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Opiniones

El descuido del señor Carter

No le resulta significativo al señor Carter que Cuba quiere que lleguen extranjeros, pero les pone infinidades de trabas a sus nacionales.

El informe del ex presidente estadunidense Jimmy Carter sobre su reciente visita a Cuba es una de las piezas más reveladoras de lo mal informada que se encuentra la opinión pública mundial sobre lo tolerante, comprensivo y buena gente que es el gobierno castrista.

Y es que ese reporte, bajo la visión del señor Carter, demuestra que el régimen cubano necesita oportunidades para explicar sus reales motivaciones que siempre son tomadas a mal por un grupo de resentidos cubanos del exilio, parte del gobierno de los Estados Unidos y del mundo.

La incomprensión es terrible. Veamos uno de los primeros puntos que esgrimió el señor Carter.

A excepción de ciertas causas familiares (académica, periodística, o religioso) y las familias cubanoamericanas, los ciudadanos estadounidenses se ven privados del derecho a visitar Cuba.

Los cubanos saben que, como presidente, levanté todas las restricciones de viaje y di grandes pasos hacia la normalización de relaciones diplomáticas. Esto incluía el establecimiento de secciones de interés en La Habana y Washington, a través de las cuales podría conducirse un mínimo de intercambio diplomático.

Hay un pequeñito detalle en lo tocante a los viajes a Cuba de que son privados los ciudadanos estadunidenses y tal vez en la premura se les olvido mencionar a las autoridades cubanas y no refleja tampoco el señor Carter.

Es cierto que el gobierno de los Estados Unidos les prohíbe viajar a sus ciudadanos a la isla. Eso puede ser un problema dentro de una democracia. Sin embargo, no resulta curioso y desde un punto de vista más lógico y trágico que a los propios ciudadanos cubanos se les impida en su totalidad el ingreso a la isla de manera libre. No le resulta significativo al señor Carter que Cuba quiere que lleguen extranjeros, pero les pone infinidades de trabas a sus nacionales.

Solos aquellos ciudadanos que el régimen cubano decide, pueden volver bajo un permiso determinado de días a su país de origen luego que se convierten en inmigrantes. Además, aunque esos cubanos se hayan naturalizado con otras nacionalidades el gobierno de la isla los obliga a regresar con el pasaporte cubano, que dicho sea de paso es uno de los más caros del mundo para obtenerlo.

Hay más detallitos. Muchas veces los ciudadanos regresan y son rechazados en la misma aduana por diversas causas y vueltos a montar en un avión de regreso, aun cuando su llegada al país es porque tienen parientes cercanos a puntos de morir o enfermos muy graves.

Y en lo tocante a la apertura que el señor Carter ofreció al gobierno de la isla, sería bueno que recordara cómo sus buenas intenciones se vieron frustradas cuando el jefe del gobierno cubano extrajo a indeseables de las cárceles y enfermos de hospitales mentales para mezclarlos con las personas decentes que escaparon durante los hechos del Mariel para crearle las dificultades que sufrió en ese periodo presidencial con sus electores que le negaron el voto a un segundo periodo en la Casa Blanca, en buena medida también por este desastre.

En fin, esos detallitos pertenecen al pasado y no valía la pena reflejarlos en el informe. Gracias señor Carter por dejar fuera esas negatividades.

Nuestra siguiente reunión fue con el cardenal Jaime Ortega, quien explicó el procedimiento por el cual el gobierno cubano permitió la liberación de los restantes 52 prisioneros políticos del grupo original de 75 encarcelados desde marzo de 2003, además de un adicional grupo de 74 en los últimos seis meses. A doce de ellos se les permitió permanecer en Cuba y los otros fueron enviados como exiliados a España. El Cardenal también nos brindó una breve charla sobre la situación de los diversos grupos religiosos en Cuba.

Aquí también hay un “sorry mr Carter”. La liberación de presos políticos en Cuba es una suerte de máquina de movimiento perpetuo, ya que el gobierno cubano encarcela por un tiempo a un grupo de sus ciudadanos que le realizan oposición y luego los libera cuando una personalidad u organizaciones interceden por ellos. Veamos algunos ejemplos.

En abril de 1993 el presidente de la Xunta de Galicia, Manuel Fraga consiguió la liberación de 39 presos; cinco años más tarde, el 12 de febrero, el gobierno cubano libertó por un listado que entregó el secretario de estado del Vaticano, durante la visita del papa, a 299 personas, de los cuales solo 75 eran políticos y 22 de ellos estaban obligados a salir del país. ¡Qué coincidencia, ahora resultó igual! ¡Qué gobierno más benévolo que es capaz de llevar al presidio a sus ciudadanos y luego liberarlos cuando la iglesia les dice que no es cristiano meterlos presos!. Gracias señor Carter por enterarse ahora y divulgar esta buena.

Planteamos una pregunta sobre la lista de terroristas, y los embajadores de España y Colombia dijeron que no estaban preocupados por la presencia de miembros de las FARC, la ETA, y el ELN en Cuba. De hecho, sostienen que esto aumenta su capacidad para tratar más eficazmente con estos grupos. De hecho, los miembros de ETA están allí a petición del gobierno español.

La relación histórica del gobierno cubano con grupos terroristas que tomaron a la isla como santuario para escapar de la justicia es tan antigua, como la propia edad del régimen, el cual a través de su tristemente famoso departamento América del Comité Central del Partido Comunista, llevó la insurgencia y prácticas terroristas para desestabilizar a gobiernos, que a estas alturas ya no hace falta preguntar a nadie para saber la complicidad de la isla en estos hechos.

Un informe redactado por el Buro Federal de Investigaciones (FBI) en diciembre de 1973 reveló que alrededor de 135 dirigentes de grupos subversivos independistas portorriqueños viajaron a Cuba para adoctrinamiento y entrenamiento en tácticas guerrilleras, preparación de artefactos explosivos y métodos sofisticados de sabotaje.

El gobierno español tiene el listado de numerosos integrantes del grupo terrorista ETA, como Carlos Ibaguren “Nervios” responsable de las finanzas del grupo, Elena Bárcenas Arguellas “Tigresa”, entre otros que vivieron y aun viven en la isla con el respaldo del gobierno castrista.

Según fuentes de la lucha antiterrorista, en Cuba existe una colonia de etarras establecida a partir de los activistas que fueron deportados en la década de los ochenta.

Posteriormente se instalaron en la Isla nuevos miembros de la banda, aunque este hecho nunca es reconocido por La Habana. El régimen cubano ofreció además cobertura política a ETA en determinadas circunstancias, aseguró la publicación El Correo.

En el año 2000, el gobierno cubano se negó a respaldar una condena a ETA en la décima Cumbre Iberoamericana, celebrada en Panamá. Ese mismo año, las fuerzas de seguridad francesas incautaron una carta redactada por el entonces jefe de la banda, Mikel Albisu, Antza, dirigida a Fidel Castro, en la que se solicitaba una cita entre representantes del Partido Comunista de la Isla y una delegación de ETA.

Las autoridades colombianas en el 2001 capturaron en su territorio al miembro del IRA, Niall Terence Conolly, alias Martin McCauley con dos hombres más, quien tenía su asentamiento en Cuba como representante de la organización para América Latina y se encontraba en Colombia para entrenar a los miembros de las FARC en el uso de explosivos y otras estrategias.

Cuba negó su vínculo con Mc Cauley, pero al final las pruebas irrefutables motivaron que reconociera que el hombre era el representante del IRA ante su gobierno, lo cual también afirmó Gerry Adams, líder del Sinn Fein.

En Cuba reside la ex pantera negra Joanne Chesimard, alias Assata Shakur, quien asesinó a un policía en Nueva Jersey e hirió a otro en 1973. Fue condenada y logró escapar en 1979 y llegó a Cuba donde es reconocida como una luchadora de los derechos civiles.

Otro de los casos que obtuvieron puerto seguro en Cuba fue el de Charles Hill, Michael Robert Finney, y Ralph Lawrence Goodwin, miembros del grupo Nueva Republica que mataron a un policía en Alburquerque, Nuevo México y luego asaltaron, en el aeropuerto internacional de Albuquerque, un avión 727 de la línea comercial aérea TWA, y volaron a Cuba.

Todos esos grupos estuvieron establecidos en Cuba durante muchos años y perpetraron numerosos crímenes con los servicios de inteligencia y contrainteligencia cubanos, especialmente secuestros y robos de bancos e instituciones financieras que produjeron muchos millones de dólares.

El fin del proyecto comunista en el mundo obligó al castrismo a abandonar la violencia revolucionaria internacional, aunque mantiene la lealtad con los viejos camaradas que saben que tienen un refugio a prueba de extradición en la isla.

Cuba es la embajadora natural y plenipotenciaria del terrorismo internacional que encuentra a través de la isla su defensa a ultranza y un respaldo natural.

Antes de salir de La Habana, tuve una conferencia de prensa, una entrevista de televisión, y otra breve reunión con el presidente Castro, quien me recibió en el aeropuerto, donde repetí mi petición de que el señor Gross sea puesto en libertad y trasladé las preocupaciones recibidas de los grupos disidentes. Se comprometió a investigar los problemas e informarme personalmente sobre sus decisiones.

¡Raúl Castro investigará de manera personal los problemas que tienen los opositores en Cuba!. ¡Wao!. ¡Qué buena noticia!

Claro – siempre hay un claro o un pero con el gobierno castrista- es un poco peculiar que Raúl Castro investigue los mismos problemas que él y su hermano diseñaron en estos más de 50 años contra todos los que se le oponen. No me puedo imaginar cómo recriminará a las instituciones represivas que intimidaron a los blogueros, a las damas de blanco, a la madre de Orlando Zapata.

Pero nada, el señor Carter trasladó esos problemas que en algunas latitudes se llama violación de los derechos humanos, de los cuales Cuba fue condenada por más de diez ocasiones en las Naciones Unidas- y esa transgresión flagrante, que la isla mantiene todavía como parte de su política interna, no termina, todo lo contrario aumenta. Lo sabrá el señor Carter?

El bloqueo interno que sufren los ciudadanos cubanos por parte de su gobierno, que les resta o suma su movilidad social a condición de una lealtad política, no fue contemplado en esta visita por el señor Carter, ni tampoco la necesidad de instaurar una democracia en el país donde puedan coexistir diversas corrientes políticas o la urgencia en la creación de una carta magna que recoja la diversidad de la nacionalidad del pueblo cubano, sin imposiciones ideológicas, el impostergable camino de una equidad social, donde las personas de piel no blanca tengan similares oportunidades dentro de la sociedad. Nada de eso lo reflejó el informe del señor Carter.

Esos pormenorcitos se pasaron por alto en esta visita del señor Carter, quien consiguió un entendimiento de tal magnitud con el gobierno cubano que el propio Raúl Castro, encantado con la visita del ex mandatario, dijo a la prensa.

-Estoy de acuerdo con todo lo que el presidente Carter dijo.

Creer en un régimen como el cubano, dirigido hace más de 50 años por los hermanos Castro, es pecar de iluso o ser casi un santo. Jimmy Carter, no es lo uno, ni lo otro, es quizás un hombre confiado que toma como ciertas las palabras de Raúl Castro y olvida lo que dijo hace varios siglos el escritor español Baltasar Gracián: “La confianza es la madre del descuido.”

Al menos su informe es un gran y total descuido.

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Bahía de Cochinos: 60 años de historia

Luis González Lalondry, durante un evento en la Brigada 2506. (Roberto Koltun OCB/Archivo)

Hace unos pocos días acabo de cumplir 87 años y desde muy jovencito he estado luchando contra el comunismo, y ya en la Escuela Superior, contra el castrismo y lo que sabía que venía para el pueblo de Cuba: hambre, destrucción y muerte. Y, lamentablemente, así fue.

Al triunfo de la mal llamada revolución encabezada por el tirano Fidel Castro, me convencí más aún de que no había otra alternativa que continuar luchando dentro de Cuba, y cuando la muerte me rondaba, y la cárcel esperaba por mí a la vuelta de cada esquina, no tuve otra alternativa que tomar el camino del exilio y los muchos sinsabores del destierro en Miami.

En esta bendita ciudad me incorporé a las fuerzas de la Brigada de Asalto 2506, que combatió heroicamente, el 17 de abril de 1961, por la libertad de Cuba en Bahía de Cochinos, hasta la última bala, contra un ejército de 60 mil hombres, sin agua, sin comida, sin refuerzos, sin municiones, sin apoyo aéreo, solo con su patriotismo y sus ideales. Lo demás es historia que conocen, no solo los cubanos, sino el mundo entero, 60 años después.

Los jóvenes, y los que no eran tan jóvenes, que pelearon bravamente en Playa Girón, Playa Larga, Pálpite, Yaguaramas y San Blás, hasta la última bala y el último aliento, lo hicieron como lo están haciendo ahora los cubanos de San Isidro y los seguidores de José Daniel Ferrer en Santiago de Cuba, dándole la batalla a la tiranía en sus propias barbas, y donde más le duele: la opinión pública. Ahora cuentan con un instrumento decisivo: las redes sociales y el poder de la electrónica, que hace 60 años no se conocía. Tomaría tiempo, no sé cuánto, pero están llamados a triunfar.

No obstante, Bahía de Cochinos y su historia es una alternativa para seguirla, para estudiarla y para ponerla en práctica cuando las circunstancias así lo aconsejen, porque las dictaduras y los regímenes comunistas no se caen solos, hace falta tumbarlos, y la dictadura de la mafia que gobierna nuestro país a sangre y fuego hay que sacarla del poder, como los rumanos hicieron con Ceaușescu, los italianos con Mussolini y los alemanes, con la ayuda de los aliados, con Adolfo Hitler.

Le doy Gracias a Dios que quedé vivo en Bahía de Cochinos. Agradecido estoy de haber llegado a estos 87 años, porque muchos compañeros cayeron combatiendo en San Blas, en Playa Larga o en Playa Girón. No sólo lo siento por los hermanos de causa que cayeron combatiendo, lo siento también por los que de regreso al destierro de la cárcel han cerrado sus ojos sin ver ondear la bandera de la patria libre del comunismo y del maldito castrismo.

Yo soy de los que creo que la libertad de Cuba está en camino, sólo depende de los cubanos, si tienen el valor, la entereza y la decisión de conquistarla a golpe de coraje. San Isidro es el primer golpe, pero hacen falta muchos San Isidro, y millares de jóvenes que tomen el camino de los que han puesto esta barriada de La Habana Vieja en el mapa en estos momentos.

San Isidro es el camino, pero en todos los barrios de Cuba, en todas las ciudades de la Isla, en todos los repartos de nuestro país, en todas las provincias, para que el régimen y la mafia que detenta el poder se llene de miedo, ceda, renuncie y se vaya. Si no, han perdido el tiempo los líderes de esta heroica barriada, y los más de 40 huelguistas de Santiago de Cuba y UNPACU, encabezado por José Daniel Ferrer, que se jugaron la vida por lograr el objetivo final, que es la salida del régimen castrocomunista del poder, y la libertad de Cuba.

Para la historia de los pueblos, 60 años no es mucho tiempo, pero para los hombres y las mujeres que participan en la historia misma, es una eternidad. Y la hermosa gesta que comenzó hace años con los hombres de Useppa, luego se trasladó a las selvas de Panamá, y después a las montañas de Guatemala. El tiempo ha transcurrido vertiginosamente y la vida se ha ido acabando sin darnos cuenta.

Pero la historia está ahí. El régimen nefasto está ahí. Sólo hace falta un empujoncito más para acabar con la noche oscura que ha destruido nuestro país, ha separado nuestras familias y ha empobrecido doce millones de compatriotas. Por eso el momento es ahora, no es luego, ni después.

Mi tiro de gracia

El general Raúl Castro en el cementerio de Santa Ifigenia en Santiago de Cuba.

Raúl Castro no sólo abandonará la jefatura del Partido Comunista de Cuba, sino que también probablemente morirá este 2021. Al menos así lo estimó el portal inglés 'Deathlist', que cada año augura la muerte de cincuenta personajes célebres en todo el mundo. Puede parecer otra trivialidad británica, pero en una isla tan dada a la hechicería, la macabra lista es mirada de reojo por haber acertado en su momento con Fidel Castro y Hugo Chávez. Así pues, el segundo Castro estaría ya a la espera de la carroza en compañía de otros famosos por muy variadas razones como Willie Nelson, Imelda Marcos, Yoko Ono o el emperador emérito Akihito, incluidos en la exclusiva predicción de 'Deathlist'.

Antes del presagio ya eran apreciables algunos preparativos de rigor, pues el manejo previsor de los asuntos de la muerte siempre ha sido muy cercano a Raúl Castro.

No creo casual que el mismo día de junio pasado en que celebraba sus 89 años de vida –más de 60 en el poder– los cubanos fueran informados que en el cementerio de Santa Ifigenia en Santiago de Cuba se restauraba minuciosamente el monolito del Comandante en Jefe, como llama la prensa oficial a la roca de casi cincuenta toneladas en la fueron depositadas las cenizas de Fidel Castro.

Nadie bien enterado de los asuntos cubanos puertas adentro imaginaría que dar brillo a la tapa de mármol verde Guatemala (tallada con el nombre del fallecido en enormes mayúsculas) o buscar nuevo esplendor en los objetos de bronce, columnas y senderos del conjunto funerario, podría acometerse, y menos aún publicarse en tiempos de pandemia sin la aprobación directa del hombre fuerte de la isla. En Santa Ifigenia, desde hace bastante tiempo, se cumplen con particular precisión las indicaciones de Raúl Castro.

Tras el remozamiento, en una ceremonia reservada a líderes del partido comunista y militares de alto rango, se proclamó la inclusión de Fidel Castro en la categoría de Padre Fundador de la Patria, junto a José Martí y Carlos Manuel de Céspedes, en compañía de Mariana Grajales, convenientemente agrupados ahora en un llamado Sendero de los Próceres del camposanto santiaguero.

El interés de Raúl Castro por la pompa y circunstancia de las honras fúnebres ha cobrado particular intensidad en su ya prolongado turno de pleno poder. De hecho, ante el fiasco de las reformas prometidas y el estado calamitoso de su herencia, es en este campo en el que con mayor probabilidad se le podrá reconocer alguna huella propia.

El asunto no es de ninguna manera nuevo. Más de tres décadas atrás, en uno de sus largos recorridos por las provincias orientales –motivados con frecuencia por algún extrañamiento de su hermano Fidel–, conocí de primera mano, cuando apenas me iniciaba como jefe de su poderoso despacho político, de esa intención de asegurarse la posteridad, al ser invitado a acompañarlo a visitar en las lomas de Mayarí Arriba su cementerio más apreciado, el reservado a los integrantes reconocidos de su tropa guerrillera. Un remoto mausoleo a cielo abierto, concebido en un valle entre montañas de la Sierra Cristal, equipado ya por entonces con llama eterna, salón de protocolo enchapado en maderas preciosas y tribuna para actos patrióticos, donde se alineaban por niveles jerárquicos decenas de tumbas, encabezadas por dos espacios reservados para el propio Raúl y su esposa Vilma Espín. Rara sensación la de escuchar aquella satisfecha descripción del entorno privilegiado, escogido para descansar acompañado solo por sus elegidos. Un paisaje eterno de tumbas y montañas.

Por entonces no había grandes rocas en los proyectos de tumbas para los hermanos Castro. La enorme piedra de 130 toneladas con dos nichos separados por el escudo nacional destinada a los esposos Castro-Espín en el mausoleo del Segundo Frente Oriental, y la de Fidel Castro, algo más pequeña en Santa Ifigenia, aparecieron años después, cuando la muerte y su eternidad se hicieron más cercanas.

Disponer de cementerios privados ofrece, por cierto, posibilidades para saldar promesas y cumplir curiosos homenajes, además del evidente despliegue de poder. En ese primer cementerio creado por Raúl para sus más fieles guerrilleros en las estribaciones de la loma de Mícara descansa por excepción un invitado extranjero, el bailarín español Antonio Gades, íntimo de la cúpula militar cubana, quien prestó según reconocimiento oficial "extraordinarios servicios a la revolución". La naturaleza de esas tareas no es difícil de imaginar por la estrecha amistad del andaluz con el general Abelardo Colomé Ibarra, exjefe de la Contrainteligencia Militar y exministro del Interior, quien paradójicamente morirá en desgracia y ocupará allí mismo una tumba mucho menos prominente que la curiosa escultura en forma de palma truncada, junto a lustrosas botas flamencas, bajo las que se encuentran los restos de su compadre. Muy cerca, en una esquina discreta, fueron depositadas las cenizas de Manuel Piñeiro, el irreverente comandante Barbarroja, temprano jefe de inteligencia de aquel mando guerrillero y muerto en extrañas circunstancias, pero útil aún para las apariencias de la lealtad revolucionaria.

La organización de funerales y el traslado de restos ilustres como arma política abundan en la hoja de servicios del único General de Ejército en la historia nacional. En 1987 logró vencer la reticencia inicial de su hermano mayor para enterrar en el Monumento Nacional Cacahual, junto al legendario teniente general Antonio Maceo, a Blas Roca, el dirigente comunista que entregó incondicionalmente su viejo Partido Socialista Popular a los barbudos de la Sierra Maestra, consolidando la confianza de Moscú hacia los nuevos gobernantes de Cuba. En el terreno de la simbología revolucionaria, la entrada de Blas Roca al Cacahual rompió los respetuosos límites que resguardaban los sepulcros de los jefes mambises y creó un antecedente válido para llevar años después al propio Fidel Castro al lado de José Martí.

La operación logística del funeral sin precedentes de Blas Roca incluyó un masivo velatorio en el monumento a José Martí en la Plaza de la Revolución, para el que hubo necesidad de trazar fronteras entre las dos familias rivales del fallecido líder de los viejos comunistas. En lo adelante para la muerte de los notables se perfeccionaría el estricto protocolo de las jerarquías funerarias del raulismo, muy frecuente en los últimos tiempos de tantas muertes prominentes, que incluye la relevancia del anuncio del fallecimiento, los días y el tipo de duelo asignados, el sitio variable de los velatorios –en la Plaza y con desfile de pueblo, alguna sala del edificio de las Fuerzas Armadas o la funeraria semioficial de Calzada y K– y finalmente el lugar designado para el descanso eterno. Todo con un calibrado despliegue en la prensa oficial.

Tres años después de Blas Roca, el 5 de agosto de 1990, llegó al Cacahual de la mano de Raúl Castro, Juan Fajardo Vega, el último de los veteranos cubanos de las guerras contra España. A Fajardo, un mulato oriental nacido en Contramaestre, le alcanzaron sus 108 años para pelear en la adolescencia como escolta del general Saturnino Lora y hasta cooperar como armero de los guerrilleros de la Sierra Maestra medio siglo después. Un soldado de filas hecho a la medida de la propaganda revolucionaria aunque, ya pasado el centenario, el veterano rezongara abiertamente de lo que le había sucedido al país después de 1959. La idea de identificar y honrar al último mambí captó de inmediato la atención del entonces Segundo Secretario del Partido Comunista cuando el escritor Norberto Fuentes, todavía en olor de santidad con el castrismo, se lo sugirió apenas un mes después de los funerales de Blas Roca.

Había muerto en Pompano Beach, Florida, a los 105 años, Ralph Waldo Taylor, el último de los Rough Riders de Teddy Roosevelt, soldado de filas en el caótico asalto a la Loma de San Juan en el sur de Oriente, que selló la suerte de España como potencia colonial en 1898. En Estados Unidos vivían todavía en mayo de 1987 otros cinco veteranos de la guerra Hispano-Americana pero ninguno de ellos había participado en el asalto de San Juan. El paralelo era evidente y la campaña, sugerida por Fuentes para identificar al último mambí, comenzó con la búsqueda por todo el país de los sobrevivientes de la guerra de 1895. Un rápido censo arrojó exactamente una docena de curtidos ancianos que en lo adelante serían cuidados con esmero hasta el último aliento, en una suerte de competencia entre las organizaciones provinciales del Partido Comunista, entusiasmadas porque fuera «su» mambí quien recibiera los honores finales. Una carrera hacia la muerte en la que Fajardo, por llegar último, resultó el triunfador.

El Cacahual tuvo por esas décadas finales del pasado siglo el rol de camposanto preferido de Raúl Castro que hoy corresponde a los cementerios del Oriente. Un año antes de la simbólica despedida al último mambí fue escenario de la ceremonia principal del mayor sepelio simultáneo de la historia cubana. El 7 de diciembre de 1989 –otro aniversario de la muerte de Antonio Maceo– ambos hermanos Castro presidieron los funerales de los cubanos muertos en las guerras africanas: 2.085 en misiones militares y 204 en tareas civiles, según las cifras oficiales, tan cuestionadas como toda estadística gubernamental. El regreso de esos muertos había estado prohibido a lo largo de casi veinte años, al igual que toda referencia pública al número de bajas en las lejanas guerras de Angola y Etiopía, para evitar un posible equivalente al Síndrome de Vietnam ocasionado en Estados Unidos por el arribo de miles de ataúdes cubiertos por la bandera de las barras y las estrellas.

No lejos del Cacahual se localiza el Mausoleo al Soldado Internacionalista Soviético, otra de las necrópolis auspiciadas por Raúl Castro, quien encendió su llama eterna al inaugurarlo en febrero de 1978, en el aniversario 60 del Ejército Rojo. Pese a no registrarse ninguna muerte en combate de soldados soviéticos en Cuba, 69 túmulos de militares «fallecidos en accidentes» están ocupados desde entonces. Su cercana ubicación a la estación de espionaje electrónico conocida internacionalmente como Base de Lourdes hizo de este mausoleo el sitio ceremonial indicado para centenares de conmemoraciones, recibimientos y despedidas de huéspedes de la URSS y luego rusos, incluidos todos los altos cargos de la cúpula política y militar de Moscú de frecuentes viajes a la isla.

Hasta Kirill, patriarca de la Iglesia Ortodoxa Rusa, participó de esta suerte de diplomacia funeraria al visitar el mausoleo soviético tras reunirse en La Habana en 2016 con el Papa Francisco, un encuentro que puso fin a mil años de silencio entre ambas iglesias en una Cuba encomiada por entonces por el pontífice argentino como un territorio propicio para negociaciones de paz.

Por cierto, que cuando Francisco llegó durante un peregrinaje anterior a Holguín –provincia natal de los hermanos Castro–, para oficiar una misa pública, el lugar designado fue también otro sitio de inspiración soviética: la plaza construida para celebraciones revolucionarias y como último destino para el mítico general Calixto García, muerto en Washington en 1898 cuando intentaba negociar los términos de la independencia nacional. Enterrado de inmediato en el cementerio nacional de Arlington y dos meses después en el de Colón –en La Habana todavía bajo la ocupación militar de Estados Unidos–, su traslado final a Holguín en 1979, con todos los honores, confirmó que el trasiego previsor de ilustres cadáveres ofrece oportunidades para ganancias políticas inesperadas.

Dos papas romanos algo más críticos habían viajado a Cuba antes que Francisco y no faltaron sobresaltos entre las jerarquías católica y castrista sobre los sitios escogidos para celebrar las misas públicas que marcan el clímax de toda visita papal. Para la oficiada por Juan Pablo II en Santa Clara en 1989 la propuesta del entonces secretario del Partido Comunista en el territorio, Miguel Díaz-Canel, fue el memorial dedicado al Che Guevara, ante la cual el obispo local, Fernando Prego, reaccionó con «desasosiego» por las implicaciones políticas obvias, según han contado posteriormente testigos indiscretos del Arzobispado de La Habana.

Díaz-Canel también fracasó en aquel empeño, del que se mantuvo ajeno Raúl Castro, lo que no es de extrañar dado su escaso vínculo con ese prominente sitio funerario, concebido y construido por Ramiro Valdés, su adversario de larga data, al que se le confió el proyecto para mantenerlo visible e inofensivo. El Che Guevara, décadas después de su incorporación en México a la incipiente revolución, sus experimentos fallidos en la economía cubana y en la guerra de guerrillas y el desvarío antisoviético que encarnó, no era de sus muertos. Ni el comandante Ramón asesinado en Bolivia, ni su incontrolable viuda o el exministro del Interior gozaron ni entonces ni después de la simpatía del segundo de los Castro.

La intensa agenda de funerales oficiales y patrióticos en los últimos años no olvidó al panteón familiar con el que claramente se entremezcla. Tras inaugurar la roca destinada a su hermano mayor, Raúl Castro viajó de inmediato desde Santiago de Cuba al terruño natal de Birán, donde presidió la inhumación junto a sus padres y abuelos, de los hermanos mayores, Ángela y Ramón, en otro camposanto particular, cercano a la casona de inspiración gallega que Fidel en uno de sus arrebatos juveniles amenazó con quemar. Planeando siempre para la eternidad, Raúl declaró que allí también serían enterradas en su momento las demás hermanas, Agustina, Emma y Juanita. La primera murió en 2017 y se sumó, efectivamente, al mausoleo familiar, pero la última reiteró su independencia hasta después de la muerte y rechazó desde Miami la convocatoria.

Prolífico en su actividad funeraria en territorio nacional, Raúl Castro no tuvo a lo largo de sesenta años iguales oportunidades a escala internacional. Los sepelios de mayor lustre en el extranjero pertenecían por derecho propio a su hermano Fidel, dispuesto a grandes funerales como los de François Mitterand y Pierre Trudeau en las respectivas catedrales de Notre Dame en París y Montreal o en las murallas del Kremlin en 1982 para despedir a Leonid Brezhnev. Sólo las muertes sucesivas en menos de tres años de los sucesores Yuri Andropov y Konstantin Chernenko provocaron la negativa rotunda del comandante en jefe a viajar por tercera vez a Moscú con tal propósito y permitieron al otro Castro encabezar la misión.

De aquella jornada solemne contemplada desde el privilegiado sitio sobre la tumba de Lenin destinado a las delegaciones extranjeras la fría mañana del 3 de marzo de 1985, me queda, entre otros, el vivo recuerdo de una desconcertada Margaret Thatcher, cara a cara por primera vez con uno de los hermanos Castro. La imperturbable Dama de Hierro, la figura occidental de mayor prominencia en aquel funeral donde el protocolo comunista situaba en los primeros puestos a los suyos, se encontró atascada ante el grupo de cubanos por largos minutos en un espacio sin opciones para ignorarse: un encuentro inesperado e incómodo que terminó sin saludos.

Muchos años después, cuando Raúl Castro hacía pleno uso de los títulos de su hermano sin mi compañía, protagonizó en África del Sur su momento más memorable en un funeral extranjero, al estrechar la mano del presidente de Estados Unidos, Barack Obama, durante las exequias de Nelson Mandela en 2013. Un saludo discreto por ambas partes, pero nada casual. Luego se revelaría que ya avanzaban entonces negociaciones muy secretas para la normalización de relaciones que llevaron a La Habana, tras un paréntesis de 88 años, a un mandatario estadounidense en ejercicio: un Barack Obama ansioso por encontrar en el caso Cuba un apresurado legado para sus ocho años en la Casa Blanca.

Un recorrido por la intensa relación de Raúl Castro y el tema de la muerte no puede excluir su explícita aversión por los suicidas, un desenlace, sin embargo, demasiado frecuente en la patología nacional. El pacto suicida de su cuñada Nilsa Espín y su esposo Rafael Rivero en 1965 en oscuras circunstancias, fue siempre tema tabú en su entorno. Igualmente, nada oportuna cualquier referencia al comandante Augusto Martínez Sánchez, «uno que no sabía ni cómo pegarse un tiro» y sobrevivió a un disparo en el pecho en 1964, angustiado por no haber servido mejor a Fidel Castro y la revolución. Dos de los más notables suicidas del castrismo, Haydée Santamaría, participante en el asalto al Cuartel Moncada y directora de la Casa de las Américas, que se quitó la vida en 1980, y el expresidente Osvaldo Dorticós, quien tomó la «dramática decisión» en 1983, fueron invariablemente recordados como «la loca esa, que se suicidó un 26 de julio» o «el pendejo de Dorticós», que «jodió hasta la muerte».

No tengo idea de cómo calificará ahora, si es que lo menciona, a su sobrino preferido, Fidel Castro Díaz-Balart, el más privilegiado en la dinastía gobernante, educado bajo su mando y el mayor fracaso en los proyectos de sucesión familiar, que terminó sus atormentados días lanzándose por una ventana de la mejor clínica del país.

Hay otros muchos muertos cercanos en el vasto e implacable mundo funerario de Raúl Castro. Los que no debían ser honrados y fueron fusilados y sepultados sin despedidas en tumbas sin nombres, como el general Arnaldo Ochoa o el coronel Antonio de la Guardia. A los protagonistas centrales de las purgas de 1989, seguiría poco después el exministro del Interior, José Abrantes, muerto de «causas naturales» en una prisión para «casos especiales», y deferentemente velado unas pocas horas en una funeraria de La Habana muy bien custodiada.

Y hay otros, muertos por su propia mano, que contribuyeron a su leyenda y que quizás –no por remordimiento–, estarían mejor olvidados. Son en su mayoría seres anónimos como el expedicionario del yate Granma sospechoso de traición, cuya ejecución le fue encargada directamente por su hermano mayor poco antes de la salida del puerto mexicano de Tuxpán. Mucho más visibles las decenas de cuatreros, traidores, arrepentidos o desertores ajusticiados en la Sierra Maestra, varios con el auxilio espiritual del sacerdote y comandante Guillermo Sardiñas. Una práctica que luego continuaría, ya normada por un Código Revolucionario de Justicia del Segundo Frente, en la extensa zona de la Sierra Cristal bajo su mando.

Y están, por supuesto, los fusilados en el campo de tiro del Valle de San Juan el 12 de enero de 1959, acusados en juicios más que sumarísimos de crímenes durante la dictadura de Fulgencio Batista: 72 según el reporte del diario Revolución del día 14 de enero; 70 según el informe de igual fecha al Departamento de Estado del cónsul estadounidense en Santiago de Cuba, Park F. Wollam. El documento del cónsul, «optimista hacia el futuro, pese a los acontecimientos», critica la ausencia obvia de garantías judiciales, y añade que «la acción ha dejado algunas dudas en unas pocas mentes», porque en su criterio muchos de los fusilados eran «bien conocidos matones y asesinos» que habrían enfrentado la pena capital en cualquier otra corte y bajo diferentes circunstancias. Mejor, por lo tanto, mirar hacia otro lado.

Para los fusilados en San Juan, sin embargo, el castigo no terminó con la muerte. Muchos años después, para borrar todo rastro de la infame historia, los restos fueron desenterrados y arrojados en algún lugar de la Bahía de Guantánamo, porque según él mismo decía "a Raúl Castro no le van a estar apareciendo muertecitos".

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Radio Televisión Martí reproduce este artículo con la autorización del autor, luego que se publicara originalmente en la edición del diario madrileño ABC del 13 de abril del 2021.

Alcibíades Hidalgo fue embajador de Cuba ante Naciones Unidas, exjefe del Despacho Político de Raúl Castro y exmiembro del Comité Central del Partido Comunista de Cuba

Con 'Plantados', Granma también miente

La gorra que promociona el filme Plantados en La Habana Facebook del realizador Lilo VIlaplana

El periódico oficial del régimen castrista Granma, como en su momento lo fuera Revolución, son simples órganos de propaganda que procuran tener desinformada a la población al mejor estilo nazi de Joseph Goebbels, de que una mentira repetida muchas veces se convierte en verdad.

Hace unos días un periodista de ese medio cumpliendo la política del régimen, atacó la película Plantados, que recoge algunos de los episodios más trágicos del presidio político cubano, con una existencia paralela a la de la dictadura, de 62 años.

El columnista afirma que el odio y el arte nunca han ligado, olvidando que las películas filmadas bajo el castrismo han sido propuestas que promueven el odio, como El Hombre de Maisinicú y Río Negro, dos bazofias que se destacan en una filmografía que ha servido sustancialmente a la división, sectarismo, miedo y la pugnacidad, realidades que han primado en Cuba desde que el totalitarismo se entronizó en el país.

En Plantados no hay odio sino un sincero interés por la justicia, de no ser así, el esbirro desertor habría sido ajusticiado.

He sido testigo en numerosas ocasiones del compromiso de la mayoría del exilio y de la casi totalidad de los ex prisioneros políticos cubanos por alcanzar la justicia, por eso la exclamación constante de muchos de ellos de “Justicia Si, Impunidad No, Venganza, tampoco”.

En cuanto el escritor José Antonio Albertini me envió el enlace del artículo de Granma bajo el subtítulo, “Por qué ladran los perros”, sentí que tantas mentiras y mala intención merecían una respuesta, no a la persona que lo escribió, porque si trabaja en Granma es de suponer que sea un siervo de la dictadura, aunque en honor a la verdad bajo un gobierno tan falso es difícil distinguir quienes practican la doble moral de defender el infierno sin dejar de querer disfrutar los “males” de una sociedad abierta y libre.

Plantados recoge testimonios de personas que conozco, plasmados en documentales y libros publicados en el exilio contrarrevolucionario como lo califica el autor de la columna, una de las pocas verdades recogidas en la misma.

El articulista a la vez, elogia la película la Red Avispa, una trama cargada de falsedades en la que los protagonistas son los asesinos de cuatro jóvenes que volaban en avionetas desarmadas en aguas internacionales que buscaban a compatriotas perdidos en el mar por huir del régimen que el autor elogia.

Los héroes falsos son los de la red Avispa. Ellos han servido a un régimen de oprobio que ha conducido a la cárcel por motivos políticos a más de medio millón de personas, algunas recluidas hasta 30 años, como fue el caso de Mario Chanes de Armas, uno de los participantes del ataque al Cuartel Moncada y expedicionario del Granma, nombre que identifica al principal instrumento de propaganda de la tiranía.

Las escenas que se ven en Plantados son reales. Por ejemplo, los fusilamientos.

El autor de artículo no puede negar que en Cuba se fusilaron a miles de hombres, cientos en la Fortaleza de La Cabaña y muchos más en el resto del país.

Las ejecuciones en el camión tuvieron lugar en La Ceiba, Escambray. Allí fueron masacrados, julio 13 de 1963, 19 guerrilleros que llevaban más de dos años encarcelados sin juicio en el Reclusorio de Isla de Pinos, donde se produjeron numerosos asesinatos con bayonetas como fue el caso de Ernesto Díaz Madruga, asesinado por el sargento Porfirio González que de inmediato fue ascendido a subteniente, relata Enrique Ruano, testigo del crimen.

Plantados no es una mentira, incluida la dinamita sobre la cual durmieron miles de reclusos, lo menos cruento, la escena del calzoncillo, única vestimenta de centenares de presos, como lo vivió, entre otros cientos, Roberto Perdomo quien de 28 años en la cárcel, estuvo 22 en calzoncillos.

La película no miente. Sus escenas reproducen sucesos ocurridos en diferentes prisiones de la Isla bajo el castrismo, a través de los largos años de condena de quienes prestaron sus vivencias para que fueran recogidas por Lilo Vilaplana, un creador que, junto a su talento, tiene el privilegio de ser un hombre libre porque rompió con las ataduras de un gobierno que ha destruido muchos de los valores fundamentales de la nación cubana.

La Primavera Negra, entre fusilados y lacayos 

El aparatoso arresto del periodista y escritor Raúl Rivero el 20 de marzo de 2003 en su vecindario en Centro Habana.

Artículo de opinión

El castrismo como régimen ha sabido manejar muy bien los tiempos y oportunidades. Los conductores del totalitarismo cubano han demostrado contar con habilidades notables que van más allá de la represión y examen diario en todos los aconteceres de la vida.

Su control es absoluto pero también han manipulado con extrema habilidad a sus perros de presa, dispuestos siempre a morder una carnada como preámbulo de un banquete, y eso fue lo que repitieron en los primeros meses del año 2003. Ese año desplegaron una notable operación represiva de carácter nacional que llevó a la cárcel a 75 ciudadanos que trabajaban a favor de cambios democráticos en la Isla.

Todo parece indicar que a la dictadura le preocupó, particularmente a Fidel y Raúl Castro, que se estaba gestando una sociedad civil plenamente independiente.

Periodistas, maestros, sindicalistas, y otros sectores de la sociedad mostraban estar hartos del control gubernamental, todo esto en un marco de insatisfacción ciudadana en la que los jóvenes estaban cobrando un protagonismo peligroso, un coctel que los represores conocen es muy explosivo y puede conducir al fin del totalitarismo.

Esta compleja situación determinó la ola represiva del 2003 y como los factores contrarios se nutren recíprocamente, la crispación social se hacía más profunda y la disposición a correr riesgo de los ciudadanos se acentuó, de ahí el hecho de que numerosas personas asumieran posiciones contrarias al régimen y que otros tomaran la decisión de abandonar el país como ocurrió con los jóvenes que decidieron secuestrar la lancha “Baraguá” que hacía el recorrido entre La Habana Vieja y Regla.

La dictadura conocía la existencia de opositores y desafectos, muchos en prisión, aunque nunca haya admitido oficialmente que hay prisioneros políticos. Las cárceles siempre han estado sobradas de hombres y mujeres que por sus convicciones son encerrados, realidad que nunca le ha quitado el sueño a los dictadores, pero una sociedad civil ajena a sus propósitos y en expansión, es mucho más complicada, en consecuencia había que retomar el terror de los primeros años en su expresión más brutal, el paredón de fusilamientos.

Castro lo decidió así. No es lo mismo enfrentar opositores por valientes y decididos que fueran, que una sociedad civil alternativa que crecía sin cesar, sumado a un pueblo agotado por promesas incumplidas, una juventud frustrada por las limitaciones y la mediocridad de una clase dirigente cada vez más ambiciosa por disfrutar los privilegios del poder con una generación de relevo, sin la mítica del Moncada y la Sierra, desesperada por recoger los desperdicios que habían roído sus predecesores.

La dirigencia moncadista se convenció de retomar la consigna guevaristas de “fusilamientos, sí, hemos fusilado, fusilamos y seguiremos fusilando”, solo el terror al paredón, a los juicios expeditos con sentencia de muerte que eran revisados por el mismo tribunal que había juzgado en primera instancia detendría a los que querían cambiar el paraíso, o lo que es aún peor para el imaginario fidelista, aceptar que décadas de adoctrinamiento de sembrar odio hacia Estados Unidos no habían convencido al grupo de jóvenes que secuestró la lancha Baraguá.

Esa osadía, ese irrespeto a la gesta revolucionaria, fue lo que le costó la vida a Lorenzo Copello, Bárbaro Sevilla y Jorge Martínez. Fueron juzgados y fusilados nueve días después del arresto. Fue un acto ejemplarizante cuya enseñanza definitiva fue, “no puedes soñar con lo que sea ajeno a la Revolución”, un paralelo a aquella expresión, “dentro de la Revolución todo, contra la Revolución nada”.

Los familiares nunca fueron notificados de la sentencia, la señora Ramona Copello, madre de uno de los jóvenes, dijo a Martí Noticias, “Un coronel me dijo el jueves que había que esperar que los papeles bajaran del consejo de estado, sin embargo al día siguiente, viernes, amanecieron muertos”.

El régimen siempre ha pretendido justificar sus crímenes alardeando del respaldo de sicarios ligados a la dictadura. Trató de confundir a la población con un documento firmado por incondicionales como Silvio Rodríguez, Amaury Pérez, Eusebio Leal, Alfredo Guevara, entre otros, un texto que significa complicidad en un crimen de Lesa Humanidad como lo califica la Comisión Internacional Justicia Cuba, que preside el jurista mexicano René Bolio.

Democracia y Libertad

Una mujer cuelga una bandera cubana en su ventana. (JUAN BARRETO / AFP / Archivo)

Cada día hay más información que confirma que la historia es fundamental en la nutrición intelectual de un buen ciudadano. Conocer el pasado impide repetir los errores, siempre y cuando prime el sentido común, ya que más de uno de nosotros tiende a tropezar con la misma piedra, como se aprecia en algunos de mis compatriotas que gustan de los caudillos, aunque todavía estamos padeciendo sus consecuencias.

Reaprendí esa lección cuando leía un trabajo del exprisionero político cubano Emilio Llufrido sobre la Triple A, una organización importante en la lucha contra los regímenes de Fulgencio Batista y Fidel Castro. El ensayo lo publicará el Instituto de la Memoria Histórica Cubana contra el Totalitarismo.

En el estudio, me reencontré gratamente con un proyecto que auspiciaron demócratas cubanos y venezolanos en los años cincuenta del pasado siglo del cual me habían comentado en términos elogiosos luchadores por la democracia que, en diferentes instancias, habían conocido o participado del mismo, como fueron Rogelio Cisneros, José Ignacio Rasco y Orlando Bosch.

Bajo el mandato de Carlos Prío, 1948-1952, de cuyo gobierno fue canciller Aureliano Sánchez Arango, Cuba adoptó una política exterior de defensa de la democracia hemisférica, de ahí el respaldo al gobierno guatemalteco deJuan José Arévalo y la política condenatoria contra los regímenes de la dinastía Somoza en Nicaragua y de Rafael Leónidas Trujillo en Santo Domingo, a lo que se sumó el rechazo al golpe militar de Marcos Pérez Jiménez en Venezuela y el recibimiento y apoyo en la Isla de figuras notables del Partido Acción Democrática.

La difícil situación que enfrentaba la democracia en el continente determinó que políticos venezolanos y cubanos concluyeran que era necesario fomentar una conciencia de solidaridad ciudadana en el todo el hemisferio para enfrentar con mayores posibilidades de éxito a quienes creían que la fuerza y la subversión eran las herramientas idóneas para alcanzar el poder.

La idea contó con el respaldo de numerosos políticos del hemisferio, aunque sus principales promotores fueron Carlos Prío Socarras, expresidente de Cuba, Sánchez Arango, ministro de gobierno, y Rómulo Betancourt, ex presidente de Venezuela, que a la sazón se encontraba asilado en La Habana como consecuencia del golpe militar de Pérez Jiménez, ignorando, escribe Llufrido, que en muy poco tiempo la sede del evento iba a ser sometida por los militares y que estos serían sustituidos por un régimen totalitario de inspiración comunista.

Se celebró el “"Primer Congreso de la Asociación Pro Democracia y Libertad en América” en la capital cubana con el objetivo, escribe Llufrido, de enfrentar los dos flagelos que asolaban el continente, las dictaduras militares y la infiltración comunista. Al evento concurrieron muchas de las figuras más notables de la época, José Figueres, Luis Alberto Muñoz Marín, Juan Bosch, Carlos Andrés Pérez, Alberto Lleras Camargo, Salvador Allende, no se había radicalizado todavía, Eduardo Freí Montalván, Víctor Paz Estensoro, Juan José Arévalo, Arturo Frondizi y muchos más.

La condena al golpe militar en Venezuela y la decisión de solidarizarse con la reconquista de la democracia en aquel país fue unánime.Sin embargo, lo más valioso, fue el precedente que se estableció de demócratas del continente luchando juntos por la democracia en cualquier punto del hemisferio.

La democracia en América enfrentó un mayor peligro cuando sorpresivamente en Cuba se estableció un régimen totalitario inspirado en el marxismo. Ante esta nueva situación don Rómulo Betancourt retomó la bandera de la libertad hemisférica enarbolada cuando en Cuba había democracia y convocó a un Segundo Congreso Pro Democracia y Libertad en América, en esta ocasion, escribe Llufrido, “usarlo como sombrilla protectora para que los cubanos tuvieran su frente de lucha contra el castro comunismo”.

Una vez más, venezolanos y cubanos compartieron el liderazgo del encuentro. Sánchez Arango fue electo presidente de la Mesa Directiva del Congreso al que asistieron figuras importantes de la lucha contra la incipiente dictadura, entre otros, José Ignacio Rasco, Emilio Adolfo Rivero Caro y Tony Santiago.

Estos Congresos desconocidos por muchos y olvidados por otros, son un ejemplo de que es posible conciliar nuestros intereses a pesar de las diferencias y que es una obligación enfocarnos en la Libertad y la Democracia y demostrar que es posible recuperarlas si juntamos voluntades.

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