Enlaces de accesibilidad

Opiniones

La quiebra de las familias cubanas

Grupos de cubanos marcharon al exilio en los Vuelos de la Libertad

Han pasado sesenta años. Fulgencio Batista murió en 1973. Fidel Castro se fue en noviembre de 2016. Raúl Castro, quien tomó su sucesión en 2006, abandona el poder a una edad venerable: ochenta y seis años. La revolución cubana se va apagando por falta de combatientes. El periodo prerrevolucionario, por su parte, desapareció de la memoria. O fue deformado, simplificado hasta el extremo, sepultado bajo montones de calumnias y de improperios. El régimen instaurado por Batista el 10 de marzo de 1952 no había sido un modelo de democracia, al contrario de lo que él mismo proclamaba, pero tampoco un sistema totalitario destinadoa orientar todos los pormenores del modo de vivir y de pensar de sus conciudadanos. No fue la encarnación del Mal. El Bien se debía de ser revolucionario. Pero, con el tiempo, los guillotinados enterrados en el cementerio de Picpus en París durante la revolución francesa acabaron por tener razón contra Robespierre, los Romanov fueron rehabilitados a pesar de su asesinato por Lenin, los zeks del Gulag y Solzhenitsyn le sobrevivieron a Stalin, los intelectuales enviados al Laogai echaron abajo de la revolución cultural china, los boat people vietnamitas se volvieron los acusadores permanentes de Ho Chi Minh, los sacrificados del S21 hicieron un monstruo de Pol Pot y de sus Jemeres Rojos, los sindicalistas polacos de Solidarnosc sepultaron a Jaruzelski, Vaclav Havel relegó en el olvido la entrada de los tanques soviéticos en Praga y la “normalización”. Algún día, los balseros y los disidentes destruirán también los mitos creados alrededor de Fidel Castro y de Che Guevara. En el exilio, no en la isla donde cualquier investigación o voz discordante se ve reducida al silencio, sus relatos permiten reconstruir desde ahora otra historia. La de “Bobby” Batista es una de esas voces, que se revela fundamental por tratarse de uno de los protagonistas directos de la tragedia cubana, aunque fuera todavía un niño, en medio del ciclón. No es la única: otros niños y adolescentes vivieron dramas destructores, a veces mortales. Sus palabras son la antítesis de la ficción “romántica” de esa revolución predadora.

Todos los cubanos, sin excepción, fueron proyectados en una aventura a la que no estaban preparados para nada. El país entraba, para desgracia suya, en la historia universal, cuando antes, era sólo una isla en medio del océano, alejada de las miradas y de la opinión mundial. La indiferencia del mundo favorecía cierto desarrollo y una paz relativa. Con la llegada al poder del castrismo, en plena guerra fría, ya no quedó lugar para la despreocupación. Los conflictos políticos se apoderaron de todos y de cada uno de sus habitantes. Todas las familias cubanas conocieron una profunda quiebra, a veces en su interior, a menudo al ser condenadas al exilio en su totalidad. Fue lo que ocurrió con la mía.

El colegio intervenido

En mi propia familia, hay sentimientos encontrados. Mi hermano David era adolescente cuando yo sólo era un niño. Mucho más tarde, en Francia, ejerció de oncólogo. Atendió a innumerables pacientes, entre ellos a cubanos de cualquier edad y opinión, ya fueran partidarios del régimen castristas o exiliados, sin, por supuesto, la más mínima diferencia de trato en el intento de curar su cáncer. Después de décadas de exilio en París, me cuenta, volviendo sobre ese periodo: “Yo estaba choqueado por esas fotos obscenas de cadáveres que salían en la prensa, sobre todo enBohemia. Veía la imagen de aquel hombre ejecutado cuya cabeza aparecía en primer plano, con el tiro en la sien y los ojos desorbitados. Pero se hablaba de los “veinte mil muertos” de Batista, de matanzas comparables a las de la Segunda guerra mundial. Habían pasado apenas quince años desde entonces. Nuestros padres, simpatizantes comunistas, apoyaron a Fidel Castro al principio. El país cambiaba a gran velocidad, prometiéndole una luz de esperanza a la población y también a ellos, que habían huido del nazismo. Sus sentimientos eran contradictorios. Nuestro padre era funcionario en el ministerio de Industrias. Pero rápidamente tuvimos que enfrentar un sentimiento de temor difuso, que se apoderaba de todo el mundo, incluyéndonos a nosotros. Y mucha gente en nuestro entorno, hasta entre los que se consideraban como revolucionarios, se iba yendo del país.”

Durante la ceremonia fúnebre, celebrada en 2017 en el crematorio del cementerio del Père Lachaise, de uno de nuestros amigos de infancia, Bigelman, exiliado al igual que nosotros, quien desgraciadamente llegó a ser uno de sus pacientes, mi hermano resumió así nuestra partida de la isla: “Vivimos allí bajo su cielo azul hasta que el cielo se volvió de plomo.” Esas palabras son parecidas a las de “Cuando salí de Cuba”, el himno nostálgico común a todos los cubanos del exilio.

Recuerdo que, durante mi niñez, jugué con imágenes de los guerrilleros triunfantes, que habían sustituido las de nuestros jugadores de pelota, de base-ball, favoritos. Pero lo que más me marcó fue el trastorno que se produjo en nuestra escuela, un colegio privado situado en la estación balnearia de Guanabo, al este de La Habana. Mi hermano, quien vivió los acontecimientos de forma más consciente, se los rememora con dolor: “Llegaron unos milicianos para tomar el control del colegio Newton. Su director, Joaquín Clavería, estaba frente a los interventores que le habían dado la orden de abandonar el lugar. Su hija iba y venía con pasos rápidos, girando alrededor de él, como para protegerlo. Nos dijeron que nos podíamos ir si no estábamos de acuerdo con la intervención. Me quedé. Hoy día, me arrepiento de eso.”

Joaquín Clavería, el director destituido, tomó por supuesto el camino del exilio, donde falleció en 2003. Antes de morir, había escrito un libro contra el comunismo,[1] recordando la construcción y el desarrollo de su obra, su colegio, que también era el nuestro. A mí se me quedó grabada una terrible escena: la de una maestra a quien los alumnos insultaron e humillaron porque había decidido abandonar el país. Salió del aula llorando. Al día siguiente, un joven ya la estaba sustituyendo, pero se contentaba con sonreír, sin pronunciar palabra. Había sido enviado al frente pero no estaba formado para ello ni para dar clases siquiera.

La mayor parte de los niños que habían “repudiado” a la maestra fueron abandonando la isla más tarde, poco a poco. Leí en un libro, escrito por un periodista canadiense que se oculta bajo un pseudónimo porque no quiere ser identificado por las autoridades castristas, que podrían prohibirle volver a Cuba (¿le resultaría tan grave, por cierto?), que el 90% de la población de Guanabo salió hacia el extranjero.[2] En ese porcentaje hay que incluir a mi familia, la que, sin embargo, había apoyado la revolución, con una mezcla de entusiasmo y de miedo. Lo dejamos todo, incluso nuestro apartamento, que desde entonces estuvo ocupado por un oficial de la Seguridad del Estado, la policía política, con su esposa y sus hijos, como premio sin duda a sus actos de represión y de chivateo, una práctica generalizada en la isla. El castrismo se construyó no sólo por oposición a Batista, sino también deshaciéndose de parte importante de su población, millones de cubanos exiliados para siempre.

Niños destrozados, asesinados o adoctrinados

Las experiencias del exilio cubano son múltiples pero hay una particularmente dolorosa: la de los “Pedro Pan”, más de catorce mil niños enviados solos por sus padres, entre diciembre de 1960 y diciembre de 1962, a Estados Unidos en vuelos de la compañía Pan Am, por miedo al adoctrinamiento comunista, cada vez más evidente a medida que las escuelas católicas y privadas iban siendo intervenidas. La expropiación del colegio Newton empujó a los padres de José Manuel Linde, uno de mis condiscípulos, a mandarlo a la Florida. Fue también el caso, entre mis amistades, de la narradora Nilda Cepero, cuyo abuelo se suicidó al enterarse del proyecto de separación definitiva con su nieta, o de Olga Nodarse, esposa de Raúl Eduardo Chao, quien se dedica hoy día a recuperar la historia prohibida, la de la Cuba de antes de la revolución. En los Estados Unidos, los “pedropanes” eran acogidos por familiares suyos, si tenían alguno, pero la mayor parte de las veces eran alojados en instituciones católicas o en orfanatos. A menudo pasaron años separados de sus genitores, que sólo pudieron reunirse con ellos mucho más tarde, en función de la buena voluntad, siempre arbitraria, de la administración castrista, o no los volvieron a ver nunca más. ¿De quién fue la culpa? La propaganda revolucionaria pretende hacer creer que esas salidas estaban motivadas por los rumores que afirmaban que se les iba a retirar la patria potestad en provecho del Estado, lo que no se cumplió. Los niños y adolescentes, no obstante, fueron enviados a la “escuela al campo”, donde perdieron el contacto durante largos meses con sus familiares y fueron sometidos a un verdadero lavado de cerebro. En otros tiempos, la desesperación de esas familias era inimaginable. Nadie pensaba, bajo las anteriores dictaduras, inculcarles a los jóvenes cubanos ningún tipo de ideología. Todas las soluciones eran -y son- válidas para escapar, sobre todo la huida, arriesgando su vida.

Numerosos niños murieron -unos veinte sobre treinta y siete víctimas- con sus padres, cuando éstos intentaron llevarlos con ellos en su fuga, para salir de la miseria y, sobre todo quizás, del adoctrinamiento. Fue lo que ocurrió el 13 de julio de 1994, cuando el remolcador 13 de marzo, que llevaba a bordo a decenas de fugitivos, fue perseguido, después de haber logrado salir clandestinamente de la bahía de La Habana, por otros remolcadores, manejados por pilotos progubernamentales, que dieron vueltas alrededor del barco en fuga y enviaron al mar, a golpes de chorros de agua, a esa pobre gente que imploraba compasión. Todo eso ante los ojos de parte de la población habanera que, desde el Malecón, podía ver el horror de lo que ocurría. En Miami, en 2006, tuve la oportunidad de encontrarme con uno de los sobrevivientes, Sergio Perodín, quien perdió durante el ataque a su hijo de once años, Yaser, y a su esposa, Pilar. Me contó, a sabiendas de que, a pesar de todas las gestiones emprendidas por los que lograron escapar a la muerte, que será difícil de que haya justicia: “Tiene que haber justicia. Otra de las grandes barbaries del gobierno cubano es que ellos nos asesinaron a nuestras familias y después nos secuestraron los cadáveres. A nosotros nunca nos han entregado los cadáveres de nuestros familiares.” Recogí también el testimonio de Jorge Antonio García Mas, quien no embarcó en el remolcador porque prefirió dejarle su lugar a otros más jóvenes. Se arrepintió. En el ataque perdió, en efecto, a catorce miembros de su familia. Mientras iba recordando sus nombres uno a uno, tuvo que parar, con un nudo en la garganta. Él también reclama una justicia que no vendrá, al menos a corto plazo: “Y aunque no albergo sentimiento de venganza ninguno, sí pienso que tiene que hacerse justicia. Yo no soy Dios para perdonar.”[3]

Fidel Castro no reconoció, naturalmente, su responsabilidad por esos crímenes. Al contrario: para él, los culpables de su terrible suerte eran los mismos fugitivos.

Demostró nuevamente un cinismo a toda prueba en el momento del “caso Elián”, el “niño balsero”, cuya madre, Elizabeth Brotons, y padrastro se ahogaron en 1999, al intentar alcanzar, con cerca de otras veinte personas, las costas de la Florida a bordo de una embarcación de fortuna que acabó por hundirse. El niño fue milagrosamente salvado de las aguas por unos pescadores. Fue albergado por exiliados miembros de su familia paterna. Pero, a través de su padre, Juan Miguel González, que se había quedado en Cuba, simple marioneta entre sus manos, el Comandante en jefe movilizó a toda la nación contra el exilio de Miami, haciendo de la recuperación del niño una gran causa revolucionaria. La administración americana de Bill Clinton , por intermedio de la attorney general Janet Reno, cedió a la reivindicación del padre (¿Juan Miguel o Fidel?) y sacó, en una violenta operación de tipo militar, en abril de 2000, al niño del domicilio de los familiares que lo habían adoptado. Desde que volvió a Cuba, Elián sólo aparece en público para cantar las virtudes del ilustre difunto. Visiblemente traumatizado, se olvidó de que su madre había entregado su vida para ofrecerle la libertad.

Todos nosotros hubiéramos podido conocer la suerte de uno u otro de aquellos niños. Sin embargo, por obra del exilio, que no es solamente una desgracia, pudimos disfrutar la libertad, alejados del odio propagado por el castrismo, que nos trata de “gusanos”, a los que hay que aplastar por todos los medios. Y podemos hablar sin tabú, analizando sin ojeras ideológicas, a pesar de nuestras diferencias, la historia de Cuba.

  1. [1] Joaquín Clavería: Las terribles consecuencias del Manifiesto comunista. Miami, Ediciones Universal, 2003.
  2. [2] Ludo Mendès: Cuba no. La parole aux oubliés. París, Ring, 2013, pp. 48-50.
  3. [3] Testimonios recogidos por Jacobo Machover: El libro negro del castrismo. Miami, Ediciones Universal, 2009, pp. 161-173.

[Reproducimos el epílogo de "Los últimos días de Batista" por cortesía de su autor Jacobo Machover]

Vea todas las noticias de hoy

20 de Mayo y refundación Castrochavista

El mandatario de Cuba, Miguel Díaz-Canel Bermúdez a su llegada a la segunda toma de posesión de Nicolás Maduro al frente de Venezuela el 10 de enero de 2019. (AFP).

Los cubanos de las tres últimas generaciones tienen muy poco respeto y conocimientos por la historia republicana, porque desde el primero de enero de 1959 se inició una campaña de descrédito contra la República con el objetivo de recrear un pasado del cual todos los insulares se sintieran avergonzados.

Esa gestión fue parte esencial del proyecto castrista de refundación nacional. Era imprescindible presentar un país sin valores ni progresos, tampoco soberanía, para justificar un proyecto contrario al sentir nacional que hiciera posible violentar hasta la raíz las normas y costumbres de la nación.

Lo primero fue restarle trascendencia a las fiestas patrias y relevancia a los patricios de las gestas independentistas. Hubo esfuerzos por cambiar símbolos nacionales como la bandera, pero no avanzaron en ese proyecto. La historia republicana fue editada en su totalidad, solo aquellas figuras y acontecimientos que tenían algún vínculo con el nuevo régimen fueron respetados y magnificada su importancia.

Las costumbres fueron alteradas o suprimidas como ocurrió con la Semana Santa y las festividades religiosas de fin de año. El nuevo país partía de cero y su advenimiento se celebra el 26 de Julio y no el 20 de Mayo. Hasta el vestir fue censurado y la urbanidad ciudadana un rezago burgués.

La nomenclatura castrista entendió que si no se mostraba un pasado vergonzoso en el que la miseria moral y material estaba generalizada, donde la discriminación, violencia y abusos eran las normas, más una clase dirigente solo interesada en su beneficio propio y al servicio de una nación extranjera, Estados Unidos, maniobra que convertía a ese país de un solo golpe en el enemigo histórico de Cuba, no solo de la Revolución, no sería posible conseguir obreros y capataces que trabajaran para construir el edén que los Castro prometían.

El odio, el sectarismo, la discriminación de todo tipo junto a la destrucción de los patrones de conducta ciudadanos, fueron las recetas que usó el nuevo régimen, siempre aderezada con una fuerte poción de miedo, para exterminar a la Cuba que conocíamos y empezar a construir la de los Castro.

En realidad no fueron Hugo Chávez y sus compañeros de viaje, Evo Morales, Daniel Ortega y Rafael Correa los pioneros en manejar con acierto la estrategia de demonizar el pasado, avergonzar a los connacionales al descubrirle una república execrable y formular pautas que condujeran a legitimar las acciones del gobierno, por medio de otra constitución que instituyera nuevos poderes públicos con funcionarios leales al país supuestamente recién fundado.

Las propuestas chavistas de una constitución originaria y poderes originarios era el fundamento de su plan. Estaban reinventando el país, generando espacios para moldear a su antojo las nuevas instituciones, tal y como si el pasado no hubiera existido.

Paradójicamente en Cuba el término originario no tenía relevancia porque el nuevo régimen no era producto de elecciones, sino consecuencia de una rebelión armada que sustituyó un gobierno militar por otro, que a su vez derivó en una cruenta dictadura que estableció un régimen totalitario.

La implementación de las nuevas normas e instituciones se produjeron muchos años después porque en la Isla la violencia fue fuente de derecho, parafraseando una inexplicable resolución de la Corte Suprema de Justicia de Cuba en la madrugada del primero de enero de 1959.

En Venezuela, Bolivia, Nicaragua y Ecuador los déspotas llegaron al poder por elecciones, lo que demostraba que a pesar de las lacras que denunciaban esos países por vivir en democracia eran perfectibles, había espacios para mejoras y cambios que no tenían que ser precisamente los que ellos prometían. El propio dictador Hugo Chávez dijo que juraba ante una constitución moribunda, un rotundo desmentido a todas las acusaciones que proferían.

El proyecto cubano estaba orientado a crear una nueva historia, un pasado que avergonzara a la ciudadanía, en particular a las nuevas generaciones y en base a ese inventario educar a la medida y conveniencia de la casta del 26 de Julio.

Es cierto que los primeros 31 años la soberanía de Cuba estuvo limitada por un apéndice constitucional impuesto por Estados Unidos, pero a partir de su derogación, en lo que se pudiera llamar la Segunda República, el país asumió todas sus prerrogativas hasta la conversión de la isla en una satrapía soviética, 1959, por conveniencia de los hermanos Fidel y Raúl Castro y los sicarios que les han servido por décadas.

NOTA DEL EDITOR: Esta opinión del autor es de su exclusiva responsabilidad y no representa los puntos de vista de Radio Televisión Martí.​

El fracaso de las conversaciones Maduro-Guaidó en Oslo

Juan Guaidó, presidente interino de Venezuela, sube a una tarima improvisada para hablarle al público en Caracas el 1ro de mayo de 2019. (AFP).

La falta de continuidad en los contactos primarios que representantes de Maduro y de Guaidó sostuvieron en Oslo, tiene su explicación en factores ajenos a ambos líderes. Guaidó había recibido seguridades desde La Habana de poder lograr sus objetivos: eliminar a Maduro (Sic), nombrar un gobierno de transición y organizar elecciones limpias. El llamado “Grupo de Contacto” -que propició el encuentro- tomó como base la oferta de Trump a Cuba para retirar sus hombres de Venezuela a cambio de una “nueva apertura”, lo cual animó a los cubanos para eliminar a Maduro, dejando a Padrino al frente del ejército y a Cabello al frente del partido.

En estos planes se garantizarían los objetivos de Guaidó, pero el chavismo quedaría intacto y los intereses cubanos podrían encaminarse adecuadamente, además de resolver sus graves problemas internos con la ayuda de la prometida “apertura de Trump”. En estos planes había dos perjudicados: Por un lado Nicolás Maduro, que sería sacrificado por La Habana; por otro lado, la oposición política cubana de Miami, que vio con muy malos ojos la oferta de Trump para una nueva apertura con la dictadura castrista. Era como sacrificar a Cuba por Venezuela.

Pero el exilio cubano hizo valer la fuerza que actualmente tiene ante la administración Trump, descarrilando los planes de la “nueva apertura” prometida. La isla rápidamente había aceptado sin chistar, promoviendo los contactos en Oslo. Donad Trump sacó sus números de inmediato. No era negocio ganar la voluntad de los venezolanos a costa de perder la de los cubanos en la Florida. En las pasadas elecciones, Trump ganó el estado de la Florida por el voto cubano, porque los cubanos que votaron por Trump fue mayor que la diferencia de votos entre el candidato republicano y la candidata demócrata. Si se “abría a Cuba”, perdería la Florida.

Analizando el panorama que se presentaba, Nicolás Maduro por su parte envió su canciller a La Habana con vistas a recibir seguridades y garantías de apoyo de parte de Raúl Castro. Este, al ver frustrados sus planes de medio plazo en Venezuela, incentivaron al dictador venezolano a “elevar la parada” contra Guaidó, amenazando con adelantar las elecciones legislativas que eliminaría la Asamblea Nacional, tratando así de retomar la iniciativa perdida.

El presidente norteamericano por su parte, aclaró su posición de manera tajante y definitiva el pasado 20 de Mayo, día que se conmemoró un aniversario más de la creación de la República de Cuba, con un mensaje inequívoco de apoyo a la futura incorporación de la isla al concierto de naciones libres, democráticas e independientes, con la ayuda y el apoyo de EE.UUU.

Así las cosas, fracasada la negociación con los altos mandos chavistas por un lado y las conversaciones de Oslo por otro, sólo queda la opción de aplastar el chavismo de raíz, sea por una revuelta interna, o por una intervención militar de la coalición democrática latinoamericana que se opone al chavismo, con respaldo de la OEA y los militares venezolanos exiliados.

Consulte otros artículos de Jorge Hernández en Cubalibredigital.

NOTA DEL EDITOR: Esta opinión del autor es de su exclusiva responsabilidad y no representa los puntos de vista de Radio Televisión Martí.​

¿Qué opción falta sobre la mesa?

El mandatario de Venezuela, Nicolás Maduro, habla al público durante un mitin en Caracas, el 20 de mayo de 2019. (Reuters).

Frederick Hulse, profesor de Antropología Física (Arizona, 1963), gustaba de ilustrar con anécdotas el método científico. A todos nos gustan las soluciones ingeniosas, advertía, pero su elegancia sola no las hace creíbles. Se cuenta que un hombre cuya tribu jamás había oído hablar del alcohol observó en su país el comportamiento de algunos europeos. Algunos bebían whisky y soda; otros, aguardiente y soda; y otros, hasta ginebra y soda. Cualquier cosa que bebieran mezclada con soda los emborrachaba. El hombre dedujo, con toda lógica, que beber soda emborrachaba.

Era la explicación más sencilla; pero las cosas pueden ser más complicadas de lo que parecen. En el caso de Venezuela, por ejemplo, uno podría deducir con toda lógica, que Fidel Castro y Hugo Chávez son los únicos esponsables por el desquiciado experimento político que ha hundido a ese país en la desesperación, o interpretar el caos social incrementado por el sucesor de Chávez, Nicolás Maduro, como un fenómeno cíclico provocado por la desigualdad social e inestabilidad política en la región. Desde luego que es necesario tomar en cuenta el papel que jugaron o juegan estos sujetos en el descalabro del país, pero no suficiente para evitar que se nos escape la clave menos visible del problema: la mezcla con el alcohol.

Así entendido, me parece suficiente sugerir que el desorden ya citado se revela como consecuencia o residuo de la conquista española, no germen o principio de las guerras de independencia, el caudillismo o el sinuoso proceso republicano de Hispanoamérica. Se trata, a mi juicio de un mal crónico en la formación de la sociedad peninsular heredado por sus descendientes en el Nuevo Mundo. Absolutismo político, dogmatismo religioso, anarquía colectiva, militarismo, economía vulnerable y volátil, ahogan los esporádicos brotes democráticos. La democracia no acaba de echar raíces en Hispanoamérica y el precedente histórico no ofrece pruebas de lo contrario.

Una cronología mínima del proceso que refiero podría elaborarse a partir del Congreso Anfictiónico de Panamá, convocado por Simón Bolívar en 1826 para sentar las bases definitivas de la Gran Colombia, la Patria Grande. Numerosos recuentos históricos suscriben, con diversos matices, que ahí se malogró el embrión de una comunidad federal perfectible. Como ha ocurrido tantas veces a lo largo de la historia, el padre de la independencia o salvador de la patria no logra adoptar más tarde el papel de líder cívico. Algunos, muy pocos por cierto, son modelos de virtud ciudadana. Lucio Quincio Cincinato en Roma; George Washington en Estados Unidos; Máximo Gómez en Cuba; José de San Martín en Argentina. Bolívar, sin embargo, sucumbe al embrujo del poder, como César y Napoleón.

Pedro Juan Navarro (Colombia, 1936), se refiere a Bolívar como un hombre valiente, sabio y profundo, pero seducido por el sueño de una dictadura imperial, tendencia que siembra la desconfianza y lleva al fracaso del Congreso de Panamá. Perú rechaza la Constitución boliviana; Bolivia, que había adoptado el nombre de Bolívar, la rechaza también. José Antonio Páez, jefe militar de Venezuela, cierra filas con la oposición. Ahí se inicia su camino hacia la muerte. Navarro observa que a pesar de sus declaraciones republicanas Bolívar se refería a la democracia como “Una cosa tan débil que el mayor obstáculo la derrumba y la arruina”. Desconfiaba del proceso democrático porque, “No debe dejarse todo al azar y a la aventura de las elecciones”. Y finalmente creía que, “El gobierno democrático absoluto es tan tiránico como el despotismo”. Teología política que aprovecha el chavismo para invocar a Bolívar como precursor de un régimen absolutista en Venezuela, de la misma manera que en Cuba se invoca a José Martí como autor intelectual del castrismo.

Identidad quebrada con la que tropieza Estados Unidos y el grupo de Lima, negociadores punteros envueltos en unas enmarañadas negociaciones de signo provechoso para Caracas y La Habana. Duchos en prolongar el diálogo hasta consolidar su propósito, negociar una solución convencional de cambio pacífico de

gobierno con un adversario al margen de la ley pone de entrada en desventaja al que acata la voluntad del pueblo. Formados para reprimir y matar en nombre del Estado, los sicarios del Partido sortean las presiones políticas y económicas con drogas o negocios turbios, indiferentes a la escasez de alimentos o medicinas. Persisten, hasta que los americanos se cansan de perder el tiempo ante un daño irreparable, como ocurrió en Cuba.

Por ese camino será cada vez más difícil frenar la expansión cubano-venezolana en Suramérica. He conocido académicos, libros de texto, políticos, simpatizantes de Castro, muertos de risa por el presunto peligro del régimen castrista. La víspera de la invasión de Bahía de Cochinos, el Senador J. William Fulbright llegó a decir que “El régimen de Castro es una espina en la piel, no una daga en el corazón” (Hugh Thomas, 1971). Muchos años después, la analista del Pentágono, Ana Belén Montes, llegaría más lejos al afirmar que Cuba no era un peligro para Estados Unidos. Ladina afirmación de una dama cautiva. Escuálida isla, no era peligro por si sola, pero dejó de serlo cuando los soviéticos instalaron misiles nucleares en su territorio. Esa engañifa está en el manual de operativos que saben como envenenar las aguas o engatusar a un ayatollah iraní, con la misma cuerda que intentaron meter a Nikita Kruschev en un conflicto nuclear con Estados Unidos.

Esto se está pareciendo un poco al hombre cuya tribu confundió la soda con el alcohol. Todas las opciones están sobre la mesa, pero las amenazas parecen cosa de amateurs; guapería coloquial criolla manoteando y amenazando al rival sin entrar a fondo, hasta que cada cual se vaya a casa sin que corra la sangre. Si George F.

Kennan viviera se moriría de vergüenza. Aquí queda poco por hacer. Cometeré el atrevimiento de predecir que las sanciones económicas no inducirán el cambio que algunos desean; el régimen venezolano se consolidará con Maduro u otro operativo designado por Cuba como parte de las negociaciones. Repoblarán Venezuela con una población clonada culturalmente. No puedo predecir que sucederá después, pero la consumación de la Patria Grande de Bolívar incluye Colombia, Bolivia y Ecuador, sinónimo de un poderío petrolero significativo. Toda comunidad humana tiene derecho a crecer, pero no a poner en peligro la seguridad del vecino. Canadá, por ejemplo, no representa un peligro para Estados Unidos, ¿se podrá decir lo mismo de una Gran Colombia inspirada en la revancha de Cuba por le derrota de España en 1898? Si ante un enemigo potencial todas las opciones han de estar sobre la mesa, ¿por qué no han armado a la oposición? Quizá no es buena idea, pero más tarde o más temprano tendrán que apagar el fuego.

I. M. Pei, el arquitecto que perdurará en el tiempo

Ieoh Ming Pei en una foto tomada en 1985 con la maqueta de su proyecto de pirámide en El Louvre.

Las personas peripatéticas como yo siempre tienen lugares que ejercen un encanto para ellas y a los cuales regresan cada vez que pueden.

Uno de esos lugares para mi es el “East Building”, anexo a la Galería Nacional de Arte en Washington D. C. y que constituye su ala este. De ahí su nombre de East Building.

El edificio, inaugurado por el Presidente Jimmy Carter en 1978, está construido con el mismo mármol blanco de Tennessee que se utilizó en 1941 para el edificio principal de la Galería Nacional. Tiene una planta triangular que contiene un gran atrio transparente donde se exhiben una serie de pinturas icónicas y otros trabajos que se hicieron expresamente para este edificio o, mejor dicho, el edificio se hizo en función de alojar las piezas que irían en el mismo.

Un guardia custodia el atrio del East Building of the National Gallery of Art.
Un guardia custodia el atrio del East Building of the National Gallery of Art.

Entre las obras hechas antes que el edificio se encuentra “La familia de saltimbanquis” del período azul de Pablo Picasso y entre las posteriores a la construcción está un tapiz monumental de Joan Miró y la última obra de Alexander Calder, un móvil de 76 pies que cuelga del techo del ático. Otras colecciones permanentes se han añadido a esta galería y exhibiciones temporales se muestran cada año. Pero eso es para otro día.

El arquitecto que diseñó el East Building es Ieoh Ming Pei, conocido en todo el mundo como I. M. Pei, quien acaba de morir en estos días a los 102 años de edad.

Ieoh Ming Pei nació el 26 de abril de 1917 en la ciudad de Cantón, hoy llamada Guangzhou, su padre fue Tsuyee Pei uno de los principales banqueros de China en aquellos tiempos pre comunismo.

Su madre fue flautista, experta en caligrafía, un arte chino que perdura hasta nuestros días. Su artística madre instruyó a su hijo en una educación de las artes unidas, una disciplina que incluyó retiros en monasterios budistas. La madre murió cuando el hijo tenía 13 años pero la huella maternal perduró.

En 1935 Pei vino a EE UU y se matriculó en la Universidad de Pennsylvania para estudiar arquitectura pero pronto llegó a la conclusión que la arquitectura clásica y un tanto arcaica que enseñaban en Penn no era para él y se transfirió al Massachusetts Institute of Technology, M.I.T., donde se graduó con una licenciatura en Arquitectura en 1940.

Pei pensaba entonces regresar a China para ejercer su carrera pero su padre, preocupado por el creciente peligro del movimiento comunista, lo disuadió de volver y Pei decidió entonces matricularse en la escuela de diseño de la Universidad de Harvard. Allí fue alumno de Walter Gropius fundador de Bauhaus y gurú del estilo internacional.

La arquitectura de Pei siempre mostró la influencia de Gropius y de ese estilo que está muy patente en el East Building que reseño aquí.

Cuando estaba en M.I.T., Pei conoció a una estudiante china que había llegado en 1938 para estudiar arte y diseño. Su nombre era Eileen Loo y como Pei, pertenecía a una distinguida familia china. Ambos se casaron cuando ella se graduó en 1942. Eileen comenzó estudios de post grado en Harvard mientras su esposo estudiaba para terminar su carrera de Arquitectura avanzada la cual terminó en 1946.

Cuando la revolución comunista arruinó a su familia y a la sociedad china, el regreso a su país de nacimiento se suspendió y en 1954 adoptó la ciudadanía de EEUU. Después de eso su carrera profesional siguió en ascenso. Había sido profesor de Harvard de 1945 a 1948 y dirigió la empresa Webb & Knapp de 1948 a 1955 antes de abrir su firma, I. M. Pei y Asociados. Su primer trabajo grande fue en Colorado, el Mile High Center en Denver.
El diseño del East Building le trajo a Pei dos de sus más celebrados trabajos, la Biblioteca J. F. Kennedy en honor del Presidente y la pirámide de cristal para la entrada al Louvre en París.

La pirámide de El Louvre.
La pirámide de El Louvre.

La Biblioteca Kennedy la consiguió por decisión de Jackeline Kennedy (más tarde Onassis) a quien le gustó el estilo del joven arquitecto que había nacido el mismo mes que el presidente. Su selección para este trabajo, escogido sobre uno de sus mentores Paul Rudolph así como otros ya famosos como Philip Johnson, Gordon Bunshaft y Louis Kahn, mostraba que lo veían como alguien en el tope de su profesión.

La pirámide del Louvre la obtuvo por la decisión del presidente de Francia François Mitterrand. El proyecto de la una enorme pirámide de vidrio y estructura de acero de 21 metros de altura, desencadenó una avalancha de opiniones a favor y muchas más en contra, algunas de corte definitivamente xenófobas que lo acusaban de profanar un monumento nacional. Al fin la voluntad de Mitterrand se impuso.

Con los años la polémica se esfumó y hoy la pirámide es aceptada, admirada y vista como uno de los grandes logros de Pei y Mitterrand, un símbolo de la nueva París. Por la escalera debajo de esa pirámide descienden ocho millones de visitantes al Louvre cada año.

La extensión del German Historical Museum de Berlín, diseñada por Ieoh Ming Pei.
La extensión del German Historical Museum de Berlín, diseñada por Ieoh Ming Pei.

Los primeros trabajos grandes de Pei los obtuvo del poderoso desarrollador urbano William Zeckendorf, su mecenas durante años.

Sin embargo, Zeckendorf era un constructor comercial y Pei no quería emplear el resto de su vida diseñando condominios, edificios de oficinas y centros comerciales. Decidió buscar otros horizontes y con la bendición de Zeckendorf que lo animó, consiguió la Capilla Luce Memorial en Taiwán y el edificio de M.I.T. de Ciencias de Tierra Verde.

Como parte de un viaje de intercambio cultural del Instituto Americano de Arquitectos, Pei al fin retornó a China en 1974. Estando allí, no titubeó en criticar la arquitectura trivial influenciada por los soviéticos que él vio y ofreció una charla urgiendo a los chinos a regresar a sus propias tradiciones en lugar de seguir esas “tendencias eslavistas de los patrones de Europa del Este”.

Esa crítica no evitó que el gobierno chino invitara de nuevo a Pei, en ese momento el arquitecto más famoso nacido en China (todavía lo es), para que diseñara un grupo de rascacielos para hoteles en el centro de Beijing. Pei no quiso y dijo que esos edificios irían en contra de su entorno. El régimen no se dio por vencido y le ofreció a Pei un terreno fuera de la ciudad. Ahí Pei produjo Fragrant Hill un edificio donde Pei combinó el estilo geométrico internacional con la estructura tradicional China.

Pei recibió muchas comisiones en China pero hizo más edificios en EEUU y en el resto del mundo, en gran parte museos y edificios públicos, ya mencioné algunos. Enumero unos cuantos más: National Center for Atmospheric Research in Boulder, Colorado; Everson Museum of Art en Syracuse y el Des Moines Art Center; Rock & Roll Hall of Fame y Museum en Cleveland, Ohio; John Hancock Tower en Copley Square en Boston; National Airlines terminal en aeropuerto JFK en New York; Newhouse School of Communications en la Universidad de Siracuse; Cleo Rogers Memorial Library en Columbus, Indiana; el Herbert F. Johnson Museum en la Universidad de Cornell; el Christian Science Center en Boston y su último proyecto, el Museo de Arte Islámico en Doha, Catar.

Pei tiene un edificio en Miami, es el singular rascacielos de 47 pisos Centrust Savings Bank, aunque ha cambiado varias veces de nombre. Muchos no lo reconocerán hasta que le digan que es el edificio que se ilumina con los colores de las banderas de distintos países los días de sus fechas patrias. Ese edificio añade a Miami otra obra de arquitectos ganadores del premio Pritzker, entre los que están también obras de Norman Foster, Frei Otto, Zaha Hadid, Frank Gehry y Philip Johnson.

Por cierto, el cliché dice que el Pritzker es el “Nobel de Arquitectura”. Viendo a los ganadores del Nobel en algunas categorías yo creo que esos Nobeles son los Pritzkers de los inmerecidos.

Aparte del Pritzker, Pei ganó el Premio Imperial Japonés, Medallas de Oro del Royal Institute of British Architects y del Instituto Americano de Arquitectos y la Medalla Presidencial de la Libertad de EE UU.

Pei vivió mucho y por mucho tiempo, le preguntaron que si no temía que su obra pasara de moda. Él dijo que no y que lo que más valoraba en una obra de arquitectura es que “perdurará en el paso del tiempo”.

“¿Qué República era aquella?”

De esa manera interpelaba Fidel Castro en los primeros meses del año 1959 -cobijado por la sombra del monumento a José Martí, en aquella plaza que ya había perdido su nombre- a la multitud cautiva por el efecto hipnótico de su verborrea:

“¿Qué República era aquella?”

Hubiera sido fácil responderle que, “aquella”, era la República que él se había cargado sin, al menos personalmente, disparar un tiro, la República imperfecta que le perdonó la vida, condenándolo a sólo dos años de presidio por el asalto al Cuartel Moncada, esa acción terrorista que él organizó, enviando a los asaltantes a una carnicería, no sin antes planificar, muy bien, cómo no arriesgar su personal pellejo. Pero no, las cosas nunca suelen ser tan sencillas.

Aquella República, que naciera el 20 de Mayo de 1902, tras 410 años de colonialismo español, fue gestada en dos cruentas Guerras de Independencia; incubada en los vientres de los campos de concentración creados por el feroz Valeriano Weyler; moldeada con el filo de los machetes de negros descalzos y aristócratas masones, liberales, patriotas, que habían empeñado hasta la cubertería familiar para costear sus sueños de independencia; tatuada con innumerables cicatrices en el cuerpo moreno de Antonio Maceo, el Titán de Bronce, cuya voz proclamaba con orgullo el 15 de marzo de 1878 en Los Mangos de Baraguá, enojado por el indecoroso Pacto del Zanjón, frente al representante de España, General Arsenio Martínez Campos:

“No, no nos entendemos, General.” “¡Muchachos, el 23 se rompe el corojo!!!”

La primera bandera cubana que envolvió a la recién nacida República, ondeó de la manos del General Máximo Gómez, viejísimo y enfermo, a las 12: 08 minutos del 20 de mayo de 1902, frente a una población emocionada.

No queremos cerrar los ojos, ignorar realidades. Como cualquier criatura, la República daba bandazos, tropezaba, caía, volvía a levantarse pero, en 1940 era ya la orgullosa propietaria de la Constitución más avanzada de la época, según expertos.

De 1902 a 1959 tuvo 20 presidentes, entre ellos, al menos dos considerados dictadores; apenas otros dos lograron alcanzar un segundo mandato; tuvimos presidentes de un mes, de tres días y hasta otros dos que apenas sobrevivieron 24 horas en el poder y un golpe militar -o cuartelazo- asestado el 10 de Marzo de 1952, por el General Fulgencio Batista, sí, el mismo que amnistió a los que sobrevivieron del ya mencionado asalto al Cuartel Guillermón Moncada y, a pesar de que esos polvos trajeron estos lodos…

“¿Qué República era aquella?”

No, después de ser colonia durante casi medio siglo, no podía ser otra República que aquélla. Era la anhelada intención de una República. Cuba era sólo un pequeño país en transición, porque la democracia no es un título en propiedad, sino un arduo aprendizaje y, aunque eran los primeros, torpes pasos, la isla tuvo logros memorables, sí, memorables, que el Señor Castro, ese que hablaba más que un loro bajo la sombra del monumento a un avergonzado José Martí, se dedicó, sistemáticamente, a desenterrar de la memoria de los cubanos. En otro mundo, este fanático de la perorata podía ser acusado de infanticidio al asesinar, aún en su cuna, a la pequeña República que otros cubanos, mucho mejores, habían soñado y que él, el Asesino en Jefe, enterró hace ya 60 largos, duros, hambrientos, ensangrentados años.

NOTA DEL EDITOR: Esta opinión del autor es de su exclusiva responsabilidad y no representa los puntos de vista de Radio Television Martí.

Cargar más

XS
SM
MD
LG