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Opiniones

Ruina y riqueza del heredero del castrismo

Sesión parlamentaria para el relevo presidencial del país.

Mientras su sistema se mantenga, la familia Castro no precisa estar en el centro del plató: seguirá gobernando como intocable y temible régisseur. Esta es la esencia del neocastrismo, de la posmonarquía que acaban de instituir

En el comunismo no se elige, se hereda el poder como mismo han de cumplirse las órdenes del dictador de turno, ya sea por miedo, adoctrinamiento o contubernio. De lo contrario no hablaríamos de totalitarismo. Y en el caso de Cuba, como le gusta recordar a mi colega Pedro Corzo, impera el más perfecto de los totalitarismos: el marxismo. Seis décadas afectando no sólo a los cubanos.

La más antigua, desvergonzada y deprimente dictadura de la región, estrenó con Miguel Díaz-Canel el sainete de la sucesión dinástica, publicitada por Raúl Castro y apoyada por la jefa de la diplomacia europea, Federica Mogherini, bajo la consigna de que “Cuba es una democracia de partido único”. Etiqueta tan falsa como criminal, construida para garantizar la continuidad del comunismo caribeño. El segundo Castro hizo casi lo mismo que hiciera con él su hermano mayor, Fidel Castro, cuando obligado por el deterioro de su salud le nombró de un dedazo como nuevo “presidente”.

La diferencia entre los Castro y Díaz-Canel es que el segundo jamás será el dueño de todos los poderes, por un pequeño gran detalle: no se apellida Castro. Lo cual le obliga a ser, en buena medida, un títere de la funesta familia, aún comandada desde la sombra por el dictador en jefe, Raúl Castro, y regentada por los jóvenes Castro, globalizados y posmodernos, apuntalados desde hace rato al frente de los más poderosos organismos y las empresas más ventajosas del país, desde donde les conviene seguir administrando tranquilamente esa finca nacional que es Cuba, hoy en una fase superior, cada vez más lubricada y desvergonzada, del capitalismo de Estado.

Ya no hace falta, ni es oportuno en estos tiempos, designar “presidente” a uno de los herederos sanguíneos de la corona para que no caiga el imperio Castro. ¿Cuánto puede cambiar, o poner en peligro, la aceitada maquinaria del camuflado capitalismo de Estado que impera en la isla desde hace tantas décadas? ¿Se necesita un Castro en la presidencia para mantener o perfeccionar el castrismo? Mientras su sistema se mantenga, la familia Castro no precisa estar en el centro del plató: seguirá gobernando como intocable y temible régisseur. Esta es la esencia del neocastrismo, de la posmonarquía que acaban de instituir, y que el mundo aplaude con vanas esperanzas, palmas o silencios.

La nueva figura o figurín del castrismo no actuará jamás como árbitro y defensor de las libertades y derechos de la gente, sino como juez y parte del macabro juego totalitario que no se basa en otras reglas que en prohibiciones y carnadas, en falsas ilusiones y en migas para la obediencia. Y donde a los de a pie les es imposible crear riquezas, tan sólo malvivir de la igualitaria repartición de miserias económicas y espirituales lanzadas al cubo de cangrejos de una sociedad gravemente enferma. En el mantenimiento de esta ecuación ruinosa radica la riqueza del régimen.

La cúpula, como siempre, se ha repartido fríamente una nación cada vez más destrozada, maniatada, formalmente adoctrinada y esclavizada por la familia Castro, y por sus cómplices, como Díaz-Canel, lacayo en jefe del zarismo neomarxista. La triste realidad es que los cubanos llevan más de seis décadas sin poder elegir a un presidente, ni elegir nada que no sea entre una y otra imposición, una y otra farsa. Lo espantoso, en tiempos de democracia, es que la democracia como herramienta, incluidas sus elecciones, es insuficiente en una dictadura.

Venezuela lo demuestra cada año con su récord de elecciones en las que el castrochavismo (versión venezolana del castrismo) ha ganado a la corta o a la larga. No vernos los cubanos en ese espejo terrible es un acto de inocencia, fanatismo, desenfreno o confabulación.

Si en Cuba, al igual que en la intervenida Venezuela, no se desencadena una verdadera y urgente intervención humanitaria contra la dictadura, los ciudadanos seguirán sufriendo, escapando los que puedan, y muriendo, en lo que llega el cambio ilusorio por la vía democrática. Los llamados socialismos del siglo XXI han confirmado que la vía democrática es su entrada al poder, pero no su salida.

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El costo humano del castrismo

Archivo. Fusilamientos en La Cabaña

En Cuba se fusiló, se masacró en sitios inimaginables, no solo en campamentos militares o lugares previamente designados para tan macabra acción. Las ejecuciones tuvieron lugar en patios de escuelas, en curvas de carreteras, en parques, farallones de las sierras, en cementerios y patios de viviendas, en esa gestión fueron alumnos aventajados del nazismo y del estalinismo, los engendradores del totalitarismo cubano.

Matar para el régimen castrista fue una especie de acto de purificación porque la muerte de los otros le afianzaba en el poder, en consecuencia, cuando el pueblo cubano pueda acceder sin restricciones al conocimiento pleno de los trágicos sucesos con los que la dictadura dinástica de los hermanos Castro ha marcado al país, de seguro quedará profundamente conmovido ante el costo humano a la nación del experimento revolucionario.

Conmoción que tendrá que sumar a las ya acumuladas precarias condiciones de vida que padece, a la destrucción material del país y a los constantes fracasos de todos los proyectos gubernamentales, a pesar del gran esfuerzo realizado por el sector de la población que creyó fervientemente en las promesas del caudillo.

No pocos “compañeros” participaron en las depredaciones de la dictadura, pero son escasos los que tienen una visión integral del pasado sangriento, ya que el control ejercido sobre la información ha sido muy estricto a la vez que ha estado fundamentado sistemáticamente en una campaña de intimidación de la que se requiere mucha entereza para sustraerse.

Esa puede ser una de las causas por las que más de un victimario cree ciegamente que los abusos fueron aislados y los crímenes inexistentes, tal y como muchos respetables ciudadanos alemanes negaron frenéticamente el Holocausto.

Los crímenes de sangre de la dictadura castrista se remontan a las numerosas ejecuciones realizadas en el periodo insurreccional en llanos y montañas, también, a los actos terroristas contra la población civil que ejecutaron los insurgentes, sin embargo, después del triunfo de la insurrección, cuando el país estaba presto para sembrar la paz y cosecharla abundantemente, la nación se introdujo en una vorágine de asesinatos masivos, apuntalados en ejecuciones sumarias individuales, razón por la cual los expresos políticos Miguel Guevara y Santiago Díaz Bouza, escribieron un libro que titularon “La Muerte se viste de Verde”, ya que aquellos horrendo asesinatos colectivos se apuntalaban en ejecuciones individuales, encierros de miles de personas además del desplazamiento forzoso de campesinos.

El primer asesinato en masa del nuevo régimen ocurrió en la madrugada del 11 de enero de 1959. Raúl Castro, ordenó la ejecución de 71 personas acusadas de haber cometido crímenes durante su asociación al depuesto régimen de Fulgencio Batista. La orden fue cumplida. Varias excavadoras abrieron una zanja, los hombres fueron parados ante la misma y asesinados despiadadamente, después, la tumba colectiva fue cubierta con tierras por las misma máquinas que la habían abierto.

Dos años después, abril de 1961, fueron fusilados en el Panteón Nacional de La Cabaña ocho patriotas, una cifra superior al promedio diario de los hombres que allí eran ejecutados.

En 1962, según diferentes fuentes, muchos cubanos fueron fusilados como consecuencia de los arrestos de los complotados en la fracasada conspiración cívico-militar de agosto de ese año.

En junio de 1963, los fusilamientos eran prácticamente diarios, 21 hombres fueron ametrallados frente a una loma de hierba y tierra en la Ceiba, montañas del Escambray. Llevaban casi tres años presos sin juicio.

En 1964 la Fortaleza de La Cabaña fue sede de otro fusilamiento en masa: 14 guerrilleros, algunos llevaban más de cuatro años alzados en armas, fueron capturados gracias a una hábil maniobra de la seguridad del estado castrista y a la traición de uno de los colaboradores de los insurgentes, el tristemente famoso Alberto Delgado y Delgado.

La ejecución de 1964, al parecer, fue la última masacre ante el paredón, aunque los crímenes de grandes grupos continuaron como se puede apreciar en el asesinato de más de cincuenta personas al hundir la embarcación XX Aniversario en el Río Canimar, 1980, y posteriormente los 41 asesinados, entre ellos 10 niño, embarcados en Remolcador Trece de Marzo el 13 de julio de 1994.

Irán, un peligroso aliado

Presidente de Irán, Hassan Rouhani

Varios países de América Latina sostienen relaciones muy próximas con la teocracia iraní, ignorando voluntariamente que aliarse con un depredador es igual que poner la cabeza entre las fauces de un lobo, aunque es justo reconocer, que los compañeros de Teherán en el hemisferio: Venezuela, Cuba y Nicaragua, distan muchos de ser vegetarianos.

Algunos afirman que Irán posiblemente sea mejor como enemigo que como aliado. Los pésimos antecedentes de ese régimen en lo que respecta a derechos humanos y sus actividades relacionadas con el terrorismo, lastiman notablemente el prestigio del cualquier estado que decida convertirse en su compañero de ruta.

Un país que viola de forma sistemática y permanentemente los derechos de sus ciudadanos no puede ser un buen aliado.

Teherán tiene instrumentada una política de cero tolerancia contra quienes difieren del pensamiento oficial, además de reprimir brutalmente a quienes tienen una conducta social que las autoridades consideran contrarias a sus valores.

Cuba fue una de las primeras naciones del continente en establecer relaciones con el régimen de los Ayatolá. Fidel Castro forjó estrechos vínculos con los líderes iraníes, Ruhollah Jomeini, el fundador de la teocracia, y su sucesor, 1989, Alí Jamenei, quien todavía es el amo de un país que ha mostrado frecuentemente estar harto de sus caudillos.

Castro fue también el principal instigador y facilitador para que otros caciques latinoamericanos establecieran relaciones con Teherán. Razón por la cual cuando Hugo Chávez, Evo Morales, Daniel Ortega y Rafael Correa, llegaron al gobierno, forjaron alianzas con un régimen en el que todos se veían reflejados. Posteriormente cuando se constituyó en el hemisferio, la Alianza Bolivariana de las Américas, ALBA, Venezuela, Nicaragua, Bolivia y Ecuador se convirtieron también en parte del mecanismo que favorece el incremento de la influencia de Irán en la región.

Una de las características esenciales de los ayatola es su afición a la violencia. Cierto que la primera víctima de esta práctica es su propio pueblo, pero también la extienden a cualquier rincón del mundo que pueda serle conveniente, con ese fin han favorecido una serie de franquicias del terror como Hezbolá y Hamas, entre otras, que cumplen diversas misiones en el continente americano y en el resto del mundo como se aprecia en sus ataques a Israel.

Irán y sus aliados son enemigos naturales de la libertad y la democracia.

Hay que tener presente que militantes de la principal franquicia terrorista iraní, Hezbolá, están sindicados de estar involucrados en el atentado con coche bomba del 18 de julio de 1994 contra la sede de la mutual judía en Buenos Aires. El atentado terrorista causó 85 muertes y ocurrió solo dos años después de una bomba contra la embajada de Israel, también en Argentina, que mató a29 personas. Han sido dos de las acciones más sangrientas realizadas por terroristas en el hemisferio, solo comparables con las de FARC y el ELN de Colombia.

Hezbolá tiene una fuerte presencia en la denominada Triple Frontera, Brasil, Paraguay y Argentina. En esa región la delincuencia organizada ejerce el control sobre numerosas actividades ilegales, particularmente el narcotráfico, una de las industrias clandestinas en las que tiene mayor presencia el principal instrumento no gubernamental de Irán en la región.

En esa zona se ha encontrado propaganda que promueve el terrorismo islámico y según un informe en la Triple Frontera radica el centro de financiamiento más importante de los terroristas fuera de Medio Oriente.

Sin embargo es Venezuela el país del hemisferio que aparentemente tiene las relaciones más estrechas con Irán.

Tareck el Aissami, ex vicepresidente y actual ministro de Industrias y Producción Nacional venezolano ha sido denunciado, al igual que otros funcionarios de ese país, de entregar pasaportes a militantes de Hezbolá para que le sea más seguro cumplir las misiones asignadas.

El presidente de Colombia, Ivan Duque, en la III Conferencia Ministerial Hemisférica de Lucha contra el Terrorismo denunció: “Hemos visto la presencia de células de Hezbolá en países como Venezuela, con la anuencia y la connivencia de la dictadura de Nicolás Maduro”.

Un trabajo en las redes que en su título advierte que Irán en el continente implica peligros para Estados Unidos, esta errado en la opinión de este articulista, porque son los países que se vinculan a Teherán los que corren el mayor peligro.

Gobiernos como los de Irán, Cuba y Venezuela solo son capaces de exportar opresión y enseñar a los verdugos de turnos a ser más eficientes con la guillotina.

75 Aniversario del terror

Las alambradas del Gulag. Foto Archivo

Para mi generación, me atrevo a decir para toda la humanidad, el símbolo del terror más escalofriante son los campos de concentración nazis y entre todos esos sitios horrendos el campo de Auschwitz, es el más emblemático.

No es que los gulags soviéticos fueran sitios de recreo, sin embargo, la maldad en los campos de la muerte de la Alemania de Adolfo Hitler será posible de igualar pero no de superar. El comunismo y el nazi fascismo se han ganado un lugar destacado en la historia de la humanidad por su inmensa capacidad para causar dolor al ser humano.

Cuando era adolescente, al igual que el resto de mis compañeros de bachillerato, José Antonio Albertini, Aquilino y Pedro Álvarez y varios más, leíamos con fruición todos los libros relacionados con la Segunda Guerra Mundial, pero cuando caían en nuestras manos volúmenes relacionados con los campos de la muerte discutíamos fuertemente quién lo leía primero, entre todos aquellos libros, recuerdo en particular uno titulado “Treblinka”.

Transitar como lector por las dolorosas experiencias de los presos, particularmente los judíos, en aquellos campos es angustiante.

La tortura sistemática, las vejaciones inimaginables, la indefensión ante tanta maldad, el encanallamiento de otros seres humanos en la misma condición pero que por tal de sobrevivir se hacen cómplices de los verdugos de todos, debió haber sido una experiencia devastadora.

Es evidente que destruir moral y materialmente a quienes se le oponen es el objetivo de los tiranos, sin que importe la ideología que representan o la ausencia de esta.

No es relevante si son comunistas, nazi-fascistas o tutores de religiones que se sustentan en el odio y la devastación, ellos solo procuran la ruina de quienes les contrarían, su fin es reinar sobre la muerte como se aprecia en el campo de concentración de Auschwitz.

Confieso que cuando hago turismo escojo con pasión ir a lugares donde el hombre se ha manifestado con extrema maldad e inmarcesible grandeza, por ejemplo, en un reciente viaje a Argentina visite la llamada Cárcel del Fin del Mundo en Ushuaia, y he visitado varios museos dedicados a las víctimas del holocausto. Todos son conmovedores y alertan de que ningún ser humano debe contar con un poder absoluto.

En cierta medida me consideraba preparado para visitar el supremo campo de ignominia de Auschwitz, pero estaba completamente equivocado. Éramos unas cuarenta personas, pero no todos asumieron la experiencia con la seriedad que demandaba. Era un lugar de sufrimientos extremos y de crueldades que no deben repetirse nunca más. Un centro de experiencias únicas que deben ser divulgadas cada vez con mayor frecuencia.

Entrar a ese cementerio de vidas, también de esperanzas y sueños, fue una experiencia devastadora. Atravesar la infame puerta donde reinó la consigna “El trabajo os hará libres” previo el conocimiento de lo que allí ocurrió, me produjo un escalofrío que me hizo temblar y pensar una vez más que la crueldad del animal humano que ha perdido esta última condición no conoce límites.

Hice un esfuerzo por evocar la experiencia de uno de los millones de personas que allí fueron asesinados.

Caminé por la vía del ferrocarril, entré a las ruinas de lo que debió haber sido una barraca, recorrí todo lo que me fue posible, pero había aéreas como la zona de los crematorios en que el acceso no era permitido.

Algo más que comprensible, es un lugar a preservar para las futuras generaciones.

El pueblo judío es digno de profunda admiración, no solo por el progreso alcanzado por el estado de Israel, sino por el culto que rinde a la memoria de sus antepasados.

El notable esfuerzo para preservar todo lo relacionado con el Holocausto precisa del apoyo de todos nosotros, así como enfrentar el avance de ideas totalitarias, el nazi fascismo y el comunismo que son las bases teóricas y prácticas para el establecimiento de campos como el de Auschwitz. El nunca más holocausto es un deber de todos.

OPINION. Intelectuales franceses y Cuba: una historia de complicidad, desilusión e indiferencia

Fidel Castro junto al actor Gerard Depardieu y el empresario Gerard Bourgoin (der.) en La Habana en 1996.

LOS INTELECTUALES FRANCESES (Y OTROS),

DE LA COMPLICIDAD A LA DESILUSIÓN Y LUEGO A LA INDIFERENCIA

JACOBO MACHOVER

En el principio era Gérard Philipe, y el mensajero de la revolución triunfante era Guevara, no el Che, sino Alfredo, el diabólico mentor de Fidel y de Raúl Castro, quien se iba a encargar del mejor instrumento de propaganda de los regímenes comunistas, el cine.

El actor francés, inolvidable intérprete del Cid en teatro, de innumerables papeles de aventurero, fue a Cuba con su esposa Anne después de haber trabajado en México en la que sería su última película, La fiebre sube al Pao, de Luis Buñuel. Se había comprometido a volverse el abanderado del nuevo Gobierno y a ser en la pantalla… Raúl Castro – Fidel iba a tener el rostro de… Marlon Brando.

Las negociaciones entre los enviados de Castro y los productores hollywoodenses fracasaron, y Gérard Philipe tuvo la mala suerte de morir, demasiado joven, a finales de 1959. Los encargados de la propaganda entendieron, sin embargo, que tenían en Francia, cuna de Robespierre, tan admirado por Fidel Castro, y del Terror revolucionario, una tierra de elección.

Allí mandaron a uno de sus principales portavoces, el director del diario Revolución, aquel que había lanzado la « Operación Verdad » para justificar los fusilamientos masivos de supuestos « esbirros » y opositores: el futuro disidente y exiliado Carlos Franqui. Éste llevaba el encargo de convencer al príncipe de los filósofos, Jean-Paul Sartre, y a su compañera Simone de Beauvoir, de ir a Cuba para luego cantar las proezas del Comandante en jefe. Sartre cumplió, con creces. Se pasó un mes en la isla, en febrero y marzo de 1960.

Y luego escribió. Los 16 artículos publicados meses después y reagrupados bajo el título de Huracán sobre el azúcar constituyen una sarta de consignas repetidas hasta la saciedad, de elogios ditirámbicos a Fidel Castro y de consideraciones generales que reflejaban su ignorancia y sus abominaciones racistas contra Fulgencio Batista. Pero está también lo que no dice : las ejecuciones que él y Beauvoir presenciaron, invitados por el Che Guevara. « Nunca es muy linda una ejecución », confiaría Beauvoir en una entrevista. Así cuajaba la complicidad de esos grandes espíritus con la pequeñez de un sistema criminal: con un pacto de silencio. Dejarían de brindar su apoyo al castrismo diez años más tarde, en 1971, junto con otros escritores y artistas del mundo entero, a raíz del « caso Padilla ».

A partir de ese momento, la mayoría de los intelectuales dignos de ese nombre dejaron de brindarle su apoyo incondicional a la revolución, con excepción de un Gabriel García Márquez, un Julio Cortázar, o un Mario Benedetti y unos cuantos poetastros más.

Entonces hubo que ir a buscar, mucho más tarde, a gente de menor calado, allí donde se presentaran, en España con un Willy Toledo, en Estados Unidos con una Katy Perry, una Madonna, o con un Oliver Stone. El cineasta, guionista del Scarface de Brian de Palma, realizó dos documentales con Fidel Castro, Comandante y Looking for Fidel. En este último, su admirado caudillo reanudaba con las prácticas que había implementado con Sartre y varios más: en una « conversación » con los tres jóvenes ejecutados durante la primavera negra de 2003, Castro los obligaba a reconocer la « justicia » de sus condenas a muerte. Stone parecía no haberse dado cuenta siquiera de la monstruosidad de su humillación ante sus cámaras, contraria a todas las leyes internacionales sobre los prisioneros.

Y en la cuna de la ceguera del pensamiento, Francia, ¿qué pasó desde aquellos primeros años de adhesión casi general? Por supuesto, los admiradores de Fidel Castro siguieron proliferando pero a un nivel menor. El caso más sonado es el del actor Gérard Depardieu, íntimo amigo, por otra parte, del gran demócrata Vladimir Putin y compinche de Kim Jong-un y otros de sus semejantes. Hay que señalar, como curiosidad, que Depardieu había firmado, en 1988, la carta redactada por el escritor Reinaldo Arenas y el pintor Jorge Camacho reclamando un plebiscito a favor de la democracia en Cuba. Pero más tarde, intentó hacer negocios (fallidos) en Cuba, buscando petróleo cerca de Guanabo, y posó en fotos, cocinando con su socio dictador. Sin embargo, no habló casi, ni escribió. El actor no tenía, claro está, la capacidad de conceptualización del filósofo precursor.

Depardieu fue, y sigue siendo, objeto de indignación y de burla. Igual que los políticos que han proclamado su simpatía por el Comandante. Entre ellos, hay que citar a la ex primera dama Danielle Mitterrand, la más enamorada, literalmente, de sus admiradoras, al ex ministro de Cultura Jack Lang, guía de Castro, en 1995, en el museo del Louvre frente a la « Mona Lisa », al « insumiso » Jean-Luc Mélenchon, vertiendo lágrimas públicamente el día de su muerte en 2016, a la ex ministra socialista Ségolène Royal, que duda que haya presos políticos en Cuba, y a su ex compañero y ex presidente François Hollande, que recibió a Raúl Castro con todos los honores y le devolvió la visita en 2019.

Pero todos ellos, al igual que la alcaldesa socialista de París Anne Hidalgo, quien ve en el Che Guevara un « héroe romántico », solamente provocan reacciones indignadas o sarcásticas por parte de los filósofos de nuestros tiempos, más cercanos al pensamiento de Albert Camus que al de Jean-Paul Sartre, como Bernard-Henri Lévy, Michel Onfray o Raphaël Enthoven. Todos ellos claman con fuerza que los Castro sólo deben ser considerados como unos tiranos y el Che como un asesino despiadado.

Han acabado por hacernos caso a los que hemos estado mostrando durante décadas los horrores del régimen, a pesar de los obstáculos, y escrito la verdad sobre sobre los mitos revolucionarios. Sin embargo, fuera del intermedio observado con los poetas, periodistas y activistas presos durante la primavera negra, sus tomas de posición no llegan hasta solidarizarse en forma duradera con los disidentes y los exiliados. Después de la complicidad y de la desilusión, prefieren refugiarse en una actitud más cómoda para ellos, que no implica ningún riesgo de equivocarse, como hace 60 años: la indiferencia hacia los cubanos libres, los que luchan por la libertad.

El ex oficial de contrainteligencia que languidece en una prisión de Cuba por hacer lo correcto

Ernesto Borges Pérez

El autor del “Otro Comunismo”, Kewes S Karol, afirmaba que para formar a un buen militante comunista lo más apropiado era enviarlo a la Universidad de La Sorbona, en París, o alguna similar, pero si se quería lo contrario, formar a un anticomunista de fuertes convicciones, lo conveniente sería remitirlo a la Universidad Lomonosov de Moscú, o a la Patricio Lumumba.

En las universidades mencionadas, también en otras, estudiaron muchos cubanos de mi generación y de las siguientes. Sería válido entonces imaginar que algunos de ellos integran el sicariato del castrismo, y que otros, decepcionados del régimen insular, terminaron en prisión por intentar cambiar el sistema.

Uno de esos estudiantes tal vez fue Ernesto Borges Pérez, nacido en 1966, en plena efervescencia del castrismo, cuando las falsas promesas de un mundo mejor estaban en su apogeo.

Eran tiempos en que se fusilaba sin piedad y cualquier transgresión implicaba una condena de treinta años, realidad que la mayoría de la gente ignoraba. Recordemos que desapareció hasta la crónica roja de los medios informativos. De la noche a la mañana no había crímenes pasionales, ni robos, ni asaltos.

Las tragedias familiares o personales eran silenciadas. El conjunto de la población ignoraba los crímenes y abusos en los que incurría el castrismo sin piedad y sin descanso. Castro condujo a la población a vivir bajo un manto de mentiras. Algunas de ellas, las más divulgadas, eran que la oposición estaba compuesta por traidores a la nación que servían a Estados Unidos, que Ernesto Guevara era un superhéroe, una especie de Capitán América del socialismo, y por último, que la inmensa mayoría del pueblo, lo mejor del país, era revolucionaria.

El castrismo vendió muy bien su veneno a la población, particularmente a los jóvenes, y aunque un porcentaje de ella, por diversos motivos no creyó el cuento, si hubo muchos que se convencieron de que en Cuba se construía un país mejor, y devotamente se sumaron a la propuesta revolucionaria con fervor.

Borges Pérez fue uno de muchos que creyó en el proceso, pero la dictadura se equivocó al enviarlo a estudiar a la escuela Superior de la KGB en Moscú en los tiempos particularmente peligrosos de la “perestroika” y la “glasnost”.

Aparentemente la afirmación de Karol lo envolvió y lo condujo a la realidad. Al poco tiempo de su regreso a Cuba era un hombre diferente, los aires soviéticos lo cambiaron, lo llevaron a concluir que había que confrontar al régimen en el cual había creído.

En la Isla empezó a trabajar en la Dirección General de Contrainteligencia. Posteriormente fue trasladado a otro departamento como analista, hasta ser nombrado primer oficial en el trabajo de enfrentamiento con la otrora Sección de Intereses de Estados Unidos, donde elaboró la política de enfrentamiento de 1998.

Borges Pérez, contrario a sus compañeros de estudios y profesión, se decidió a ver y escuchar lo que ocurría verdaderamente en el país. Apreció la vasta y profunda corrupción económica y política del castrismo y enfrentó el sistema desde dentro, asumiendo grandes riesgos, puesto que sus actividades podían implicar la pena de muerte. Aceptó el desafío de luchar por la libertad y la democracia.

El capitán Ernesto Borges Pérez fue arrestado en 1998, año de la captura de la “Red Avispa”, el mayor grupo de espías castristas apresado en Estados Unidos. Fue acusado de intentar pasar información sobre otros 26 espías que la dictadura preparaba para infiltrar en suelo estadounidense a un funcionario de ese país.

Los esbirros de la dictadura se han ensañado con un joven que asumió a plenitud su prerrogativa de pensar libremente. 21 años tras las rejas, de ellos, al menos 10 en celdas de aislamiento sin ventilación y oscuridad.

Actualmente se encuentra recluido en el Combinado del Este, enfermo, conviviendo con más de 200 presos comunes de alta peligrosidad y en un régimen sin luz que se extiende de 7:00 de la mañana a 7:00 de la noche.

El ex oficial Borges Pérez languidece en prisión a sus 53 años porque escogió el camino más difícil para un ser humano con dignidad, “cumplir con su deber”.

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