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Opiniones

Gandarilla estrena mandato en el MININT con nueva ordenanza

Vicealmirante Julio César Gandarilla

Tiene el vicealmirante Gandarilla sobrada experiencia en perseguir militares, viene de la CIM y un doctorado en Control Interno; pero el MININT no es las FAR, es uno de esos territorios donde no es fácil imponer nuevas normas.

Horas después de que la administración Obama dijera adiós a lo que fuera la política "pies secos, pies mojados"; en Cuba, el recién nombrado Ministro del Interior, el nuevo hombre encargado de custodiar los secretos y la seguridad del Estado, Julio Cesar Gandarilla Bermejo, ordena frenar, revisar y castigar a todos aquellos militares que, en cumplimiento de la ley, cometan excesos y/o abusos en el trato a la población, a los procesados, a los presos, e incluso a quienes el gobierno llama "miembros de grupúsculos contrarrevolucionarios".

La sorprendente ordenanza no solo llega en el marco de un proceso de normalización de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba, también aparece en el momento justo en que se dispara la incertidumbre de muchos cubanos cuando, de sopetón, cerraron la válvula y redujeron el escape.

Apenas se conoció la noticia de la derogación de la política “pies secos, pies mojados”, destinada a detener el éxodo de cubanos hacia EEUU, la presión dentro de la isla no se hizo esperar. Esta oportuna medida, u oportunista reacción, pretende sacar provecho para proteger al sistema y la seguridad nacional, callar a quienes atacan al gobierno mostrando las constantes violaciones a la justicia individual, y evitar a toda costa el descontento popular.

A pesar de Gandarilla tener hoy todo a su favor, se originaron algunas turbulencias de opinión entre los oficiales que se mofan del vicealmirante diciendo que es el único marinero que no sabe nadar, y que su vertiginoso ascenso se debe a una relación personal con el general Raúl Castro, quien después de probar su confianza como pareja en maratónicos torneos de dominó, y de valorar su activa participación en importantes cacerías y arriesgadas pesquerías, primero lo nombró jefe de la Dirección de Seguridad Personal (DSP) de las FAR (que no se debe confundir con la DSP del MININT porque, aunque parezca lo mismo, no es igual), luego lo ascendió a jefe de la Contrainteligencia Militar (CIM), más tarde a Viceministro primero del Interior y por último a Ministro, haciendo el mismo recorrido que su doblemente antecesor el difunto general Carlos Fernández Gondín.

¿Podrá el nuevo Ministro hacer cumplir la nueva disposición?

Julio César Gandarilla es un “cuadro” de Raúl. Vive con cierta modestia, junto con sus hijos (uno cardiólogo y el otro militar) en el número 44 de calle La Torre en el capitalino Nuevo Vedado, casi frente al edificio que por años ocupó el clan Castro Espín. No se le conocen excesos, es un hombre solitario, desconfiado, de risa difícil y buen comer. Es oportuno conocer que cuando era jefe de la CIM salió a escena por sus interesantes críticas reformistas a los métodos que hicieron sobresaturar la población penal de Cuba y a la total ausencia de rehabilitación social de los presos. Yo personalmente no creo que tenga el poder para detener la represión, como mucho, y con mucho esmero, puede que consiga controlar los excesos que cometen cientos de represores.

Tiene sobrada experiencia en perseguir militares, viene de la CIM y un doctorado en Control Interno; pero el MININT no es las FAR, es uno de esos territorios donde no es fácil imponer nuevas normas.

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OPINION. Intelectuales franceses y Cuba: una historia de complicidad, desilusión e indiferencia

Fidel Castro junto al actor Gerard Depardieu y el empresario Gerard Bourgoin (der.) en La Habana en 1996.

LOS INTELECTUALES FRANCESES (Y OTROS),

DE LA COMPLICIDAD A LA DESILUSIÓN Y LUEGO A LA INDIFERENCIA

JACOBO MACHOVER

En el principio era Gérard Philipe, y el mensajero de la revolución triunfante era Guevara, no el Che, sino Alfredo, el diabólico mentor de Fidel y de Raúl Castro, quien se iba a encargar del mejor instrumento de propaganda de los regímenes comunistas, el cine.

El actor francés, inolvidable intérprete del Cid en teatro, de innumerables papeles de aventurero, fue a Cuba con su esposa Anne después de haber trabajado en México en la que sería su última película, La fiebre sube al Pao, de Luis Buñuel. Se había comprometido a volverse el abanderado del nuevo Gobierno y a ser en la pantalla… Raúl Castro – Fidel iba a tener el rostro de… Marlon Brando.

Las negociaciones entre los enviados de Castro y los productores hollywoodenses fracasaron, y Gérard Philipe tuvo la mala suerte de morir, demasiado joven, a finales de 1959. Los encargados de la propaganda entendieron, sin embargo, que tenían en Francia, cuna de Robespierre, tan admirado por Fidel Castro, y del Terror revolucionario, una tierra de elección.

Allí mandaron a uno de sus principales portavoces, el director del diario Revolución, aquel que había lanzado la « Operación Verdad » para justificar los fusilamientos masivos de supuestos « esbirros » y opositores: el futuro disidente y exiliado Carlos Franqui. Éste llevaba el encargo de convencer al príncipe de los filósofos, Jean-Paul Sartre, y a su compañera Simone de Beauvoir, de ir a Cuba para luego cantar las proezas del Comandante en jefe. Sartre cumplió, con creces. Se pasó un mes en la isla, en febrero y marzo de 1960.

Y luego escribió. Los 16 artículos publicados meses después y reagrupados bajo el título de Huracán sobre el azúcar constituyen una sarta de consignas repetidas hasta la saciedad, de elogios ditirámbicos a Fidel Castro y de consideraciones generales que reflejaban su ignorancia y sus abominaciones racistas contra Fulgencio Batista. Pero está también lo que no dice : las ejecuciones que él y Beauvoir presenciaron, invitados por el Che Guevara. « Nunca es muy linda una ejecución », confiaría Beauvoir en una entrevista. Así cuajaba la complicidad de esos grandes espíritus con la pequeñez de un sistema criminal: con un pacto de silencio. Dejarían de brindar su apoyo al castrismo diez años más tarde, en 1971, junto con otros escritores y artistas del mundo entero, a raíz del « caso Padilla ».

A partir de ese momento, la mayoría de los intelectuales dignos de ese nombre dejaron de brindarle su apoyo incondicional a la revolución, con excepción de un Gabriel García Márquez, un Julio Cortázar, o un Mario Benedetti y unos cuantos poetastros más.

Entonces hubo que ir a buscar, mucho más tarde, a gente de menor calado, allí donde se presentaran, en España con un Willy Toledo, en Estados Unidos con una Katy Perry, una Madonna, o con un Oliver Stone. El cineasta, guionista del Scarface de Brian de Palma, realizó dos documentales con Fidel Castro, Comandante y Looking for Fidel. En este último, su admirado caudillo reanudaba con las prácticas que había implementado con Sartre y varios más: en una « conversación » con los tres jóvenes ejecutados durante la primavera negra de 2003, Castro los obligaba a reconocer la « justicia » de sus condenas a muerte. Stone parecía no haberse dado cuenta siquiera de la monstruosidad de su humillación ante sus cámaras, contraria a todas las leyes internacionales sobre los prisioneros.

Y en la cuna de la ceguera del pensamiento, Francia, ¿qué pasó desde aquellos primeros años de adhesión casi general? Por supuesto, los admiradores de Fidel Castro siguieron proliferando pero a un nivel menor. El caso más sonado es el del actor Gérard Depardieu, íntimo amigo, por otra parte, del gran demócrata Vladimir Putin y compinche de Kim Jong-un y otros de sus semejantes. Hay que señalar, como curiosidad, que Depardieu había firmado, en 1988, la carta redactada por el escritor Reinaldo Arenas y el pintor Jorge Camacho reclamando un plebiscito a favor de la democracia en Cuba. Pero más tarde, intentó hacer negocios (fallidos) en Cuba, buscando petróleo cerca de Guanabo, y posó en fotos, cocinando con su socio dictador. Sin embargo, no habló casi, ni escribió. El actor no tenía, claro está, la capacidad de conceptualización del filósofo precursor.

Depardieu fue, y sigue siendo, objeto de indignación y de burla. Igual que los políticos que han proclamado su simpatía por el Comandante. Entre ellos, hay que citar a la ex primera dama Danielle Mitterrand, la más enamorada, literalmente, de sus admiradoras, al ex ministro de Cultura Jack Lang, guía de Castro, en 1995, en el museo del Louvre frente a la « Mona Lisa », al « insumiso » Jean-Luc Mélenchon, vertiendo lágrimas públicamente el día de su muerte en 2016, a la ex ministra socialista Ségolène Royal, que duda que haya presos políticos en Cuba, y a su ex compañero y ex presidente François Hollande, que recibió a Raúl Castro con todos los honores y le devolvió la visita en 2019.

Pero todos ellos, al igual que la alcaldesa socialista de París Anne Hidalgo, quien ve en el Che Guevara un « héroe romántico », solamente provocan reacciones indignadas o sarcásticas por parte de los filósofos de nuestros tiempos, más cercanos al pensamiento de Albert Camus que al de Jean-Paul Sartre, como Bernard-Henri Lévy, Michel Onfray o Raphaël Enthoven. Todos ellos claman con fuerza que los Castro sólo deben ser considerados como unos tiranos y el Che como un asesino despiadado.

Han acabado por hacernos caso a los que hemos estado mostrando durante décadas los horrores del régimen, a pesar de los obstáculos, y escrito la verdad sobre sobre los mitos revolucionarios. Sin embargo, fuera del intermedio observado con los poetas, periodistas y activistas presos durante la primavera negra, sus tomas de posición no llegan hasta solidarizarse en forma duradera con los disidentes y los exiliados. Después de la complicidad y de la desilusión, prefieren refugiarse en una actitud más cómoda para ellos, que no implica ningún riesgo de equivocarse, como hace 60 años: la indiferencia hacia los cubanos libres, los que luchan por la libertad.

El ex oficial de contrainteligencia que languidece en una prisión de Cuba por hacer lo correcto

Ernesto Borges Pérez

El autor del “Otro Comunismo”, Kewes S Karol, afirmaba que para formar a un buen militante comunista lo más apropiado era enviarlo a la Universidad de La Sorbona, en París, o alguna similar, pero si se quería lo contrario, formar a un anticomunista de fuertes convicciones, lo conveniente sería remitirlo a la Universidad Lomonosov de Moscú, o a la Patricio Lumumba.

En las universidades mencionadas, también en otras, estudiaron muchos cubanos de mi generación y de las siguientes. Sería válido entonces imaginar que algunos de ellos integran el sicariato del castrismo, y que otros, decepcionados del régimen insular, terminaron en prisión por intentar cambiar el sistema.

Uno de esos estudiantes tal vez fue Ernesto Borges Pérez, nacido en 1966, en plena efervescencia del castrismo, cuando las falsas promesas de un mundo mejor estaban en su apogeo.

Eran tiempos en que se fusilaba sin piedad y cualquier transgresión implicaba una condena de treinta años, realidad que la mayoría de la gente ignoraba. Recordemos que desapareció hasta la crónica roja de los medios informativos. De la noche a la mañana no había crímenes pasionales, ni robos, ni asaltos.

Las tragedias familiares o personales eran silenciadas. El conjunto de la población ignoraba los crímenes y abusos en los que incurría el castrismo sin piedad y sin descanso. Castro condujo a la población a vivir bajo un manto de mentiras. Algunas de ellas, las más divulgadas, eran que la oposición estaba compuesta por traidores a la nación que servían a Estados Unidos, que Ernesto Guevara era un superhéroe, una especie de Capitán América del socialismo, y por último, que la inmensa mayoría del pueblo, lo mejor del país, era revolucionaria.

El castrismo vendió muy bien su veneno a la población, particularmente a los jóvenes, y aunque un porcentaje de ella, por diversos motivos no creyó el cuento, si hubo muchos que se convencieron de que en Cuba se construía un país mejor, y devotamente se sumaron a la propuesta revolucionaria con fervor.

Borges Pérez fue uno de muchos que creyó en el proceso, pero la dictadura se equivocó al enviarlo a estudiar a la escuela Superior de la KGB en Moscú en los tiempos particularmente peligrosos de la “perestroika” y la “glasnost”.

Aparentemente la afirmación de Karol lo envolvió y lo condujo a la realidad. Al poco tiempo de su regreso a Cuba era un hombre diferente, los aires soviéticos lo cambiaron, lo llevaron a concluir que había que confrontar al régimen en el cual había creído.

En la Isla empezó a trabajar en la Dirección General de Contrainteligencia. Posteriormente fue trasladado a otro departamento como analista, hasta ser nombrado primer oficial en el trabajo de enfrentamiento con la otrora Sección de Intereses de Estados Unidos, donde elaboró la política de enfrentamiento de 1998.

Borges Pérez, contrario a sus compañeros de estudios y profesión, se decidió a ver y escuchar lo que ocurría verdaderamente en el país. Apreció la vasta y profunda corrupción económica y política del castrismo y enfrentó el sistema desde dentro, asumiendo grandes riesgos, puesto que sus actividades podían implicar la pena de muerte. Aceptó el desafío de luchar por la libertad y la democracia.

El capitán Ernesto Borges Pérez fue arrestado en 1998, año de la captura de la “Red Avispa”, el mayor grupo de espías castristas apresado en Estados Unidos. Fue acusado de intentar pasar información sobre otros 26 espías que la dictadura preparaba para infiltrar en suelo estadounidense a un funcionario de ese país.

Los esbirros de la dictadura se han ensañado con un joven que asumió a plenitud su prerrogativa de pensar libremente. 21 años tras las rejas, de ellos, al menos 10 en celdas de aislamiento sin ventilación y oscuridad.

Actualmente se encuentra recluido en el Combinado del Este, enfermo, conviviendo con más de 200 presos comunes de alta peligrosidad y en un régimen sin luz que se extiende de 7:00 de la mañana a 7:00 de la noche.

El ex oficial Borges Pérez languidece en prisión a sus 53 años porque escogió el camino más difícil para un ser humano con dignidad, “cumplir con su deber”.

Bolivia, el derecho a la rebelión

Jeanine Añez, presidenta interina de Bolivia, saluda a la cúpula militar durante una ceremonia en La Paz.

La firme embestida de la resistencia boliviana contra la dictadura castrochavista de Evo Morales lo obligó a abandonar el poder. La voluntad del pueblo se impuso a la represión y al fraude. Las fuerzas policiales y los institutos armados simplemente rechazaron usar la violencia contra quienes reclamaban el derecho a ser libres. No hubo golpe militar, ni otra gestión que se aproxime.

El déspota renunció. El vacío de poder que creó con sus acciones no fue llenado con uniformados, sino con una senadora opositora, Jeanine Añez, que ha prometido convocar a nuevos comicios.

Morales está fuera del gobierno. Exiliado en México como otros muchos bolivianos tuvieron que hacer durante su mandato. En realidad merecía la cárcel, sus abusos fueron muchos, incluida esta última manipulación electoral que la OEA condenó con energía.

Afirmar que Morales fue depuesto por un golpe es cambiar la realidad. Los institutos armados bolivianos, incluidas las fuerzas policiales, respaldaron al déspota en todos sus intentos para perpetuarse en el poder. Hubo excepciones, pero no las suficientes.

Lo abandonaron cuando se les presentó la alternativa de que para ser leales al verdugo tendrían que reprimir al pueblo con toda la fuerza del Estado. Por suerte primó el sentido de nación en las fuerzas castrenses bolivianas, y dejaron a un lado el “Patria o Muerte, Venceremos”, un lema castrista que Evo Morales impuso en las Fuerzas Armadas en el 2010.

Ningún general golpista le escribe a su jefe de gobierno como lo hizo el jefe del Ejército, Williams Kaliman, horas antes de su dimisión: “Después de analizar la situación conflictiva interna, sugerimos al presidente del Estado que renuncie a su mandato presidencial, permitiendo la pacificación y el mantenimiento de la estabilidad por el bien de nuestra Bolivia”.

La conducta de las Fuerzas Armadas fue consecuencia de la rebelión popular. La toma de conciencia ciudadana fue tan vigorosa que llegó a los cuarteles y estos decidieron retirarle su respaldo a Morales, no lo derrocaron.

No hay dudas de que fue una estrategia costosa en vidas y bienes, empero era la única alternativa a una confrontación armada que sería mucho más traumática para la nación. El pueblo actuó cuando se percató que la vía electoral estaba viciada. Cuando vio el descomunal fraude que buscaba perpetuar un régimen de odio y falsedades.

Lo ocurrido en Bolivia es un claro mensaje a todos los opresores de que el miedo puede ser vencido, y un mandato de esperanza a los avasallados, de que la rebelión es viable cuando se interpreta la voluntad de las mayorías. No en vano la propia declaración universal de los Derechos Humanos reconoce esa prerrogativa ciudadana.

El pueblo boliviano demostró que cuando el ciudadano se dispone a hacer uso de la soberanía, conmueve a las estructuras del poder y puede destruirlo. Además de que la resistencia no debe pautarse, que la espontaneidad popular no debe ser castrada, y que las acciones contra el despotismo, aunque parezcan contradictorias, resultarán exitosas si están orientadas al mismo objetivo.

La gesta de la resistencia boliviana contra Morales marca un precedente exitoso en la confrontación con los regímenes que representan el modelo del Socialismo del Siglo XXI. Evo Morales, de todos los déspotas de esa estirpe, fue el más ortodoxo, cumplió al detalle las instrucciones de sus patrocinadores, en particular las relacionadas con la manipulación de la gestión electoral y la creación de un clientelismo político afín a sus intereses. No obstante, una vez más se comprobó que no hay propuesta política consolidada, bien atada, si el pueblo decide cortarla.

Huelga afirmar que este final feliz de la autocracia de Evo Morales no significa la destrucción de la propuesta que encarnó en su país y que representan Daniel Ortega en Nicaragua y Nicolás Maduro en Venezuela. Todavía mas, los bolivianos tienen que seguir alertas, estar pendientes de maquinaciones nacionales e internacionales que trataran de revertir los resultados.

Las acusaciones de golpe de Estado tienen como objetivo restarle legitimidad a la revuelta. Buscan contaminar la victoria popular y que el nuevo Gobierno no tenga el reconocimiento que merece.

Evo Morales aseguró a su llegada a México que continuará la lucha, y no es de dudar que cumplirá sus promesas. Aislar a las nuevas autoridades es su objetivo y desestabilizar al país el método.

Los populistas marxistas han demostrado ser capaces de generar caos y crear crisis estructurales para tomar el poder. Saben también que la solidaridad política no es una virtud de los demócratas del hemisferio, y que es fácil que estos abandonen a sus aliados naturales cuando están sometidos a ataque.

Los bolivianos deben estar listos para defender su victoria, e impedir que les escamoteen las esperanzas como le pasó al pueblo venezolano en el 2002.

Sosa Fortuny: El presidio político cubano está de luto

Armando Sosa Fortuny. (Archivo)

Armando Sosa Fortuny fue, para el régimen de los hermanos Castro, un hombre a destruir, objetivo que no alcanzaron porque “Sosita”, como le dirán siempre sus amigos, escogió morir cumpliendo con su deber, que conduce a la inmortalidad.

Sosita” fue un hombre de su tiempo, un individuo de fuertes convicciones, capaz de defenderlas aunque pusiera en riesgo su vida, actitud que asumió numerosas veces durante su existencia. La dictadura, poniendo en práctica su histórica crueldad, lo dejó morir en prisión, sin importar su avanzada edad y sus muchas enfermedades.

Armando actuó como se hacía en el pasado, cuando los gobernantes instauraban dictaduras, controlaban el país y clausuraban las vías democráticas.

Asumió como suyo el preámbulo de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que reconoce que el hombre tiene el recurso supremo de la rebelión contra la tiranía y la opresión, parte importante de la Declaración que, al parecer, incomoda a muchos de sus propios defensores.

Armando desafió el totalitarismo cuando los que hoy tienen sesenta años no habían nacido. Lo hizo, aunque nunca fue declarado preso de conciencia, con la dignidad y la entereza que les ha faltado a muchos, remedando a José Martí.

Con solo 18 años salió de Cuba clandestinamente, pero no arribó al exilio para vivir mejor, se preparó para luchar por la democracia y la libertad de su Patria.

Luchó, pero no atacó una escuela. No patrocinó actos violentos contra civiles. No traficó con drogas, no protagonizó episodios terroristas como lo hicieron por décadas los guerrilleros de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia que, a pesar de sus múltiples crímenes, dialogaron con el gobierno de su país bajo el auspicio del régimen que impulsó la subversión en todo el continente.

Tampoco imitó a Yasser Arafat organizando actos de violencia indiscriminada en los que perecían numerosos inocentes, a pesar de los cuales fue honrado con el Premio Nobel de la Paz.

Sosa Fortuny desembarcó en Cuba en octubre de 1960 con la misión de derrocar el régimen de los hermanos Castro. Uno de sus compañeros murió en combate y diez fueron fusilados, entre ellos, tres norteamericanos.

Permaneció 18 años en prisión. Estuvo en numerosas cárceles. Trabajó forzado en el Plan de Trabajo Camilo Cienfuegos, reclusorio de Isla de Pinos donde, junto con otros compañeros, recuerda Enrique Ruano, fundó la Organización de Juventudes Anticomunista.

La cárcel no le quebró. Su compromiso se fortaleció, y cuando le excarcelaron, de nuevo partió de Cuba para retornar con el objetivo de su vida: derrocar la dictadura.

En 1994, con 52 años, retornó el combate. No por amor a la violencia, sino por convicción. No pensó en la tranquilidad de un hogar, ni en la seguridad económica, simplemente respondió, una vez más, a su compromiso de luchar por sus ideales.

Partió junto a Jesús Rojas, José Ramón Falcón, Miguel Díaz Bouza y Eladio Real Suárez. Los dos primeros ya están en libertad.

Desembarcaron en las proximidades de Caibarién,con la intención de organizar una fuerza irregular para combatir la dictadura en las legendarias montañas del Escambray, donde, en la década del 60, miles de cubanos lucharon contra el comunismo.

Posterior al desembarco, en un enfrentamiento a tiros, murió el ciudadano Arcelio Rodríguez García. Sometidos a juicio, Real Suárez fue condenado a muerte. Posteriormente la sentencia fue conmutada por 30 años.

Sosa Fortuny cumplió, en este segundo encarcelamiento, 25 años de una sanción de 30. Enfermo y sin pedir cuartel, pasó 43 años de prisión, donde envejeció, enfermó y murió cumpliendo a su manera con la Patria.

Su ejemplo puso en evidencia la conducta de muchos gobiernos, organizaciones no gubernamentales, dirigentes políticos y sociales que han practicado una indulgencia criminal a favor del castrismo. Muchos son los que han preferido no escuchar el espantoso retumbar de los fusiles frente a los paredones de fusilamiento o el clamor de silencio de más de medio millón de hombres y mujeres que han pasado por las cárceles estas seis décadas.

Sosita” actuó a su manera y por convicciones. Entregó su vida entera a Cuba, por eso, como escribiera el Apóstol: “Cuando se muere en brazos de la patria agradecida, la muerte acaba, la prisión se rompe; empieza, al fin, con el morir, la vida”.

20 de Mayo y refundación Castrochavista

El mandatario de Cuba, Miguel Díaz-Canel Bermúdez a su llegada a la segunda toma de posesión de Nicolás Maduro al frente de Venezuela el 10 de enero de 2019. (AFP).

Los cubanos de las tres últimas generaciones tienen muy poco respeto y conocimientos por la historia republicana, porque desde el primero de enero de 1959 se inició una campaña de descrédito contra la República con el objetivo de recrear un pasado del cual todos los insulares se sintieran avergonzados.

Esa gestión fue parte esencial del proyecto castrista de refundación nacional. Era imprescindible presentar un país sin valores ni progresos, tampoco soberanía, para justificar un proyecto contrario al sentir nacional que hiciera posible violentar hasta la raíz las normas y costumbres de la nación.

Lo primero fue restarle trascendencia a las fiestas patrias y relevancia a los patricios de las gestas independentistas. Hubo esfuerzos por cambiar símbolos nacionales como la bandera, pero no avanzaron en ese proyecto. La historia republicana fue editada en su totalidad, solo aquellas figuras y acontecimientos que tenían algún vínculo con el nuevo régimen fueron respetados y magnificada su importancia.

Las costumbres fueron alteradas o suprimidas como ocurrió con la Semana Santa y las festividades religiosas de fin de año. El nuevo país partía de cero y su advenimiento se celebra el 26 de Julio y no el 20 de Mayo. Hasta el vestir fue censurado y la urbanidad ciudadana un rezago burgués.

La nomenclatura castrista entendió que si no se mostraba un pasado vergonzoso en el que la miseria moral y material estaba generalizada, donde la discriminación, violencia y abusos eran las normas, más una clase dirigente solo interesada en su beneficio propio y al servicio de una nación extranjera, Estados Unidos, maniobra que convertía a ese país de un solo golpe en el enemigo histórico de Cuba, no solo de la Revolución, no sería posible conseguir obreros y capataces que trabajaran para construir el edén que los Castro prometían.

El odio, el sectarismo, la discriminación de todo tipo junto a la destrucción de los patrones de conducta ciudadanos, fueron las recetas que usó el nuevo régimen, siempre aderezada con una fuerte poción de miedo, para exterminar a la Cuba que conocíamos y empezar a construir la de los Castro.

En realidad no fueron Hugo Chávez y sus compañeros de viaje, Evo Morales, Daniel Ortega y Rafael Correa los pioneros en manejar con acierto la estrategia de demonizar el pasado, avergonzar a los connacionales al descubrirle una república execrable y formular pautas que condujeran a legitimar las acciones del gobierno, por medio de otra constitución que instituyera nuevos poderes públicos con funcionarios leales al país supuestamente recién fundado.

Las propuestas chavistas de una constitución originaria y poderes originarios era el fundamento de su plan. Estaban reinventando el país, generando espacios para moldear a su antojo las nuevas instituciones, tal y como si el pasado no hubiera existido.

Paradójicamente en Cuba el término originario no tenía relevancia porque el nuevo régimen no era producto de elecciones, sino consecuencia de una rebelión armada que sustituyó un gobierno militar por otro, que a su vez derivó en una cruenta dictadura que estableció un régimen totalitario.

La implementación de las nuevas normas e instituciones se produjeron muchos años después porque en la Isla la violencia fue fuente de derecho, parafraseando una inexplicable resolución de la Corte Suprema de Justicia de Cuba en la madrugada del primero de enero de 1959.

En Venezuela, Bolivia, Nicaragua y Ecuador los déspotas llegaron al poder por elecciones, lo que demostraba que a pesar de las lacras que denunciaban esos países por vivir en democracia eran perfectibles, había espacios para mejoras y cambios que no tenían que ser precisamente los que ellos prometían. El propio dictador Hugo Chávez dijo que juraba ante una constitución moribunda, un rotundo desmentido a todas las acusaciones que proferían.

El proyecto cubano estaba orientado a crear una nueva historia, un pasado que avergonzara a la ciudadanía, en particular a las nuevas generaciones y en base a ese inventario educar a la medida y conveniencia de la casta del 26 de Julio.

Es cierto que los primeros 31 años la soberanía de Cuba estuvo limitada por un apéndice constitucional impuesto por Estados Unidos, pero a partir de su derogación, en lo que se pudiera llamar la Segunda República, el país asumió todas sus prerrogativas hasta la conversión de la isla en una satrapía soviética, 1959, por conveniencia de los hermanos Fidel y Raúl Castro y los sicarios que les han servido por décadas.

NOTA DEL EDITOR: Esta opinión del autor es de su exclusiva responsabilidad y no representa los puntos de vista de Radio Televisión Martí.​

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