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Opiniones

¿Por qué nos va tan mal?

Jorge Riopedre, escritor y periodista

Las palabras tienen vida; son como manantiales de ideas o ráfagas de luz descolgadas de repente ante una interrogante. Cuando ello ocurre, bien porque uno mismo cuestiona la realidad o escuchó al azar una pregunta de esa naturaleza, se desata en la imaginación la clave de un enigma en desafío del tiempo, como aquel mundo tan reciente de Gabriel García Márquez en el que para mencionar las cosas había que señalarlas con el dedo. Y cuando uno encuentra la palabra indicada, entonces la centrífuga mental se detiene, hace una pausa, traza un rumbo plausible con la
confianza necesaria para empeñar la predicción de un acontecimiento.

Fenómeno habitual en la investigación periodística o las ciencias sociales en busca de pruebas circunstánciales, tan buenas como las pruebas físicas cuando las medidas estadísticas de probabilidad reemplazan el concepto de certeza. Haber escuchado en cierta ocasión esa pregunta sincera y espontánea, ¿por qué nos va tan mal?, revivió en mí el interés por la cantera riquísima de la cultura y el caudillismo, tema muy trillado de escaso interés popular o académico pero de permanente actualidad, a la espera de
una suerte de arqueología histórica de los estratos o capas socio-culturales y políticoeconómicas de las sociedades que dieron vida al hombre fuerte latinoamericano; pero eso lo dejaremos para otra ocasión. Por el momento, en el marco de lo que acontece en Cuba y Venezuela, el concepto antropológico de cultura me parece un buen punto de aproximación a las condiciones que dictan el comportamiento de América Latina, región a la que he de referirme en lo adelante como Hispanoamérica.

Cultura, como lo entienden los antropólogos, no es tocar el violín, citar a Jorge Luis Borges o recitar de memoria los poemas de Pablo Neruda; eso es erudición. Cultos son todos los seres humanos en sus respectivos medioambientes, toda vez que cada cual conoce a fondo su entorno, oficio, profesión o malvivir.

Todos quedan marcados por la cultura donde nacen o se crían, sujetos a los rasgos de la cultura dominante que se fija en el inconsciente colectivo por la tradición y las costumbres.

Sólo escapan de estas normas (en cualquier país) quienes emigran u optan por vivir al margen de la sociedad. Nada acontece sin un hilo conductor, sin algún precedente biocultural (naturaleza y crianza) que prolonga la continuidad de la especie. De haberse criado exclusivamente entre los suyos, es casi seguro que Don Martín, el hijo de Hernán Cortés y la Malinche, hubiera sido un cacique maya, pero el vuelco de su crianza lo convirtió en Caballero de Santiago. Ni que decir tiene que en lugar de noble
indígena, la crianza del Inca Garcilaso de la Vega, emparentado con Atahualpa, lo convirtió en prominente cronista e historiador de la colonia.

Hay incontables ejemplos de la mezcla de la nobleza indígena con los colonizadores y curas de la conquista, que también gozaban del favor de las indígenas. Esta relación, a la que he referirme brevemente, dio paso a una sociedad sin concierto, inspirada en el enriquecimiento de los conquistadores como piratas que toman una ciudad y la saquean.

Discrepo de la Leyenda Negra, pero los primeros conquistadores venían sin familia en busca de fortuna. Sus descendientes, los Simón Bolívar, José de San Martín y José Martí, eran hombres modernos para la época, libres en alguna medida del colonialismo, pero en busca de un futuro incierto.

Deseaban la independencia de España inspirados en las revoluciones de Francia y Estados Unidos, pero no sabían que hacer con ella. Así lo deja ver Martí en esta elocuente reflexión. “En las plazas donde se quemaban a
los herejes, hemos levantado bibliotecas. Tantas escuelas tenemos como familiares del Santo Oficio tuvimos antes. Lo que no hemos hecho, es porque no hemos tenido tiempo para hacerlo, por andar ocupados en arrancarnos de la sangre las impurezas que nos legaron nuestros padres.”

Esta reflexión poco citada cala hondo, le sale seguramente de lo más profundo de su alma, la siento yo, aquí, más de un siglo después de su muerte, escribiendo estas cuartillas en busca de respuesta. José Ortega y Gasset tal vez nos dio la clave de nuestra inestabilidad al juzgar la crisis
social peninsular como “la embriogenia defectuosa en la formación de la nacionalidad española”.

Estados Unidos no expulsó a España completamente de América. La dejó intacta en Cuba con el Tratado de París. Era el último reducto peninsular, su Peñón de Gibraltar en el Caribe. Eso es lo que estamos viendo en Venezuela, el último bastión de los descendientes de Fernando VII en América, fenómeno improbable sin la intervención de las Fuerzas Armadas e inteligencia cubanas. ¿Qué se puede esperar?

Por lamentable que sea, Estados Unidos no puede intervenir en cuanta alteración gubernamental ocurra en América y en el mundo a menos que su seguridad nacional se vea amenazada. Hasta ahora no se han dado esas condiciones. Tal vez los asesores de seguridad nacional del presidente Donald Trump no le aconsejaron bien, pero a mi juicio Hispanoamérica no tiene suficiente peso en la política exterior de Estados Unidos. Ellos mismos se lo han buscado.

Yo pude presenciar en la V Cumbre de las Américas en Mar del Plata, Argentina, 2005, como sabotearon todos los esfuerzos del Presidente George W. Bush por lograr una integración económica. Después de aquella vergonzosa reunión en la que maltrataron de palabra a Bush, Estados Unidos renunció a su proyecto de integración hemisférica. Hoy se escuchan
lamentos de los altibajos en las relaciones de Estados Unidos con Hispanoamérica, pero pocos parecen recordar lo que sucedió en la Cumbre de Argentina, cuando se presentó la oportunidad de aprobar el Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), saboteado por Lula da Silva, Néstor Kirchner y Hugo Chávez. Ahora, después de veinte años de votar repetidamente por Hugo Chávez y aceptar a Nicolás Maduro, Venezuela quiere que Estados Unidos riegue con su sangre lo que ellos contribuyeron
a crear. No parece posible que tal cosa ocurra. El mundo entero comparte vuestros sufrimientos pero ustedes mismos se lo buscaron.

(NOTA DEL EDITOR. Esta opinión del autor es de su exclusiva responsabilidad y no representa los puntos de vista de RadioTelevisionMarti)

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Irán, un peligroso aliado

Presidente de Irán, Hassan Rouhani

Varios países de América Latina sostienen relaciones muy próximas con la teocracia iraní, ignorando voluntariamente que aliarse con un depredador es igual que poner la cabeza entre las fauces de un lobo, aunque es justo reconocer, que los compañeros de Teherán en el hemisferio: Venezuela, Cuba y Nicaragua, distan muchos de ser vegetarianos.

Algunos afirman que Irán posiblemente sea mejor como enemigo que como aliado. Los pésimos antecedentes de ese régimen en lo que respecta a derechos humanos y sus actividades relacionadas con el terrorismo, lastiman notablemente el prestigio del cualquier estado que decida convertirse en su compañero de ruta.

Un país que viola de forma sistemática y permanentemente los derechos de sus ciudadanos no puede ser un buen aliado.

Teherán tiene instrumentada una política de cero tolerancia contra quienes difieren del pensamiento oficial, además de reprimir brutalmente a quienes tienen una conducta social que las autoridades consideran contrarias a sus valores.

Cuba fue una de las primeras naciones del continente en establecer relaciones con el régimen de los Ayatolá. Fidel Castro forjó estrechos vínculos con los líderes iraníes, Ruhollah Jomeini, el fundador de la teocracia, y su sucesor, 1989, Alí Jamenei, quien todavía es el amo de un país que ha mostrado frecuentemente estar harto de sus caudillos.

Castro fue también el principal instigador y facilitador para que otros caciques latinoamericanos establecieran relaciones con Teherán. Razón por la cual cuando Hugo Chávez, Evo Morales, Daniel Ortega y Rafael Correa, llegaron al gobierno, forjaron alianzas con un régimen en el que todos se veían reflejados. Posteriormente cuando se constituyó en el hemisferio, la Alianza Bolivariana de las Américas, ALBA, Venezuela, Nicaragua, Bolivia y Ecuador se convirtieron también en parte del mecanismo que favorece el incremento de la influencia de Irán en la región.

Una de las características esenciales de los ayatola es su afición a la violencia. Cierto que la primera víctima de esta práctica es su propio pueblo, pero también la extienden a cualquier rincón del mundo que pueda serle conveniente, con ese fin han favorecido una serie de franquicias del terror como Hezbolá y Hamas, entre otras, que cumplen diversas misiones en el continente americano y en el resto del mundo como se aprecia en sus ataques a Israel.

Irán y sus aliados son enemigos naturales de la libertad y la democracia.

Hay que tener presente que militantes de la principal franquicia terrorista iraní, Hezbolá, están sindicados de estar involucrados en el atentado con coche bomba del 18 de julio de 1994 contra la sede de la mutual judía en Buenos Aires. El atentado terrorista causó 85 muertes y ocurrió solo dos años después de una bomba contra la embajada de Israel, también en Argentina, que mató a29 personas. Han sido dos de las acciones más sangrientas realizadas por terroristas en el hemisferio, solo comparables con las de FARC y el ELN de Colombia.

Hezbolá tiene una fuerte presencia en la denominada Triple Frontera, Brasil, Paraguay y Argentina. En esa región la delincuencia organizada ejerce el control sobre numerosas actividades ilegales, particularmente el narcotráfico, una de las industrias clandestinas en las que tiene mayor presencia el principal instrumento no gubernamental de Irán en la región.

En esa zona se ha encontrado propaganda que promueve el terrorismo islámico y según un informe en la Triple Frontera radica el centro de financiamiento más importante de los terroristas fuera de Medio Oriente.

Sin embargo es Venezuela el país del hemisferio que aparentemente tiene las relaciones más estrechas con Irán.

Tareck el Aissami, ex vicepresidente y actual ministro de Industrias y Producción Nacional venezolano ha sido denunciado, al igual que otros funcionarios de ese país, de entregar pasaportes a militantes de Hezbolá para que le sea más seguro cumplir las misiones asignadas.

El presidente de Colombia, Ivan Duque, en la III Conferencia Ministerial Hemisférica de Lucha contra el Terrorismo denunció: “Hemos visto la presencia de células de Hezbolá en países como Venezuela, con la anuencia y la connivencia de la dictadura de Nicolás Maduro”.

Un trabajo en las redes que en su título advierte que Irán en el continente implica peligros para Estados Unidos, esta errado en la opinión de este articulista, porque son los países que se vinculan a Teherán los que corren el mayor peligro.

Gobiernos como los de Irán, Cuba y Venezuela solo son capaces de exportar opresión y enseñar a los verdugos de turnos a ser más eficientes con la guillotina.

75 Aniversario del terror

Las alambradas del Gulag. Foto Archivo

Para mi generación, me atrevo a decir para toda la humanidad, el símbolo del terror más escalofriante son los campos de concentración nazis y entre todos esos sitios horrendos el campo de Auschwitz, es el más emblemático.

No es que los gulags soviéticos fueran sitios de recreo, sin embargo, la maldad en los campos de la muerte de la Alemania de Adolfo Hitler será posible de igualar pero no de superar. El comunismo y el nazi fascismo se han ganado un lugar destacado en la historia de la humanidad por su inmensa capacidad para causar dolor al ser humano.

Cuando era adolescente, al igual que el resto de mis compañeros de bachillerato, José Antonio Albertini, Aquilino y Pedro Álvarez y varios más, leíamos con fruición todos los libros relacionados con la Segunda Guerra Mundial, pero cuando caían en nuestras manos volúmenes relacionados con los campos de la muerte discutíamos fuertemente quién lo leía primero, entre todos aquellos libros, recuerdo en particular uno titulado “Treblinka”.

Transitar como lector por las dolorosas experiencias de los presos, particularmente los judíos, en aquellos campos es angustiante.

La tortura sistemática, las vejaciones inimaginables, la indefensión ante tanta maldad, el encanallamiento de otros seres humanos en la misma condición pero que por tal de sobrevivir se hacen cómplices de los verdugos de todos, debió haber sido una experiencia devastadora.

Es evidente que destruir moral y materialmente a quienes se le oponen es el objetivo de los tiranos, sin que importe la ideología que representan o la ausencia de esta.

No es relevante si son comunistas, nazi-fascistas o tutores de religiones que se sustentan en el odio y la devastación, ellos solo procuran la ruina de quienes les contrarían, su fin es reinar sobre la muerte como se aprecia en el campo de concentración de Auschwitz.

Confieso que cuando hago turismo escojo con pasión ir a lugares donde el hombre se ha manifestado con extrema maldad e inmarcesible grandeza, por ejemplo, en un reciente viaje a Argentina visite la llamada Cárcel del Fin del Mundo en Ushuaia, y he visitado varios museos dedicados a las víctimas del holocausto. Todos son conmovedores y alertan de que ningún ser humano debe contar con un poder absoluto.

En cierta medida me consideraba preparado para visitar el supremo campo de ignominia de Auschwitz, pero estaba completamente equivocado. Éramos unas cuarenta personas, pero no todos asumieron la experiencia con la seriedad que demandaba. Era un lugar de sufrimientos extremos y de crueldades que no deben repetirse nunca más. Un centro de experiencias únicas que deben ser divulgadas cada vez con mayor frecuencia.

Entrar a ese cementerio de vidas, también de esperanzas y sueños, fue una experiencia devastadora. Atravesar la infame puerta donde reinó la consigna “El trabajo os hará libres” previo el conocimiento de lo que allí ocurrió, me produjo un escalofrío que me hizo temblar y pensar una vez más que la crueldad del animal humano que ha perdido esta última condición no conoce límites.

Hice un esfuerzo por evocar la experiencia de uno de los millones de personas que allí fueron asesinados.

Caminé por la vía del ferrocarril, entré a las ruinas de lo que debió haber sido una barraca, recorrí todo lo que me fue posible, pero había aéreas como la zona de los crematorios en que el acceso no era permitido.

Algo más que comprensible, es un lugar a preservar para las futuras generaciones.

El pueblo judío es digno de profunda admiración, no solo por el progreso alcanzado por el estado de Israel, sino por el culto que rinde a la memoria de sus antepasados.

El notable esfuerzo para preservar todo lo relacionado con el Holocausto precisa del apoyo de todos nosotros, así como enfrentar el avance de ideas totalitarias, el nazi fascismo y el comunismo que son las bases teóricas y prácticas para el establecimiento de campos como el de Auschwitz. El nunca más holocausto es un deber de todos.

OPINION. Intelectuales franceses y Cuba: una historia de complicidad, desilusión e indiferencia

Fidel Castro junto al actor Gerard Depardieu y el empresario Gerard Bourgoin (der.) en La Habana en 1996.

LOS INTELECTUALES FRANCESES (Y OTROS),

DE LA COMPLICIDAD A LA DESILUSIÓN Y LUEGO A LA INDIFERENCIA

JACOBO MACHOVER

En el principio era Gérard Philipe, y el mensajero de la revolución triunfante era Guevara, no el Che, sino Alfredo, el diabólico mentor de Fidel y de Raúl Castro, quien se iba a encargar del mejor instrumento de propaganda de los regímenes comunistas, el cine.

El actor francés, inolvidable intérprete del Cid en teatro, de innumerables papeles de aventurero, fue a Cuba con su esposa Anne después de haber trabajado en México en la que sería su última película, La fiebre sube al Pao, de Luis Buñuel. Se había comprometido a volverse el abanderado del nuevo Gobierno y a ser en la pantalla… Raúl Castro – Fidel iba a tener el rostro de… Marlon Brando.

Las negociaciones entre los enviados de Castro y los productores hollywoodenses fracasaron, y Gérard Philipe tuvo la mala suerte de morir, demasiado joven, a finales de 1959. Los encargados de la propaganda entendieron, sin embargo, que tenían en Francia, cuna de Robespierre, tan admirado por Fidel Castro, y del Terror revolucionario, una tierra de elección.

Allí mandaron a uno de sus principales portavoces, el director del diario Revolución, aquel que había lanzado la « Operación Verdad » para justificar los fusilamientos masivos de supuestos « esbirros » y opositores: el futuro disidente y exiliado Carlos Franqui. Éste llevaba el encargo de convencer al príncipe de los filósofos, Jean-Paul Sartre, y a su compañera Simone de Beauvoir, de ir a Cuba para luego cantar las proezas del Comandante en jefe. Sartre cumplió, con creces. Se pasó un mes en la isla, en febrero y marzo de 1960.

Y luego escribió. Los 16 artículos publicados meses después y reagrupados bajo el título de Huracán sobre el azúcar constituyen una sarta de consignas repetidas hasta la saciedad, de elogios ditirámbicos a Fidel Castro y de consideraciones generales que reflejaban su ignorancia y sus abominaciones racistas contra Fulgencio Batista. Pero está también lo que no dice : las ejecuciones que él y Beauvoir presenciaron, invitados por el Che Guevara. « Nunca es muy linda una ejecución », confiaría Beauvoir en una entrevista. Así cuajaba la complicidad de esos grandes espíritus con la pequeñez de un sistema criminal: con un pacto de silencio. Dejarían de brindar su apoyo al castrismo diez años más tarde, en 1971, junto con otros escritores y artistas del mundo entero, a raíz del « caso Padilla ».

A partir de ese momento, la mayoría de los intelectuales dignos de ese nombre dejaron de brindarle su apoyo incondicional a la revolución, con excepción de un Gabriel García Márquez, un Julio Cortázar, o un Mario Benedetti y unos cuantos poetastros más.

Entonces hubo que ir a buscar, mucho más tarde, a gente de menor calado, allí donde se presentaran, en España con un Willy Toledo, en Estados Unidos con una Katy Perry, una Madonna, o con un Oliver Stone. El cineasta, guionista del Scarface de Brian de Palma, realizó dos documentales con Fidel Castro, Comandante y Looking for Fidel. En este último, su admirado caudillo reanudaba con las prácticas que había implementado con Sartre y varios más: en una « conversación » con los tres jóvenes ejecutados durante la primavera negra de 2003, Castro los obligaba a reconocer la « justicia » de sus condenas a muerte. Stone parecía no haberse dado cuenta siquiera de la monstruosidad de su humillación ante sus cámaras, contraria a todas las leyes internacionales sobre los prisioneros.

Y en la cuna de la ceguera del pensamiento, Francia, ¿qué pasó desde aquellos primeros años de adhesión casi general? Por supuesto, los admiradores de Fidel Castro siguieron proliferando pero a un nivel menor. El caso más sonado es el del actor Gérard Depardieu, íntimo amigo, por otra parte, del gran demócrata Vladimir Putin y compinche de Kim Jong-un y otros de sus semejantes. Hay que señalar, como curiosidad, que Depardieu había firmado, en 1988, la carta redactada por el escritor Reinaldo Arenas y el pintor Jorge Camacho reclamando un plebiscito a favor de la democracia en Cuba. Pero más tarde, intentó hacer negocios (fallidos) en Cuba, buscando petróleo cerca de Guanabo, y posó en fotos, cocinando con su socio dictador. Sin embargo, no habló casi, ni escribió. El actor no tenía, claro está, la capacidad de conceptualización del filósofo precursor.

Depardieu fue, y sigue siendo, objeto de indignación y de burla. Igual que los políticos que han proclamado su simpatía por el Comandante. Entre ellos, hay que citar a la ex primera dama Danielle Mitterrand, la más enamorada, literalmente, de sus admiradoras, al ex ministro de Cultura Jack Lang, guía de Castro, en 1995, en el museo del Louvre frente a la « Mona Lisa », al « insumiso » Jean-Luc Mélenchon, vertiendo lágrimas públicamente el día de su muerte en 2016, a la ex ministra socialista Ségolène Royal, que duda que haya presos políticos en Cuba, y a su ex compañero y ex presidente François Hollande, que recibió a Raúl Castro con todos los honores y le devolvió la visita en 2019.

Pero todos ellos, al igual que la alcaldesa socialista de París Anne Hidalgo, quien ve en el Che Guevara un « héroe romántico », solamente provocan reacciones indignadas o sarcásticas por parte de los filósofos de nuestros tiempos, más cercanos al pensamiento de Albert Camus que al de Jean-Paul Sartre, como Bernard-Henri Lévy, Michel Onfray o Raphaël Enthoven. Todos ellos claman con fuerza que los Castro sólo deben ser considerados como unos tiranos y el Che como un asesino despiadado.

Han acabado por hacernos caso a los que hemos estado mostrando durante décadas los horrores del régimen, a pesar de los obstáculos, y escrito la verdad sobre sobre los mitos revolucionarios. Sin embargo, fuera del intermedio observado con los poetas, periodistas y activistas presos durante la primavera negra, sus tomas de posición no llegan hasta solidarizarse en forma duradera con los disidentes y los exiliados. Después de la complicidad y de la desilusión, prefieren refugiarse en una actitud más cómoda para ellos, que no implica ningún riesgo de equivocarse, como hace 60 años: la indiferencia hacia los cubanos libres, los que luchan por la libertad.

El ex oficial de contrainteligencia que languidece en una prisión de Cuba por hacer lo correcto

Ernesto Borges Pérez

El autor del “Otro Comunismo”, Kewes S Karol, afirmaba que para formar a un buen militante comunista lo más apropiado era enviarlo a la Universidad de La Sorbona, en París, o alguna similar, pero si se quería lo contrario, formar a un anticomunista de fuertes convicciones, lo conveniente sería remitirlo a la Universidad Lomonosov de Moscú, o a la Patricio Lumumba.

En las universidades mencionadas, también en otras, estudiaron muchos cubanos de mi generación y de las siguientes. Sería válido entonces imaginar que algunos de ellos integran el sicariato del castrismo, y que otros, decepcionados del régimen insular, terminaron en prisión por intentar cambiar el sistema.

Uno de esos estudiantes tal vez fue Ernesto Borges Pérez, nacido en 1966, en plena efervescencia del castrismo, cuando las falsas promesas de un mundo mejor estaban en su apogeo.

Eran tiempos en que se fusilaba sin piedad y cualquier transgresión implicaba una condena de treinta años, realidad que la mayoría de la gente ignoraba. Recordemos que desapareció hasta la crónica roja de los medios informativos. De la noche a la mañana no había crímenes pasionales, ni robos, ni asaltos.

Las tragedias familiares o personales eran silenciadas. El conjunto de la población ignoraba los crímenes y abusos en los que incurría el castrismo sin piedad y sin descanso. Castro condujo a la población a vivir bajo un manto de mentiras. Algunas de ellas, las más divulgadas, eran que la oposición estaba compuesta por traidores a la nación que servían a Estados Unidos, que Ernesto Guevara era un superhéroe, una especie de Capitán América del socialismo, y por último, que la inmensa mayoría del pueblo, lo mejor del país, era revolucionaria.

El castrismo vendió muy bien su veneno a la población, particularmente a los jóvenes, y aunque un porcentaje de ella, por diversos motivos no creyó el cuento, si hubo muchos que se convencieron de que en Cuba se construía un país mejor, y devotamente se sumaron a la propuesta revolucionaria con fervor.

Borges Pérez fue uno de muchos que creyó en el proceso, pero la dictadura se equivocó al enviarlo a estudiar a la escuela Superior de la KGB en Moscú en los tiempos particularmente peligrosos de la “perestroika” y la “glasnost”.

Aparentemente la afirmación de Karol lo envolvió y lo condujo a la realidad. Al poco tiempo de su regreso a Cuba era un hombre diferente, los aires soviéticos lo cambiaron, lo llevaron a concluir que había que confrontar al régimen en el cual había creído.

En la Isla empezó a trabajar en la Dirección General de Contrainteligencia. Posteriormente fue trasladado a otro departamento como analista, hasta ser nombrado primer oficial en el trabajo de enfrentamiento con la otrora Sección de Intereses de Estados Unidos, donde elaboró la política de enfrentamiento de 1998.

Borges Pérez, contrario a sus compañeros de estudios y profesión, se decidió a ver y escuchar lo que ocurría verdaderamente en el país. Apreció la vasta y profunda corrupción económica y política del castrismo y enfrentó el sistema desde dentro, asumiendo grandes riesgos, puesto que sus actividades podían implicar la pena de muerte. Aceptó el desafío de luchar por la libertad y la democracia.

El capitán Ernesto Borges Pérez fue arrestado en 1998, año de la captura de la “Red Avispa”, el mayor grupo de espías castristas apresado en Estados Unidos. Fue acusado de intentar pasar información sobre otros 26 espías que la dictadura preparaba para infiltrar en suelo estadounidense a un funcionario de ese país.

Los esbirros de la dictadura se han ensañado con un joven que asumió a plenitud su prerrogativa de pensar libremente. 21 años tras las rejas, de ellos, al menos 10 en celdas de aislamiento sin ventilación y oscuridad.

Actualmente se encuentra recluido en el Combinado del Este, enfermo, conviviendo con más de 200 presos comunes de alta peligrosidad y en un régimen sin luz que se extiende de 7:00 de la mañana a 7:00 de la noche.

El ex oficial Borges Pérez languidece en prisión a sus 53 años porque escogió el camino más difícil para un ser humano con dignidad, “cumplir con su deber”.

Bolivia, el derecho a la rebelión

Jeanine Añez, presidenta interina de Bolivia, saluda a la cúpula militar durante una ceremonia en La Paz.

La firme embestida de la resistencia boliviana contra la dictadura castrochavista de Evo Morales lo obligó a abandonar el poder. La voluntad del pueblo se impuso a la represión y al fraude. Las fuerzas policiales y los institutos armados simplemente rechazaron usar la violencia contra quienes reclamaban el derecho a ser libres. No hubo golpe militar, ni otra gestión que se aproxime.

El déspota renunció. El vacío de poder que creó con sus acciones no fue llenado con uniformados, sino con una senadora opositora, Jeanine Añez, que ha prometido convocar a nuevos comicios.

Morales está fuera del gobierno. Exiliado en México como otros muchos bolivianos tuvieron que hacer durante su mandato. En realidad merecía la cárcel, sus abusos fueron muchos, incluida esta última manipulación electoral que la OEA condenó con energía.

Afirmar que Morales fue depuesto por un golpe es cambiar la realidad. Los institutos armados bolivianos, incluidas las fuerzas policiales, respaldaron al déspota en todos sus intentos para perpetuarse en el poder. Hubo excepciones, pero no las suficientes.

Lo abandonaron cuando se les presentó la alternativa de que para ser leales al verdugo tendrían que reprimir al pueblo con toda la fuerza del Estado. Por suerte primó el sentido de nación en las fuerzas castrenses bolivianas, y dejaron a un lado el “Patria o Muerte, Venceremos”, un lema castrista que Evo Morales impuso en las Fuerzas Armadas en el 2010.

Ningún general golpista le escribe a su jefe de gobierno como lo hizo el jefe del Ejército, Williams Kaliman, horas antes de su dimisión: “Después de analizar la situación conflictiva interna, sugerimos al presidente del Estado que renuncie a su mandato presidencial, permitiendo la pacificación y el mantenimiento de la estabilidad por el bien de nuestra Bolivia”.

La conducta de las Fuerzas Armadas fue consecuencia de la rebelión popular. La toma de conciencia ciudadana fue tan vigorosa que llegó a los cuarteles y estos decidieron retirarle su respaldo a Morales, no lo derrocaron.

No hay dudas de que fue una estrategia costosa en vidas y bienes, empero era la única alternativa a una confrontación armada que sería mucho más traumática para la nación. El pueblo actuó cuando se percató que la vía electoral estaba viciada. Cuando vio el descomunal fraude que buscaba perpetuar un régimen de odio y falsedades.

Lo ocurrido en Bolivia es un claro mensaje a todos los opresores de que el miedo puede ser vencido, y un mandato de esperanza a los avasallados, de que la rebelión es viable cuando se interpreta la voluntad de las mayorías. No en vano la propia declaración universal de los Derechos Humanos reconoce esa prerrogativa ciudadana.

El pueblo boliviano demostró que cuando el ciudadano se dispone a hacer uso de la soberanía, conmueve a las estructuras del poder y puede destruirlo. Además de que la resistencia no debe pautarse, que la espontaneidad popular no debe ser castrada, y que las acciones contra el despotismo, aunque parezcan contradictorias, resultarán exitosas si están orientadas al mismo objetivo.

La gesta de la resistencia boliviana contra Morales marca un precedente exitoso en la confrontación con los regímenes que representan el modelo del Socialismo del Siglo XXI. Evo Morales, de todos los déspotas de esa estirpe, fue el más ortodoxo, cumplió al detalle las instrucciones de sus patrocinadores, en particular las relacionadas con la manipulación de la gestión electoral y la creación de un clientelismo político afín a sus intereses. No obstante, una vez más se comprobó que no hay propuesta política consolidada, bien atada, si el pueblo decide cortarla.

Huelga afirmar que este final feliz de la autocracia de Evo Morales no significa la destrucción de la propuesta que encarnó en su país y que representan Daniel Ortega en Nicaragua y Nicolás Maduro en Venezuela. Todavía mas, los bolivianos tienen que seguir alertas, estar pendientes de maquinaciones nacionales e internacionales que trataran de revertir los resultados.

Las acusaciones de golpe de Estado tienen como objetivo restarle legitimidad a la revuelta. Buscan contaminar la victoria popular y que el nuevo Gobierno no tenga el reconocimiento que merece.

Evo Morales aseguró a su llegada a México que continuará la lucha, y no es de dudar que cumplirá sus promesas. Aislar a las nuevas autoridades es su objetivo y desestabilizar al país el método.

Los populistas marxistas han demostrado ser capaces de generar caos y crear crisis estructurales para tomar el poder. Saben también que la solidaridad política no es una virtud de los demócratas del hemisferio, y que es fácil que estos abandonen a sus aliados naturales cuando están sometidos a ataque.

Los bolivianos deben estar listos para defender su victoria, e impedir que les escamoteen las esperanzas como le pasó al pueblo venezolano en el 2002.

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