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Dile que pienso en ella

Félix Luis Viera. “La noción aberrante de patria sirve sobremanera a los caudillos"

Félix Luis Viera, escritor cubano residente en Miami.

El escritor cubano Félix Luis Viera responde a las preguntas de Dile que pienso en Ella con esa manera suya de ser: franco y directo que, a duras penas matiza la ternura de quien lo ha visto y lo ha oído casi todo.

¿Cuál fue el detonante que te impulsó a marcharte de Cuba?

La falta de libertad en todos los sentidos, incluida la libertad de acción. Asimismo, para ser justo, la inopia ambiente, que dañaba sobre todo a mi hija, entonces con 15 años y un padecimiento contra el cual eran necesarios ciertos “recursos materiales”.

¿Qué esperabas encontrar del “otro lado”?

La libertad en todos los aspectos en que esta es posible. Y la posibilidad de al menos sobrevivir mi familia y yo —que eso también es libertad. Cuando digo sobrevivir, me refiero a lo material. Pero, como sabemos, lo material condiciona lo espiritual o la tranquilidad del alma o como se llame eso.

Por ejemplo, contestar estas preguntas hace que me sienta feliz “interiormente”. Mas, las estoy respondiendo gracias a lo “material”: el teclado, la computadora, el techo que me ampara, la climatización de la habitación (que tiene su surtidor en un equipo “material”) y todo lo demás, incluida la vista hacia el exterior (gracias a algo material: el cristal).

Los comunistas, entre otros, nos hicieron creer (al menos a mí, en algún momento, me lo hicieron creer) que la “lucha”, el “futuro”, la “patria”, la disposición para el sacrificio y en fin una “ideología”, estaban antes que los bienes materiales.

Luego nos dimos cuenta que, en alguna medida —en alguna medida— el mejor discurso proselitista podría ser —para decirlo de manera muy coloquial digamos— un bisté a plato desbordado.

Sin que lo anterior, claro, niegue que hechos vitales como el amor, la lealtad, la ética, etcétera, resultan imprescindibles. Y sin negar, asimismo que, como le contestara su exnovia a un amigo cubano residente en el extranjero, que en un viaje a Cuba fue a visitarla: “Con hambre no se puede amar a nadie”. Él le había preguntado si todavía lo amaba.

Creo que ella debió considerar una salvedad: “A casi nadie”.

¿Qué encontraste?

Eso mismo, lo que buscaba. Y lo que no buscaba: una guerra personal que ni la perdía, ni la ganaba, ni la podía abandonar.

En un país del llamado Tercer Mundo (México), en el cual viví 20 años, comprobé la perfidia de la desigualdad por decreto. Esa que prepara el terreno para la aparición de mesías, comunistas más arriba, más abajo.

Portada del más reciente libro del escritor Félix Luis Viera
Portada del más reciente libro del escritor Félix Luis Viera

¿Qué has aprendido durante el proceso?

Lo que tantos otros cubanos que se han radicado en el extranjero: cuánto nos engañaron allá en la “Patria”, cómo fue posible que un hombre y su equipo guardaran para sus compatriotas tanta perversidad. Cómo sería posible que Aquel y su séquito sobrepasaran, contra los suyos, los límites de la crueldad. Y he aprendido a luchar aun en franca desventaja si es necesario. Y a querer a todo lo que sea, y quien sea, querible. Y aborrecer a los racistas, supremacistas, ventajistas, fundamentalistas, homofóbicos y comunistas..., que vienen siendo lo mismo.

¿Qué es para ti La libertad?

Por ejemplo, contestarte estas preguntas sin miedo. La posibilidad de escoger a quién, y a qué, añorar, respetar, amar y todo un infinito etcétera de este tenor.

Y debería ser la posibilidad de convivencia de los hombres buenos, aunque piensen distinto.

Y así, si nos vamos a la Biblia o el Corán, un Hombre Bueno es quien siembra su parcela, con dedicación, y con dedicación igual, vela porque a la parcela del vecino le vaya bien. O sea, lo queramos o no, es algo así como la Dialéctica.

¿Las experiencias vividas han cambiado en ti el concepto Patria? ¿Piensas a menudo en “Ella”?

Si me permites, respondo con par de fragmentos de un artículo que publiqué el 10 de octubre de 2011, “La patria y esas cosas”.

“Veamos que cuando alguien en la distancia añora a la patria, no está pensando en la bandera, sino en el barrio donde se crió, aun en una cuadra específica, en el sillón en que acostumbraba sentarse, en la banca de su parque, o en la arboleda, el camino real por donde antes se desplazaba. Un tunero que viva exiliado jamás recordará en su nostalgia al Valle de Viñales, que forma parte de lo que llamaríamos su patria, pero que él nunca visitó”.

“La noción aberrante de patria sirve sobremanera a los caudillos, los mesías, los dictadores. Observemos cómo Fidel Castro identifica la patria consigo mismo, al extremo de convocar a la población a morir por la patria, es decir, por él”.

Y bueno, no, lo cierto es que ya no “pienso a menudo en Ella”... pues, según las noticias que llegan, ya cambiaron al bodeguero “que me tocaba”, el entorno del edificio donde yo vivía se ha modificado —para mal—, el sillón donde me sentaba se lo robó una vecina, a un compañero que vivía no muy lejos de mí, lo designaron dictador, a los edificios alrededor del parque central le han aplicado una cosmetología mangrina, al Parque de la Pastora le cambiaron los canteros por bancas de madera gris.... Y ya ha muerto el bueno de Armando Parrado, y otros buenos de por allí... Es decir, ya mi patria, en esencia, no existe.

Ileana Medina Hernández: Los progenitores y los Estados deben dar a sus hijos raíces y alas

Iliana Medina Hernández, profesora y escritora cubana radicada en Canarias. (Facebook).

Ileana Medina Hernández es una mujer luminosa, nutricia y fuerte como la Madre Tierra. Periodista, en influyente bloguera, autora de la bitácora digital Tenemos Tetas, habla desde el corazón de la vida, abarcando la feminidad sana e incluyente, sin las reservas neuróticas que separan a los humanos.

Hoy Ileana Medina Hernández entra al ruedo de Dile que pienso en Ella para dejarnos la impronta de su tiempo, que es el nuestro.

¿Cuál fue el detonante que te impulsó a marcharte de Cuba?

Me marché de Cuba muy joven. Con 23 años ya era profesora universitaria, digamos que el máximo laboral al que podía aspirar. Me había graduado con título de oro, había escrito una tesis que aún hoy se utiliza como material de estudio en la Facultad, me pude quedar como profesora desde recién graduada. Pero tenía que vivir con unos tíos que generosamente me habían acogido, coger “botella” todos los días para ir a trabajar… Eran los años 90 y pico: las esperanzas de que un sueldo de profesora me alcanzara, ya no para tener dónde vivir o cómo transportarme, sino ni siquiera para comprar un pantalón o un reproductor de música, eran nulas.

Gané una beca de la Agencia Española de Cooperación Internacional y no volví más. Salí dos veces en un año, y al salir la segunda, un primo al que quiero mucho, que me acompañó al aeropuerto me dijo: “¿te acuerdas del chiste del hombre al que Dios le mandó las tres barcas?” Ya tú vas por la segunda”. No esperé la tercera.

¿Qué esperabas encontrar del “otro lado”?

La posibilidad de una vida normal. Me gustaría utilizar palabras altisonantes, o contarte sueños elevados, pero no los tengo. Simplemente poder trabajar libremente, ganar un sueldo y vivir de él. Creo en el “aurea mediocritas” de los antiguos: una vida sencilla y digna, con las necesidades básicas resueltas, sin tener que repetir consignas políticas cada día, y gozando de los derechos humanos universales: lo que la mayoría de los humanos queremos y merecemos.

¿Qué encontraste?

Encontré en Canarias unas islas paradisíacas, lo que Cuba bien pudiera ser, con un paisaje geográfico y social muy sano. Encontré el amor, encontré trabajo, nacieron mis hijos. Tengo seguridad, libertad y paz interior, en la medida que ellas son posibles, como constructos humanos imperfectos. Me doy por satisfecha.

¿Qué has aprendido durante el proceso?

He tenido una vida fácil, quiero decir, no me tiré al mar en balsa, no he dormido en un parque, no he pasado hambre. Agradezco cada día por ello.

Aprendí que a veces, queriendo construir el paraíso, se construye el peor de los infiernos. Huye de quien te prometa el paraíso. Sólo hay una manera de mejorar el mundo: conocerse y mejorarse a uno mismo, cuidar de los cercanos, criar bien a los hijos, tratar bien a los demás, ser amable, ser coherente entre lo que se dice y lo que se hace.

¿Qué es para ti la Libertad?

La libertad es la posibilidad de que cada uno pueda llegar a ser lo que vino a ser en esta vida. Desarrollar sus dones y talentos, expresarse sin miedo a ser discriminado ni castigado, ofrecer sus servicios y recibir remuneración a cambio, expandirse con el único límite de no hacer daño a otros.

No es hacer lo que uno quiera, estoy con los advaítas en que no es el ser humano el que hace. La vida se hace a través de nosotros y sólo podemos aspirar a no ponerle demasiados obstáculos. Crecer física y espiritualmente, con el único límite de la regla de oro: tratar a los demás como te gustaría ser tratada.

¿Las experiencias vividas han cambiado en ti el concepto Patria? ¿Piensas a menudo en “Ella”?

No sé muy bien lo que es la patria. Creo es un constructo complejo, que tiene que ver con la infancia, la familia, las costumbres, el idioma, la cultura. Es más bien una matria, una matriz: los nutrientes físicos y espirituales con los cuales nos formamos.

Las fronteras y los Estados son un accidente, a veces útiles, pero arbitrarios, bien pudieran ser otros. Me gusta el paralelismo entre la tierra y la madre, nutricias y expansivas, y el Estado y el padre, la ley y el orden. Creo que ambos, los progenitores y los Estados, deben dar a sus hijos raíces y alas. Nutrientes para ser fuertes y libertad para volar. Los humanos no somos plantas y podemos movernos, siempre lo hemos hecho. Emigrar es un drama, y los gobiernos tienen el deber de que la vida de sus ciudadanos sea lo mejor posible, pero moverse también es un lujo, una oportunidad y un privilegio. Siempre ha habido flujos humanos desde la pobreza hacia la riqueza, desde el encierro hacia la libertad, y los seguirá habiendo.

Pienso en Cuba, claro, allí viven mis hermanos y quedan algunos -pocos- amigos, sigo las noticias y las redes sociales. Nunca ha dejado de dolerme pensar en lo que pudiera haber sido y lo que es. El drama cotidiano de la vida allí es terrible, no ya sólo la pobreza, sino el absurdo, el totalitarismo y la mentira. Cuba duele.

Jacobo Machover: Cuba está presente en cada línea, como un grito contra la dictadura

Jacobo Machover, periodista y escritor cubano

De serlo, Jacobo Machover sería el francés más "acubanado" del mundo. No sé cuántas palabras serían necesarias para hacer algo semejante a una semblanza de Machover, pero voy a escoger tres, sólo tres palabras para dejarles como tarjeta de presentación a los habituales de Dile que pienso en Ella: Pasión, Paciencia, Profundidad, reunidas en un sólo ser humano y su causa: la libertad.

¿Cuál fue el detonante que te impulsó a marcharte de Cuba?

Salí de Cuba con mis padres y mi hermano en 1963, cuando aún era un niño. Ellos habían logrado escapar del Holocausto cometido por los nazis y sus «colaboracionistas» en Francia. En el caso de mi padre, se fue a refugiar en la isla en tiempos del gobierno constitucional de Fulgencio Batista, hacia 1942.

Mi madre lo alcanzó después de la segunda guerra mundial, en 1946. Siendo judíos de origen polaco, como otros miles que se habían establecido en el país y que escaparon desde el principio del régimen castrista, creo que tenían una sensibilidad particular hacia lo que podía ser una opresión de corte totalitario.

Nos fuimos rumbo a la ex-República Democrática Alemana, en un barco llamado Karl Marx Stadt, y de allí pasamos a Alemania Federal y luego a Francia. Fue un recorrido diferente al del conjunto de los exilados cubanos, pero nos venimos a juntar todos en una condición que el poeta ex-soviético Joseph Brodsky designaba como «displacement» o «misplacement».

Por mi parte, regresé a Cuba a finales de los años 1970 -principios de los 1980- por un corto período. Si podía tener ilusiones sobre lo que pensaba que podía ser mi «patria», se me acabaron allí mismo, enseguida.

Pude percibir el terror desde el primer momento en el rostro de la gente. Aquel terror del que hablas, María Elena, en algunos de tus más poderosos versos, «Contra ti mi plegaria. / Plegaria contra el miedo», que tuve el honor de traducir al francés y de publicar cuando estabas presa, unos años más tarde, en 1991.

De principios de los años 1980 puedo fechar mi propio destierro asumido, para no volver, ni ahora ni, me temo, que nunca. Ese itinerario, trazando una continuidad del nazismo al castrismo, lo cuento en un próximo libro escrito en francés (en español saldrá, espero, un poco más tarde).

¿Qué esperabas encontrar del “otro lado”?

Mis esperanzas eran pocas, mis desesperanzas mucho mayores. Perdía a los animalitos que tenía en el patio de mi casa, perdía a mis amigos que se iban yendo progresivamente para el Norte. Sabía que no los iba a ver más. Después supe que en Guanabo no quedó nadie de los integrantes de la pandilla de niños y de adolescentes que había allí. Unos se fueron en bote, otros por el Mariel, algunos en balsa, los últimos anda a saber cómo. Leí en un libro de un periodista canadiense que el 90% de los habitantes de entonces se había ido. Una desolación.

¿Qué encontraste?

Lo que encontré fue un universo a la vez desgarrador y liberador. Por un lado descubría la historia de mi familia, en gran parte desmembrada por el exterminio perpetrado por los nazis en los campos de la muerte (Auschwitz, Majdanek, Treblinka…). En Cuba mis padres no hablaban de eso. Por otro lado viví la vida loca de los años post-1968, en que todo parecía posible, entre efluvios de música, de festivales, de amores sin trabas, de poesía. Todo no era tan idílico, claro: había oposiciones a todo aquello y, también, dolores inconfesables. Adquirí también un sentido crítico, demasiado a veces, hacia todo lo que intentaban inculcarme, hasta una rebeldía constante, irracional e incontrolable a veces. Pero ¡que me quiten lo bailao!

¿Qué has aprendido durante el proceso?

No he dejado de aprender nunca. La literatura universal, en varios idiomas, se volvió parte de mi vida, así como el cine y todas las artes. Integré lo más que pude en mi propia personalidad y en mis creaciones. Pero no podía desinteresarme de lo que sufría mi gente en Cuba.

Fui conociendo a los escritores del exilio, nutriéndome de ellos y, por momentos, abandonándolos cuando no eran lo que aparentaban. Y, sobre todo, sentí la necesidad de dejar testimonio de los que habían sufrido en carne propia la represión en Cuba: ex-presos políticos, balseros, fugitivos de todo tipo. Sentí que era como un deber, igual a lo que llaman el «deber de memoria» en relación con los perseguidos por el nazismo (y el comunismo a lo largo del siglo XX y comienzos del XXI).

Todos esos hombres y mujeres me enseñaron el valor de la lucha (y de la huida, que es otra forma de combatir contra la liquidación del espíritu) frente a un poder omnímodo. Mi obra está orientada hacia ello. Espero que haya muchos más que aprendan de ellos y que perpetúen su memoria.

¿Qué es para ti la Libertad?

La libertad es una idea imposible de definir, en todo caso, distinta a la que avanzaba el pensador antitotalitario Raymond Aron, quien prefería hablar de las «libertades» en plural… Tiene una significación tan concreta para nosotros… Es algo que se tiene que aplicar a una problemática política, por supuesto, pero también, por ejemplo, al amor. Es una sensación intrínseca, íntima, que se cuela por todos los poros del cuerpo y de la mente, y que nadie nos podrá arrancar a nosotros, los cubanos libres.

¿Las experiencias vividas han cambiado en ti el concepto Patria? ¿Piensas a menudo en “Ella”?

Con mi recorrido existencial me resulta difícil integrar el concepto de «patria». Concibo el mundo de manera más natural que La Habana donde nací y Guanabo donde viví. Sin embargo vibro con Ella cuando cuatro disidentes fueron encarcelados por escribir un texto titulado «La Patria es de todos» o cuando algunos cubanos, de dentro y de fuera, se envuelven en la bandera para demostrar que Cuba no significa esa siniestra consigna de «Patria o muerte». Lo fundamental para mí es la escritura. Y en ella Cuba está presente en cada línea, sencillamente como un grito contra la tiranía.

Camilo Venegas Yero: "hay que tener la valentía de ser libre, aun cuando seas un cobarde"

Camilo Venegas Yero y su esposa, Diana Sarlabous, en la Loma de Thoreau

El escritor y periodista cubano Camilo Venegas Yero, (el Fogonero de Camarones) abierto, cálido, sencillo, entra a nuestro rincón "Dile que pienso en Ella" con su particular manera de decir y su esposa, Diana Sarlabous, con quien ha construido cabaña y una hermosa historia de amor.

¿Cuál fue el detonante que te impulsó a marcharte de Cuba?

Mi hija Ana Rosario. Mi generación nació con la vista clavada en el año 2000. Más que una fecha, lo veíamos como un lugar donde ya se habrían hecho realidad todos nuestros sueños. Me la pasaba imaginándome mi pueblo, mi provincia y mi país en las puertas del siglo XXI.

Pero cuando por fin llegamos, mis sueños se habían hecho trizas y para la generación de mi hija no quedaba ya ni la más mínima esperanza. Entonces yo tenía 33 años, la edad perfecta para resucitar. Tuve la enorme fortuna de dar con Freddy Ginebra, los dominicanos y un país que me devolvió la capacidad de soñar y me enseñó qué significa ser libre.

Mi hija acaba de graduarse de la Universidad Carlos III de Madrid. Ella no piensa en su pueblo, su provincia o su país, porque vive en el mundo. Es muy diferente a mí y, todo sea dicho, mejor que yo. Todo a lo que renuncié el día que decidí acabarla de criar en una sociedad libre, valió la pena.

¿Qué esperabas encontrar del “otro lado”?

Cuando uno está encerrado dentro de Cuba, cree que (como en Tuyo es el reino, la novela de Abilio Estévez) solo hay un “Más acá” y un “Más allá”. Vives convencido de que estás realmente en la “tierra más hermosa” y que perteneces al “pueblo elegido”.

Darme cuenta de que todo eso no era más que una falacia colectiva me costó muchos tropiezos, errores y aprendizajes. El día que entendí que nadie está esperando por los cubanos, y que no nos necesitan para que el mundo siga girando, empezó mi metamorfosis, el conjunto de cambios que me trajo hasta el Camilo que soy hoy.

¿Qué encontraste?

Empecé a laborar al día siguiente de mi llegada a Santo Domingo, el 30 de noviembre de 2000. Encontré una redacción llena de jóvenes talentosísimos que eran capaces de hacer un periódico de 70 páginas en horas. No me necesitaban ni les hacía falta, pero me acogieron como si fuera uno de ellos. Compartieron hasta su plato de comida conmigo.

La velocidad con la que ellos trabajaban me daba vértigo. Mi metabolismo tuvo que deshacerse de la abulia de Cuba, un país al que el tiempo le es indiferente. Antes, para escribir, tenía que encerrarme solo en una habitación y duraba un día entero para sacar adelante una cuartilla. En El Caribe tuve que aprender a escribir delante de todos y a entregar un reportaje de mil palabras en cuestión de minutos.

¿Qué has aprendido durante el proceso?

La responsabilidad que significa ser un individuo libre. Creo que esa es la mayor enseñanza que he recibido en estos 19 años de exilio. No olvido la primera vez que escribí la frase “el dictador Fidel Castro”. La borré y la volví a escribir cinco veces. Recuerdo que me preguntaba a mí mismo si eso era lo que yo realmente pensaba.

Estaba consciente de que escribir esa palabra junto a ese nombre era pasar un punto de no retorno. Salvé el documento, lo envié a diseño y luego, cuando la leí impresa en el periódico, sentí que me quitaba un inaguantable peso de encima.

He aprendido eso, María Elena: hay que tener la valentía de ser libre, aun cuando seas un cobarde.

¿Qué es para ti La libertad?

A Henry David Thoreau le llamaba la atención que los hombres (entonces, afortunadamente, no existía el lenguaje inclusivo) estuvieran hablando de libertad constantemente. Por eso, en su Diario, se pregunta “¿cuántos de ellos son libres para pensar? ¿Libres del miedo, de la perturbación, del prejuicio?”.

La libertad para mí ha sido superar miedos, perturbaciones y prejuicios a la hora de pensar y comportarme. Camus decía que la única manera de lidiar con un mundo sin libertad es “llegar a ser tan absolutamente libre que tu misma existencia sea un acto de rebelión”.

No me gusta la palabra rebelión, porque los cubanos hemos pagado muy caro sus consecuencias; pero trato siempre de que mi existencia sea un acto de honestidad. Con eso me basta para sentirme libre.

¿Las experiencias vividas han cambiado en ti el concepto Patria? ¿Piensas a menudo en “Ella”?

Nadie ha cambiado más mi concepto de Patria que Cuba misma. La geografía, la identidad y la nación a las que pertenezco ya no existen, fueron demolidas por una utopía que acabó mutando en una dictadura incapaz y parásita. Por eso La Habana actual me parece tan desconocida como Helsinki, una ciudad en la que nunca he estado.

Pienso a menudo en Cuba, en mi Cuba, que es la estación de ferrocarril de Paradero de Camarones (donde viví toda mi infancia junto a mis abuelos), en la gente y los lugares a los que les debo lo que es mi sentido de pertenencia. Pero al final, siempre caigo en cuenta de que nada de eso pervive.

Junto a mi esposa, Diana Sarlabous, he construido una cabaña en una montaña del Cibao dominicano. Ese espacio, al que le hemos puesto la Loma de Thoreau (por razones que unos párrafos más arriba se explican) es ahora mi geografía, como lo son todas las cosas intangibles que me definen.

Me convencí a mí mismo de que vengo de un lugar que ya no existe. Eso me hace actuar en consecuencia. Martí no lo pudo decir más claro: sin patria, pero sin amo.

Virginia Alonso-Tokarz: En todo momento doy vida nueva a la patria donde nací

Virginia Alonso-Tokarz, soprano de origen cubano durante un concienrto de gala.

¿Cuál fue el detonante que te impulsó a marcharte de Cuba?

Mi padre era periodista en Cuba. Trabajaba para la United Press y lo primero que hizo Fidel fue censurar la prensa. Le pusieron un censor en la oficina. Enseguida se dio cuenta de que aquello era comunismo e hizo planes inmediatos para sacarnos de Cuba.

El 11 de abril de 1960 aterrizamos mis dos hermanas, mis padres y yo en Miami, sin dinero, pero con una maleta llena de Cuba, con el gran alivio de no tener que fingir que apoyábamos al régimen de Fidel Castro, de no tener que «marchar» más en el colegio, pues ya nos estaban poniendo a marchar en el Instituto Edison.

También se hablaba de que los padres podrían perder la Patria Potestad y mi papá repetía que a sus hijas no las mandarían a estudiar solas a ningún otro país. Eso me aterrorizaba.

¿Qué esperabas encontrar del “otro lado”?

Habiendo visitado Miami muchas veces, ya que mi abuela tenía una casa en el SW de Miami hacía muchos años, mis recuerdos eran placenteros. No veía a Miami como un lugar extraño. Lo que más temía era tener que separarme de mis padres y eso no sucedió nunca.

¿Qué encontraste?

Encontré un mundo que no sabía que existía. Era como romper la pantalla y entrar en la película. Primero, nadie hablaba español, tuve que aprender inglés ¡o morir! Luego, incorporar a mi vocabulario lo que era una «cheerleader», el procedimiento parlamentario, los bailes de «square dance», los juegos de football...

Porque desde un principio entré a cantar en el coro del colegio (era una asignatura fácil y no tenía que hablar inglés), mi talento fue reconocido y tanto mis maestros como mis compañeros de escuela me hicieron sentir especial e importante. Nunca fui víctima del prejuicio ni de la discriminación. Conservo hasta el día de hoy innumerables amigos de aquella época.

¿Qué has aprendido durante el proceso?

Lo más revelador ha sido que el ser humano es igual en todas partes. Que el prejuicio tiene que ser enseñado cuidadosa y deliberadamente. Que es posible que una persona cambie. Que es posible aprender cualquier cosa, si existe el interés y si se dedica el tiempo necesario para hacerlo. Que el amor existe y la maldad también. Que somos dueños de nuestra vida, si tomamos control de ella. Que la disciplina ayuda. Que la amistad hay que fomentarla. Que ser feliz requiere dedicación. Que el amor es la fuerza mayor.

¿Qué es para ti la libertad?

Así como todo empezó cuando dice Dios en Génesis, «Hágase la luz,» todo es posible si somos libres. Para pensar, para hablar, para escoger, para decidir, para movernos, para diferir, para discutir, para votar.

¿Las experiencias vividas han cambiado en ti el concepto patria? ¿Piensas a menudo en “Ella”?

Mi patria física ya no existe en mí. Lo que queda en mí es el recuerdo indeleble de lo que fue, de lo que viví, de lo que amé. En todo momento doy vida nueva a la patria donde nací. No tengo que pensar en Ella. Simplemente seguir siendo. Cuando hablo, revivo su acento. Cuando cocino, doy vida nueva a sus aromas. Llevé la receta de las papas rellenas de mi mamá a la televisión europea, donde cociné «Kubanisches Knödle» en todo su esplendor y para asombro de los televidentes. Cuando crío a mis hijas, traspaso sus costumbres. Sus esposos -uno alemán y el otro irlandés- cocinan frijoles negros, picadillo, yuca con mojo, fricasé de pollo y muchos otros platos típicos para el deleite de mis nietos. Cuando canto Cecilia Valdés, propago nuestra música al mundo. Cuando sencillamente soy, comparto y plasmo en otros lo que aprendí, lo que represento, lo que fue posible llegar a ser.

A pesar de que he vivido la mayor parte de mi vida en los Estados Unidos y en Europa, mi hogar siempre ha tenido esquinas cubanas: el busto de Martí, la placa en la pared que dice «Ser cultos para ser libres»; la pintura original de la iglesia del Carmen en Cojímar, donde hice mi primera comunión; la imagen en cobre de la virgen de la Caridad que mi mamá trajo en la maleta acompañando las fotos de nuestra familia; nuestra biblioteca con los 27 tomos de las escrituras de Martí; las películas que mi padre tomó en Cuba, las cuales todavía disfrutamos en nuestro hogar, encabezado por mi esposo que a pesar de ser polaco de sangre, es más cubano de corazón que muchos que nacieron allá. Quisiera que cuando alguien piense en mí, reconozca que, con orgullo, soy una buena representación de Cuba, la patria donde nací.

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