Caridad del Cobre.

La procesión partiría desde la iglesia de La Caridad, bajo la guía del entonces Obispo Auxiliar de la Arquidiócesis de La Habana, Monseñor Eduardo Boza Masvidal, uno de los más valientes críticos del régimen castrista, quien fuera expulsado de Cuba una semana después con otros 130 sacerdotes.

Arnaldo fue hasta la iglesia para participar en una procesión religiosa que indudablemente era una expresión de rechazo al gobierno. En el lugar supo que las autoridades habían prohibido el evento, sin embargo, al igual que miles de personas, permaneció frente a la Iglesia para exigir que sus derechos fueran respetados, cobijado con una imagen de la Virgen marchó a la cabeza de los centenares de personas que decidieron seguirle, dando vivas a Cristo Rey, a la Virgen y a la libertad, tal como en ese momento muchos de los jóvenes fusilados por la dictadura lo gritaban frente al paredón de fusilamiento.

El coraje de Socorro no sería respetado por el régimen y sus sicarios. Un esbirro, consciente de su impunidad, descargó su metralleta checa en su contra, el joven cayó al suelo mortalmente herido.

Tenía 17 años cuando fue asesinado, pero a la falta se sumó como bien afirma el periodista Julio Estorino, “el crimen y el ultraje”, al régimen proclamar que el joven asesinado era un revolucionario que había ido al lugar de los sucesos para impedir un acto de "los esbirros con sotana", como identificaba el castrismo a los sacerdotes católicos.

Católicos cubanos recuerdan el asesinato de activista de la Juventud Obrera Católica
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El asesinato le fue achacado al sacerdote Agnelio Blanco quien en el momento de los hechos estaba en la Isla de Pinos, otra cruel mentira en la amplia campaña de difamación del castrismo en contra de sus críticos.

Ahí no terminó la maldad. Oficiales de la Seguridad del Estado fueron a la casa de Arnaldo Socorro, amenazaron a la familia y lo enterraron como un combatiente asesinado por la contrarrevolución, sin duda alguna, la dictadura invistió a otro cubano con su crimen, como mártir de la Patria.

Cubano de la Generación Y muere en huelga de hambre, el primero bajo Díaz-Canel

Yosvany Aróstegui.

Otro opositor al castrismo, también en la cárcel, muere por la desidia de una dictadura de más de sesenta años. Es difícil entender cómo en Cuba, en pleno Siglo XXI, en tiempos de globalización y de redes sociales, sigan muriendo en huelga de hambre personas que solo reclaman que sus derechos sean respetados.

Tampoco es comprensible que ese mismo régimen tenga en prisión a más de un centenar de hombres y mujeres, en su mayoría nacidos después de la llegada al poder de los hermanos Fidel y Raúl Castro, que sin haber conocido y nunca disfrutado sus derechos fundamentales, estén en la cárcel por luchar por ellos.

Yosvany Aróstegui Armenteros, conocido como “El Cochero”, murió tras más de 40 días en huelga de hambre en la ciudad de Camagüey, había estado recluido en la cárcel Kilo 7 de esa localidad por su posición antigubernamental.

Yosvani era un cubano negro que apenas había cumplido los 41 años. Un hombre de carácter, porque su amigo Faustino Colás Rodríguez dice que desde su ingreso a prisión, la que siempre calificó de injusta, plantó en varias ocasiones, incluidas huelgas de hambre, si apreciaba que sus derechos le eran negados.

El régimen cubano tiene un récord inigualable en el número de prisioneros que se han visto obligados a recurrir al peligroso extremo de una huelga de hambre. Algunas han sido masivas, en las que han participado cientos de presos políticos, como recoge José Antonio Albertini en “Cuba y castrismo: Huelgas de hambre en el presidio político”, libro único, que recoge testimonios de sobrevivientes de huelgas de hambre.

El primer prisionero muerto en huelga de hambre bajo la mandancia de Miguel Díaz-Canel (término que se usa en las cárceles cubanas para identificar al preso de mayor autoridad y al ser Cuba una gran prisión es el vocablo que mejor se ajusta al jefe de gobierno) fue Yosvany Aróstegui Armenteros.

Así que es de esperar que la Comisión Internacional Justicia Cuba, que componen juristas y profesionales de varios países y que dirige el mexicano René Bolio, agregue este nuevo crimen al sucio prontuario del castrismo y lo cargue directamente al folio del dictador designado.

Es importante repetir que la dictadura castrista tiene el infame récord de haber encarcelado por motivos políticos a más de medio millón de personas de 1959 a la fecha y el no menos bochornoso privilegio de que en sus cárceles hayan muerto hasta el presente al menos 14 prisioneros políticos, incluido Arostegui Armenteros, por participar en huelgas de hambre individuales y colectivas.

Es indignante la indiferencia de tantas personas con lo que acontece en Cuba, apatía que incomprensiblemente también ha contagiado a numerosos cubanos, incluso propias víctimas de la dictadura, que actúan a favor de ese régimen con devoción masoquista.

Es difícil comprender a los políticos y dirigentes sociales que en países democráticos defienden el régimen de La Habana y muestran interés en tener con el totalitarismo castrista mejores relaciones y hasta asistirle como ha prometido más de un político.

José Martí, escribió, “La ignorancia mata a los pueblos, por eso es preciso matar a la ignorancia”, afirmación que en los tiempos de mayor ilustración de la humanidad sería innecesaria sino sobraran los idiotas útiles, siempre prestos a hacerle el trabajo sucio a los demagogos y populistas.

Es difícil entender qué motiva a jóvenes y a otros muchos no tan jóvenes, formados en una sociedad abierta como la estadounidense, a impulsar modelos políticos y económicos fracasados y que hasta crean que puedan ser recuperados y beneficiosos para la humanidad.

Raidel Aróstegui Armenteros, hermano de Yosvani dijo: “En Camagüey él era una piedra en el zapato de la policía política por sus acciones”, una actitud que las dictaduras no pueden soportar y buscan acallarla practicando sus habilidades más notables, la represión y el asesinato.

Ernesto Borges envejece en prisión por defender su dignidad

Ernesto Borges Pérez (centro). (Foto tomada de Facebook de Mario Félix Lleonart)

El capitán de la contrainteligencia castrista Ernesto Borges Pérez fue arrestado en 1998 por intentar pasar información sobre 26 espías que la dictadura preparaba para infiltrar en suelo estadounidense. Está tras las rejas desde hace 22 años. Era un hombre libre, que como otros muchos ciudadanos cubanos, hombres y mujeres han perdido la salud y han envejecido en la cárcel por defender sus convicciones.

Los cubanos en general, los de mi generación en particular, tienen la dolorosa distinción de haber perdido amigos y conocidos frente al paredón de fusilamiento y la penosa particularidad de saber y conocer que un número apabullante de compatriotas han estado en prisión, no un año o dos, sino decenas, como han sido los casos de Amado Rodríguez, Roberto Jiménez, Ángel de Fana, Ernesto Díaz Rodríguez y muchos más, que ingresaron a prisión en sus veinte y salieron rondando los cincuenta.

Ejemplarmente, esos extensos años de presidio no concluyeron con el patrón de personas acusadas de contrarrevolucionarios cuando en realidad lo que trataron de hacer, desde Huber Matos a Mario Chanes de Armas, pasando por Armando Sosa Fortuny, fue impedir que el siempre amenazante marxismo se apropiara de un proceso en el que todos habían cifrado sus esperanzas de una Cuba mejor.

La realidad de que cada cubano puede luchar por los derechos de todos la sustenta el caso de Ernesto Borges Pérez, nacido en 1966. Borges, al igual que muchos de los que nacieron en los 60, creyó en la utopía castrista, sumándose a las huestes del flautista de Birán en la certeza de que estaban construyendo una patria justa. El castrismo los manipuló, los usó, a veces, como carne de cañón, enviándolos a guerras imperiales al servicio de una potencia extranjera, la Unión Soviética, o convirtiéndolos en despiadados verdugos de sus conciudadanos.

Los esbirros de la dictadura se han ensañado con un joven que asumió a plenitud su prerrogativa de pensar libremente. Borges cumple 22 años tras las rejas, de los cuales, al menos 10, han sido en celdas de aislamiento, sin ventilación y en la oscuridad. Está casi ciego y tiene otros muchos serios quebrantos de salud.

Por suerte para su dignidad personal, por desgracia para su humanidad, Borges Pérez se percató de la naturaleza criminal de la utopía y la enfrentó con gran coraje. El decoro lo ha conducido a envejecer en prisión y a enfrentar el riesgo permanente de perder la vida en la cárcel por haber combatido una dictadura.

Sobre la prisión han escrito y hablado numerosos autores que se han percatado de que las cárceles demandan ser atendidas por un espécimen animal con una clara inclinación a la crueldad, razón por la cual el novelista y ex preso político, José Antonio Albertini, escribió que “los represores y carceleros pertenecen a una raza, carente de Dios, filosofía y humanismo”.

Una personalidad de mucho coraje, físico y moral, un político que actuaba en base a sus convicciones y no por corrección política, Nelson Mandela, escribió que “un hombre que le quita la libertad a otro hombre es prisionero del odio, está encerrado tras las rejas de los prejuicios y la incapacidad de ver más allá... a los oprimidos y a los opresores se les priva de su humanidad por igual".

Una frase que entalla perfectamente al régimen totalitario castrista que incomprensiblemente Mandela nunca condenó. El régimen cubano ha encarcelado en estos sesenta años a más de medio millón de sus ciudadanos por motivos políticos.

La prisión política en Cuba es algo muy común; delitos como el “crimental” que figurara el novelista George Orwell en su libro de ficción política que amenaza en convertirse en realidad, “1984”, es frecuente. Ir a prisión por solo pensar escribir un libro donde no existe la posibilidad más remota de publicarlo, es una regla que los sicarios de la dictadura cumplen celosamente.

El régimen cubano ha sido por oficio motivador de odio y exclusión, como consecuencia de su naturaleza represiva. En la isla hay decenas de miles de personas en prisión por actos que en cualquier otra sociedad son legítimos y seis décadas después de haberse inaugurado la tiranía hay 134 personas condenadas por reivindicar su derecho a pensar y actuar libremente, según la ONG Prisoners Defenders.

(Las opiniones expresadas en comentarios en esta página web provienen de sus autores, y no tienen necesariamente que coincidir con la posición editorial de Radio y Televisión Martí)

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