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Opiniones

El azar, ¿es realmente un azar?

Lo cierto es que el azar deportivo receta frustraciones y victorias extraordinarias con la misma vara a héroes y desconocidos.

Los dioses del azar que mueven los hilos ocultos del destino, o ¿son definitivamente extraterrestres enmascarados en poses divinas que realizan experimentos?, al parecer encuentran un raro placer en crear momentos inesperados y a veces frustrantes dentro del deporte.

De repente un deportista apenas conocido realiza una hazaña extraordinaria, sale de la gaveta de lo usual y cuando comienza a soñar con la grandeza de que es un elegido para la eternidad del deporte, estas deidades o ¿sabios del más allá espacial? lo bajan a la realidad de que solo son los minutos de celebridad que ellos otorgan y nada más.

El lanzador dominicano Francisco Liriano, de los Mellizos de Minesota, abandonó el mes de abril con una efectividad de 9.13 y 27 hits en 23.2 entradas para unos entristecedores números personales. Nadie vaticinaba a un futuro héroe en Francisco.

Sin embargo el oriundo de San Pedro de Macorís, entró por la puerta grande del beisbol de las ligas mayores cuando en su primera salida del mes de mayo le propinó un juego sin hit, ni carreras a las Medias Blancas de Chicago, resultado que le valió colocarse de inmediato en el puesto 13 dentro de los lanzadores latinoamericanos que lograron esa hazaña dentro de las Grandes Ligas.

¿Puesto 13? Un mal numero para aquellos que encuentran señales aciagas en esta cifra y cuyo miedo irracional al digito se llama “triscaidecafobia”. Pese a su aparente ridículo es una enfermedad bastante generalizada y eso explica el porqué muchos edificios omiten el numero 13 y saltan del 12 al 14 o líneas aéreas como Iberia, Alitalia y Copa no lo tienen en su numeración y la fila que sigue al doce es la 14.

Sea como sea, Liriano fue el 13 y después que todo el mundo lo felicitó, le escribieron numerosos artículos y se instaló en esa nube de la felicidad donde la mente ni piensa, ni deja de pensar, solo se deja ir, ya estaba listo para su siguiente salida que fue frente a Tigres de Detroit. Justo antes de empezar el partido los ¿dioses o extraterrestres? le enviaron un críptico mensaje al detenerse el desafío por lluvia y granizo.

Liriano no hizo caso del aviso y comenzó su trabajo inspirado en su última actuación. Parecía que todo marchaba bien. Sacó en orden a los primeros cuatro bateadores y fue entonces que los irónicos y despiadados hacedores del azar determinaron que otro dominicano llamado Jhonny Peralta en la misma segunda entrada le conectara un cuadrangular de dos carreras y finiquitara su ilusión de ser un pitcher sin hit. Todo a manos de un compatriota.

Pero donde las travesuras de quien sea que la haga, sean dioses u hombrecillos de color indeterminado, la hicieron buena de verdad fue con el mítico entrenador de baloncesto Phil Jackson. Para algunos más que travesura en lo ocurrido, es un silencioso llamado a la humildad. En fin, como dicen por las esquinas, cada quien ve la botella del color que quiere.

Jackson es el técnico mas ganador de la NBA. Frente a los legendarios Toros de Chicago del divo Michael Jordán se anotó seis títulos en la década de los años 90. Luego, al cambiar de franquicia, llegó a Los Angeles Lakers y los condujo a cinco campeonatos. Sumados ambos resultados le reportaron once anillos, con lo cual superó por dos lo conseguido por Red Auerbach. Si eso fuera poco sus porcentajes de victorias, tanto en la temporada regular, con 70.4 como de postemporada 68,8, son también las mejores de la historia.

Con todos estos honores y su filosofía poco ortodoxa inspirada en la cultura budista y su visión arrogante Jackson del mundo, donde solo existe su palabra en el equipo, no hay gerencia, ni asesores, tal vez pensó que en esta, su última temporada en la NBA sus pupilos conquistarían la corona.

Los Lakers no solo perdieron de asistir a la final de la conferencia, sino fueron barridos por Dallas quien el último partido le propinó una paliza de tal dimensión al equipo de las grandes estrellas de Hollywood, que de seguro envío al actor Jack Nicholson, su más ferviente seguidor a tratarse al sicoanalista.

Triste final para un hombre lleno de éxitos, pero resulta evidente la socarronería de estos diseñadores del destino deportivo que te dan y te quitan cuando menos lo espera. Ahora Jackson, desde su retiro, es probable que volverá a leer “La gran calma y contemplación” del maestro Zhiyi a ver en que falló.

Lo que si no resultó inesperado fue la victoria del tenista serbio Novak Djokovic frente al español Rafael Nadal en el Masters de Italia, quien pese a decir de manera muy política que el ibérico es el rey de la arcilla y el mejor jugador de siempre en esa superficie, lo cierto es que debajo de esas palabras esconde la sonrisa de saber que le tiene la talla medida al mallorquín.

Con esta victoria, la número seis en los torneos de gran nivel, estampa otra muesca mas a su raqueta-revolver y hoy por hoy es el nuevo sheriff del tenis internacional, aunque todavía por un tecnicismo siga en la segunda posición del ranking mundial.

El serbio no sabe lo que es la derrota en lo que corre esta temporada donde no pierde hasta el momento un partido. Djokovic indicó que el secreto de sus triunfos es debido a su nuevo enfoque mental.

Ahora anunció que tiene muchas esperanzas en el Roland Garros que comenzará el 22 de mayo en Francia. ¿Será hasta ahí que los burlones dioses del azar o científicos alienígenas le permitirán llegar?

Ya veremos. Lo cierto es que el azar deportivo que receta frustraciones y victorias extraordinarias con la misma vara a héroes y desconocidos no responde nunca cuando se le interroga o en realidad debemos preguntarnos aquello que ya indagó el poeta uruguayo Mario Benedetti: “Y así y todo el azar ¿es realmente un azar?.

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Mi tiro de gracia

El general Raúl Castro en el cementerio de Santa Ifigenia en Santiago de Cuba.

Raúl Castro no sólo abandonará la jefatura del Partido Comunista de Cuba, sino que también probablemente morirá este 2021. Al menos así lo estimó el portal inglés 'Deathlist', que cada año augura la muerte de cincuenta personajes célebres en todo el mundo. Puede parecer otra trivialidad británica, pero en una isla tan dada a la hechicería, la macabra lista es mirada de reojo por haber acertado en su momento con Fidel Castro y Hugo Chávez. Así pues, el segundo Castro estaría ya a la espera de la carroza en compañía de otros famosos por muy variadas razones como Willie Nelson, Imelda Marcos, Yoko Ono o el emperador emérito Akihito, incluidos en la exclusiva predicción de 'Deathlist'.

Antes del presagio ya eran apreciables algunos preparativos de rigor, pues el manejo previsor de los asuntos de la muerte siempre ha sido muy cercano a Raúl Castro.

No creo casual que el mismo día de junio pasado en que celebraba sus 89 años de vida –más de 60 en el poder– los cubanos fueran informados que en el cementerio de Santa Ifigenia en Santiago de Cuba se restauraba minuciosamente el monolito del Comandante en Jefe, como llama la prensa oficial a la roca de casi cincuenta toneladas en la fueron depositadas las cenizas de Fidel Castro.

Nadie bien enterado de los asuntos cubanos puertas adentro imaginaría que dar brillo a la tapa de mármol verde Guatemala (tallada con el nombre del fallecido en enormes mayúsculas) o buscar nuevo esplendor en los objetos de bronce, columnas y senderos del conjunto funerario, podría acometerse, y menos aún publicarse en tiempos de pandemia sin la aprobación directa del hombre fuerte de la isla. En Santa Ifigenia, desde hace bastante tiempo, se cumplen con particular precisión las indicaciones de Raúl Castro.

Tras el remozamiento, en una ceremonia reservada a líderes del partido comunista y militares de alto rango, se proclamó la inclusión de Fidel Castro en la categoría de Padre Fundador de la Patria, junto a José Martí y Carlos Manuel de Céspedes, en compañía de Mariana Grajales, convenientemente agrupados ahora en un llamado Sendero de los Próceres del camposanto santiaguero.

El interés de Raúl Castro por la pompa y circunstancia de las honras fúnebres ha cobrado particular intensidad en su ya prolongado turno de pleno poder. De hecho, ante el fiasco de las reformas prometidas y el estado calamitoso de su herencia, es en este campo en el que con mayor probabilidad se le podrá reconocer alguna huella propia.

El asunto no es de ninguna manera nuevo. Más de tres décadas atrás, en uno de sus largos recorridos por las provincias orientales –motivados con frecuencia por algún extrañamiento de su hermano Fidel–, conocí de primera mano, cuando apenas me iniciaba como jefe de su poderoso despacho político, de esa intención de asegurarse la posteridad, al ser invitado a acompañarlo a visitar en las lomas de Mayarí Arriba su cementerio más apreciado, el reservado a los integrantes reconocidos de su tropa guerrillera. Un remoto mausoleo a cielo abierto, concebido en un valle entre montañas de la Sierra Cristal, equipado ya por entonces con llama eterna, salón de protocolo enchapado en maderas preciosas y tribuna para actos patrióticos, donde se alineaban por niveles jerárquicos decenas de tumbas, encabezadas por dos espacios reservados para el propio Raúl y su esposa Vilma Espín. Rara sensación la de escuchar aquella satisfecha descripción del entorno privilegiado, escogido para descansar acompañado solo por sus elegidos. Un paisaje eterno de tumbas y montañas.

Por entonces no había grandes rocas en los proyectos de tumbas para los hermanos Castro. La enorme piedra de 130 toneladas con dos nichos separados por el escudo nacional destinada a los esposos Castro-Espín en el mausoleo del Segundo Frente Oriental, y la de Fidel Castro, algo más pequeña en Santa Ifigenia, aparecieron años después, cuando la muerte y su eternidad se hicieron más cercanas.

Disponer de cementerios privados ofrece, por cierto, posibilidades para saldar promesas y cumplir curiosos homenajes, además del evidente despliegue de poder. En ese primer cementerio creado por Raúl para sus más fieles guerrilleros en las estribaciones de la loma de Mícara descansa por excepción un invitado extranjero, el bailarín español Antonio Gades, íntimo de la cúpula militar cubana, quien prestó según reconocimiento oficial "extraordinarios servicios a la revolución". La naturaleza de esas tareas no es difícil de imaginar por la estrecha amistad del andaluz con el general Abelardo Colomé Ibarra, exjefe de la Contrainteligencia Militar y exministro del Interior, quien paradójicamente morirá en desgracia y ocupará allí mismo una tumba mucho menos prominente que la curiosa escultura en forma de palma truncada, junto a lustrosas botas flamencas, bajo las que se encuentran los restos de su compadre. Muy cerca, en una esquina discreta, fueron depositadas las cenizas de Manuel Piñeiro, el irreverente comandante Barbarroja, temprano jefe de inteligencia de aquel mando guerrillero y muerto en extrañas circunstancias, pero útil aún para las apariencias de la lealtad revolucionaria.

La organización de funerales y el traslado de restos ilustres como arma política abundan en la hoja de servicios del único General de Ejército en la historia nacional. En 1987 logró vencer la reticencia inicial de su hermano mayor para enterrar en el Monumento Nacional Cacahual, junto al legendario teniente general Antonio Maceo, a Blas Roca, el dirigente comunista que entregó incondicionalmente su viejo Partido Socialista Popular a los barbudos de la Sierra Maestra, consolidando la confianza de Moscú hacia los nuevos gobernantes de Cuba. En el terreno de la simbología revolucionaria, la entrada de Blas Roca al Cacahual rompió los respetuosos límites que resguardaban los sepulcros de los jefes mambises y creó un antecedente válido para llevar años después al propio Fidel Castro al lado de José Martí.

La operación logística del funeral sin precedentes de Blas Roca incluyó un masivo velatorio en el monumento a José Martí en la Plaza de la Revolución, para el que hubo necesidad de trazar fronteras entre las dos familias rivales del fallecido líder de los viejos comunistas. En lo adelante para la muerte de los notables se perfeccionaría el estricto protocolo de las jerarquías funerarias del raulismo, muy frecuente en los últimos tiempos de tantas muertes prominentes, que incluye la relevancia del anuncio del fallecimiento, los días y el tipo de duelo asignados, el sitio variable de los velatorios –en la Plaza y con desfile de pueblo, alguna sala del edificio de las Fuerzas Armadas o la funeraria semioficial de Calzada y K– y finalmente el lugar designado para el descanso eterno. Todo con un calibrado despliegue en la prensa oficial.

Tres años después de Blas Roca, el 5 de agosto de 1990, llegó al Cacahual de la mano de Raúl Castro, Juan Fajardo Vega, el último de los veteranos cubanos de las guerras contra España. A Fajardo, un mulato oriental nacido en Contramaestre, le alcanzaron sus 108 años para pelear en la adolescencia como escolta del general Saturnino Lora y hasta cooperar como armero de los guerrilleros de la Sierra Maestra medio siglo después. Un soldado de filas hecho a la medida de la propaganda revolucionaria aunque, ya pasado el centenario, el veterano rezongara abiertamente de lo que le había sucedido al país después de 1959. La idea de identificar y honrar al último mambí captó de inmediato la atención del entonces Segundo Secretario del Partido Comunista cuando el escritor Norberto Fuentes, todavía en olor de santidad con el castrismo, se lo sugirió apenas un mes después de los funerales de Blas Roca.

Había muerto en Pompano Beach, Florida, a los 105 años, Ralph Waldo Taylor, el último de los Rough Riders de Teddy Roosevelt, soldado de filas en el caótico asalto a la Loma de San Juan en el sur de Oriente, que selló la suerte de España como potencia colonial en 1898. En Estados Unidos vivían todavía en mayo de 1987 otros cinco veteranos de la guerra Hispano-Americana pero ninguno de ellos había participado en el asalto de San Juan. El paralelo era evidente y la campaña, sugerida por Fuentes para identificar al último mambí, comenzó con la búsqueda por todo el país de los sobrevivientes de la guerra de 1895. Un rápido censo arrojó exactamente una docena de curtidos ancianos que en lo adelante serían cuidados con esmero hasta el último aliento, en una suerte de competencia entre las organizaciones provinciales del Partido Comunista, entusiasmadas porque fuera «su» mambí quien recibiera los honores finales. Una carrera hacia la muerte en la que Fajardo, por llegar último, resultó el triunfador.

El Cacahual tuvo por esas décadas finales del pasado siglo el rol de camposanto preferido de Raúl Castro que hoy corresponde a los cementerios del Oriente. Un año antes de la simbólica despedida al último mambí fue escenario de la ceremonia principal del mayor sepelio simultáneo de la historia cubana. El 7 de diciembre de 1989 –otro aniversario de la muerte de Antonio Maceo– ambos hermanos Castro presidieron los funerales de los cubanos muertos en las guerras africanas: 2.085 en misiones militares y 204 en tareas civiles, según las cifras oficiales, tan cuestionadas como toda estadística gubernamental. El regreso de esos muertos había estado prohibido a lo largo de casi veinte años, al igual que toda referencia pública al número de bajas en las lejanas guerras de Angola y Etiopía, para evitar un posible equivalente al Síndrome de Vietnam ocasionado en Estados Unidos por el arribo de miles de ataúdes cubiertos por la bandera de las barras y las estrellas.

No lejos del Cacahual se localiza el Mausoleo al Soldado Internacionalista Soviético, otra de las necrópolis auspiciadas por Raúl Castro, quien encendió su llama eterna al inaugurarlo en febrero de 1978, en el aniversario 60 del Ejército Rojo. Pese a no registrarse ninguna muerte en combate de soldados soviéticos en Cuba, 69 túmulos de militares «fallecidos en accidentes» están ocupados desde entonces. Su cercana ubicación a la estación de espionaje electrónico conocida internacionalmente como Base de Lourdes hizo de este mausoleo el sitio ceremonial indicado para centenares de conmemoraciones, recibimientos y despedidas de huéspedes de la URSS y luego rusos, incluidos todos los altos cargos de la cúpula política y militar de Moscú de frecuentes viajes a la isla.

Hasta Kirill, patriarca de la Iglesia Ortodoxa Rusa, participó de esta suerte de diplomacia funeraria al visitar el mausoleo soviético tras reunirse en La Habana en 2016 con el Papa Francisco, un encuentro que puso fin a mil años de silencio entre ambas iglesias en una Cuba encomiada por entonces por el pontífice argentino como un territorio propicio para negociaciones de paz.

Por cierto, que cuando Francisco llegó durante un peregrinaje anterior a Holguín –provincia natal de los hermanos Castro–, para oficiar una misa pública, el lugar designado fue también otro sitio de inspiración soviética: la plaza construida para celebraciones revolucionarias y como último destino para el mítico general Calixto García, muerto en Washington en 1898 cuando intentaba negociar los términos de la independencia nacional. Enterrado de inmediato en el cementerio nacional de Arlington y dos meses después en el de Colón –en La Habana todavía bajo la ocupación militar de Estados Unidos–, su traslado final a Holguín en 1979, con todos los honores, confirmó que el trasiego previsor de ilustres cadáveres ofrece oportunidades para ganancias políticas inesperadas.

Dos papas romanos algo más críticos habían viajado a Cuba antes que Francisco y no faltaron sobresaltos entre las jerarquías católica y castrista sobre los sitios escogidos para celebrar las misas públicas que marcan el clímax de toda visita papal. Para la oficiada por Juan Pablo II en Santa Clara en 1989 la propuesta del entonces secretario del Partido Comunista en el territorio, Miguel Díaz-Canel, fue el memorial dedicado al Che Guevara, ante la cual el obispo local, Fernando Prego, reaccionó con «desasosiego» por las implicaciones políticas obvias, según han contado posteriormente testigos indiscretos del Arzobispado de La Habana.

Díaz-Canel también fracasó en aquel empeño, del que se mantuvo ajeno Raúl Castro, lo que no es de extrañar dado su escaso vínculo con ese prominente sitio funerario, concebido y construido por Ramiro Valdés, su adversario de larga data, al que se le confió el proyecto para mantenerlo visible e inofensivo. El Che Guevara, décadas después de su incorporación en México a la incipiente revolución, sus experimentos fallidos en la economía cubana y en la guerra de guerrillas y el desvarío antisoviético que encarnó, no era de sus muertos. Ni el comandante Ramón asesinado en Bolivia, ni su incontrolable viuda o el exministro del Interior gozaron ni entonces ni después de la simpatía del segundo de los Castro.

La intensa agenda de funerales oficiales y patrióticos en los últimos años no olvidó al panteón familiar con el que claramente se entremezcla. Tras inaugurar la roca destinada a su hermano mayor, Raúl Castro viajó de inmediato desde Santiago de Cuba al terruño natal de Birán, donde presidió la inhumación junto a sus padres y abuelos, de los hermanos mayores, Ángela y Ramón, en otro camposanto particular, cercano a la casona de inspiración gallega que Fidel en uno de sus arrebatos juveniles amenazó con quemar. Planeando siempre para la eternidad, Raúl declaró que allí también serían enterradas en su momento las demás hermanas, Agustina, Emma y Juanita. La primera murió en 2017 y se sumó, efectivamente, al mausoleo familiar, pero la última reiteró su independencia hasta después de la muerte y rechazó desde Miami la convocatoria.

Prolífico en su actividad funeraria en territorio nacional, Raúl Castro no tuvo a lo largo de sesenta años iguales oportunidades a escala internacional. Los sepelios de mayor lustre en el extranjero pertenecían por derecho propio a su hermano Fidel, dispuesto a grandes funerales como los de François Mitterand y Pierre Trudeau en las respectivas catedrales de Notre Dame en París y Montreal o en las murallas del Kremlin en 1982 para despedir a Leonid Brezhnev. Sólo las muertes sucesivas en menos de tres años de los sucesores Yuri Andropov y Konstantin Chernenko provocaron la negativa rotunda del comandante en jefe a viajar por tercera vez a Moscú con tal propósito y permitieron al otro Castro encabezar la misión.

De aquella jornada solemne contemplada desde el privilegiado sitio sobre la tumba de Lenin destinado a las delegaciones extranjeras la fría mañana del 3 de marzo de 1985, me queda, entre otros, el vivo recuerdo de una desconcertada Margaret Thatcher, cara a cara por primera vez con uno de los hermanos Castro. La imperturbable Dama de Hierro, la figura occidental de mayor prominencia en aquel funeral donde el protocolo comunista situaba en los primeros puestos a los suyos, se encontró atascada ante el grupo de cubanos por largos minutos en un espacio sin opciones para ignorarse: un encuentro inesperado e incómodo que terminó sin saludos.

Muchos años después, cuando Raúl Castro hacía pleno uso de los títulos de su hermano sin mi compañía, protagonizó en África del Sur su momento más memorable en un funeral extranjero, al estrechar la mano del presidente de Estados Unidos, Barack Obama, durante las exequias de Nelson Mandela en 2013. Un saludo discreto por ambas partes, pero nada casual. Luego se revelaría que ya avanzaban entonces negociaciones muy secretas para la normalización de relaciones que llevaron a La Habana, tras un paréntesis de 88 años, a un mandatario estadounidense en ejercicio: un Barack Obama ansioso por encontrar en el caso Cuba un apresurado legado para sus ocho años en la Casa Blanca.

Un recorrido por la intensa relación de Raúl Castro y el tema de la muerte no puede excluir su explícita aversión por los suicidas, un desenlace, sin embargo, demasiado frecuente en la patología nacional. El pacto suicida de su cuñada Nilsa Espín y su esposo Rafael Rivero en 1965 en oscuras circunstancias, fue siempre tema tabú en su entorno. Igualmente, nada oportuna cualquier referencia al comandante Augusto Martínez Sánchez, «uno que no sabía ni cómo pegarse un tiro» y sobrevivió a un disparo en el pecho en 1964, angustiado por no haber servido mejor a Fidel Castro y la revolución. Dos de los más notables suicidas del castrismo, Haydée Santamaría, participante en el asalto al Cuartel Moncada y directora de la Casa de las Américas, que se quitó la vida en 1980, y el expresidente Osvaldo Dorticós, quien tomó la «dramática decisión» en 1983, fueron invariablemente recordados como «la loca esa, que se suicidó un 26 de julio» o «el pendejo de Dorticós», que «jodió hasta la muerte».

No tengo idea de cómo calificará ahora, si es que lo menciona, a su sobrino preferido, Fidel Castro Díaz-Balart, el más privilegiado en la dinastía gobernante, educado bajo su mando y el mayor fracaso en los proyectos de sucesión familiar, que terminó sus atormentados días lanzándose por una ventana de la mejor clínica del país.

Hay otros muchos muertos cercanos en el vasto e implacable mundo funerario de Raúl Castro. Los que no debían ser honrados y fueron fusilados y sepultados sin despedidas en tumbas sin nombres, como el general Arnaldo Ochoa o el coronel Antonio de la Guardia. A los protagonistas centrales de las purgas de 1989, seguiría poco después el exministro del Interior, José Abrantes, muerto de «causas naturales» en una prisión para «casos especiales», y deferentemente velado unas pocas horas en una funeraria de La Habana muy bien custodiada.

Y hay otros, muertos por su propia mano, que contribuyeron a su leyenda y que quizás –no por remordimiento–, estarían mejor olvidados. Son en su mayoría seres anónimos como el expedicionario del yate Granma sospechoso de traición, cuya ejecución le fue encargada directamente por su hermano mayor poco antes de la salida del puerto mexicano de Tuxpán. Mucho más visibles las decenas de cuatreros, traidores, arrepentidos o desertores ajusticiados en la Sierra Maestra, varios con el auxilio espiritual del sacerdote y comandante Guillermo Sardiñas. Una práctica que luego continuaría, ya normada por un Código Revolucionario de Justicia del Segundo Frente, en la extensa zona de la Sierra Cristal bajo su mando.

Y están, por supuesto, los fusilados en el campo de tiro del Valle de San Juan el 12 de enero de 1959, acusados en juicios más que sumarísimos de crímenes durante la dictadura de Fulgencio Batista: 72 según el reporte del diario Revolución del día 14 de enero; 70 según el informe de igual fecha al Departamento de Estado del cónsul estadounidense en Santiago de Cuba, Park F. Wollam. El documento del cónsul, «optimista hacia el futuro, pese a los acontecimientos», critica la ausencia obvia de garantías judiciales, y añade que «la acción ha dejado algunas dudas en unas pocas mentes», porque en su criterio muchos de los fusilados eran «bien conocidos matones y asesinos» que habrían enfrentado la pena capital en cualquier otra corte y bajo diferentes circunstancias. Mejor, por lo tanto, mirar hacia otro lado.

Para los fusilados en San Juan, sin embargo, el castigo no terminó con la muerte. Muchos años después, para borrar todo rastro de la infame historia, los restos fueron desenterrados y arrojados en algún lugar de la Bahía de Guantánamo, porque según él mismo decía "a Raúl Castro no le van a estar apareciendo muertecitos".

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Radio Televisión Martí reproduce este artículo con la autorización del autor, luego que se publicara originalmente en la edición del diario madrileño ABC del 13 de abril del 2021.

Alcibíades Hidalgo fue embajador de Cuba ante Naciones Unidas, exjefe del Despacho Político de Raúl Castro y exmiembro del Comité Central del Partido Comunista de Cuba

Con 'Plantados', Granma también miente

La gorra que promociona el filme Plantados en La Habana Facebook del realizador Lilo VIlaplana

El periódico oficial del régimen castrista Granma, como en su momento lo fuera Revolución, son simples órganos de propaganda que procuran tener desinformada a la población al mejor estilo nazi de Joseph Goebbels, de que una mentira repetida muchas veces se convierte en verdad.

Hace unos días un periodista de ese medio cumpliendo la política del régimen, atacó la película Plantados, que recoge algunos de los episodios más trágicos del presidio político cubano, con una existencia paralela a la de la dictadura, de 62 años.

El columnista afirma que el odio y el arte nunca han ligado, olvidando que las películas filmadas bajo el castrismo han sido propuestas que promueven el odio, como El Hombre de Maisinicú y Río Negro, dos bazofias que se destacan en una filmografía que ha servido sustancialmente a la división, sectarismo, miedo y la pugnacidad, realidades que han primado en Cuba desde que el totalitarismo se entronizó en el país.

En Plantados no hay odio sino un sincero interés por la justicia, de no ser así, el esbirro desertor habría sido ajusticiado.

He sido testigo en numerosas ocasiones del compromiso de la mayoría del exilio y de la casi totalidad de los ex prisioneros políticos cubanos por alcanzar la justicia, por eso la exclamación constante de muchos de ellos de “Justicia Si, Impunidad No, Venganza, tampoco”.

En cuanto el escritor José Antonio Albertini me envió el enlace del artículo de Granma bajo el subtítulo, “Por qué ladran los perros”, sentí que tantas mentiras y mala intención merecían una respuesta, no a la persona que lo escribió, porque si trabaja en Granma es de suponer que sea un siervo de la dictadura, aunque en honor a la verdad bajo un gobierno tan falso es difícil distinguir quienes practican la doble moral de defender el infierno sin dejar de querer disfrutar los “males” de una sociedad abierta y libre.

Plantados recoge testimonios de personas que conozco, plasmados en documentales y libros publicados en el exilio contrarrevolucionario como lo califica el autor de la columna, una de las pocas verdades recogidas en la misma.

El articulista a la vez, elogia la película la Red Avispa, una trama cargada de falsedades en la que los protagonistas son los asesinos de cuatro jóvenes que volaban en avionetas desarmadas en aguas internacionales que buscaban a compatriotas perdidos en el mar por huir del régimen que el autor elogia.

Los héroes falsos son los de la red Avispa. Ellos han servido a un régimen de oprobio que ha conducido a la cárcel por motivos políticos a más de medio millón de personas, algunas recluidas hasta 30 años, como fue el caso de Mario Chanes de Armas, uno de los participantes del ataque al Cuartel Moncada y expedicionario del Granma, nombre que identifica al principal instrumento de propaganda de la tiranía.

Las escenas que se ven en Plantados son reales. Por ejemplo, los fusilamientos.

El autor de artículo no puede negar que en Cuba se fusilaron a miles de hombres, cientos en la Fortaleza de La Cabaña y muchos más en el resto del país.

Las ejecuciones en el camión tuvieron lugar en La Ceiba, Escambray. Allí fueron masacrados, julio 13 de 1963, 19 guerrilleros que llevaban más de dos años encarcelados sin juicio en el Reclusorio de Isla de Pinos, donde se produjeron numerosos asesinatos con bayonetas como fue el caso de Ernesto Díaz Madruga, asesinado por el sargento Porfirio González que de inmediato fue ascendido a subteniente, relata Enrique Ruano, testigo del crimen.

Plantados no es una mentira, incluida la dinamita sobre la cual durmieron miles de reclusos, lo menos cruento, la escena del calzoncillo, única vestimenta de centenares de presos, como lo vivió, entre otros cientos, Roberto Perdomo quien de 28 años en la cárcel, estuvo 22 en calzoncillos.

La película no miente. Sus escenas reproducen sucesos ocurridos en diferentes prisiones de la Isla bajo el castrismo, a través de los largos años de condena de quienes prestaron sus vivencias para que fueran recogidas por Lilo Vilaplana, un creador que, junto a su talento, tiene el privilegio de ser un hombre libre porque rompió con las ataduras de un gobierno que ha destruido muchos de los valores fundamentales de la nación cubana.

La Primavera Negra, entre fusilados y lacayos 

El aparatoso arresto del periodista y escritor Raúl Rivero el 20 de marzo de 2003 en su vecindario en Centro Habana.

Artículo de opinión

El castrismo como régimen ha sabido manejar muy bien los tiempos y oportunidades. Los conductores del totalitarismo cubano han demostrado contar con habilidades notables que van más allá de la represión y examen diario en todos los aconteceres de la vida.

Su control es absoluto pero también han manipulado con extrema habilidad a sus perros de presa, dispuestos siempre a morder una carnada como preámbulo de un banquete, y eso fue lo que repitieron en los primeros meses del año 2003. Ese año desplegaron una notable operación represiva de carácter nacional que llevó a la cárcel a 75 ciudadanos que trabajaban a favor de cambios democráticos en la Isla.

Todo parece indicar que a la dictadura le preocupó, particularmente a Fidel y Raúl Castro, que se estaba gestando una sociedad civil plenamente independiente.

Periodistas, maestros, sindicalistas, y otros sectores de la sociedad mostraban estar hartos del control gubernamental, todo esto en un marco de insatisfacción ciudadana en la que los jóvenes estaban cobrando un protagonismo peligroso, un coctel que los represores conocen es muy explosivo y puede conducir al fin del totalitarismo.

Esta compleja situación determinó la ola represiva del 2003 y como los factores contrarios se nutren recíprocamente, la crispación social se hacía más profunda y la disposición a correr riesgo de los ciudadanos se acentuó, de ahí el hecho de que numerosas personas asumieran posiciones contrarias al régimen y que otros tomaran la decisión de abandonar el país como ocurrió con los jóvenes que decidieron secuestrar la lancha “Baraguá” que hacía el recorrido entre La Habana Vieja y Regla.

La dictadura conocía la existencia de opositores y desafectos, muchos en prisión, aunque nunca haya admitido oficialmente que hay prisioneros políticos. Las cárceles siempre han estado sobradas de hombres y mujeres que por sus convicciones son encerrados, realidad que nunca le ha quitado el sueño a los dictadores, pero una sociedad civil ajena a sus propósitos y en expansión, es mucho más complicada, en consecuencia había que retomar el terror de los primeros años en su expresión más brutal, el paredón de fusilamientos.

Castro lo decidió así. No es lo mismo enfrentar opositores por valientes y decididos que fueran, que una sociedad civil alternativa que crecía sin cesar, sumado a un pueblo agotado por promesas incumplidas, una juventud frustrada por las limitaciones y la mediocridad de una clase dirigente cada vez más ambiciosa por disfrutar los privilegios del poder con una generación de relevo, sin la mítica del Moncada y la Sierra, desesperada por recoger los desperdicios que habían roído sus predecesores.

La dirigencia moncadista se convenció de retomar la consigna guevaristas de “fusilamientos, sí, hemos fusilado, fusilamos y seguiremos fusilando”, solo el terror al paredón, a los juicios expeditos con sentencia de muerte que eran revisados por el mismo tribunal que había juzgado en primera instancia detendría a los que querían cambiar el paraíso, o lo que es aún peor para el imaginario fidelista, aceptar que décadas de adoctrinamiento de sembrar odio hacia Estados Unidos no habían convencido al grupo de jóvenes que secuestró la lancha Baraguá.

Esa osadía, ese irrespeto a la gesta revolucionaria, fue lo que le costó la vida a Lorenzo Copello, Bárbaro Sevilla y Jorge Martínez. Fueron juzgados y fusilados nueve días después del arresto. Fue un acto ejemplarizante cuya enseñanza definitiva fue, “no puedes soñar con lo que sea ajeno a la Revolución”, un paralelo a aquella expresión, “dentro de la Revolución todo, contra la Revolución nada”.

Los familiares nunca fueron notificados de la sentencia, la señora Ramona Copello, madre de uno de los jóvenes, dijo a Martí Noticias, “Un coronel me dijo el jueves que había que esperar que los papeles bajaran del consejo de estado, sin embargo al día siguiente, viernes, amanecieron muertos”.

El régimen siempre ha pretendido justificar sus crímenes alardeando del respaldo de sicarios ligados a la dictadura. Trató de confundir a la población con un documento firmado por incondicionales como Silvio Rodríguez, Amaury Pérez, Eusebio Leal, Alfredo Guevara, entre otros, un texto que significa complicidad en un crimen de Lesa Humanidad como lo califica la Comisión Internacional Justicia Cuba, que preside el jurista mexicano René Bolio.

Democracia y Libertad

Una mujer cuelga una bandera cubana en su ventana. (JUAN BARRETO / AFP / Archivo)

Cada día hay más información que confirma que la historia es fundamental en la nutrición intelectual de un buen ciudadano. Conocer el pasado impide repetir los errores, siempre y cuando prime el sentido común, ya que más de uno de nosotros tiende a tropezar con la misma piedra, como se aprecia en algunos de mis compatriotas que gustan de los caudillos, aunque todavía estamos padeciendo sus consecuencias.

Reaprendí esa lección cuando leía un trabajo del exprisionero político cubano Emilio Llufrido sobre la Triple A, una organización importante en la lucha contra los regímenes de Fulgencio Batista y Fidel Castro. El ensayo lo publicará el Instituto de la Memoria Histórica Cubana contra el Totalitarismo.

En el estudio, me reencontré gratamente con un proyecto que auspiciaron demócratas cubanos y venezolanos en los años cincuenta del pasado siglo del cual me habían comentado en términos elogiosos luchadores por la democracia que, en diferentes instancias, habían conocido o participado del mismo, como fueron Rogelio Cisneros, José Ignacio Rasco y Orlando Bosch.

Bajo el mandato de Carlos Prío, 1948-1952, de cuyo gobierno fue canciller Aureliano Sánchez Arango, Cuba adoptó una política exterior de defensa de la democracia hemisférica, de ahí el respaldo al gobierno guatemalteco deJuan José Arévalo y la política condenatoria contra los regímenes de la dinastía Somoza en Nicaragua y de Rafael Leónidas Trujillo en Santo Domingo, a lo que se sumó el rechazo al golpe militar de Marcos Pérez Jiménez en Venezuela y el recibimiento y apoyo en la Isla de figuras notables del Partido Acción Democrática.

La difícil situación que enfrentaba la democracia en el continente determinó que políticos venezolanos y cubanos concluyeran que era necesario fomentar una conciencia de solidaridad ciudadana en el todo el hemisferio para enfrentar con mayores posibilidades de éxito a quienes creían que la fuerza y la subversión eran las herramientas idóneas para alcanzar el poder.

La idea contó con el respaldo de numerosos políticos del hemisferio, aunque sus principales promotores fueron Carlos Prío Socarras, expresidente de Cuba, Sánchez Arango, ministro de gobierno, y Rómulo Betancourt, ex presidente de Venezuela, que a la sazón se encontraba asilado en La Habana como consecuencia del golpe militar de Pérez Jiménez, ignorando, escribe Llufrido, que en muy poco tiempo la sede del evento iba a ser sometida por los militares y que estos serían sustituidos por un régimen totalitario de inspiración comunista.

Se celebró el “"Primer Congreso de la Asociación Pro Democracia y Libertad en América” en la capital cubana con el objetivo, escribe Llufrido, de enfrentar los dos flagelos que asolaban el continente, las dictaduras militares y la infiltración comunista. Al evento concurrieron muchas de las figuras más notables de la época, José Figueres, Luis Alberto Muñoz Marín, Juan Bosch, Carlos Andrés Pérez, Alberto Lleras Camargo, Salvador Allende, no se había radicalizado todavía, Eduardo Freí Montalván, Víctor Paz Estensoro, Juan José Arévalo, Arturo Frondizi y muchos más.

La condena al golpe militar en Venezuela y la decisión de solidarizarse con la reconquista de la democracia en aquel país fue unánime.Sin embargo, lo más valioso, fue el precedente que se estableció de demócratas del continente luchando juntos por la democracia en cualquier punto del hemisferio.

La democracia en América enfrentó un mayor peligro cuando sorpresivamente en Cuba se estableció un régimen totalitario inspirado en el marxismo. Ante esta nueva situación don Rómulo Betancourt retomó la bandera de la libertad hemisférica enarbolada cuando en Cuba había democracia y convocó a un Segundo Congreso Pro Democracia y Libertad en América, en esta ocasion, escribe Llufrido, “usarlo como sombrilla protectora para que los cubanos tuvieran su frente de lucha contra el castro comunismo”.

Una vez más, venezolanos y cubanos compartieron el liderazgo del encuentro. Sánchez Arango fue electo presidente de la Mesa Directiva del Congreso al que asistieron figuras importantes de la lucha contra la incipiente dictadura, entre otros, José Ignacio Rasco, Emilio Adolfo Rivero Caro y Tony Santiago.

Estos Congresos desconocidos por muchos y olvidados por otros, son un ejemplo de que es posible conciliar nuestros intereses a pesar de las diferencias y que es una obligación enfocarnos en la Libertad y la Democracia y demostrar que es posible recuperarlas si juntamos voluntades.

Los capataces criollos en busca del Nobel de la Paz

Cuba envía 230 médicos a Panamá. (Foto: MINSAP)

Con la crisis sanitaria originada por la pandemia del COVID-19, Cuba encontró la oportunidad nuevamente de promover el especulativo negocio de las brigadas médicas del Contingente Henry Reeve, en otros países que enfrentan la falta de profesionales de la salud. Los Estados receptores, deberían conocer el trasfondo de estos gestos solidarios.

En primer lugar, las condiciones abusivas de los más tres mil 700 colaboradores cubanos que laboran en ese Contingente alrededor del mundo.

Estos contingentes médicos incluyen profesionales sanitarios como epidemiólogos, laboratoristas, enfermeros y médicos intensivistas que son solicitados por los distintos países al régimen cubano porque no cuentan con personal calificado suficiente, para enfrentar situaciones de crisis como la actual pandemia y desean reforzar determinadas especialidades o necesitan cubrir la atención médica en lugares intrincados o de peligro, a los que los galenos locales se niegan asistir.

Según el régimen, a lo largo de casi 60 años se han enviado más de 400 000 profesionales de la salud a 164 países de casi todos los continentes para paliar los efectos de crisis epidemiológicas, desastres naturales y, en la actualidad, los provocados por la pandemia del COVID-19.

Los servicios médicos fueron el segundo ingreso más alto del Producto Interno Bruto (PIB) de la Isla en el año 2020. Este monto incluso está por encima de la industria del turismo, que es una de las finanzas más conocidas y fuertes del país pero que cayó estrepitosamente como consecuencia de la pandemia del COVID-19.

Desde marzo del año pasado, varias brigadas han viajado desde la Isla para enfrentar la pandemia en unos 40 países de África, Europa, Asia, América Latina y el Caribe.

Tras el calificativo de héroes dado por los medios de prensa oficialistas se esconde una labor que le reporta al estado-partido enormes sumas de dinero y extraordinarios dividendos políticos.

Los testimonios de decenas de médicos que han escapado de los contingentes, ofrecen claras evidencias de los abusos a los que son sometidos, entre los que resaltan, el impago de sus salarios, la confiscación de los pasaportes, el exceso de horas de trabajo y las humillantes restricciones de movimiento.

Según han explicado, el régimen cubano embarga entre el 75 y el 90 por ciento de los salarios, pero el hecho de que la suma restante sea mucho más de lo que ganan dentro de la Isla determina la aceptación de las condiciones esclavistas que se les impone.

Es oportuno recordar que los contratos firmados con los países receptores, violan de manera flagrante los convenios fundamentales e internacionales de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), sin olvidarse del trabajo político e ideológico que se realiza como parte de una agenda, mucho más amplia.

Por otro lado, vale señalar que, en la totalidad de las naciones, los médicos no reciben copia de su contrato de trabajo, procedimiento que transgrede el Convenio n.º 154 de negociación colectiva. También se vulnera el Convenio n.º 95 sobre la protección del salario lo que evidencia flagrantes violaciones a la Declaración Universal de los Derechos Humanos de la ONU, así como a los preceptos contenidos en la Declaración Americana de los Derechos y Deberes del Hombre.

Es importante subrayar que los integrantes de las referidas misiones enfrentan condiciones tipificadas como trabajo forzoso, de acuerdo al Convenio n.º 29 y según otros indicadores de la (OIT), donde se certifica que todo trabajo o servicio exigido a un individuo bajo la amenaza de una pena cualquiera y para el cual dicho individuo no se ofrece voluntariamente, es en esencia una práctica que constituye una forma de esclavitud laboral.

Del mismo modo, se viola el Convenio n.º 105, sobre la abolición del trabajo forzoso que insta a las naciones a tomar medidas eficaces para su abolición inmediata y completa. Lamentablemente, muchos de los países que reciben tales servicios han firmado y ratificado el compromiso de cumplir tales reglamentaciones.

Los Gobiernos que contratan médicos cubanos deberían documentarse sobre los perjuicios que se ciñen sobre estos últimos, para evitar complicidades en una explotación de naturaleza claramente esclavista.

Estos trabajadores deben recibir un salario digno, que vaya directamente a sus manos y no a las arcas del régimen como ocurre.

El hecho de que hayan sido formados por la revolución, como suelen pregonar los personeros del poder no justifica el trato que reciben, amparado en la ilegalidad y el abuso.

No es mi propósito oponerme al hecho de ayudar a quien lo necesite. El asunto es que las motivaciones están distorsionadas por objetivos políticos que superan el marco de ese gesto filantrópico y establecidas sobre la expoliación de cientos de profesionales de la salud.

Recientemente se ha originado un enorme revuelo con la propuesta del Consejo Mundial por la Paz de nominar de manera formal la candidatura del Contingente Internacional de Médicos cubanos Henry Reeve al prestigioso Premio Nobel de la Paz. Es indignante escuchar esto cuando el propio Alfred Nobel dejó escrito en su testamento que el galardón debería ser adjudicado a personas y organizaciones que hayan hecho grandes contribuciones a la fraternidad entre los países, esfuerzos por la abolición de los ejércitos y en promover las negociaciones de paz en el mundo. El gobierno unipartidista y su contingente médico no encajan en ninguna de estas categorías, si en verdad se procede a un análisis desprejuiciado y exhaustivo no solo de la realidad en torno a estos programas de ayuda solidaria, sino también a otras acciones de corte injerencista y que han atizado los conflictos sociales y de desestabilización al interior de naciones de América Latina, África y Asia.

Sería muy desagradable que el Comité Nobel Noruego concediera este premio a un programa que presenta enormes fallas éticas y dobles raseros. La penetración ideológica es uno de los planes ocultos tras el llamado gesto humanitario.

Estas brigadas médicas nacen en un medio regido por la hipocresía y la mediocridad, donde es común la desatención de las necesidades internas en este ámbito para volcarlo hacia el exterior. Cuba, bajo los dominios del partido único, dista de ser el paradigma que se promociona por el mundo en aras de seguir manteniendo viva las fracasadas banderas del socialismo y el comunismo.

Autor: Iván Hernández Carrillo ( Matanzas, 1971) Preso de conciencia en la Primavera Negra del 2003. Premio Homo Homini de People in Need; Libertad Pedro Luis Boitel; de la Fundación Hispano-Cubana ( FHC); así como Premio Democracia de la National Endowment for Democracy (NED). Actualmente es el secretario general de la Asociación Sindical Independiente de Cuba ( ASIC).

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