Enlaces de accesibilidad

Opiniones

La quiebra de las familias cubanas

Grupos de cubanos marcharon al exilio en los Vuelos de la Libertad

Han pasado sesenta años. Fulgencio Batista murió en 1973. Fidel Castro se fue en noviembre de 2016. Raúl Castro, quien tomó su sucesión en 2006, abandona el poder a una edad venerable: ochenta y seis años. La revolución cubana se va apagando por falta de combatientes. El periodo prerrevolucionario, por su parte, desapareció de la memoria. O fue deformado, simplificado hasta el extremo, sepultado bajo montones de calumnias y de improperios. El régimen instaurado por Batista el 10 de marzo de 1952 no había sido un modelo de democracia, al contrario de lo que él mismo proclamaba, pero tampoco un sistema totalitario destinadoa orientar todos los pormenores del modo de vivir y de pensar de sus conciudadanos. No fue la encarnación del Mal. El Bien se debía de ser revolucionario. Pero, con el tiempo, los guillotinados enterrados en el cementerio de Picpus en París durante la revolución francesa acabaron por tener razón contra Robespierre, los Romanov fueron rehabilitados a pesar de su asesinato por Lenin, los zeks del Gulag y Solzhenitsyn le sobrevivieron a Stalin, los intelectuales enviados al Laogai echaron abajo de la revolución cultural china, los boat people vietnamitas se volvieron los acusadores permanentes de Ho Chi Minh, los sacrificados del S21 hicieron un monstruo de Pol Pot y de sus Jemeres Rojos, los sindicalistas polacos de Solidarnosc sepultaron a Jaruzelski, Vaclav Havel relegó en el olvido la entrada de los tanques soviéticos en Praga y la “normalización”. Algún día, los balseros y los disidentes destruirán también los mitos creados alrededor de Fidel Castro y de Che Guevara. En el exilio, no en la isla donde cualquier investigación o voz discordante se ve reducida al silencio, sus relatos permiten reconstruir desde ahora otra historia. La de “Bobby” Batista es una de esas voces, que se revela fundamental por tratarse de uno de los protagonistas directos de la tragedia cubana, aunque fuera todavía un niño, en medio del ciclón. No es la única: otros niños y adolescentes vivieron dramas destructores, a veces mortales. Sus palabras son la antítesis de la ficción “romántica” de esa revolución predadora.

Todos los cubanos, sin excepción, fueron proyectados en una aventura a la que no estaban preparados para nada. El país entraba, para desgracia suya, en la historia universal, cuando antes, era sólo una isla en medio del océano, alejada de las miradas y de la opinión mundial. La indiferencia del mundo favorecía cierto desarrollo y una paz relativa. Con la llegada al poder del castrismo, en plena guerra fría, ya no quedó lugar para la despreocupación. Los conflictos políticos se apoderaron de todos y de cada uno de sus habitantes. Todas las familias cubanas conocieron una profunda quiebra, a veces en su interior, a menudo al ser condenadas al exilio en su totalidad. Fue lo que ocurrió con la mía.

El colegio intervenido

En mi propia familia, hay sentimientos encontrados. Mi hermano David era adolescente cuando yo sólo era un niño. Mucho más tarde, en Francia, ejerció de oncólogo. Atendió a innumerables pacientes, entre ellos a cubanos de cualquier edad y opinión, ya fueran partidarios del régimen castristas o exiliados, sin, por supuesto, la más mínima diferencia de trato en el intento de curar su cáncer. Después de décadas de exilio en París, me cuenta, volviendo sobre ese periodo: “Yo estaba choqueado por esas fotos obscenas de cadáveres que salían en la prensa, sobre todo enBohemia. Veía la imagen de aquel hombre ejecutado cuya cabeza aparecía en primer plano, con el tiro en la sien y los ojos desorbitados. Pero se hablaba de los “veinte mil muertos” de Batista, de matanzas comparables a las de la Segunda guerra mundial. Habían pasado apenas quince años desde entonces. Nuestros padres, simpatizantes comunistas, apoyaron a Fidel Castro al principio. El país cambiaba a gran velocidad, prometiéndole una luz de esperanza a la población y también a ellos, que habían huido del nazismo. Sus sentimientos eran contradictorios. Nuestro padre era funcionario en el ministerio de Industrias. Pero rápidamente tuvimos que enfrentar un sentimiento de temor difuso, que se apoderaba de todo el mundo, incluyéndonos a nosotros. Y mucha gente en nuestro entorno, hasta entre los que se consideraban como revolucionarios, se iba yendo del país.”

Durante la ceremonia fúnebre, celebrada en 2017 en el crematorio del cementerio del Père Lachaise, de uno de nuestros amigos de infancia, Bigelman, exiliado al igual que nosotros, quien desgraciadamente llegó a ser uno de sus pacientes, mi hermano resumió así nuestra partida de la isla: “Vivimos allí bajo su cielo azul hasta que el cielo se volvió de plomo.” Esas palabras son parecidas a las de “Cuando salí de Cuba”, el himno nostálgico común a todos los cubanos del exilio.

Recuerdo que, durante mi niñez, jugué con imágenes de los guerrilleros triunfantes, que habían sustituido las de nuestros jugadores de pelota, de base-ball, favoritos. Pero lo que más me marcó fue el trastorno que se produjo en nuestra escuela, un colegio privado situado en la estación balnearia de Guanabo, al este de La Habana. Mi hermano, quien vivió los acontecimientos de forma más consciente, se los rememora con dolor: “Llegaron unos milicianos para tomar el control del colegio Newton. Su director, Joaquín Clavería, estaba frente a los interventores que le habían dado la orden de abandonar el lugar. Su hija iba y venía con pasos rápidos, girando alrededor de él, como para protegerlo. Nos dijeron que nos podíamos ir si no estábamos de acuerdo con la intervención. Me quedé. Hoy día, me arrepiento de eso.”

Joaquín Clavería, el director destituido, tomó por supuesto el camino del exilio, donde falleció en 2003. Antes de morir, había escrito un libro contra el comunismo,[1] recordando la construcción y el desarrollo de su obra, su colegio, que también era el nuestro. A mí se me quedó grabada una terrible escena: la de una maestra a quien los alumnos insultaron e humillaron porque había decidido abandonar el país. Salió del aula llorando. Al día siguiente, un joven ya la estaba sustituyendo, pero se contentaba con sonreír, sin pronunciar palabra. Había sido enviado al frente pero no estaba formado para ello ni para dar clases siquiera.

La mayor parte de los niños que habían “repudiado” a la maestra fueron abandonando la isla más tarde, poco a poco. Leí en un libro, escrito por un periodista canadiense que se oculta bajo un pseudónimo porque no quiere ser identificado por las autoridades castristas, que podrían prohibirle volver a Cuba (¿le resultaría tan grave, por cierto?), que el 90% de la población de Guanabo salió hacia el extranjero.[2] En ese porcentaje hay que incluir a mi familia, la que, sin embargo, había apoyado la revolución, con una mezcla de entusiasmo y de miedo. Lo dejamos todo, incluso nuestro apartamento, que desde entonces estuvo ocupado por un oficial de la Seguridad del Estado, la policía política, con su esposa y sus hijos, como premio sin duda a sus actos de represión y de chivateo, una práctica generalizada en la isla. El castrismo se construyó no sólo por oposición a Batista, sino también deshaciéndose de parte importante de su población, millones de cubanos exiliados para siempre.

Niños destrozados, asesinados o adoctrinados

Las experiencias del exilio cubano son múltiples pero hay una particularmente dolorosa: la de los “Pedro Pan”, más de catorce mil niños enviados solos por sus padres, entre diciembre de 1960 y diciembre de 1962, a Estados Unidos en vuelos de la compañía Pan Am, por miedo al adoctrinamiento comunista, cada vez más evidente a medida que las escuelas católicas y privadas iban siendo intervenidas. La expropiación del colegio Newton empujó a los padres de José Manuel Linde, uno de mis condiscípulos, a mandarlo a la Florida. Fue también el caso, entre mis amistades, de la narradora Nilda Cepero, cuyo abuelo se suicidó al enterarse del proyecto de separación definitiva con su nieta, o de Olga Nodarse, esposa de Raúl Eduardo Chao, quien se dedica hoy día a recuperar la historia prohibida, la de la Cuba de antes de la revolución. En los Estados Unidos, los “pedropanes” eran acogidos por familiares suyos, si tenían alguno, pero la mayor parte de las veces eran alojados en instituciones católicas o en orfanatos. A menudo pasaron años separados de sus genitores, que sólo pudieron reunirse con ellos mucho más tarde, en función de la buena voluntad, siempre arbitraria, de la administración castrista, o no los volvieron a ver nunca más. ¿De quién fue la culpa? La propaganda revolucionaria pretende hacer creer que esas salidas estaban motivadas por los rumores que afirmaban que se les iba a retirar la patria potestad en provecho del Estado, lo que no se cumplió. Los niños y adolescentes, no obstante, fueron enviados a la “escuela al campo”, donde perdieron el contacto durante largos meses con sus familiares y fueron sometidos a un verdadero lavado de cerebro. En otros tiempos, la desesperación de esas familias era inimaginable. Nadie pensaba, bajo las anteriores dictaduras, inculcarles a los jóvenes cubanos ningún tipo de ideología. Todas las soluciones eran -y son- válidas para escapar, sobre todo la huida, arriesgando su vida.

Numerosos niños murieron -unos veinte sobre treinta y siete víctimas- con sus padres, cuando éstos intentaron llevarlos con ellos en su fuga, para salir de la miseria y, sobre todo quizás, del adoctrinamiento. Fue lo que ocurrió el 13 de julio de 1994, cuando el remolcador 13 de marzo, que llevaba a bordo a decenas de fugitivos, fue perseguido, después de haber logrado salir clandestinamente de la bahía de La Habana, por otros remolcadores, manejados por pilotos progubernamentales, que dieron vueltas alrededor del barco en fuga y enviaron al mar, a golpes de chorros de agua, a esa pobre gente que imploraba compasión. Todo eso ante los ojos de parte de la población habanera que, desde el Malecón, podía ver el horror de lo que ocurría. En Miami, en 2006, tuve la oportunidad de encontrarme con uno de los sobrevivientes, Sergio Perodín, quien perdió durante el ataque a su hijo de once años, Yaser, y a su esposa, Pilar. Me contó, a sabiendas de que, a pesar de todas las gestiones emprendidas por los que lograron escapar a la muerte, que será difícil de que haya justicia: “Tiene que haber justicia. Otra de las grandes barbaries del gobierno cubano es que ellos nos asesinaron a nuestras familias y después nos secuestraron los cadáveres. A nosotros nunca nos han entregado los cadáveres de nuestros familiares.” Recogí también el testimonio de Jorge Antonio García Mas, quien no embarcó en el remolcador porque prefirió dejarle su lugar a otros más jóvenes. Se arrepintió. En el ataque perdió, en efecto, a catorce miembros de su familia. Mientras iba recordando sus nombres uno a uno, tuvo que parar, con un nudo en la garganta. Él también reclama una justicia que no vendrá, al menos a corto plazo: “Y aunque no albergo sentimiento de venganza ninguno, sí pienso que tiene que hacerse justicia. Yo no soy Dios para perdonar.”[3]

Fidel Castro no reconoció, naturalmente, su responsabilidad por esos crímenes. Al contrario: para él, los culpables de su terrible suerte eran los mismos fugitivos.

Demostró nuevamente un cinismo a toda prueba en el momento del “caso Elián”, el “niño balsero”, cuya madre, Elizabeth Brotons, y padrastro se ahogaron en 1999, al intentar alcanzar, con cerca de otras veinte personas, las costas de la Florida a bordo de una embarcación de fortuna que acabó por hundirse. El niño fue milagrosamente salvado de las aguas por unos pescadores. Fue albergado por exiliados miembros de su familia paterna. Pero, a través de su padre, Juan Miguel González, que se había quedado en Cuba, simple marioneta entre sus manos, el Comandante en jefe movilizó a toda la nación contra el exilio de Miami, haciendo de la recuperación del niño una gran causa revolucionaria. La administración americana de Bill Clinton , por intermedio de la attorney general Janet Reno, cedió a la reivindicación del padre (¿Juan Miguel o Fidel?) y sacó, en una violenta operación de tipo militar, en abril de 2000, al niño del domicilio de los familiares que lo habían adoptado. Desde que volvió a Cuba, Elián sólo aparece en público para cantar las virtudes del ilustre difunto. Visiblemente traumatizado, se olvidó de que su madre había entregado su vida para ofrecerle la libertad.

Todos nosotros hubiéramos podido conocer la suerte de uno u otro de aquellos niños. Sin embargo, por obra del exilio, que no es solamente una desgracia, pudimos disfrutar la libertad, alejados del odio propagado por el castrismo, que nos trata de “gusanos”, a los que hay que aplastar por todos los medios. Y podemos hablar sin tabú, analizando sin ojeras ideológicas, a pesar de nuestras diferencias, la historia de Cuba.

  1. [1] Joaquín Clavería: Las terribles consecuencias del Manifiesto comunista. Miami, Ediciones Universal, 2003.
  2. [2] Ludo Mendès: Cuba no. La parole aux oubliés. París, Ring, 2013, pp. 48-50.
  3. [3] Testimonios recogidos por Jacobo Machover: El libro negro del castrismo. Miami, Ediciones Universal, 2009, pp. 161-173.

[Reproducimos el epílogo de "Los últimos días de Batista" por cortesía de su autor Jacobo Machover]

Vea todas las noticias de hoy

Año 62 de la Era Castrista

Un bicitaxi y un almendrón circulan por La Habana. (Archivo)

Artículo de opinión

Muchas personas no se percatan que los años pasan para los demás, no solo para ellos, y menos aún asimilan que hay países controlados por regímenes que llevan más tiempo en el poder que las décadas que tienen de vida.

Cuba se encuentra en esa ignominiosa relación, bochorno para muchos cubanos. La dictadura llega a los 62 años en el poder, que es igual a 744 meses y 22320 días una cifra espeluznante si apreciamos que la inmensa mayoría de la población tiene menos de 62 años, lo que significa que una cantidad significativa de isleños ha vivido bajo un mismo régimen toda su vida.

Conversaba al respecto con el poeta venezolano Abel Ibarra. Hablábamos sobre los cambios radicales que han sufrido, Venezuela y Cuba, después de la llegada al poder de esos dos singulares depredadores sociales, Hugo Chávez y Fidel Castro, sujetos que, por su gestión e influencia, han marcado de manera indeleble el antes, durante y después de ambos pueblos, amén de gobernar por largos años.

Le decía a Ibarra que los cubanos deberíamos someternos a una especie de jornada de reflexión en la que contempláramos la Cuba antes del triunfo de la insurrección, el mandato revolucionario y las potenciales ocurrencias en el postotalitarismo, con el objetivo de conocer las transformaciones sufridas en todos los ámbitos por el sujeto cubano y en qué medida revertir lo negativo con vistas a ser mejores ciudadanos y un mejor país, a lo que el poeta agregó que en su tierra ha ocurrido algo similar, porque sus compatriotas también han cambiado mucho lo que ha repercutido ampliamente en la sociedad nacional.

Según Ibarra ambos pueblos deben hacer una profunda introspección e incursionar en los desaciertos como individuos y como nación, aprender de esas pifias e iniciar un proceso de reconstrucción que nos haría a todos mejores personas y ciudadanos, propuesta con la que estoy de acuerdo absolutamente, y me atrevo a sugerir que tantos los prisioneros políticos del chavismo como del castrismo podrán hacer grandes aportes a ese proceso porque han sido personas que por las condiciones que implica un encierro han podido meditar un mayor tiempo, a la vez que han tenido experiencias particularmente traumáticas de lo que son capaces los regímenes de fuerzas amparados en el populismo ideológico y el marxismo.

Esta nota está asociada a Cuba, ojalá, Ibarra haga otro tanto con la experiencia venezolana.

Cuba antes de Castro tenía los claroscuros de cualquier república latinoamericana, con la particularidad de que había alcanzado cotas en la economía y el desarrollo, que la mayoría de los países del hemisferio no tenían. El país disfrutaba de un relativo progreso material, aunque se enfrentaba a problemas políticos serios y a graves problemas sociales, muchos de los cuales, a pesar de la inestabilidad política, estaban en proceso de solución.

Bajo el castrismo los logros alcanzados se deterioraron drásticamente. El nuevo régimen se esforzó por destruir los cimientos civiles y éticos de la República. La historia nacional fue revisada y presentada en base a los intereses de la nueva clase. Las fiestas Patrias fueron sustituidas, las religiones vituperadas y la feligresía sufrió represión y discriminación. La Navidad y Semana Santa fueron abolidas por decretos y restauradas décadas después a conveniencia del régimen, aunque nunca se han deslastrado del trauma de la represión y el sectarismo.

La primera afectada fue la sociedad civil que perdió todas sus prerrogativas y espacios públicos conquistados a través de los años. Los órganos gremiales y colegiados consagrados en leyes y costumbres se extinguieron. El poderoso movimiento sindical perdió su independencia, los medios de comunicación pasaron a manos del estado, el periodismo fue otra correa de trasmisión del incipiente totalitarismo.

El ciudadano empezó a decir si pensando en no. El doble pensar, la doble moral, se espacio y asentó en toda la Isla. El disentimiento condujo a muchos a abandonar el país, la represión y la incapacidad para articular una defensa exitosa de los derechos naturales afectó profundamente a la ciudadanía. La cárcel por motivos políticos fue un final feliz, la alternativa era muerte por fusilamiento.

Como colofón, las bases económicas fueron destruidas. Paradójicamente los repetidos errores de la clase dirigente condujeron a muchos de los que simpatizaban con el sistema a abandonar el país o perder la confianza en el régimen.

El postotalitarismo será una experiencia dura e incierta. Lo primero sería buscar una necesaria conciliación entre las partes y un profundo acto de contrición de todos los que abusaron de su prójimo. La reconstrucción será compleja pero posible si el hombre rehace la conciencia de que la República debe ser con todos y para el bien de todos.

El comunismo según Orwell y Rybakov

Artistas cubanos amanecieron el 28 de noviembre a las puertas del Ministerio de Cultura. YAMIL LAGE / AFP

Para comprender los recientes sucesos de Cuba, la literatura puede ayudar tanto como los estudios socioeconómicos o políticos

LA HABANA, Cuba. – Cuando en días pasados publiqué en este mismo diario digital mi crónica Orwell y la televisión cubana, recibí una nota del colega Luis Cino. En ese mensaje, el prominente periodista me hacía un recordatorio: “Las jornadas del odio”. Con ello me hizo tener presente que cualquiera de las genialidades del gran novelista inglés que omitamos representará una especie de mutilación.

Agradezco la valiosa indicación. Y sí, ya que en el referido escrito no hablé de “los dos minutos” ni de las “semanas del odio”, lo haré ahora, máxime cuando esa ideación de Orwell resulta oportunísima a raíz de las últimas ocurrencias del aparato propagandístico del régimen castrista, que día tras día se dedica a arremeter de modo virulento contra los intelectuales contestatarios.

Los hijos de Arbat, 2 tomo de la edición en ruso.
Los hijos de Arbat, 2 tomo de la edición en ruso.

También aludiré a otra obra maestra que retrata de modo admirable las esencias del comunismo: la novela rusa “Дети Арбата”. Y, por favor, tomen en cuenta que si uso el título original de esa gran obra no es por un pujo de mi parte. Es sólo por las múltiples traducciones —todas válidas— que ha recibido en castellano: “Los hijos…”, “Los niños…”, “Los chicos…” o “Los muchachos del Arbat”.

Pero vayamos por partes. Primero, George Orwell. Las “jornadas de odio” estaban concebidas y diseñadas para instrumentar el rechazo que los súbditos del Gran Hermano debían expresar hacia quien en un momento dado fuese el enemigo de turno del Estado-Partido-Gobierno. En principio, bastaba con “dos minutos”.

“Mercenarios”, “asalariados”, “agentes”, son los vocablos que les dedican....


Claro, en esa sociedad de pesadillas descrita en 1948 ni se soñaba con las redes sociales, y mucho menos con “el potro salvaje del internet” (frase de Ramiro Valdés). Los ciudadanos sólo contaban con las “telepantallas”, por las que constantemente se transmitía la propaganda oficial. Un sueño de los totalitarios que, en estos tiempos, sólo se hace realidad en la abominable Corea del Norte.

En Cuba, por suerte, no. Aunque el servicio que se brinda a los ciudadanos de a pie es caro y malo, ahora los súbditos del castrismo, en principio, tenemos acceso a la red mundial, con todo lo que eso implica. Pero parece ser que los ineptos burócratas del Departamento Ideológico del único partido no se han enterado de ello.

En ese equipo de agitadores profesionales todavía actúan como si los habitantes del país sólo viéramos la Televisión Cubana. Para empezar, no les basta con los “dos minutos” de Orwell. Las diatribas que ahora mismo transmiten contra los jóvenes artistas del Movimiento San Isidro o del 27 de Noviembre duran muchísimo más. “Mercenarios”, “asalariados”, “agentes”, son los vocablos que les dedican. También se intenta vincularlos a actos terroristas reales o supuestos.

un grupo de ciudadanos que se niegan a bailar al son que entona el castrismo ...


En su infinita insensatez, creen que, al apilar esos términos ofensivos contra esos creadores apenas llegados a la adultez, sus insultos y descalificaciones surtirán mayor efecto. No se han dado cuenta de algo obvio: Es tanto el hartazgo con el sistema de opresión, hambre, miseria y necesidad implantado por el castrismo, que, en el cubano de a pie, todas las barbaridades que los cotorrones dedican a quienes se les enfrentan surten un efecto opuesto al deseado.

Y por supuesto que los compatriotas sin acceso a medios de información alternativos, aquellos que sólo tienen cabeza y tiempo para hacer la cola que les permita mitigar unas pocas de sus muchas carencias, se asombran al contemplar en el Noticiero Nacional de Televisión lo que nunca esperaron: la existencia de un grupo de ciudadanos que se niegan a bailar al son que entona el castrismo. Razón de más para que los admiren…

Por su parte, la novela de Anatoli Rybakov sobre la icónica calle moscovita Arbat y el barrio aledaño resulta ilustrativa por otro concepto. El héroe —el joven Sasha Pankrátov— es un miembro convencido y leal de la Juventud Comunista. Comete una equivocación intrascendente que los “camaradas” de su célula pretenden convertir en una prueba de traición

Gracias al error de una secretaria, logra que se señale una reunión con un encumbrado burócrata del partido único; algo que otros perseguidos no tan afortunados como él intentan sin éxito durante semanas y meses. Se supone —pues— que los errores y comentarios que le atribuyen los “camaradas” de su célula serán ventilados “en el lugar adecuado y en el momento oportuno”, como dirían los castristas.

Pero el joven protagonista no contaba con la intervención del tenebroso NKVD. El debate abierto con sus detractores, para el que ya se preparaba, fue reemplazado por los interrogatorios de los instructores policiales. En lugar del encuentro entre comunistas planificado, fue a dar con sus huesos en una lejana aldea de Siberia.

Salvando las distancias, es lo mismo que ha sucedido con los activistas del Movimiento 27 de Noviembre. Algunos de estos, a diferencia de otros de los participantes en los actos contestatarios más recientes, no necesariamente deben ser catalogados como hostiles al régimen imperante. Al menos, no se han declarado abiertamente como tales.

El diálogo para el que se preparaban fue clausurado de forma unilateral por la parte oficialista. ¡Por supuesto que los burócratas del MINCULT no iban a reunirse con ellos! ¿Para qué! ¿Para hacer un papelazo! Y conste que no dudo de los conocimientos y habilidades de los dirigentes cuya participación estaba prevista para ese acto. El problema radica en la misión imposible a ellos asignada: Defender lo indefendible.

Entonces el diálogo o debate no será con los tecnócratas de la Cultura, sino con los corchetes de la policía política. Una opción típica del comunismo, que Rybakov describe con total veracidad e inigualada maestría.

Cuba, poesía contra pistolas

Gladiolos y la bandera cubana con la inscripción de Cuba Libre, en la manifestación en Miami en solidaridad con el Movimiento San Isidro.

Los gobiernos opresivos no entienden de razones ni derechos. Consideran que la fuerza es la única razón de ser, motivo por el cual reprimen cualquier desafío, aunque sea como dice Juan Antonio Blanco, director de la Fundación para los Derechos Humanos en Cuba, usando pistolas contra poesía, como el que tuvo lugar en una casa del barrio San Isidro, en La Habana.

Esa es la Cuba legada por Fidel y Raúl Castro que el dictador designado, Miguel Díaz-Canel, sigue administrando como si fuera el gran ducado de un sátrapa absolutista, al que solo le resta poner en uso su derecho de pernada. Por supuesto, debemos reconocerlo, aunque sea con vergüenza, las cadenas suelen ser tan pesadas y fuertes como el prisionero las consienta, y todo parece indicar que en la Isla no se han extinguido las mujeres y hombres libres dispuestos a romper los cerrojos de la gran cárcel que es el país.

Jóvenes artistas, ansiosos por crear en una sociedad libre, sin restricciones y sin el acoso de una policía política que abruma e impide pensar con libertad le exigían a punta de poesías, pinceles y canciones a una dictadura de 62 años respeto a sus derechos individuales y espacios para hablar y pensar sin temor a ser sancionados por un gran hermano que todo lo puede.

Los jóvenes creadores de San Isidro, como se dice coloquialmente, sacaron la cara por la mayoría de los intelectuales que guardaron silencio cómplice cuando Fidel Castro les dijo hace 60 años en una reunión sobre los derechos de los escritores y artistas bajo la Revolución, “Dentro de la Revolución: todo; contra la Revolución: ningún derecho”.

Cuentan que muy pocos intelectuales expresaron su opinión, pero que uno profetizó como sería la vida de los creadores a partir de ese momento, Virgilio Piñera, destacado intelectual y poeta, quien le dijo al flamante mayoral del país transformado en finca: “Yo no sé ustedes, pero tengo mucho miedo, yo tengo mucho miedo”. Este hombre con miedo, fue, si contemplamos la historia, el más valiente de los cubanos en aquella reunión, muchos más que el dictador que devastó personalmente a Cuba por casi cincuenta años. Piñera fue la muestra de lo que le ocurriría a los intelectuales que no obedecieran al régimen, la oscuridad total, mientras lo que sirvieran al poder tendrían privilegios inimaginables, como fue el caso del “Che” de la trova, Silvio Rodríguez, que puso al servicio del crimen su indiscutible talento.

Sin embargo, no hay grilletes por bien forjados que estén que soporten los clamores de libertad. Cuando los reprimidos se percatan que nada les falta por perder y que solo les resta una vida miserable, asumen el deber de defender sus derechos y las fisuras de todo poder, se convierten en amenazadoras grietas en el mismo, y todo parece indicar que las protestas de San Isidro han servido a un sector importante de la sociedad cubana para asumir el protagonismo que le ha sido robado por décadas.

Esos jóvenes, quizás sin saberlo, reeditaban lo que los poetas Ángel Cuadra y Jorge Valls entre otros cubanos de su generación hicieron varias décadas antes cuando denunciaron la censura a la creación hasta que no les quedó alternativas que las de enfrentar el terror revolucionario. Lo que los profesores Ricardo Bofill y Elizardo Sánchez Santa Cruz promovieron años más tarde y los que poetas como Reynaldo Bragado Bretaña y periodistas de la estirpe de Rolando Cartaya realizaron en su momento.

Los hombres y mujeres de San Isidro le han dado una nueva oportunidad a los que vendieron su decoro al totalitarismo de recuperar la dignidad. Abrieron el portón de la vergüenza en el que pueden cobijarse, si rompen con un pasado de servicio a un régimen que ha denigrado la nación.

Los intelectuales que acataron el castrismo se transformaron en productores de consignas, en espantapájaros de sus propias quimeras y en fiscales y jueces del pensamiento ajeno, lo que condujo a otros a prisión y hasta la muerte. Ellos fueron parte de un entramado criminal del que aun, tal vez, puedan redimirse si son capaces de hurgar en los más profundo de su alma y encontrar el decoro que perdieron al servir una tiranía.

Valoración y propuestas sobre la dinámica desatada por el Movimiento San Isidro

Movimiento San Isidro protestas Tomado de Facebook Anamely Ramos González

A raíz de la dinámica desatada por el movimiento San Isidro y el apoyo espontáneo de centenares de cultivadores de las diferentes manifestaciones del arte alternativo frente al Ministerio de Cultura, se abre la interrogante. ¿El Viceministro de cultura, Fernando Rojas, actuó como parte de un segmento reformista que habita dentro de las esferas del poder, o, por el contrario, recibió órdenes de “dialogar” con una representación de los manifestantes en aras de ganar tiempo, desmovilizar a los congregados y finalmente desmantelar la protesta? Cabe la posibilidad de una variante mixta: inicialmente reaccionaron los reformistas y después se impuso el segmento más recalcitrante.

De cualquier manera, aquí se impone analizar qué deben hacer las fuerzas vivas prodemocráticas para avanzar en la consecución de esos objetivos. A la luz de otras experiencias ha quedado claro que la espontaneidad posee algunas ventajas, pero por sí sola no puede desatar una dinámica de cambios que culminen en la superación del totalitarismo. En otras palabras, se necesita apropiarse de un pensamiento estratégico-táctico que tenga previsto, entre otras cuestiones, qué hacer en el corto, mediano y largo plazo.

En regímenes de fuerza, que transiten por las postrimerías, como el que padecemos los cubanos, suele producirse un parteaguas: entre los blandos y los duros, o dicho,en otros términos, entre los que esperan procurarse un lugar en la posdictadura, casi siempre compuesto por jóvenes, y los más recalcitrantes, que apuestan por la conservación del status quo a cualquier precio. Los reformistas del establishment, gústele o no a algunos opositores, son una variable importante de la ecuación democrática cubana, a los cuales les debemos tender puentes.

De cualquier manera, la torpeza e intolerancia del castrismo desató una sinergia que agolpó centenares de nuevos activistas el 27 de noviembre, que más allá de la actitud del régimen, deben insistir en sus demandas: la libertad de Denis Solís, la libertad de creación artística, de prensa y de reunión, el acceder a los espacios establecidos, entre otros.

A juzgar por la avalancha represiva que se ha desatado, consistente en descalificar, presentar a la prensa estereotipos que ubican a todos los discrepantes en las antípodas del activista consecuente, arrestos domiciliarios o en estaciones de policía, cercos policíacos a los lugares de reunión y demás, mantendrá el atrincheramiento de siempre.

Dentro de la buena cosecha obtenida, está el apoyo recibido de parte de prestigiosas figuras de la cultura cubana de dentro y de la diáspora, de reputadas instituciones internacionales, de gobiernos extranjeros y de una buena parte del pueblo, que percibió para su satisfacción que algo bueno está en marcha. En la etapa de lucha sustentada, en mayor o menor medida, en una agenda de derechos humanos, se transitó del activismo al artivismo, pasando por la utilización de INTERNET como herramienta fundamental, claro que no todos forman parte de lo segundo, aunque son los protagonistas fundamentales de esta epopeya.

Considero: el gran retoque tienen las fuerzas vivas prodemocráticas es, lograr que lo sucedido el 27 de noviembre se expanda en círculos concéntricos a todo el universo de la sociedad civil autónoma; apropiarse de un capital simbólico ajustado a los mandatos culturales de la actualidad; proporcionar unas reglas mínimas para tomar decisiones y elegir a los representantes que vayan haciendo falta; reconsiderar, si así se acordase, qué tipos de influencias y presiones utilizar contra el oponente; lograr una forma más eficaz para comunicarse: con la sociedad, el universo de los activistas/artivistas, las instituciones internacionales y las oficiales, con la máxima de que se deben agotar primero las instancias nacionales; apropiarse de una metodología de lucha de probada eficacia y una filosofía vencedora, entre otras.

La peligrosa chispa del Movimiento San Isidro

Integrantes del Movimiento San Isidro se enfrentan a las autoridades con poesía. (Facebook/San Isidro)

'Los sin techo pueden organizar un movimiento okupa para ingresar a locales vacíos; los campesinos pueden producir solo para su autoconsumo si el Estado se niega a sus demandas; los emigrados pueden retener una parte de sus remesas.'

Con lecturas de poemas como novedoso método de protesta por el encarcelamiento de uno de los suyos, el Movimiento San Isidro (MSI), un grupo heterogéneo de jóvenes poco conocido hasta ahora, ha asestado un duro golpe al Estado totalitario cubano cuyo principal pilar de sustento es el derrotismo ciudadano.

La elite de poder calculó mal sus posibilidades. Creyeron haber controlado la situación en el recinto de Damas 955 del barrio San Isidro. Supusieron haber liquidado la situación manteniendo a Denis Solís en prisión, mientras que Luis Manuel Otero Alcántara y Maikel Osorbo —todavía en huelga de hambre— y las tres mujeres más destacadas del grupo, Omara Ruiz, Anamely Ramos e Iliana Hernández quedaban bajo control policial.

Cuando todo parecía haber concluido, fue entonces que primero 50 personas y luego una suma de alrededor de 300, en su mayoría jóvenes artistas, se congregaron espontáneamente frente al Ministerio de Cultura. Eran portadores de un manifiesto que se solidarizaba con los integrantes del Movimiento San Isidro. Apuntaban a reclamos gremiales sobre la libertad de creación artística, pero también reclamaban libertades ciudadanas de expresión y pensamiento que son la negación de un régimen totalitario. El manifiesto era una suerte de declaración de independencia ciudadana del Estado totalitario cubano. Iba contra el apotegma fidelista "dentro de la revolución todo". Visto del modo que se quiera, el MSI se anotó una importante victoria como galvanizador de la conciencia nacional.

Los sistemas de partido único pueden coexistir con el mercado, pero no con las libertades políticas y civiles.

La Seguridad del Estado creó un perímetro alrededor de la protesta para impedir el paso a nuevos manifestantes y llegó a emplear —algo novedoso en Cuba— gases lacrimógenos a ese fin. También concentró fuerzas policiales y paramilitares en las cercanías para lanzarlos contra los manifestantes cuando se diese la orden. Pero esta vez ya algunos miembros de la prensa extranjera estaban presentes y no pudieron segregarlos a palos, como ya habían hecho poco antes en una protesta en el Parque Central.

Entran en juego los operadores políticos del Estado represivo

Con esa limitación mediática sobre el uso de la fuerza, el peso de la gestión para manejar el conflicto recayó en el brazo político del Estado totalitario: esta vez, el viceministro de Cultura y un reducido grupo de operativos políticos. Pero el MSI y la manifestación frente al Ministerio de Cultura ya habían saltado a la primera plana de los principales medios y agencias de prensa internacionales.

La misión encargada por el poder militar a esos burócratas fue apaciguar a los manifestantes sin alcanzar compromisos y así lograr —como quien desactiva una bomba— que se disolviera la multitud y regresaran a casa, al menos por una semana.

Ese plazo le permitiría al G2 actualizar sus perfiles para dedicarse a dividir grupos y personalidades, mediante el empleo de su arsenal de medidas activas, para echar a pelear a unos contra otros, además de llevar a todos esos disidentes ante "el otro paredón" del asesinato público de su reputación.

El brazo político del aparato represivo, en este caso operado por la burocracia cultural, ya se apresta a poner en marcha un dispositivo disuasivo de mediano plazo: encaminar el proceso en conversaciones que no constituyan genuinos diálogos ni negociaciones para que no lleguen a desembocar en algo productivo. Conversaciones sin terceros independientes que puedan actuar de mediadores, en recintos oficiales y con un representante del Estado controlando los micrófonos y la lista de oradores. Conversaciones sin transparencia ni grabaciones o actas, en que los anuncios públicos, si los hubiese, son dados por el Estado. Conversaciones bajo la dominación y hegemonía del Estado opresor.

Esa estrategia les ha resultado exitosa en ocasiones anteriores. Pero, ¿podrán serlo en las actuales circunstancias? ¿Serían aceptables esas condiciones para los representantes del "Estado llano" en la Cuba de 2020?

El modo en que terminó la jornada de protesta multitudinaria frente al Ministerio de Cultura indicaría que el régimen logró sacar algún partido inicial. En ello probablemente pesó la espontaneidad y rapidez de los acontecimientos, así como la ausencia de un liderazgo colectivo en el grupo de personas que se sentaron con los operarios políticos del Estado policial.

Cruzar el umbral de la verja ministerial sin adecuada preparación facilitó que el Gobierno alcanzara su objetivo inmediato: ganar tiempo. También logró disolver a los manifestantes sin usar la fuerza, y obtuvo un plazo de preparación para enfrentarlos en mejores condiciones.

Sin duda habría sido aconsejable establecer precondiciones que, por obvias y razonables, hubiesen puesto en desventaja a sus potenciales interlocutores frente a la opinión pública. Era el momento de mayor debilidad del Estado para reclamar la liberación de Denis Solís, el levantamiento del control policial sobre los miembros del MSI y el cese de la ocupación policial del domicilio de Otero que sirve de sede al Movimiento. No se trataba de alguna cosa que no pudiera satisfacer de inmediato o que resultase extraordinaria. Todo el conflicto se había iniciado con la detención arbitraria y sanción sumaria de Denis. Y la opinión pública habría comprendido que no es posible iniciar ningún intercambio serio con aquellos que se resisten a liberar rehenes en estado de precaria salud. Era la señal de buena fe que tenían que haber aportado los operarios políticos del Estado policial.

"El juego no se ha acabado hasta que termina"

Pero lo ocurrido no es definitivo. Por lo que utilizar la descalificación prematura de los jugadores, en lugar de criticar jugadas cuestionables, quizás no sea lo más útil en este momento. Las inevitables improvisaciones, discrepancias y errores que se dan en estos procesos, sean superficiales o de fondo, son manejables. Y como decía un famoso receptor de Grandes Ligas: "el juego no se ha acabado hasta que termina".

Lo más importante de lo ocurrido en la noche del sábado no fueron los eventuales errores que alguien pudiera señalar —con más o menos razón— a algún interlocutor, sino el nacimiento de algo de mucha mayor magnitud que marca un antes y después en la actual coyuntura. Algo más trascendental que el propio MSI y el gremio de creadores en su conjunto.

La resignación y desconexión que alimentan la apatía cívica han sido sacudidas. Y la noticia de ese insólito hecho, en un país donde se supone que todo está bajo control, trascendió mucho más allá del muro del malecón habanero. Nada será igual después de esta jornada. La apatía, principal pilar del régimen, ha sido perforada.

El Movimiento San Isidro, usando como medio de protesta la lectura pública de poemas, y su disposición a morir ha obligado al Estado cubano a mostrar su naturaleza represora ante el mundo. Mala cosa para la elite de poder en este momento. El contexto no puede serle más adverso. Hay una vasta pradera seca esperando una chispa que la incendie.

Inepta, la elite de poder espera que la Administración Biden y la Unión Europea vayan a su rescate ante el vacío de subsidios que ahora padecen por la crisis venezolana. Necesitan, una vez más, maquillar el sistema totalitario para facilitar la obtención de créditos —que no pagarán— con los que financiar la represión en medio de la más grave crisis del país desde la década de los 90.

Medidas aisladas como la supuesta privatización de restaurantes estatales pueden fabricar titulares de prensa, pero no les van a lavar la cara. Mucho menos si la población sacude su docilidad en medio de esta crisis.

La insumisión que la chispa del MSI ha inspirado en el sector creativo puede extenderse a otros grupos de población: los sin techo pueden organizar un movimiento okupa como el de otros países para ingresar a locales vacíos; los campesinos pueden producir solo para su autoconsumo si el Estado se niega a las demandas de su propuesta "Sin Campo no hay País"; los emigrados pueden retener una parte de sus remesas hasta que el Gobierno acepte la plenitud de sus derechos nacionales y las entregue directamente en dólares a sus familiares, y así sucesivamente.

La demanda más subversiva del MSI en medio de su huelga de hambre fue la de que cerraran las tiendas en dólares. Esa exigencia corrió como pólvora en las largas colas para comprar comida de gente que no tienen internet, pero a quienes les llegó, boca a boca, que alguien estaba dispuesto a inmolarse por ellos. La situación se le puede complicar muchísimo más a un Gobierno que no acaba de entender que está en territorio nuevo donde sus viejas tretas pueden ser un bumerán.

Como diría Yogi Berra: "Este juego se acaba cuando termine".

Cargar más

XS
SM
MD
LG