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Los escritores cubanos en El bello país de la muerte


José Martí en Dos Ríos.

Algunos llegan a asegurar, entre ellos Guillermo Cabrera Infante, que lo de José Martí no fue una muerte en combate, sino una muerte en suicidio.

“Queridos amigos: debido al estado precario de mi salud y a la terrible depresión sentimental que siento al no poder seguir escribiendo y luchando por la libertad de Cuba, pongo fin a mi vida. En los últimos años, aunque me sentía muy enfermo, he podido terminar mi obra literaria, en la cual he trabajado por casi treinta años. Les dejo pues como legado todos mis terrores, pero también la esperanza de que pronto Cuba será libre. (...) Pongo fin a mi vida voluntariamente porque no puedo seguir trabajando. Ninguna de las personas que me rodean están comprometidas en esta decisión. Sólo hay un responsable: Fidel Castro. Los sufrimientos del exilio, las penas del destierro, la soledad y las enfermedades que haya podido contraer en el destierro seguramente no las hubiera sufrido de haber vivido libre en mi país”. Era la carta que dejaba Reinaldo Arenas, aquel 7 de diciembre de 1990, a los 47 años, antes de zamparse un cóctel de alcohol y pastillas que alucinado lo harían pasar al otro barrio.

Carlos Victoria, Juan Francisco Pulido, Guillermo Rosales, Hernández Novás, Hugo Ania, Angel Escobar, Miguel Collazo, Carlos Ripol y Heriberto Hernández, Ripol hace apenas semanas y Heriberto hace apenas unas horas, parecen ser parte de una tendencia preocupante entre escritores cubanos para exiliarse de este mundo vía el suicidio. Algunos llegan a asegurar, entre ellos Guillermo Cabrera Infante, que lo de José Martí no fue una muerte en combate, sino una muerte en suicidio.

Pero, más preocupante aún, la proclividad al suicidio no sería exclusiva de los escritores isleños, sino de los isleños en general. Así, en su obra Folklore de las Antillas, 1909, Florence Jackson Stoddard apunta que los habitantes de las islas próximas a Cuba, se referían a la Antilla Mayor como El bello país de la muerte.

Algunos estudiosos estiman que de los 100 mil habitantes primordiales que poblaban la isla de Cuba, unos 30 mil de ellos se suicidaron en los años posteriores a la conquista. Los esclavos traídos del África no se quedaban atrás y, estadísticas de 1854, muestran una elevada tasa de suicidio entre los negros forzosamente transplantados a la isla.

Los inmigrantes chinos, traídos en condiciones de semiesclavitud, muestran según el censo de 1862 una cifra de suicidio cercana a los 500 por cada 100 mil habitantes.

Ya en la República, 56 años de duración, las muertes por suicidio fueron estimadas en unas 30 mil a lo largo de la isla. Pero, en medio siglo de dictadura comunista el número de muertes por suicidio ascienden a unos 100 mil, 70 mil solamente en los últimos 25 años. Con lo que Cuba pasa a tener el nada envidiable record de ser el país con más suicidios per cápita de todo el hemisferio occidental.

Luego, los escritores suicidas no serían una excepción en Cuba, sino parte de una inextricable tendencia entre los pobladores del país en todos los tiempos. Agudizada, quizás, por el hecho de devenir los escritores en una suerte de antenas territoriales, probablemente programadas por las pulsiones de lo numinoso para captar, allá en los abismos, los dramas de los movimiento telúricos que se cuecen en lo insondable del inconsciente nacional.

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